Ana María Matute

El deseo de una posibilidad mejor

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

“Eran sólo cinco o seis, pero así, en grupo, viniendo carretera adelante, se nos antojaban quince o veinte. Llegaban casi siempre a las horas achicharradas de la siesta…”. Así comienza el cuento “Los chicos” de Ana María Matute, la primera ventana por la que pude asomarme al mundo de esta singular escritora española. En 1967 había aparecido en la ya legendaria selección Cuentos españoles, preparada por Ezequiel Vieta para el Instituto del Libro. Gracias a ese volumen los lectores cubanos pudimos tener noticias de autores contemporáneos como Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Goytisolo y la propia Matute.

Imagen: La Jiribilla

Yo, lector precoz, había tomado del librero el volumen que poco antes comprara mi padre y este quiso orientarme en su lectura.

–Lee primero a los últimos, especialmente “Los chicos” y después te acercas a los otros.

Así entré en aquel relato brevísimo e impresionante, donde la violencia de lo que se narra, no está reñida con la ternura que guía a quien cuenta la historia; en apenas cuatro páginas y media nos hace entrar en una confrontación cruel, absurda, inconsciente, que entonces asocié con un recuerdo personal de la escritora pero que hoy podría calibrar como un modo simbólico de referirse a la guerra civil española y a los horrores del franquismo, pero en un formato “de cámara” y sin adherencias doctrinales, lo que le otorga una universalidad sin fisuras. Ana María Matute, la precoz autora de Los Abel, Pequeño teatro y Los hijos muertos, estaba ya, toda ella, en esta pequeñísima muestra de su escritura.

No es posible repasar en pocos minutos ni siquiera los hechos fundamentales de la vida de esta mujer, nacida en la Barcelona de 1925, tan precoz que redacta su Pequeño teatro cuando apenas cuenta con 17 años y que en 1949 es semifinalista del Premio Nadal con la novela Luciérnagas, gracias a la cual tuvo el primero de sus desencuentros con la censura franquista, tan fuerte que sólo fue publicada en 1993.

Mujer de pensamiento avanzado, sufrió en carne propia muchos de los absurdos sociales de su país. Por ejemplo, en 1963, cuando se divorcia del escritor Ramón Eugenio de Goicoechea, los tribunales le otorgan a este la custodia de su hijo, que a partir de entonces ella no podrá visitar. A él dedicará la mayoría de esos cuentos para niños que van apareciendo aquí y allá hasta que en 2010 serán reunidos en el volumen La puerta de la luna.

Si me preguntaran qué admiro más de quien profesora universitaria, viajera y académica de la lengua desde 1996 —tercera mujer aceptada en los últimos 300 años—, tendría que afirmar que no es su técnica narrativa, ni el manejo del lenguaje en sus cuentos y novelas, sino su desatada defensa de la imaginación. En su discurso de ingreso a la institución, todo él recorrido por la imagen protectora de la Alicia de Lewis Carroll, ella asegura:

“Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida.

“Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque, como ya he dicho, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad. Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones…, porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad”.

Imagen: La Jiribilla

Mas no es ella de las que se refugia en las fantasías para enajenar y enajenarse de las realidades inmediatas. En su culto a la imaginación hay una voluntad abiertamente provocadora:

“Escribir es como una memoria anticipada, el fruto de un malestar entreverado de nostalgia, pero no sólo nostalgia de un pasado desconocido, sino también de un futuro, de un mañana que presentimos y en el que querríamos estar, pero que aún no conocemos, una memoria anticipada, más fuerte aún que la nostalgia del ayer, nostalgia de un tiempo deseado donde quisiéramos haber vivido.

“La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar, de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor”.

La mujer incisiva de las entrevistas, esa que fue capaz, sin pestañear, de lanzar frases como esta: “Estar con los débiles era ser de izquierdas, ahora no se sabe” y también aquello de que “La vida es una gran equivocación maravillosa”, fue la que el pasado 27 de abril (de 2011), recibió en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares el Premio Cervantes. Allí pudo contar no sólo su experiencia infantil en la Guerra Civil y sus inicios como escritora, sino defender una vez más los cuentos de hadas como un producto de la imprescindible imaginación que no puede coartarse en los niños, para concluir con esas palabras con las que, también yo, quiero poner punto final:

“Ahora, tras estas deshilvanadas palabras, ojalá haya logrado trasmitirles algo de mi alegría, mi gratitud por la distinción que aquí me trae. Y me permito hacerles un ruego: si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que trasmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado”.

 

Versión de las palabras pronunciadas por Roberto Méndez en el espacio “Fe de Vida: Imagen y palabras” dedicado a la escritora Ana María Matute, Centro Dulce María Loynaz, La Habana, 2011.

 

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