Ciertos temas

María E trató de concentrarse. A pesar de saber que no iba bien, utilizó los mismos recursos de otras veces. Se encerró en su dormitorio, desconectó el teléfono y colocó bien a mano los H.Upmann, la caja de fósforos ilustrada con la escalinata del Museo Nacional y encendió el equipo de música. Esta vez, la voz de Victor Victor en el disco Bachata entre amigos debía surtir efecto. Apenas le quedaba tiempo: era esa noche o nunca, de manera que no podía permitirse el lujo de dejarlo para un después que no iba a ser.

Aunque la versión de Rabo de nube la envolvió haciéndole pensar qué habría querido decir Silvio con y nos dejara el querube, y más adelante Pablo (en la voz del dominicano) le hiciera chasquear la lengua con eso tan lindo de vemos las horas que van muriendo, ella intentó, una vez más, escribir un texto del que no tuviera que arrepentirse. En realidad nunca se arrepentía. Más bien lamentaba no disponer del talento, del tiempo, de la disciplina o quizás del coraje para escribir acerca de ciertos temas. Por costumbre, abrió el Larousse y leyó: Arrepentirse- pesarle a uno haber hecho o dejado de hacer alguna cosa.

Entonces ¿puede decirse que soy una arrepentida? Pensó, y acto seguido cerró el diccionario para no dejar que sus eternas interrogantes le robaran más tiempo.

No obstante, se entretuvo más de lo razonable contemplando la portada del Larousse. Se trataba del Pequeño Ilustrado y recordó (para empezar) la canción que su padre le cantaba cuando era niña, allá lejos y hace tiempo: Cuantas cosas ya se han ido al reino del olvido, pero tú sigues siempre a mi lado, pequeño Larousse Ilustrado. Antes de saber que era María Elena Walsh la dueña de esa canción, ella, atribuyéndole a su padre versos inolvidables, le rendía homenaje consultando una y otra vez, hasta el infinito y para siempre, el Larousse. De inmediato, como si no tuviera prisa, recordó una discusión que tuvo con un Doctor en Ciencias que insistía en dividir a la población cubana en grupos etarios. Ella, miembro del Tribunal que lo evaluaba,  sugirió sustituir la palabra etario por edad, aduciendo que la primera no aparecía en el diccionario. No logró convencer al vocal ni al secretario ni al candidato (que terminó siendo Doctor), si bien se los imaginó a todos comprobando esa noche que no todas las palabras existen.

Le molestaba que nos dividieran en términos, en grupos, en cosas. Que estuviéramos simplemente divididos ya era bien doloroso, para encima soportar que lo hicieran con palabras que no aceptaba su querido Larousse.

Luego de estas divagaciones y ya por la tercera canción del disco (No hacías otra cosa que escribir, repetía Victor Victor como si fuera Fito cantándole a Cecilia Roth), se dispuso a escoger un tema para el Concurso “Cuba de hoy”. El de las mujeres no. Se había convertido (ay) en un recurso trillado. Quedaba mucha tela por donde cortar, bien lo sabía, pero sólo con extrema cautela puede aspirar hoy una mujer a escribir algo que todos lean, donde denuncie el pozo adonde nos han lanzado, pensó. ¿Nos habremos dejado empujar? se preguntó y, al encender un cigarrillo se reclinó en el sillón, sabiendo que había puesto el dedo en una de sus llagas, que necesitaba tiempo para analizar lo que estaba pensando, aunque no saliera nada después.

Las mujeres, las mujeres, tan graciosas que somos de niñas y tan feroces después. Tan angelicales con cintas, muñecas y besitos lanzados al aire cuando niñas y tan complicadas después. Nosotras, por Dios, tan ingenuas creyendo en hombres que nos van a amar hasta que la muerte nos separe, a quienes les vamos a parir porque luego encontrarán en nuestras estrías y en nuestros pechos mustios la huella de las entregas y los surcos de un rio infinito. Mentira, mentira, todo mentira. Y qué horror descubrirlo cuando ya se es demasiado tarde. Cuando lo aprendemos, ya somos tarde de la tarde. Y entonces, además de no haberle parido nunca a nadie, de lidiar con hijos que suelen ser tan ingratos y demandantes como sus padres, debemos enfrentar una feroz e inútil batalla para que nos respeten a pesar del tiempo. Un viejo, vamos a ver, tiene cierto atractivo. A las canas les llaman nieves plateadas o sandeces por el estilo, y si surge el tema de la edad, aparece la consabida excusa de la experiencia, una carta que bien jugada, resulta eficaz. ¿Y nosotras? Sólo seremos viejas de mierda. ¿A qué hombre puede intrigarle lo que hayamos aprendido? Es nuestra culpa. Ya lo leí una vez, que si una mujer es madre, tendrá la culpa de todo lo que suceda con sus hijos, y si una mujer decide no ser madre, también será culpable de no cumplir con el mandato de preservación de la especie. Todas las mujeres parecemos  culpables.  ¿Cuándo, por qué, quién me lanzó a este mierdago, aunque el Larousse diga que esa palabra significa un fresal silvestre? 

Descartado el tema de la mujer, reconociendo que no tenía ni un ápice de la cautela que ella misma consideraba necesaria, salió de la habitación, dejando que la versión de Lucía flotara hasta el pasillo, por donde se alejó hasta la cocina. Se preparó una limonada bien cargada de azúcar, la bebió de un tajo, y sonó el teléfono. X la llamaba desde Afuera, como cada mes.

—Hola, querida María E, ¿todo bien?

—Sí. ¿qué tal tú?

—Bien. ¿mucho calor por allá?

—Más o menos. ¿Y aquello qué?

—Lo mismo con lo mismo. ¿Y las cosas?

—Como siempre. ¿Y Fulana?

—Igual, ya sabes. ¿Algo nuevo?

—Nada. En la lucha. ¿Y tú?

—Igual. Entonces, ¿todo OK?

—Todo OK. Besos pa ti.

—Lo mismo. Chao.

—Bye.

Regresó al cuarto, encendió otro H.Upmann, y, al sentarse en el sillón, dejó pasar unos minutos (3:54 exactamente) para escuchar a ritmo de bachata A la sombra de un león de Sabina, con la ilusión de que algún tema le llegara.

Recordó que a X le gustaba Sabina. La conversación que acababan de tener hizo que meditara en él, y en lo que se habían convertido. Era tanta la añoranza, tan grande el añojal (monte despejado, según el Larousse) que ambos estaban como mudos desde años antes, y refugiándose en diálogos insípidos cumplían con el deber de saludarse de mes en mes. Fulana, la mujer de X, podrida en plata (como se decía) lo había arrastrado a Afuera, logrando no sólo el buen vivir que le tocaba, sino separarlo de ella.

De niños, jugaban a infinidad de cosas. A los médicos, a los cosmonautas, a ser maestros, a navegar. Hasta a quererse jugaban.

—Te voy a querer en la lejitud —Le dijo un día X.

—¿Y eso dónde queda? Había preguntado ella.

—¿Dónde va a ser? Más allá de la neblinez.

María E se puso seria (recordaba). Eran los años en que, ya fanática del Larousse, revisaba vocablo a vocablo, las 90 000 palabras. Eso decía ella, y ni neblinez ni lejitud estaban.

—No importa. Las palabras son siempre inventadas, ¿o no? —Había dicho él.

Ya pasados los tiempos de jugar, siguieron viéndose como  buenos vecinos, criados juntos que eran. Fulana y ella se habían detestado desde el primer día, si bien disimularan todo el tiempo, obligadas a compartir los mismos pedazos de cuadra.

—Te voy a llamar todos los meses, esté donde esté —Le dijo X la noche antes de irse—. Acuérdate de que el mono, aunque se vista de seda, mono se queda.

—¿Y eso a qué viene? —Dijo ella.

—A que no cambiaré nunca el tíbiritábara, la envolvencia ni la psicofancia. Y ya sé que nada de eso aparece en tu mataburros favorito. Chao, querida.

Más allá del dolor que sentía por X, María E creyó (escuchando quiero abrazarte tanto, del marido  de Ana Belén)  que tal vez si lograba escribir sobre los que se fueron, los que se van y los que se irán, saldría el cuento que necesitaba entregar al amanecer. Ya había destruido todos los anteriores: “¿Realmente somos compañeros de compartir el pan?”, “¿Quién es la mujer de?”, “¿Para quién es la alfombra roja?” por considerarlos recurrentes, tediosos y demasiado inquisidores, así que debía esforzarse, una vez más.

Encendió otro cigarrillo y pensó: Lo más jodido no es el tiempo que perdemos en las discusiones bizantinas de por qué y de por qué no, sino la osadía de todos en juzgarnos. No basta el reclamo de quienes nos quedamos para  que nos dejen en paz. Tienen que discutirnos hasta el mísero puesto que nos toca. Y peor aún, si se me ocurre decir que ni el infierno parece tan infernal, ni el paraiso tan paradisíaco, también voy a ser juzgada. ¿Será que la vida es una constante elección? ¿Seremos juzgables siempre?

Llegado el caso de la intensa duda, yo diría igual que el abad cuando le preguntaron cómo distinguir a los herejes de los creyentes: Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos. Pero sin dramatismos, yo escribiría:

Hace mucho tiempo yo era una niña. Mi padre me cantaba una canción que decía Tú me ayudas con buenos consejos a hacer versos por casualidad, y me asombras igual que el espejo, con la fábula de la verdad, refiriéndose al Pequeño Larousse Ilustrado. Yo pensaba que en ese libro estaba la verdad, y como sólo encontré palabras, banderas, fábulas y mapas, pues para mí, esas cosas eran la verdad y nada más.

Leyó lo que acababa de escribir y enseguida le encontró defectos, que enumeró mentalmente, al compás del Llanto a la luna, de José Manuel Calderón:

Uno- Si digo que era una niña hace mucho tiempo, me estoy condenando a la categoría de vieja de mierda. A nadie le voy a importar.

Dos- Todos detestan las alusiones al padre. Ay, qué puerilidad, dirán. Hablar del papá con tanta violencia, tanto sexo y tanto desastre que contar.

Tres- ¿Qué quiero decir con que la verdad está encerrada en un libro? ¿Qué hacemos con la intolerancia, con los muertos, con los huracanes? Ni yo misma sé.

Después de oír varias veces Luna, tú que eres como ninguna (espantoso verso, pensó),  estrujó el papel donde estaban escritas las pocas e inservibles palabras  y lo lanzó al suelo sin furia. Debía reconocer que nada bueno iba a salirle.

Volvió a colgar el teléfono, abrió el cuarto y se fue al baño. Se duchó por largo rato,  limpiándose del descomunal esfuerzo de no haber hecho absolutamente nada, y se acostó. Tuvo tiempo de escuchar Por amor, de Rafael Solano, y le gustó la voz de Victor Victor diciendo que por amor se confunden las aguas y en la fuente se besan, sin poder precisar por qué no le parecían cursis esas palabras.  Justo antes de dormirse, pensó que (tal vez) la causa de su fracaso era que no tenía ningún chiste  contar la vida como una obviedad del realismo. Y ya en el comienzo del primero de los sueños que seguramente venía en camino, se animó. Sueños tenía de sobra, eso sí. Y cuando pudiera escribirlos...ah....qué maravilla. 

 

Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961): Médico y narradora cubana. Miembro de la UNEAC. Entre sus publicaciones se encuentran: Dolly y otros cuentos africanos (1994); Clemencia bajo el sol (Gran Premio Cecilia Valdés, 1996); Oh vida (Premio UNEAC, cuento, 1998); La Hija de Darío (Premio Alejo Carpentier, 2005); Nadie es profeta (2006), La vida tomada de María E (2008); Jugada en G (2014) y Universo y la lista (2014). En 2004 recibió la Distinción por la Cultura Nacional.

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