Un salto al centro de la música

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba
Fotos: K&K y Cortesía de Producciones Colibrí
 

Una de esas viejas sentencias, rebosantes de la sabiduría humana, reza que para romper las reglas, es preciso primero conocerlas. Y semejante pensamiento es el que primero me ronda mientras escucho el disco Sacrilegio, de Ernán López–Nussa, editado bajo el sello Colibrí, en su colección Cinquillo. Un material integrado por dos compactos y un DVD con fotos y grabaciones audiovisuales tomadas en el estudio.

Imagen: La Jiribilla

La mentada indisciplina sacrílega, y ojalá no aparezca aquí algún purista que arrugue el entrecejo, se mueve en una muy interesante mixtura de proyecciones musicales. En este disco, Ernán encara piezas de autores clásicos, foráneos y cubanos. Y en un serio, pero al fin y al cabo también alegre y gozoso, divertimento, “profana” con versiones jazzísticas las partituras originales.

No es la primera vez que la mezcla de ingredientes musicales interviene en el cocido sonoro del trabajo de este músico. En otros escaños de su discografía no es extraño hallar diálogos desde el jazz con la rumba, la contradanza, el chachachá, el danzón, el son, todos en cauce que desemboca siempre en notorios resultados. Temas cubanos, muchas veces salidos de las más raigales fibras populares, algún que otro estándar, o clásicos de los monstruos del jazz, aparecen con regularidad en sus grabaciones.
Ahora, para jugar “con el límite entre lo sagrado y lo profano”, como un “divertido ejercicio de integración musical viva que nos acerque de cierta forma a lo divino”, tal afirma en sus palabras en el disco el propio López–Nussa, llega este Sacrilegio. Un registro que, en abierto cruce y desborde de las fronteras, asume como intención artística central, justamente el desafío a la dureza inflexible de ciertas partituras, ya establecidas, canónicas, que, además, como tales se imparten en años estudiantiles. El juego, como señala el pianista, revela esos deseos ocultos de retar, de escabullirse, que todo estudiante de música comparte, medio en secreto o no, para con sus programas de clase.

Sólo que, como sólida pretensión creativa, como acto ya artístico a ofrecer al público, Ernán lo hace con un orden que brota del rigor y del respeto por las dos vertientes. Primero se aprende, se domina, luego se incumple, se rompen las reglas. Así teje una fina orfebrería sonora que remonta el canon y lo devuelve con nuevos ropajes. En este caso la “venganza” va de la mano de toda la calidad a la que nos tiene habituados López–Nussa. Y el desacato entonces se torna en sólida entrega, en joya lograda, en homenaje que tributa y a la vez recrea.

Imagen: La Jiribilla

Un breve repaso de las autorías a las que acude Ernán para izar sus irreverencias, pondrá sobre aviso de las verdaderas intenciones del artista. En el primero de los compactos, Rondó, hay un recorrido que parte desde Johann Sebastian Bach, con obras trazadas sobre su Concierto italiano (el primer y tercer movimiento), hasta desembocar en la Sonata patética (el rondó y el adagio), de Ludwig Van Beethoven. Como resultados, las piezas “Danzón en el Vaticano”  I y III, tributo al primero, y “Qué melancolía” y “Danzón patético”, que reverencian al segundo músico. Todas excelentes en sus entramados, como colores que van ligándose de un lado a otro del espectro sonoro, agua clásica que se derrama en catarata jazzística. Destaque para el diálogo sonoro, presente, sobrio y a la vez intenso, en Avant–après, también sobre una incursión por el Preludio y fuga, de Bach. Subrayado además para el guiño lejano a Silvio Rodríguez. Esta “Qué melancolía”, recuerda abiertamente la introducción que grabara el grupo Afrocuba, también con regusto al clásico beethoveniano, para la canción “Oh, melancolía” del trovador, en el disco homónimo.

El complemento de este primer fonograma llega con las inclusiones de Ignacio Cervantes y José White. “La bella cubana”, “Los tres golpes”, y la “Danza amistad”, se trasmutan en “La perla del edén”, “Los cuatrocientos golpes” y “Liaison”, respectivamente. Sabrosa y arraigada cubanía, tratada con exquisito buen gusto y en recreaciones de primorosa hechura. Desde perspectivas más altas, resulta fantástico el equilibrio entre lo nacional, por igual ya clásico, valga decirlo, y lo universal.

Imagen: La Jiribilla

El otro disco, Molto vivo, apela de nuevo al complemento entre poéticas cubanas y compositores foráneos. Todos, en sus contextos, estilos y épocas, son pesos pesados de la música. Así se encuentran Doménico Scarlatti, Robert Schumann, o Federico Chopin, de la mano con un Ernesto Lecuona, Ignacio Cervantes, presente otra vez, y un Leo Brouwer.

Un breve apunte de este segundo álbum. Aunque un poco a regañadientes, pues el propio músico apunta que debió distanciarse un poco de sus propias versiones antes de hacerlo, se incluyen tomas alternativas de cinco de las piezas. Esta práctica, nada inusual en discos de jazz, es un poco menos habitual en los predios sonoros de la Isla. Y regala la oportunidad de disfrutar de variantes posibles, de senderos paralelos y miradas otras sobre el mismo acto creativo. Asimismo, el material audiovisual del DVD, poderío moderno de la imagen, resulta un complemento ideal, que redondea el producto final.
Del formato que interpreta, además de Ernán al piano, aparecen Gastón Joya Perellada, en el contrabajo, y Enrique Plá en el drums. De los invitados, de lujo las apariciones de Orlando Valle (Maraca), José Luis Quintana (Changuito), Pancho Terry, María Felicia Pérez, Ramsés Rodríguez, Dreiser Durruthy y Adel González, en Molto vivo. En Rondó, subrayado para Ruy Adrián López–Nussa, por sus apariciones. 

Dice el maestro Leonardo Acosta, en uno de sus trabajos, que considera “la elegancia y el buen gusto como virtudes inherentes al estilo de Ernán; su música es depurada, inteligente, libre de los alardes, de vacío virtuosismo que tanto daño han hecho a algunos de nuestros músicos de jazz. El virtuosismo de López-Nussa está en función de sus necesidades expresivas, en la seguridad misma con la que sabe llegar a la meta propuesta en técnicas musicales (…)”.

Este fonograma, que más allá de su nombre es en verdad una respetuosa, osada y bien lograda reverencia a la música toda, también deja ver esas virtudes del músico que describe Acosta. Una vez más, las rígidas, y muchas veces absurdas, demarcaciones entre lo clásico y lo popular se rompen, se mezclan, se emparentan en un sazonado, lírico y limpio mestizaje, que regala múltiples y nuevas aportaciones. Este disco, que deja escuchar un exquisito tejido entre ambas vertientes, es una prueba de que el arte en mayúsculas no necesita de muros o estancos infranqueables que lo limiten. Saltemos entonces al centro de la música, para disfrutar de este bien logrado y sonoro Sacrilegio.

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