Ernán López-Nussa:

“Mi vida ha sido un ir y venir
entre dos culturas”

Fotos: Cortesía del entrevistado
 

Transgredir límites en el ejercicio de la creación. Experimentar —y reinterpretar— a partir de los cánones estilísticos y conceptuales establecidos. Hacer música “de la manera en que venga al alma”. Esa pudiera ser, tal vez, la naturaleza propia de una obra dedicada íntegra y conscientemente al arte, o lo que es lo mismo, la esencia de la trayectoria musical que hace de Ernán López-Nussa uno de nuestros más relevantes pianistas y compositores.

Imagen: La Jiribilla

Sus reapropiaciones de la música clásica, a partir de sonoridades de la música popular —evidentes en el CD-DVD Sacrilegio—, fueron reconocidas recientemente con el Gran Premio en la XVIII Feria Internacional Cubadisco, lauro que obtuvo también en los años 2003 y 2012 con los fonogramas From Havana to Río y Veinte pianos.

La dedicación constante de Ernán en la búsqueda de una estética propia para contar sus historias y, como es lógico, enriquecer su talento, volvieron ahora a ser noticia, aunque para él “los premios no deciden una carrera”.  

En su desarrollo profesional no solo tomaron parte los diferentes centros de estudios en los cuales se formó —Conservatorio Alejandro García Caturla, Conservatorio Amadeo Roldán, Instituto Superior de Arte— sino, además, influencias familiares, en particular su mamá. ¿Cuánto le aportaron estas experiencias iniciales para encauzar su camino hacia la exploración de diversas modalidades genéricas en la música?

Tuve grandes e importantes profesores que, lamentablemente, ya murieron. Corrí con la suerte de que fueran, además de buenos pianistas, cultos, y eso es algo necesario en la formación de los jóvenes, que la educación sea completa.

Los cinco años de estudios en el Instituto Superior de Arte (ISA) significaron una continuación de mis estudios, con un rigor más alto y una conciencia del propósito de mi vida más clara. Su cátedra implicó un perfeccionamiento, así que pienso que valió la pena la fase académica.

Ese fue mi entorno de aprendizaje, contando a mi madre que era la tutora directa e indirecta. Digo indirecta, porque en la adolescencia y juventud uno no le hace caso a los padres y, muchas veces, llegaba yo a la casa con algo que había dicho el profesor y mi mamá me contestaba: “Eso te lo estoy diciendo yo desde hace mucho”. Era grande en la música, una magnífica pianista, pero no ejerció profesionalmente, aunque siempre estuvo al tanto de mis estudios.

Mi padre también fue intelectual, pintor, escritor, periodista, crítico de arte. Empecé a escuchar jazz y música cubana muy escogida, además de la canción francesa. Siempre estuvo presente la disyuntiva entre los profesores y en mí mismo de si iba a encauzar mi carrera hacia la música clásica o hacia la popular. Hasta última hora tuve dudas, porque me involucré bastante con la música de concierto en el ISA, participé en muchos concursos y no dejó de tener un atractivo, pero, al final, la balanza va hacia la cultura y el espíritu que uno tenga, donde el corazón prefiere y, una vez más, la rumba llama. Aun así, mi vida ha sido, en definitiva, ese ir y venir entre las dos culturas y sentimientos, y hoy día eso es lo que hago.

¿Qué potencialidades encontró en el piano para expresarse musicalmente?

El piano es uno de los instrumentos con los que puedes lograr una expresión mayor. Casi puedes ver la música cuando estás frente al teclado, y eso te aporta una visión y posibilidad orquestal más amplia. Nada iguala las potencialidades de la voz para interpretar una melodía, pero, después de la voz, el piano cuenta con muchos recursos —percutivos, melódicos, las cuerdas, los martillos, variedad de notas—, que permiten cubrir toda una gama sonora y rítmica. Se puede conformar una polirritmia y, si tienes ingenio, le agregas una melodía y se enriquece más, o sea, cuentas con todos esos elementos que le aportan a la música y la dignifican.

De sus experiencias en las agrupaciones Afrocuba, Cuarto Espacio y Síntesis, ¿cuáles fueron las principales contribuciones a su carrera musical?

Esas tres son las más conocidas, pero también formé parte de otras agrupaciones que incluso he olvidado. Como joven al fin, estaba ávido de tocar y experimentar. Trabajé mucho en cabarets y ahí fue donde empecé a entender y aprender la música popular escrita, cómo interpretarla a primera vista y con un lenguaje especial. Muchas veces, la partitura se lee directamente en el show que se va a presentar, sin un ensayo previo. Para ello hay que desarrollar una habilidad: eso lo aprendí dentro de las orquestas en Tropicana, el hotel Riviera, el Capri y el Habana Libre.

Después, formé parte de una agrupación que se llamaba Cubasí. Recuerdo que tocábamos en Santa María para el poco turismo que venía en esa época atraído por la Revolución Cubana, y cuando decíamos “la Orquesta Cubasí”, ellos nos decían “y yanquis no”, era muy simpático.

Paralelamente, tocaba con un grupo de rock. Interpretábamos temas de Led Zeppelin, Black Sabbath, Deep Purple, Santana. Luego comencé a interesarme por el jazz junto a varios colegas del conservatorio, y empezamos a relacionarnos con profesionales como Bobby Carcassés.

En 1976 surgió Afrocuba, que fue mi academia, mi ISA de la música popular. Todo lo que estaba aprendiendo lo ponía en práctica allí junto a veteranos que tendrían unos 30 años, músicos que nos enseñaron la vida profesional.   

Estando en esta agrupación participé en Síntesis, que fue también una experiencia muy importante porque era otra música, otro universo. Eso fue solamente unos meses. Después regresé a Afrocuba y allí estuve más de una década, hasta el año 90, cuando empecé en Cuarto Espacio. Este cuarteto representó el inicio de mi carrera como solista, la pincelada final y, quizás, el empujón que necesitaba. Afrocuba era un grupo con músicos de mucho talento y, en aquel entonces, no tenía la necesidad de liderar y componer. En Cuarto Espacio ejercí un liderazgo y encontré un camino.

Quizá Cuarto Espacio tenía dos líderes, Omar González y yo, pero nunca se decidió quién era el jefe: simplemente hacíamos música los cuatro, aunque principalmente Omar y yo componíamos y arreglábamos los temas de cada uno.

Dentro de su quehacer artístico es reconocido su trabajo como instrumentista pero, además, sobresale su desempeño en la composición…

Mi mamá me alentaba a que compusiera, creía que contaba con la capacidad para hacerlo. Además, siempre he tenido y sigo teniendo mucha imaginación, pero llevar todo eso a un papel es muy complicado. Poco a poco me fui ejercitando y lo que imaginaba se fue convirtiendo en realidad, mediante disímiles proyectos y estilos de música.

Fue en Cuarto Espacio donde empecé a sentir esa capacidad, gracias a músicos que también me apoyaron y trabajaron junto a mí. Era una etapa de pura creación en Cuba. Nos pasábamos todas las sesiones de la mañana ensayando y en la tarde iba para mi casa a estudiar. Todavía ese estado de creación sigue siendo totalmente libre y seguiré defendiendo esa libertad. Así continúo haciendo mi trabajo, nada me detiene a seguir buscando.

¿Cómo valora la mixtura entre lo clásico y lo popular en la creación musical?

La música de concierto requiere de un gran esfuerzo, porque demanda muchas horas de estudio. Hay que tener ese toque extra que hace falta, no solamente en el plano artístico, sino en lo que implica llegar y competir en los grandes escenarios, es prácticamente una vida infrahumana. No es fácil, al contrario de la música popular que requiere de otro esfuerzo y otra dedicación: la que todos debemos dar a nuestro trabajo.  

Ambas siempre van a aportar. La música de concierto se ha nutrido de la cultura de los pueblos, de lo que ha vivido ese compositor y de la obra de compositores anteriores, que también crearon a partir de aquello que los rodeaba, aunque siempre hubo gente genial que se adelantaba a su época e iba más allá de su historia. Esos son los casos de casi todos los hombres que se nombran en la música de concierto, que son genios y se nutrieron, en gran medida, de la música popular. Hay compositores en los que se nota más esta influencia; pero existen otros más abstractos y se necesita un mayor entrenamiento para darse cuenta de los matices y orígenes.

De su amplia producción discográfica han resultado galardonados varios fonogramas en diversas ediciones del Cubadisco y en el Premio Discográfico ALBA. ¿Qué representan para usted, como artista y en el plano personal, dichos reconocimientos?

Una vez más, corroboro lo que decían mis profesores: los premios no deciden una carrera. Los reconocimientos no me han generado mayor cantidad de trabajo, o sí, quizás un poco, pero no considerablemente más del que he tenido. El premio lo da la labor diaria y el público que te otorga esa fuerza para seguir trabajando. No es menos cierto que son un incentivo para tu vida y tu carrera, porque te hacen más feliz. El reconocimiento de otras personas aumenta la consideración y el respeto hacia uno en su país, pero no te puedes detener con esos premios, porque no van a asegurarte el trabajo.

He participado como jurado en muchos concursos y sé hasta dónde puede ser injusto un certamen competitivo; el fallo humano es terrible. Existen políticas de concurso: queremos que el arte sea bueno, puro, didáctico, pero  hay que tratar de ser justo, y creo que Cubadisco lo ha logrado.

Imagen: La Jiribilla

De acuerdo a las concepciones y propósitos que se ha trazado en cada entrega discográfica, ¿qué elementos aúnan y diferencian a producciones como From Havana to Rio, Veinte pianos y Sacrilegio?

Las tres me han dado mucho placer. Son fonogramas totalmente diferentes, con los cuales he obtenido grandes premios Cubadisco. From Havana to Rio sigue siendo mi disco preferido. Me llamó mucho la atención que una obra de jazz fuera premiada por encima de cualquier otra música de mayor alcance para el público, pero el jurado estuvo conformado por personas con un mundo impresionante y un bagaje cultural enorme para comprender el arte en toda su capacidad.

La música de este disco es muy alegre y tiene un toque diferente, especial. Fue compuesta en Brasil y propone un acercamiento muy orgánico a dos culturas que con mucho respeto se entrelazan, juegan entre sí y después se dividen para tomar nuevamente su rol. En una semana exacta hice el disco y lo mezclé, lo cual fue un record porque la mezcla toma mucho tiempo. También contó con la fortuna de tener un diseño increíble, acompañado de una fotografía espectacular, y eso lo llevó a ser una producción muy completa, que cuida la música y el arte del disco.

Veinte pianos es una obra que también fue creciendo. Nació siendo un libro impreso, era mi interés inicial para los conservatorios y Martica Bonet, la directora de Colibrí, me sugirió que hiciera un CD donde la música sirviera para ilustrar esas partituras y los estudiantes pudieran contar con la referencia auditiva. Entonces, se confeccionó el disco, a partir del mismo se realizó un documental y el resultado de todo fue una obra de arte. El mayor premio es que esta música se está tocando y los jóvenes la disfrutan mucho y quieren interpretarla.

Sacrilegio es una obra mayor, única en su especie, que tuvo muchos artistas de primer nivel invitados y donde los dos universos de la  música popular —en este caso el jazz y la música cubana— se colocan al mismo nivel de la música de concierto. Especialistas y musicólogos ven este fonograma como un resumen de lo que ha sido mi vida, un disfrute de las dos culturas, algo didáctico que amplía el conocimiento y contribuye a llevar ambas músicas a los diferentes públicos. Es incluso un material de estudio donde un profesor puede mostrar al alumno con cuánto respeto yo trabajo la música de concierto, aunque mi vida es la música popular.

Con respecto a su obra fonográfica Sacrilegio, ¿cómo fue el proceso de concepción, la reapropiación de los clásicos y la acogida del público a partir de las giras que realizó por las provincias centrales del país?

Con Sacrilegio el concepto fundamental fue interpretar la obra tal y como había sido escrita en la etapa romántica, clásica, barroca, etc. Me propuse mantener el mismo rigor con que el compositor la escribió para que fuera interpretada y, a partir de ahí, incorporar una instrumentación con un contrabajo, una batería, una voz humana, un tambor batá… cualquier instrumento sonoro podía aparecer y transportar al oyente hacia África, Europa, Latinoamérica, Cuba. Ese es el discurso de este disco, en el cual intervengo la obra mediante la conjunción del jazz y la música de concierto. Esta mixtura es lo que convierte en un momento sublime la concepción del fonograma.

El criterio para la selección de los temas musicales fue la capacidad que me otorgaba cada uno en función de contar una historia con determinada estética. Para lograr ese objetivo, busco un ritmo que, lejos de afectar la obra, la enriquezca y se convierta en un nuevo elemento que me haga disfrutarla aún más.

La gira por las provincias centrales estaba programada mucho antes de que me otorgaran el premio, aunque a raíz del galardón se creó una expectativa mayor. Desde hace tiempo quería realizar conciertos en el centro de la isla, sobre todo en los teatros Caridad y Terry. Me sentí muy bien tocando en dos de las salas más importantes y maravillosas de Cuba. Muchas veces no están creadas todas las condiciones para las giras, pero realmente vale la pena pasar por una que otra vicisitud o esfuerzo si a cambio te ofrecen teatros así, además del privilegio de actuar para un público como el de Villa Clara, que para mí es uno de los mejores.

A lo largo de su trayectoria profesional ha realizado obras conjuntas con otros músicos e intérpretes: Miriam Ramos, Leo Brouwer, Silvio Rodríguez y, más recientemente, Kelvis Ochoa. ¿Cómo ha sido la experiencia de compartir con estas y otras figuras?

Siempre la colaboración, o sencillamente el estar junto a un artista, te enriquece. Por eso dar clases te aporta mucho, aprendes de los alumnos, son talentos que tienes ahí, transmitiéndote su energía y sabiduría.

¿Qué te puedo decir de una persona como Leo Brouwer? Es el gran músico cubano de toda la vida, de todos los tiempos. Es nuestro Beethoven. No solamente me he desarrollado con los encuentros musicales, sino a través de los profesores de muy alto nivel artístico y cultural que me impartieron clases y me hicieron descubrir lo infinito que es este universo. El aprendizaje no termina nunca, y si encima tienes la oportunidad de compartir con diferentes músicos y artistas de un potencial increíble, entonces mucho más.

Con cantantes como Miriam Ramos he realizado varios trabajos. Miriam y yo hicimos un binomio perfecto para la producción, los dos nos complementamos muy bien. Además, contribuye la relación de amistad que uno tenga con el otro artista, eso te hace aprender muchísimo, sobre todo en los momentos de mayor avidez, cuando eres joven.

Silvio Rodríguez fue uno de los cuales aprendí mucho. Siempre estaba observando las decisiones que tomaba con respecto a todo lo que ocurría en el escenario. En el momento de creación, todo lo que pudiera incorporar era poco, incluso cómo liderar, y así ha sido siempre.

Kelvis es uno de los cantautores con mayor capacidad musical que he conocido, porque logra comprender disímiles aristas de la música y de los universos que la rodean. Tiene gran facilidad en la creación de letras para las melodías y por eso lo llamé a trabajar conmigo. Eso fue totalmente inaudito, uno de los momentos más atrevidos del disco Sacrilegio. También tenemos otros trabajos juntos con algunas melodías que le he dado.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué opinión le merece el jazz cubano actual y las creaciones de música fusión que se están generando desde Cuba?

Trato de oír con frecuencia lo que se está haciendo, y no siempre escucho cosas interesantes. La ejecución es buena, pero carecen de atractivo. No creo que exista tanta creación musical y pasa igual en el resto del mundo. No obstante, siempre que haya artistas con talento habrá música de calidad. Hay que continuar trabajando en la instrucción para que los músicos sigan creciendo, se enriquezcan culturalmente y eso lo vuelquen a su arte. Somos un país musical. Es muy fácil para nosotros, gracias a las academias que tenemos a nuestro servicio para estudiar. Entonces, esperemos que siga habiendo creación.

Sobre el proceso de composición de la música del filme Fátima o el parque de la fraternidad, de Jorge Perugorría, basado en la obra de Miguel Barnet, ¿qué elementos caracterizan su propuesta musical? ¿Cuáles complejidades supuso? ¿Cómo ha sido su experiencia con el séptimo arte?

Hacer música para cine es un atractivo, aunque se trata de una labor muy difícil y estresante, en la que debes darle rienda suelta a tu imaginación y tratar de liberarte lo más posible de ataduras, prejuicios y comenzar a crear.

He compuesto para varios dibujos animados y un documental. De los largometrajes, este es el segundo. El primero fue La noche de los inocentes, de Arturo Sotto.

Con la película de Perugorría me involucré demasiado. Él y yo somos muy amigos, prácticamente soy amigo de todo el staff de producción, de Miguel Barnet, del guionista, de varios de los actores. Entonces, me costó más trabajo realizar la música, porque me gusta crearla contra la imagen y recibir de un golpe ese efecto, esa energía, no de a poco, ya que en el arte las cosas van cambiando, empiezas una melodía de una manera y quizás termine de otra, o vaya por caminos diferentes a como te los planteaste en un inicio. Por ello, tuve que hacer cambios; ya no servía lo que compuse para el principio: me había hecho una idea de un personaje, cuando en realidad era otro; pensaba que era diferente la raza del protagonista... son cosas que influyen a la hora de crear. Todo esto fue estresante, pero constituyó un ejercicio para la disciplina de la creación y estoy conforme conmigo mismo, al producir una melodía cuando en determinado momento pensé que no iba a salir nada de mí.

Ahora estamos dando los toques finales, ayer estuve regrabando un bolero que aparece en el cuento y encontramos exactamente cómo debía ser la canción para que surta un mejor efecto en la película. Después, concluido este capítulo, creo que la he pasado muy bien y quisiera otro pie forzado.

En estos momentos se encuentra desarrollando varios proyectos musicales, entre ellos uno junto a su familia…

Estoy dando los toques finales a un disco de la familia que hicimos mi hermano, mis dos sobrinos músicos y yo. Hemos trabajado juntos en otras ocasiones, pero no profesionalmente.

Todo surgió a partir de una invitación que le hicieron a mi sobrino Harold para participar en un festival de jazz en Francia al que ha ido varias veces. Este evento celebraba una fecha conmemorativa y le pidieron que llevara un proyecto. Él pensó que sería bonito retribuir un poco a la familia con música y a mí me pareció una excelente idea para realizar un trabajo conjunto que hace tiempo nos pedían.

Yo estaba un poco renuente a hacer algo familiar movido por la simple razón de que “debe ser”. Las cosas surgen naturales, orgánicas, y esta ha sido la mejor manera en que ha podido salir. Aún no encontramos un nombre para el proyecto, creo que le vamos a dejar Familia López Nussa; quizás de aquí a que se termine el disco se nos ocurra otro título.

También acabo de hacer otro álbum, solo mío, que es un homenaje a mi madre, a la cultura europea que me dejó. Allí se incluye un coqueteo con la canción francesa que marcó también, desde mi juventud, mi preferencia por la música. El CD Invención Lekszycki es un poco ecléctico, abarca diferentes formatos de música: septetos, tríos, dúos, toco canciones de autores cubanos como Silvio, Pablo; abordo los diferentes caminos que he tomado en mi andar, casi todo popular, pero contiene una pieza del proyecto Sacrilegio, una invención de Bach que sí es clásica, a tres voces, de la que el disco toma parte del nombre junto a mi segundo apellido, que es polaco. Además, voy a participar con Leo Brouwer en su festival, tengo varios conciertos pendientes e invitaciones a diferentes países.

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