Sacrilegios y bendiciones

Roberto Chorens • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de Producciones Colibrí

 

Crece la mirada cuando avistamos el crecimiento ajeno y palpamos la incógnita de lo intangible al ser protagonistas del ascenso de alguien cercano que ha caminado —firme y sonriente— con las armas de la honradez y el deseo de entregarse con el sello de la diversidad creativa.

¡Qué decir, sin repetirnos, sobre la relación entre el silencio y la modestia sincera! ¡Cuánta tentación de citar lo ya expresado acerca de la  impronta  del artista  que no recurre más que a la infinitud de su creación para testimoniar  sus caminos de vida! ¿Escribir sobre Ernán López-Nussa después de verlo crecer desde y hacia todas partes? ¿Alabar lo que de por sí solo constituye una alabanza? Reaparece entonces el dilema nacido del afán de equilibrio (o desequilibrio) entre la razón y el sentimiento.

Imagen: La Jiribilla

Desde los recuerdos que guardo como condiscípulo de Ernán en el Conservatorio “Amadeo Roldán” y dejando establecidas las consecuentes diferencias de edades, su imagen se me presenta como un niño alegre cuyas únicas señales diferentes con respecto al resto del grupo eran sus colores de pelo y ojos. La alegría sostenida de todos —más que las travesuras— era un don común  y gracias a ella la vida convirtió a varios de estos muchachos en  músicos “de altura” como el propio Ernán, su hermano, el baterista Ruy, y el  trompetista Roberto García. Son los mismos nombres que hoy dan gloria a Cuba y al mundo, pero que en aquella etapa había que personalizar por sus pequeños sombreros de yarey cuando en la distancia era preciso reconocerlos  entre los surcos de aquellas “escuelas al campo” programadas para cada año.

Llega después a mi mente el joven Ernán y la presencia de un profesor  compartido, César López, que nos escogía piezas alejadas de los repertorios tradicionales. El recuerdo me regala volver a escuchar a Ernán tocando obras de Ravel y de Debussy con títulos fantásticos y vibraciones emotivas aún más fantásticas al ser escuchadas. ¿Cómo no reunir tales tiempos con el alcance de la quintaesencia alcanzada en los “sacrilegios” de esta vez, reunidos alegremente en  este disco multipremiado (¡cómo no habría de serlo!) en la última edición del Festival Cubadisco? Y permítaseme expresar en estas notas mi  complacencia al señalar la forma en que el evento se prestigia al distinguir realizaciones que de sacrílegas se convierten en dulces bendiciones.

Sigue la vida su curso y Ernán va del Conservatorio hacia otros escenarios donde amasar sus caminos mientras yo fui por otros, como suele suceder. Lo supe como estudiante del ISA y compartí con muchos la satisfacción de verlo aparecer en Cuarto Espacio, Síntesis y Afrocuba, cuando la agrupación actuaba en solitario o como acompañante de Silvio Rodríguez: me era claro que Ernán hacía haciendo a la vez que preparaba, con elegancia, tino y modestia, la llegada a horizontes tan amplios como los que podemos constatar en su penúltimo gran éxito: el álbum Veinte Pianos, del sello Colibrí, donde ocurre el intercambio entre la soledad del intérprete y la soledad del compositor, crueles delicias que signan al músico verdadero. Subrayo la responsabilidad tremenda de Ernán al asumir el compromiso de concebir música para ser tocada en el período de formación académica de los  jóvenes estudiantes del piano.

Imagen: La Jiribilla

Dibujo de Leonel López-Nussa, padre de Ernán
 

No es menos riesgoso en la carrera de Ernán dar a la luz pública lecturas de sus versiones-sacrilegios de algunas obras escritas por figuras imprescindibles en la nómina de creadores pertenecientes a diferentes épocas y estilos de la historia del arte pianístico. Noticias de versiones escuchamos casi a diario: en todos los ámbitos de “la música que nos rodea” (parafraseando a la inolvidable profesora Carmen Valdés) surgen aciertos escasos y abundantes desaciertos en el acto tan riesgoso de ofrecernos algo que pretende ser diferente a una fuente viva en su trascendencia. Ernán lo logra y no puede uno referirse a la totalidad de los resortes que emplea para el aplauso a no ser su suprema sensibilidad, respeto, cultura y efervescencia creativa.

Pocos se atreven a brindar resultados tras versionar piezas más o menos conocidas de Scarlatti, Chopin, Cervantes y muchos otros grandes nombres… En cierta ocasión expresé a Ernán mi desconcierto ante el uso de  la palabra “sacrilegio” pero es que, de seguro, la entendía yo en un sentido demasiado estrecho. ¿Son sacrilegios u homenajes los que Ernán nos prodiga en esta ocasión? No sé, todavía no doy una aseveración definitiva, aunque sí aplaudo y crezco espiritualmente con ellos, sea cual fuere su intención al ser concebidos. Los entiendo ahora, con plenitud, en tanto homenajes a los creadores que sirvieron de inspiración.

Imposible calibrar plenamente la labor creativa de artista alguno, por ello evito caer en la estrechez de calificar la obra de Ernán como atractiva, limpia, libre en su exposición de imágenes mediante recursos de la improvisación “escrita”, modélica en la forma de reunir orgánicamente las señas estilísticas del jazz, la música francesa y  la nacional cubana…  Estas y muchas otras frases crean el peligro de detenerse en las ramas obviando el tronco que las sustenta, en  limitar el mundo imaginativo del oyente sin cuya altura pierde sentido la realización definitiva de la música. Alejado del  temor a cualquier réplica, expongo el criterio de que la música de Ernán, por talento y oficio, por honradez y complicidad comunicativa, ostenta el nivel de originalidad que le ofrece lo auténtico de su concepción.

¡Ah! Y si quiere sentir la voz de Ernán, llame a su casa (no revelaré aquí el número telefónico, búsquelo usted por sus medios) y escuchará decir en una contestadora: “Deje su tono después del mensaje”. ¡Es buenísimo!

 

 

 

 

 

 

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