En el aniversario 80 de la compositora

La imprescindible levedad de Marta Valdés

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

No todo el mundo tiene la suerte de salir al ruedo bajo la sombrilla protectora de una voz irrepetible. Tal fue el caso de Marta Valdés. “Palabras” rebotó de radio en radio, tocadiscos en tocadiscos, victrola en victrola, dicha con la dicción rotunda y característica de Vicentico Valdés, uno de lo boleristas que hizo época hacia la medianía del siglo pasado.

Imagen: La Jiribilla

Sin embargo, algunos creen todavía que “Palabras” fue el primer éxito de Marta cantado por Vicentico. A la altura de 1960, ya había grabado “En la imaginación” —asociada en mi memoria a las secuencias finales del filme Un hombre de éxito, de Humberto Solás—, “Deja que siga sola” y “Tú dominas”. La propia Marta evocó en la deliciosa columna de crónicas musicales que publica en el portal Cubadebate cómo Vicentico llegó a ella: “A mí, recién nacida al mundo de las canciones, me tocó  gozar del privilegio de recibir un buen día, orquestada por René Hernández,  arropada entre flautas y violines sazonados por los solos de piano de ese gran músico, la primera grabación de una composición mía, puesta en la voz enorme del gran Vicentico. Finalizaba el año 1957; igual suerte —a la par de las más recientes piezas de mi amigo (Giraldo) Piloto— corrieron algunas otras de mi naciente producción, ahora seleccionadas por el propio intérprete, de visita en su tierra y sentado delante de mí en el rincón de trabajo que las vio nacer”.

Ahora bien, sucede que “Palabras” aparece como la primera obra musical plenamente terminada de la joven Marta, esbozada mientras viajaba en una guagua por las calles de La Habana. Y sucede también que desde ese momento comenzó a definir una estética personal en el ámbito de la canción, que quizá no sea muy visible en las interpretaciones de Vicentico, quien ya consagrado arrimaba a la brasa de su estilo inconfundible todo lo que asumía.

Una estética que si bien no se desgajaba radicalmente del territorio en que solemos enmarcar su impronta, la del filin, representaba en el cruce de la década de los 50 a la del 60, un punto de giro.

Los muchachos del filin, con César Portillo de la Luz y José Antonio Méndez a la cabeza, habían aportado desde finales de los años 40 un cambio sustancial en la canción cubana, el cual apretadamente podría resumirse en una nueva orientación armónica, el desplazamiento del piano hacia la guitarra como centro de gravedad del trabajo autoral (como había sucedido ya en la fértil etapa trovadoresca anterior), cierto aligeramiento de la retórica textual al uso, la asimilación de las influencias del jazz y el blues que llegaba a través del cine y los discos, y hasta determinado avecindamiento con los hallazgos del impresionismo en la música de concierto.

Desde la óptica del análisis musical, de acuerdo con el maestro José Loyola, existen en el filin elementos que sobresalen comparativamente, en relación con otras modalidades de la canción cubana. Como resultado de la influencia de la música de origen norteamericano, ya mencionada, la estructura armónica es menos transparente, se hace más densa en el aspecto vertical, pues  se complejizan las funciones armónicas del acompañamiento con acordes donde proliferan los de séptima de dominante, séptima disminuida, novenas mayor y menor, tónica con sexta añadida, tónica con séptima mayor, oncena, trecena y otras combinaciones armónicas intercaladas como interdominantes o dominantes auxiliares, según el centro tonal de la obra. También es muy característica la sucesión paralela de acordes, las progresiones y las secuencias armónicas descendentes por medio tono.

Sin embargo, la mayoría de las canciones de los autores del filin como las iniciales de la propia Marta, boleros al fin y al cabo, fueron popularizadas en buena medida en las voces de los más destacados boleristas de la época, insertados en las sonoridades de los conjuntos.

La geografía habanera (y de algunas otras ciudades, Cienfuegos con el Bar Escambray, Santa Clara con El Sótano) de los espectáculos nocturnos al inicio de los años 60 fue el contexto que permitió poner en evidencia los aires renovadores de una compositora como Marta.

Si el filin era intimidad, un tú a tú con el escucha, a base de guitarra y voz, acaso arropada esta por un pequeño formato instrumental; ello se hizo posible en la trama de pequeños clubes: los muchachos del filin tomaron, por ejemplo, el Pico Blanco del hotel Saint John; desde el Atelier hasta La Gruta, desde el Imágenes hasta La Zorra y el Cuervo, desde El Patio del Habana Libre a El Gato Tuerto. Eran los tiempos de Elena Burke, Teresita Herrera, Ela O’Farrill, Doris de la Torre, Frank Domínguez, Ñico Rojas, Piloto y Vera, Juan Pablo Miranda, y el piano de Felipe Dulzaides y Frank Emilio, y las clases de guitarra de Guyún, del nacimiento artístico de Pablo Milanés.

Todo ello se entroncaba con una nueva sensibilidad en la poesía, abonada por los bardos de la llamada Generación de los 50. No es ocioso el hecho de que Roberto Fernández Retamar, poeta mayor de esa promoción, haya publicado un libro decididamente coloquial como Buena suerte viviendo en 1965 y haya incluido allí unos versos que citaré:

Si me dicen que te has marchado
o que no vendrás,
no voy a creerlo: voy
a esperarte y esperarte:
si te dicen que me he ido,
o que no vuelvo,
no lo creas:
espérame siempre.

El poema se llama “Filin”. Y aunque lo escribió Roberto, muy bien pudo habérsele ocurrido a Fayad Jamís, a Domingo Alfonso o a los jóvenes que probaban sus primeras armas nucleados en El Puente, pienso ahora mismo en Nancy Morejón y Miguel Barnet.

José Mario, fundador de aquella editorial, recuerda en 1964 “un recital en el club-teatro El Gato Tuerto con los compositores y cantantes de filin afines a nuestra poesía: Marta Valdés, Cesar Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ela O'Farrill, entre otros. Era una antigua idea de la que nos había hecho partícipe Alejo Carpentier y que constituyó un enorme éxito por la gran expectación que creaba y por la cantidad de público que quedaba en la calle imposibilitado de entrar”.

La Habana que visualmente asistía a la madurez del abstraccionismo expresionista, a los primeros atisbos del pop art y a la consolidación del movimiento moderno en la arquitectura, encajaba en el modo de hacer de Marta Valdés, quien como ha dicho el poeta Guillermo Rodríguez Rivera, inició “una decantación de la sonoridad dominante hasta entonces, dentro de la tendencia”, y renovó en términos de lenguaje poético la canción cubana. El notable musicólogo y editor Radamés Giro también señala cómo “la compositora emplea una cierta inquietud tonal o movimientos por diversos tonos, estrategia que otorga mayor sentido lírico a sus textos”.

De modo que Marta se nos ha hecho imprescindible sin mucho aspaviento. Leve y a la vez grávida de ideas y emociones, como la que desde hace unas cuantas décadas, pensando en Frantz Fanon y Los condenados de la tierra, comparte con nosotros al decir:

Quiero esta isla donde a veces
el año dura tantos meses
y tropezar
por donde voy
pero saber quién soy.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato