Gerardo Fulleda León

“El teatro es una tarea pendiente para el espectador”

Mayté Madruga Hernández • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Amante de la obra de Emily Dickinson y Virgina Woolf, Gerado Fulleda León entiende el teatro como un lugar imaginario donde lo importante es el sentimiento y lo verdadero. Autor de clásicos como Ruandi (1977), Plácido (1967), La querida enramada (1981), entro otros, actualmente el mítico director del grupo Rita Montaner, se encuentra escribiendo una obra titulada La adoración confesa por Marilyn Monroe.

“Son tres personajes: una actriz, un escritor de telenovelas de radio, quien es su esposo, y un campesino. Sucede en el Pico Blanco durante cinco décadas cada escena, y en cada década ocurren sucesos muy importantes. La estructura de la obra se asemeja a Esperando a Godot de Samuel Becket”, así me confesó este dramaturgo, quien esperó el Premio Nacional de Teatro sin amargarse, y cuando por fin se lo otorgaron este 2014, le confirmó la certeza de que todo debe cambiar.

Además de su obra, ha dirigido varias adaptaciones, ¿en su opinión, qué no le debe faltar a una adaptación?

No lo deben faltar tres cosas: osadía, pasión y vanguardia. Creo que una adaptación no es un calco, ni es una mera traspolación de tiempo y espacio, o de idioma. Para mí es algo más. Existe lo que se llama la versión, que también es muy válido, pero yo cada día me he vuelto más trasgresor, el conservadurismo que existía en mí cuando tenía 30 o 40 años se ha ido perdiendo. Cada vez creo más que el teatro se hace ahí, en la escena, delante del espectador, y te diría algo más, como dice un personaje de una obra mía: en el espectador. Y para que se haga en él hay que mover determinados valores que impiden el calco.

Lo que sí creo que debe quedar es el espíritu.Normalmente las obras que provocan una adaptación son transgresoras; han permanecido y convocan, esto es porque en su momento conmovieron a alguien e hicieron pensar de una forma distinta al espectador y al resto de los creadores.

He llegado al convencimiento de que el teatro como literatura, se debe publicar como fue imaginada, pero el teatro como espectáculo teatral necesita otra transgresión, con nuevos valores y nuevos puntos de vista.

¿Cómo es dirigir textos suyos y de otros autores?

Siempre dije que a mis textos le podían quitar lo que quisieran, pues los directores tienen sus puntos de vista, que no es el punto de vista de los autores, aunque lo busquen, pero no es el mismo. Me siento más cómodo dirigiendo el teatro de los demás, porque hago cosas que no se me ocurrirían con un texto mío, pues a los de mi autoría no me atrevo a quitarles nada.

Ahora me está pasando un hecho muy singular. Mi más reciente texto se titula La pasión desobediente y tiene que ver con la Tula (Gertrudis Gómez de Avellaneda) en el lecho moribundo de su esposo en Pinar del Río. Yo analicé mucho material: cartas, novelas, pero al final escribí la Tula que hay en mí, pese a todo lo que consulté y consulté, escribí desde mi punto de vista. Los personajes tienen que sentir, y ese sentimiento es el mío.

También que otros directores monten tu obra mejora el texto. Esto me ha pasado con títulos como Ruandi, la cual he arreglado con cada versión de puesta en escena, lo que ha permitido que ese texto crezca.

Usted ha sido calificado como defensor de la cultura popular, ¿cuáles serían los derroteros de la cultura popular cubana actualmente?

Hace muchos años cuando estudiábamos la cultura popular tradicional yo era uno de sus abanderados. El tiempo me ha enseñado que esta también cambia. Lo popular sigue siendo aquello que en el escenario implique, de alguna forma, relaciones de diferentes procedencias y de diversas formas de pensar. Eso para mí es reflejar la cultura popular. No creo que esta sea un dogma sino que se transforma.

¿Cómo ve la relación con los nuevos dramaturgos?

Los nuevos dramaturgos hacen lo que pueden, como todos, normalmente casi nadie hace lo que quiere totalmente. Es importante también, como decía Bertolt Bretch, saber decir las verdades. Yo creo mucho en ellos, lamentablemente no se pone todo su teatro.

Yo les pediría que se metieran bien abajo en la realidad, pero que trataran de no salir muy “tiznados”, pues a veces cuando uno se imbrica demasiado no tiene perspectiva para ver la realidad; hay que hundirse en la realidad, y saber cómo salir a flote de ella.

¿Qué valoración tiene para usted el espectador cubano actual?

El espectador siempre va a buscar que lo complazcan. El teatro ante todo es una forma de entretenimiento, que tiene factores que conmueven. Una obra de teatro no cambia absolutamente nada en la sociedad, no trasforma los problemas que se plantean, pero sí ayuda a pensar, a sentir y a reconocerse uno mismo, a veces de una forma negativa, y aunque el espectador lo rechace, ahí queda.

Los espectadores nuestros van siempre a buscar lo que les satisface y en esa búsqueda pueden ser algo tendenciosos, a veces pueden ser tiranos, y a veces podemos —y me incluyo— ser pedestres, porque por la satisfacción somos capaces de olvidar otras cosas, y pasar por alto unos errores y no reconocer algunas virtudes.Pero creo que existe un espectador, el cual se ha ido relacionando con el teatro, y que está en algo que, lamentablemente siempre pasa, que es la moda, pero ¿quién no?, me refiero sobre todo al espectador joven.

El espectador actual no está en contra de las sorpresas —que son como un estacazo que sucede en el teatro— y se pregunta: ¿pero qué es esto? Y eso se le queda, puede ser una imagen, un momento, una escena, un final, o una palabra que se diga.

Creo que existe un espectador gracias a los festivales y al movimiento teatral, que acude a las salas, con mayor o menor sentido de lo que es el arte teatral, aunque todavía podríamos despertarlo más. Si hacemos nada más teatro para satisfacerlo y entretenerlo, eso no es suficiente.Para mí el teatro es un espacio imaginario para la interpretación lúdica y reflexiva de la realidad, no es una pancarta.

Como autor yo te diría que cuando escribo es como una labor de exorcismo y eso es lo que trato de provocar en el espectador. No me interesa que duden si eso es real o imaginario. En el teatro no interesa tanto lo real como lo verdadero.

El teatro es una tarea pendiente para el espectador, porque si este sale con una idea en la cabeza, analizándola, ese es el teatro que funcionó.

¿Hoy el teatro para niños se hace más desde la escena que desde la literatura, o van al mismo nivel de creación?

Creo que hay muy buenos directores. Salvo tres o cuatros dramaturgos que están haciendo obras para niños, no lo veo igual. La puesta en escena por ahora, siempre va por encima de los textos. Eso me preocupa porque creo que hay  un déficit de la dramaturgia y algunos espectáculos se ven lastrados por eso.

¿Qué valoración le merece una profesión como la del asesor dramatúrgico dentro de los grupos de teatro? ¿Cree que actualmente se respeta lo suficiente?

Yo sé que para muchos el asesor es alguien innecesario, molesto. Yo fui asesor durante más de 25 años y he asesorado además películas. Es una profesión fundamental y de colaboración, porque es el que gesta con el director y el autor una puesta en escena. Es alguien que te ayuda a dilucidar puntos de vistas. Lamentablemente muchos directores lo consideran un estorbo, pero los asesores son esa caída que te ayuda a levantarte.

Hábleme del Premio Nacional

El premio, como algún creador que toma el teatro en serio, siempre imaginé que me tocara. Llegué a decir: a lo mejor llego, pero nunca fue una preocupación para mí. Se lo agradezco mucho a todas las personas que me han ayudado. A mi compañía “Rita Montaner”. Significa un viraje que ya se venía gestando, donde busco seguir más adelante y no hacer nada por complacer.

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