Entrevista con Vladimir Cuenca

“Siempre el vestuario es un lenguaje”

Aline Marie Rodríguez • La Habana, Cuba

El diseño ha marcado su vida. De pequeño el dibujo era su gran pasión. Luego descubrió el diseño gráfico y después el de vestuario. Casi sin saberlo, la magia de este último lo atrapó por siempre.

Vladimir Cuenca es, sin lugar a dudas, uno de los más reconocidos diseñadores de vestuario de la Isla. Su trabajo no solo en cine, sino también en danza, teatro y moda lo convierten en un “profesional polifacético”, como él mismo se define.  

Imagen: La Jiribilla

El vestuario de puestas en escena de Teatro El Público, Argos Teatro y El Ingenio, así como sus diseños para Danza Abierta y Danza Contemporánea de Cuba, avalan su carrera sobre las tablas. En el séptimo arte ha trabajado, entre otros largometrajes, en Roble de olor, Habana Blues, Viva Cuba, Los dioses rotos, Larga distancia y Conducta. 

A pesar de confesar que prefiere diseñar a conceder entrevistas, Cuenca conversó sobre su labor como diseñador de vestuario en Boccaccerías Habaneras, el más reciente largometraje de Arturo Sotto. Además, la ocasión resultó propicia para dialogar en torno a posturas estéticas, definiciones y experiencias de estos años de labor. 

Ud. trabajó con Arturo Sotto en La noche de los inocentes y repite ahora con Boccaccerías Habaneras, ¿recuerda alguna anécdota de ambas experiencias?

En Boccaccerías... estuve probando actores hasta el día antes de que se terminara el rodaje. Eran demasiados para tan poco tiempo de preparación. Ese fue el gran reto de la película.

Aquí te puedes trabar por un zipper porque no encuentras el adecuado y pasas hasta diez días buscándolo. Cuando trabajé en La noche... estuve, con Silvita Águila, nueve días buscando un ajustador más grande que su talla por todas las tiendas de La Habana.

¿Cuán diferente resultó entonces diseñar el vestuario para una y otra película?

El trabajo fue diferente, en tanto las demandas del propio guion y de la historia. La noche... ocurre en una sola noche y era un vestuario único con copias. Además, las ropas atraviesan una serie de peripecias pautadas por la trama del filme.

En el caso de Boccaccerías... son cinco historias y un total de 50 actores. Ha sido la película con más actores que he hecho en mi vida. Trabajar con Arturo es muy agradable porque es muy seguro y sabe comunicar lo que quiere, lo cual es muy importante.

Imagen: La Jiribilla

¿Cómo encamina el diseño de vestuario para el cine y para el teatro?

La labor del diseñador en el cine justamente radica en que sea lo más imperceptible posible porque se trabaja para el personaje. Mientras mejor logrado esté el vestuario, menos se ve el diseñador. Eso es una realidad.

En el teatro quizá se tienen más posibilidades porque depende de la estética de cada grupo. Por ejemplo, con Carlos Celdrán, en Argos Teatro, mi labor se acerca mucho al cine. Él ha querido llevar esa estética, que informalmente le llamo hiperrealismo. Consiste en lograr que se vea lo menos posible la “convención teatral”, todo lo que supone la idea del teatro. Sin embargo, con Carlos Díaz, en El Público, es totalmente diferente. Él tiene una estética más espectacular.

¿De qué manera logra transitar de lo real a lo espectacular?

El tránsito de lo espectacular a lo realista ha resultado muy difícil. Mi naturaleza tiende más al teatro, quizá por el sentido de que soy un poco más barroco. También en el teatro se tiene la oportunidad de convertirse en otro. Es otro lenguaje. Siempre el vestuario es un lenguaje y en la escena puedes salir más, lucirte, volar. Ello se debe al hecho de que las tablas conllevan una convención: todo el que asiste sabe que es irreal, que es un “tiempo mágico”.

¿Cómo logra adaptarse a la proyección artística de cada uno de los directores teatrales con los que ha trabajado?

Eso fue y es un gran reto. También forma parte del perfil del diseñador. Los diseñadores trabajan para los demás, no para sí mismos. Solamente en la moda existe un poco más de autonomía y también es relativa. En la medida que se logre mayor adaptación y, además, se interprete la estética que quiere transmitir el director es mucho mejor. 

¿Cuán diferente es el diseño de vestuario para el teatro y para el cine?

En el teatro hay menos personas. Está el actor y es fundamental la conexión con él porque si no te pones en su lugar no lo puedes vestir. Hay mayor intimidad, sobre todo porque el actor no está fragmentado, siempre lo estás viendo completo en escena.

En el cine, en cambio, el personaje es un fragmento. Lo que vale es el cuadro. Muchas veces está de “escenografía móvil” porque pasa, entra y sale, con diez puestas diferentes, cambiándose de ropa y de maquillaje.

Imagen: La Jiribilla

¿Por dónde comienza el proceso de creación del diseño de vestuario?

Todo empieza con la lectura del guion. Pero, leer guiones es una penitencia. Tengo que prepararme psicológica y mentalmente. Aunque soy rápido leyendo porque me gusta la ficción, la narrativa y hasta el ensayo. Sin embargo, los guiones y las obras de teatro, que son mi trabajo, no los disfruto literariamente. Tengo que leerlos con otra visión y cambiar todos los mecanismos. Además, debo tomar notas en el texto. Todo radica en su estructura. Tengo que construir los personajes en mi cabeza.

He descubierto, con el paso del tiempo, que cuando me cuesta trabajo ver un personaje es porque algo está fallando en el guion. Esto ocurre más en el cine que en el teatro. Identifico a un buen escritor cuando, en tres oraciones, sé quién es el personaje. Eso solamente lo reconozco cuando puedo vestirlo, aunque no tenga físico. Pero, cuando paso trabajo es que está difuso en la escritura. 

¿Cómo se integra el diseñador con otros miembros del equipo de realización?

En el cine el director es la pieza clave y con el director de arte se logra la coherencia. Tienen que fluir las ideas. Es un trabajo comunicacional más que otra cosa. Por ejemplo, cuando hago bocetos y empiezo a trabajar en la imagen de los personajes, con pruebas de vestuario, hago fotografías de todo el proceso y se las muestro al director y al resto del equipo. Se va construyendo en el camino y ellos lo ven.

En el cine tienes un tiempo. Todo se comprime y se intensifica a la vez. Es necesario aprender a buscar soluciones rápidas y a negociar. Es una industria y, aunque aquí no hay una industria propiamente dicha, sí funciona como tal. Es más agónico y tienes que apelar a otros recursos, como la resistencia, la experiencia y la conectividad. Mientras, en el teatro hay más tiempo. El trabajo es más humano, artesanal y reposado.

Durante sus años de ejercicio profesional también ha diseñado vestuario para compañías de danza de la Isla, ¿cómo valora esa experiencia?

Lo más difícil de todo es trabajar con bailarines. Estuve vinculado primero con Marianela Boán, en Danza Abierta, y después con Danza Contemporánea de Cuba. El diseño de vestuario para ellos es muy complicado por el cuerpo en movimiento que pone un montón de limitantes. Te obliga a ciertas cosas y todo tiene que estar en función del movimiento. También es necesario asistir a los ensayos y conocer la música, que es fundamental.

Conociendo las dinámicas de trabajo del cine, el teatro y la danza, ¿por cuál siente mayor preferencia?

Todos tienen su encanto. Yo soy polifacético. Me gustan los retos, aquello que suponga aprender algo nuevo. Más allá de que reconozca que la danza es lo más difícil, igual disfruto haciéndola. Lo que prefiero es la moda, pero en el país eso no tiene mucho desarrollo. Ahora ocupa el lugar de la nostalgia. Ahí fueron mis inicios.

Al final tengo un pensamiento de diseñador clásico. Disfruto trabajar por una idea. El diseño, aunque posee componentes artísticos, tiene que ser funcional. En el caso de la moda tiene que usarse, aunque se hagan trajes artísticos o cuya función sea más simbólica. Por eso escojo el teatro, porque posee esas dos cosas, pero tiene también que ser eficaz.

Para lograr tal empeño, la creatividad es esencial y parte siempre de una inconformidad. El arte es crear otro mundo porque no estás satisfecho con el que tienes. Si el hombre estuviera complacido creo que no haría nada.

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