Estampas pictóricas de Vicente Hernández

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Los cuadros que Vicente Hernández ha colgado este verano en las paredes de la Galería Villa Manuela, de la UNEAC, parecen postales polícromas de un viaje al centro de una geografía obsesiva y recurrente en su obra.

Por si fuera una huella no es un título escogido al azar por este artista que proclama su sentido de pertenencia a una comunidad costera al sur de la capital: Batabanó, puerto de enlace de la Isla grande con la Isla de la Juventud. Consciente o inconscientemente juega con las palabras que Alfredo Guevara puso al frente de una de las recopilaciones textuales (¿Y si fuera una huella?, publicada en 2008) con las que dejó testimonio de su incidencia en la vida política y cultural de la Revolución. En el caso del pintor —quien por cierto, fue invitado por Guevara a realizar un cartel para el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana—, el título es una evidente alusión a la memoria como fuente de inspiración y preocupación de su obra.

Imagen: La Jiribilla

Una memoria que en una instancia se alimenta del dato puntual —barcazas, barcos, velas, chimeneas, casas, agrupamientos de casas, nubes, olas— y en otra se desata en variaciones de una dinámica vertiginosa, como quien desea proyectar los recuerdos en un contexto espacial diferente y una dimensión temporal predecible aunque inexistente.

Por momentos la nostalgia se convierte en atmósfera predominante en la composición, bajo la pátina de cielos tenuemente coloreados, o en la quietud que enmarca los minuciosos trazados de calles, edificaciones y patios, pero los vientos tormentosos que soplan y casi pueden palparse físicamente en los cuadros, predispone la apreciación del conjunto bajo una óptica para nada nostálgica.

Es inocultable la poética daliniana que por momentos asoma donde uno menos lo espera en la reinvención del paisaje urbano-marino, como tampoco resulta descabellado situar entre los referentes estilísticos a Brueghel el Viejo (verbigracia, “La Torre de Babel”, cuadro de 1563) y los grabados de la escuela panorámica norteamericana que tuvo entre sus más descollantes cultivadores a Albert Ruger, Thaddeus Mortimer Fowler, Lucien R. Burleigh y Henry Wellge.

El propio Hernández ha insistido en su filiación a una de las parcelas de lo real maravilloso. No hay que tomar esto al pie de la letra, en tanto sus visiones, más que una integración sustancial del mito, quedan como anécdotas de una ambición no desplegada en toda su magnitud.  Tal vez esto se deba a la prolijidad del trazo, a la pormenorización de los elementos reflejados o, en otro extremo, al énfasis en la fabulación. De una parte, se advierten figuraciones que pudieran hallar una correspondencia verbal en la crónica costumbrista. De otra, la metaforización de esos pasajes en el espacio ficcional que se ha inventado el artista, trata de salvar el discurso del peligro de la mera ilustración. Que lo consiga o no, depende de la pupila atenta del espectador, más que de la voluntad del pintor.

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