Boccaccerías habaneras: Tres cuentos
del divino relajo

Joel del Río • La Habana, Cuba

Lo primero: Dejar sentado que estoy usando la palabra relajo en su más distinguida acepción, aquella que da cuenta del hedonismo y la sensualidad que nos caracteriza como pueblo. Y además, me amparo en seculares tradiciones artísticas que aluden al erotismo desde la pintura, la escultura, la danza, la música, el cine y la literatura. Cuando se habla de literatura erótica, a muchos les viene a la mente los cuentos del Decamerón, un libro constituido por cien relatos breves, terminados por Giovanni Boccaccio en 1351 y que giran en torno a tres temas: el amor profano, la inteligencia puesta al servicio del placer, y la sexualidad como parte de la alegría de vivir.

Al igual que Las mil y una noches, El Decamerón establece un marco de referencia narrativo del cual brotan todas las historias. Si en los legendarios cuentos árabes se trataba de una mujer que pretendía salvar la cabeza con sus dotes narrativas, en el clásico italiano todo comienza con una descripción de la peste bubónica (que golpeó Florencia en 1348) y en medio de la epidemia un grupo de diez jóvenes: siete mujeres y tres hombres, se refugian en una villa en las afueras de Florencia, y cuentan una historia por cada una de las diez noches que pasan allí.

Imagen: La Jiribilla

Con Boccaccerías habaneras, recientemente presentado a la prensa nacional, justo antes de su estreno en numerosas salas de todo el país, Arturo Sotto no solo adaptó dos de las historias del Decamerón a la realidad contemporánea cubana (marcada según parece por el sexo tarifado y los intercambios íntimos entregados al mejor postor), sino que se reservó un papel como actor: el de un escritor que le cobra a la gente para que le cuente sus historias, de modo que, en este caso, el director, guionista y actor, deviene personaje narratario, es decir, receptor de las tres narraciones que componen el filme, y un poco también el elemento de enlace y cohesión de toda la trilogía.

Porque Boccaccerías habaneras se realizó bajo la admonición del slogan “todo el mundo tiene una historia oculta que contar”, y por lo tanto el espectador será, a través del personaje del escritor que cobra por escuchar historias, testigo husmeador, interesado en fisgonear en intimidades ajenas, y nada de reprobable hay en ello pues de este modo se cumple el principio que rige la relación filme-espectador desde la época de los hermanos Lumière hasta ahora. Y si las historias que nos cuentan, como es el caso, hablan de adulterios, sexo fortuito, prostitución, debilidades morales, lujuria y gente que hace cualquier cosa por lograr coitos y orgasmos con la persona elegida, entonces evidentemente existirá un extra de atracción para el público fisgón, y un extra de complacencia exhibicionista en el colectivo realizador de la película.

Imagen: La Jiribilla

Estamos en presencia del cuarto largometraje de ficción de un cineasta, ahora dedicado a convertir en motivo dominante, tanto el erotismo como la comedia de enredos, elementos vinculados más o menos fortuitamente a su filmografía anterior, integrada por Pon tu pensamiento en  mí, Amor vertical y La noche de los inocentes, en lo que respecta a su producción ficcional. Y si algo conserva intacto el director desde su primera película hasta ahora, es la vocación porque cada nueva obra devenga palimpsesto de citas y homenajes que en esta ocasión, optan por el desenfado y la naturalidad para incorporarse al discurso humorístico, casi siempre ubicado a dos pasos del delirio surrealista.

En el filme se alude, muchas veces abiertamente y otras de manera más velada, a Fellini y Visconti, a la comedia erótica italiana de los años 60, a las bodas rimbombantes y sus operadores de video, al circo y a las tabaquerías, sin olvidar el mito de Carmen, la gitana célebre por haber inspirado novelas, óperas, ballets y decenas de películas. Sotto, con la complicidad de Alejandro Pérez (responsable también de la belleza bajo presión en La Habana de Conducta) satura la imagen capitalina de luminosidad y colores contrastantes, al tiempo que desfilan por pantalla, cumpliendo mayormente a cabalidad, unos 50 actores con texto, desde consagrados como Jorge Perugorría, Patricio Wood, Luis Alberto García y Mario Guerra, hasta novatos de prometedor futuro como Yudith Castillo, e intérpretes especializados en el humor que confirman su clase estelar como Yerlín Pérez y Omar Franco.

Luego del estreno de Boccaccerías habaneras puede hablarse con mayor certeza de un cierto rebrote erótico en el cine cubano. Títulos muy recientes como Afinidades, de Vladimir Cruz y Jorge Perugorría; Se vende, de este último; Jirafas, de Enrique Álvarez y Melaza, de Carlos Lechuga; convirtieron las relaciones sexuales en parte importante de la acción dramática, y contribuyeron a incentivar la inclinación por la temática erótica, una asignatura pendiente en el cine cubano. Porque, a lo largo de 50 años, apenas se le ha concedido espacio a la carnalidad, el desnudo y la concupiscencia, a pesar de algunos momentos memorables en varios filmes de Jorge Molina, en La vida es silbar (1998), de Fernando Pérez y Papeles secundarios (1989), de Orlando Rojas. Pero a pesar de todo ello, predomina la sensación de que sigue siendo excepcional la sensualidad que le comunicaran Beatriz Valdés y César Évora a La bella del Alhambra, o Silvia Águila y Jorge Perugorría a Amor vertical.

Arturo Sotto asegura que Boccaccería: «es una película que aspira más que a un erotismo a una sensualidad. Por supuesto, hay desnudos porque están en la obra de Boccaccio. Obviamente hay un referente importante que es el Decamerón hecho por Passolini que fue y es una película importante. Pero todo está planteado desde una sensualidad que se debe respirar en la película. El primer cuento, que nosotros llamamos “Los primos, es sobre una familia cubana típica. Casi todos dentro de una casa, con una boda. El segundo cuento se llama “No te lo vas a creer, la historia de un baúl que va rodando toda una madrugada por La Habana, y el tercero es “Una historia del tabaco”, cuya acción se desarrolla dentro de una fábrica de tabacos».

Imagen: La Jiribilla

Con una clara vocación para complacer a todos los públicos, o por lo menos a la mayor parte de quienes todavía persiguen y añoran el cine cubano, Boccaccerías habaneras apuesta por continuar hablando, desde el humor, sobre ciertos tópicos que nos caracterizan en tanto pueblo tropical, latino, y conste que los estereotipos y los lugares comunes tampoco se entronizaron por generación espontánea, provienen de ideas, creencias y opiniones impuestas por el medio social y cultural. De modo que si alguien se irrita porque no somos como nos describe Arturo Sotto en su película, habría que ponerse a pensar en cuánto nos parecemos a esta imagen deformada con que suele trabajar la comedia.

Comentarios

me gusta mucho el cine cubano, siempre alegre y jovial!

Me gusta el cine cubano

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