Entrevista con el actor Félix Beatón

“El escenario siempre es un reto,
un aprendizaje”

Ana Lidia García • La Habana, Cuba

Félix Beatón espera con ansiedad el estreno nacional de Boccaccerías Habaneras. La película recibió el aplauso y el premio del público en el 35. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en diciembre de 2013, pero la prueba de fuego está por llegar. “Ahora el pueblo de Cuba tendrá la oportunidad de verla y son las opiniones de esas personas las que más me interesan”, me confiesa mientras fuma un cigarrillo y disfrutamos del viento fresco que sopla en el jardín de su casa, un oasis en medio de este verano asfixiante. Es el auténtico Félix, está en su entorno cotidiano. Esta vez no sigue un guion ni encarna otra vida. Ahora cuenta su propia historia, la que casi nunca aparece en la televisión o en el cine.

Imagen: La Jiribilla

Sobre el filme y su personaje habla muy poco, prefiere que los espectadores vayan a verlo a las salas de exhibición y por eso se limita a ofrecer solo algunos detalles. A Bruno, nombre del papel que desempeña, lo cataloga como “una víctima más de las circunstancias”, alguien con quien “muchos se pueden identificar porque es otro cubano en la lucha diaria por subsistir”. Lo importante para él es que invita a reflexionar: “algunos solo reirán, otros se quedarán pensando”.

¿Cómo fue el trabajo con Arturo Sotto y con el resto del equipo?

Todo fluyó muy bien porque Arturo es una persona muy especial, sabe dirigir de manera exquisita a los actores. Es exhaustivo a la hora de explicar lo que quiere y transmite mucha paz en el set. Nunca había trabajado con él, tampoco nos conocíamos personalmente, por eso me asombré mucho cuando me llamó para hacer este personaje. Pienso que después de esta experiencia positiva me tenga en cuenta para otros proyectos, seguramente en el futuro volveremos a trabajar juntos.

Tuve la suerte también de compartir escena con Zulema Cruz, quien fue integrante del Conjunto Nacional de Espectáculo, grupo teatral que dirigía el humorista Alejandro García “Virulo”, y vino a Cuba como invitada para hacer el rol de mi esposa. 

¿Y con los jóvenes?

Siempre me entiendo con los jóvenes, no tengo problemas al trabajar con ellos. De hecho, la muchacha que hace de hija mía en Boccaccerías…, Claudia Álvarez, había estado en esa misma posición en un teleplay que filmamos tiempo atrás. Durante la filmación no acostumbro a darles consejos si no me los piden. Cuando se acercan a pedir una opinión, entonces los ayudo, no porque considere que esté en un nivel superior, sino porque los años me han dotado de cierta experiencia que me permite enfrentar las situaciones desde puntos de vista diferentes.

¿Qué lo motivó a aceptar el papel de Bruno?

El personaje me gustó desde que leí el guion, pero además te digo con toda honestidad que el actor cubano que no acepte un papel en una película, está loco realmente, a no ser que se trate de un personaje terriblemente malo. Por lo general, siempre estamos ansiosos por hacer cine y si un director de la talla de Arturo Sotto te llama para trabajar, pues no se piensa dos veces.

¿Por qué habla del cine con tanta pasión?

En el cine puedes trabajar mejor los personajes, tienes más tiempo, te desgastas menos porque en un día se graban tres, dos o una sola secuencia. Todo se prepara con más calma, se ensaya cuantas veces sea necesario. En la televisión, sin embargo, he tenido días de varias escenas fuertes; jornadas de filmación en las que trabajo hasta por la noche, llego a la casa, me baño y me pongo a estudiar para hacer al otro día siete, ocho y hasta diez escenas. Todo es con mucha premura y eso obliga a captar la esencia del personaje desde la primera lectura del guion. Aunque uno lo disfruta es, sin duda, desgastante. He trabajado mucho en la pequeña pantalla, pero últimamente me han llamado bastante para hacer películas, he participado en coproducciones con papeles pequeños, he hecho algunas cosas en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños y Boccaccerías… es mi tercera cinta; antes estuvieron Kangamba y Sumbe.

Imagen: La Jiribilla

¿Ha incursionado en el teatro?

En los inicios de mi carrera hice mucho teatro; sobre todo en mi Holguín natal, como aficionado. Allí también hice radio. En La Habana la única obra que realicé fue con el Teatro Buscón, una pieza de Nicolás Dorr que se llama  Juegos sucios en el sótano. Soy un actor que no estudió en la academia y, sin embargo, he podido incursionar en todos los medios.

El público cubano lo ha visto hacer muchos personajes negativos, ¿prefiere ese tipo de papeles?

Puedo asegurar que he hecho tanto papeles negativos como positivos durante mi carrera. Es cierto que me gustan los personajes retorcidos o los villanos, como también se les dice, porque ofrecen una gama más amplia para trabajar. Ahora bien, los otros también tienen sus complejidades. Hay quienes dicen que los buenos los hace cualquiera, pero eso no es tan así.

¿Qué elementos tiene en cuenta a la hora de aceptar un personaje?

Te confieso que no recuerdo haber rechazado muchos personajes en todos estos años porque pienso que cada uno tiene algo valioso. He tratado de hacer atractivos hasta los más pequeños; no siempre lo consigo pero lo más importante es que me entrego con intensidad a cada trabajo para sacarle lo máximo. De manera general, me gustan los que tienen conflictos, colores. Puedo decir que en mi carrera de casi cuatro décadas he hecho cualquier tipo de personajes.

¿Cuáles recuerda con más cariño?

Recuerdo un cuento que se llama Sonata para un niño extraviado, dirigido por Rolando Chiong. Se trata de la historia de un pequeño con Síndrome Down que se le pierde al padre quien se pasa toda una noche buscándolo. Me gustó mucho el personaje, primero, por la labor que tuve que hacer con el muchachito, que hoy es un hombre, y segundo porque requirió una intensa investigación sobre el repentismo, ya que este padre cantaba diferentes tonadas en dependencia de su estado de ánimo.

Hay otros que por estar más cercanos a mí han sido más fáciles de hacer, pero siempre hay que representarlos de manera orgánica para que los espectadores los crean verdaderos y se conmuevan. Más allá de los que guardo para siempre en mi memoria, puedo decir que ningún personaje es fácil, pararse en el escenario siempre es un reto, un aprendizaje.

¿Cuál es su método de preparación para interpretar un personaje?

Normalmente me leo el guion varias veces, las que crea necesarias. Aunque mi personaje no participe en toda la historia, siempre la leo completa, la entiendo en su conjunto. Después, como si hubiera un resorte que me impulsara dentro de mi cuerpo, voy trayendo ese personaje a la realidad. La cadena de acciones me fluye de manera espontánea, los movimientos van saliendo según voy interiorizando las situaciones. A veces un director me determina pautas, entonces no puedo hacerlo de esta manera, pero en realidad no me gusta interpretar mecánicamente.

¿Con qué tipo de director prefiere trabajar?

Prefiero el director que me permite crear, que me ofrece libertad. Hay personajes en los que se puede jugar con el texto y hay quienes lo consienten. Para mí es fatal que un director me escenifique la escena, jamás quisiera encontrarme con uno que lo haga. Prefiero que me pidan las emociones, los sentimientos, que conversen mucho conmigo.

¿Ha pensado alguna vez en dirigir?

Nunca dejaré de ser actor, no me concibo haciendo otra cosa. Me interesan todas las etapas del proceso de producción de una obra de cine o de televisión, y aprendo de cada una de ellas, pero no se me ocurriría desempeñar otro rol. Mientras la salud me lo permita y me llamen para actuar, seguiré frente a las cámaras.

¿Cuándo descubrió su afición por la actuación?

Creo que eso es algo con lo que se nace. Lo digo porque desde niño mis juegos más comunes eran los de roles, me gustaba disfrazarme, armaba historias. No sé el porqué de esa preferencia porque además de un hermano mayor cantante y de mi padre, que era narrador de cuentos y tenía el don de cautivar con su palabra, en mi familia no había artistas.

Pero a pesar de su gusto por esta profesión, el camino para llegar a ella fue escabroso…

Es verdad, primero me gradué de Técnico en Edificaciones, más tarde comencé una ingeniería que dejé porque no me gustaban las matemáticas y porque comprendí que mi mundo era el del arte. Incluso en un momento de mi vida estudié música; pienso que soy un músico frustrado porque a pesar de que la naturaleza me dio cierto don para escuchar los sonidos, no seguí mis estudios. Lo que más he podido hacer es usar ese talento en algunos personajes. Por ejemplo, en la novela Al compás del son nosotros mismos cantamos los temas.

¿Qué consejos le daría a un joven que comience en la profesión?

Lo primero que se debe tener para desarrollar cualquier oficio o profesión en la vida, es el talento y la convicción de que uno puede dedicarle a eso su vida. En el caso de esta carrera son muy importantes valores y sentimientos como: disciplina, responsabilidad, entrega, amor, pasión. Además, como dependemos de tantas personas, entonces se debe ser muy paciente.

¿Qué personajes de los que siempre ha soñado le faltan por hacer?

Siempre tuve deseos de hacer el Sancho Panza de la novela El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, pero no quisiera que fuera la versión original sino una adaptación muy cubana. Me gustan las comedias de situaciones,  las obras musicales, así que todos los personajes relacionados con esos géneros serán recibidos con regocijo. Y lo más importante es que quiero seguir haciendo películas.

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