Arturo Sotto: ¿culpable o inocente?

Frank Padrón • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de Arturo Sotto

 

Me ha parecido oportuno revisar (y compartir) algunos de los antecedentes inmediatos de Arturo Sotto previos a su nuevo filme, específicamente un documental y una ficción que a mi juicio lo consolidan como uno de nuestros cineastas más originales.

Imagen: La Jiribilla

La noche de los inocentes (2007) fue el anterior filme antes de estas Bocaccerías… de estreno, tras una década sin filmar al menos en ficción, como quiera que a principios del nuevo siglo codirigió un documental junto al actor Jorge Perugorría sobre el grupo musical Habana abierta (2003), así titulado.

Pero antes de entrar en La noche… sería oportuno referirnos al documentalista (autor también, dentro del género de un título que imperdonablemente, aún no he visto: Bretón es un bebé de 2008).

En Habana abierta, Sotto y Perugorría seguían a un colectivo de entonces jóvenes que, a principios de los 90 en el siglo pasado, dieron un vuelco a la música popular cubana mediante un experimento de fusión altamente significativa: Vanito Caballero, Alejandro Gutiérrez, José Luis Medina, Kelvis Ochoa y Boris Larramendi, fueron los principales nombres dentro de una inquieta e iconoclasta promoción que algunos llamaron de 13 y 8 por cuanto se reunían en el céntrico sitio vedadense (hoy, parque Lennon).

“Descubiertos” por un sello alternativo español, Nube Negra, que denominó el proyecto Habana oculta, los muchachos se instalaron en la antigua metrópolis y pronto comenzaron a llamarse Habana abierta, título del que se apropia ese documental de 52 minutos.

Ahora bien, aunque varios entrevistados, músicos y especialistas de un modo u otro “contaban” la historia (en particular, el poeta e investigador Bladimir Zamora)  no es este exactamente el sentido del filme, que más bien se concentró en el retorno: en enero de 2003 los cinco cantautores vuelven a su entrañable Habana (“yo no me fui/ solo me alejé un poquito” reza uno de los textos) y ofrecen varios conciertos donde se hacen acompañar de colegas que entonces representaban la vanguardia (miembros de Interactivo, Descemer Bueno, David Torrens, Athanay, Gerardo Alfonso…); el punto culminante de esos encuentros resultó un concertazo en el Salón Rosado de la Tropical, sede como es sabido de la música bailable cubana; para asombro de todos, incluso de los propios implicados, la respuesta fue masiva y heterogénea: el desborde, el entusiasmo, la ósmosis entre público y artistas resultaron el más elocuente termómetro de un resultado que se valora, y de unas semillas que (nunca tarde, ya sabemos) arrojan frutos como estos.

Pero en puridad, tal cita fue solo un pre-texto a partir del cual Perugorría y Sotto perseguían comunicar otras verdades, indagar otras realidades. El documental significó mucho más que la crónica de un concierto, de un regreso, incluso: el desenfado con que esos músicos abrazan la música, la ciudad, la vida, deriva en eficaz arte poética: no se aparta el filme del viejo motivo, devenido verdadero tópico, de los “viajes de ida y vuelta” pero desde una perspectiva, esta vez, mucho más “abierta”, menos anecdótica y nada epidérmica: insiste en aspectos que no por muy recurrentes merecen menos abordajes: el considerar la música cubana como un todo multiplicado, repartido, lo cual significa un fenómeno socioestético interesantísimo. 

Imagen: La Jiribilla

Durante la filmación del largometraje Boccaccerías Habaneras
 

Siguiendo esa tónica contemporánea, y celebrando aperturas y libertades la comedia La noche de los inocentes implicó sorpresas gratas y otras que no lo fueron. Lo primero relacionado con la condición de guionista del cineasta.

Su cinta, una “comedia de enredos” originada cuando un presunto transexual malherido es depositado en la madrugada frente al cuerpo de guardia de un hospital habanero, está escrita con imaginación y frescura; pieza coral, va hilvanando “secretos y mentiras” de varios personajes relacionados con el joven que desde los minutos iniciales, yace aún maquillado y lleno de moretones, en una camilla bajo el cuidado no muy riguroso de una enfermera liada con un policía aparentemente encargado del caso.

Poco a poco van apareciendo otros: la familia del muchacho, su novia, el prometido italiano de ésta, y en el recuento, un vecino de la madre, excompañeros de trabajo del padre, y tantos como caben en una historia de este tipo.

Aunque la obra es mucho más ligera, y por tanto menos pretenciosa que las anteriores de Sotto (no olvidemos que Amor vertical, siendo también comedia y de enredos, perseguía una reflexión sobre la sociedad cubana a fines de los 90 partiendo de los problemas de una joven pareja, mientras su ópera prima, Pon tu pensamiento en , era una atractiva visión posmoderna sobre nuevas y viejas mitificaciones socioculturales e históricas) no dejaba de haber material para pensar un poco en el transcurso e incluso, más allá del tiempo fílmico.

Las hipocresías e insinceridades del ser humano, sus sueños, soledades y frustraciones, el eterno dilema entre el ser y el aparentar o esa constante de Sotto: el amor sincero y real que trata de emerger sobre las inevitables condicionantes sociales (léase esos “matrimonios por conveniencia” que en Cuba contemporánea significan uniones con extranjeros) aparecen en el envés de muchas de estas situaciones aparentemente inocuas o demasiado ligeras, a las que personalmente sesgaría determinadas alusiones a lo “dietético” al final (¿es que no hay comedia en el cine cubano que decida eludir el tópico de la comida?): final, dicho sea de paso, un tanto más dilatado de la cuenta.

Sin embargo, sí considero oportuno los guiños a ciertas singularidades nuestras, que no por muy específicas, pienso pudieron empañar la comunicación con públicos foráneos, dada la claridad expositiva de la diégesis (digamos, el habla peculiar de los orientales, personificados en el policía o la visibilidad social que en los últimos años han logrado los transexuales); también a la propia “cinemanía” entre nosotros (la sanción del policía vino por sus confesados excesos tratando de controlar uno de los frecuentes “motines” en los festivales latinoamericanos) o sobre los referentes al “noir” que tanto pesa sobre el sujeto y sus coordenadas. (Otro señalamiento: la alusión a ello mediante la figura mítica de Humphrey Bogart se plasma de modo un tanto forzado).

Porque, bien vista, La noche... pudiera leerse sobre todo como una “comedia de suspense” o un “thriller humorístico”, ante el peso narrativo y dramatúrgico que tienen la investigación, el interrogatorio y la forma en que la mayoría de los implicados ocultan sus “verdades” (o lo que es lo mismo: defienden o adornan sus “mentiras”).

Sotto  conseguía fijar un tono a caballo entre seriedad e ironía, entre lo grave de varios de los temas que aborda o al menos roza, y la relativa ligereza con que los presentaba, lo cual se traduce en lo que, tomando como préstamo un término musical, pudiera considerarse un “registro medio” que funcionaba muy bien a lo largo del filme.           

Los tropiezos del mismo, y donde radican esas no gratas sorpresas de que hablábamos a principio, estriban en la puesta en cámara de ese notable guión.

Imagen: La Jiribilla

Durante la filmación de Boccaccerías Habaneras
 

Verdaderamente, durante la premiére en la sala “Chaplin” (donde tanta nitidez visual y sonora logran allí las proyecciones) me preguntaba casi durante todo el tiempo, qué premuras dieron al traste con el acabado morfológico de La noche de los inocentes, y conociendo a Sotto como un verdadero perfeccionista; bien pensado, los detalles reprochables y reservas que dejan sus anteriores títulos, tienen que ver más con el guión que con la representación.

Aquí es todo lo contrario: se aprecia, digamos, una edición absolutamente deficiente, en la cual Osvaldo Donatién (Fresa y chocolate) violó reglas elementales del raccord que al parecer, tampoco fueron corregidas por la script, además de visibles irregularidades dentro del tempo que procedían de una fallida distribución y engarce de los diversos motivos que contempla la trama, y que en una cinta como ésta, como apuntábamos, coral y deliberadamente fragmentaria, tenía que ser doblemente cuidada.   

Aparecían problemas de iluminación, al punto de que entre planos, los actores se veían sometidos a cambiazos abruptos e injustificados que se reflejan en sus rostros y en toda la secuencia. Sin hablar de la ausencia de una mejor planimetría, bastante monocorde y reducida, cuando en una película con tal variedad en personajes y acciones, aquella debía ser  mucho más rica y mejor diseñada.

No había demasiado esmero tampoco en la dirección de actores, a pesar de lo cual, el indudable talento y rango de algunos de los muchos allí convocados, logra desempeños al menos satisfactorios. Son los casos de Aramís Delgado (La pared), actor de muchos recursos sobre todo internos, que logra casi siempre poner en función de sus personajes, al margen del carácter de los mismos; Jorge Perugorría (Fresa y chocolate)  esta vez, en franca lucha con el estereotipo del oriental, que una labor menos consciente hubiera conferido a su policía deslumbrado con un caso que le aporta posibilidades de lucimiento y maduración profesionales, ofrecía un trabajo sereno y encomiable; Silvia Aguila, a cuya labor acaso sobran ciertos innecesarios subrayados, pero que siempre sale airosa, esta vez aplicando la sensualidad que el personaje requiere; Edenis Sánchez,  acaso con algunos momentos sobreactuados, pero en una labor de sostenido equilibrio entre las contradicciones que conforman su muchacha enamorada que lucha contra ese sentimiento por lograr un mejor estatus social; Verónica Díaz, actriz que ya conocíamos y valorábamos por varios de sus papeles en Argos Teatro, y aporta a su doméstica el criollismo y la gracia de una cubana típica, así como algunas participaciones fugaces, pero siempre gratas (Fernando Hechavarría, Omar Franco...) 

La noche de los inocentes, señalamientos aparte, resultó una comedia disfrutable, de esas que inquietan y diviertan a lo largo de casi todo su desarrollo, y esto en cine, cualesquiera que sean el género, el tono, las intenciones, ya es una muy buena parte de la batalla ganada, pues fue de siempre y seguirá siendo, el primer mandamiento.

Ahora nos espera el más nuevo Arturo Sotto, con su visión, su versión de un Boccaccio pasado por aguas habaneras. ¿Culpable o inocente, como los protagonistas de su anterior filme?

Ya veremos. Por lo pronto, lo dicho: de lo que Arturo Sotto resulta indiscutiblemente culpable es de realizar un cine personal, sui géneris, con un toque de distinción y elegancia que trasciende por encima de cualquier defecto puntual en sus textos fílmicos, ya se mueva en el documental, en la ficción o en ese interregno que es cada vez más, el cine.

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