Intersecciones

Festuge por el medio siglo del Odin Teatret
(III y final)

Omar Valiño • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

Después del primer movimiento de Midiendo el tiempo, “Si el grano no muere”, proyectado hacia el futuro, el centro de la trilogía del Odin Teatret por su 50 aniversario lo ocupó el pasado.

En Claro enigma nos situamos, en el patio del campamento de la agrupación, ante una loma de tierra. Como el humus del Odin Teatret. Como el lugar de donde vienen sus muertos.

Imagen: La Jiribilla

De ahí salen personajes y vestuarios. Y comienza un desfile de protagonistas, situaciones, escenas de su saga de espectáculos. Las vestimentas de presos recuerdan la cercanía grotowskiana de Barba en los orígenes del grupo. Luego en el barco Talabot, el viaje pródigo e infinito del Odin con sus puestas en escena y junto a sus espectadores de todo el mundo.

La música fue el telón de fondo, como es costumbre ejecutada por los propios actores con instrumentos llegados de todas partes. En medio de un viento en contra, que casi vulneraba a los actores y les molestaba, sin duda. Un signo más de la difícil travesía emprendida contra todos los obstáculos.

Pasan los personajes de Mythos que rememoran, más que un título, la historia misma del teatro y del ser humano. Después los vestuarios van quedando “empalizados” por todas partes. Son las huellas.

El sonido de una motosierra corta el bosque. Se distingue. La puerta, infaltable, se hace ataúd para enterrar prendas, vestiduras. Desvestidas quedan las cruces. En el ataúd, flores. Entierro y nacimiento.

Imagen: La Jiribilla

Una casa de madera se derrumba. Las paredes caen a los lados. Sobreviven, enhiestos, los horcones. Una máquina de escribir teclea, se escribe en ella. De la resistente estructura de la casa también cuelgan los vestuarios. En el techo, Iben como una vez aquella Katherina de Madre Coraje. Pasan Brecht y Kurt Weill.

Son horcas de judíos, bandera nazi.  El detritus de la historia europea sobre la que el Odin Teatret ha levantado sus metáforas. Igual con bandera roja del comunismo que se deshace en harapos.

En procesión, vestidos y elementos son lanzados a una tumba real, abierta por una retroexcavadora delante de nosotros. Todo al hoyo. La propia máquina lo tapa con tierra. Colocan una estructura simple de madera nueva sobre esa tumba para colgar dos columpios. Las risas estallan entre los receptores cómplices. ¡A columpiarse sobre el Odin Tetret!

Imagen: La Jiribilla

La tarde prosigue con un auténtico ritual de la región de Kerala, al sur de la India. Otro recordatorio de datos decisivos en la biografía de Eugenio Barba. La invocación por la fertilidad y la vida se hacen presentes, a golpes de la percusión y cantos. Primero introducen a Eugenio en el espacio sagrado y al final a todos: actrices y actores, colaboradores y asistentes, pero solo miembros del grupo que reciben un aplauso larguísimo y sentido. No hay discursos.

Para finalizar el 22 de junio, todavía bajo el resplandor solar nocturno, El secreto de Alejandro. Una cena especial, una celebración en presente de un conjunto teatral rodeado de amigos. Cada plato asociado a los muchos nombres creados en el camino por el Odin Teatret. La música finísima de Voix Polyphoniques, de Francia, bajo la dirección de Brigitte Cirla y Nadine Esteve. Una intervención, desde la admiración y el reconocimiento, de una funcionaria de la alcaldía de Holstebro. Y champán, mucho champán. Eufóricos brindis entre los asistentes. Otros globos que se van al cielo arrastrando tarjetas dedicadas por el pueblo secreto. Escribo en la mía: ¡Larga vida al Odin Teatret!

Imagen: La Jiribilla

 

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