Cambiante como la luna de todos los días, es su piel

Nancy Morejón • La Habana, Cuba
Fotos: Yander Zamora

Tributo a la memoria del poeta surinamés Robin Dobru Raveles
y de los escritores Andrew Salkey y John La Rose

 

Imagen: La Jiribilla

                               Mi amor son estas islas y cayos
                               que el sol, los vientos, el aguacero acosan.
                               Mi amor son estos trazos de líneas imprecisas
                               —aves y aperos, reptiles o ramajes—
                               en un mapa pequeño.
                               Amar estas imágenes
                               que reducen a límites menores
                               mi mirada, mi voz y mi memoria,
                               nadie lo dude, duele
                               hasta tocar el fondo de uno mismo.

 
                               Pablo Armando Fernández
                               (“Lo sé de cierto porque lo tengo visto”)1  

 

Hemos estado juntos, rompiendo barreras, forjando un espacio diálogo que será irreversible en nuestra diversa historia académica o alternativa.  A partir de ahora, seremos un poco diferentes, un poco más enriquecidos con este acto de fe en el mejoramiento de la condición humana, en especial la de los habitantes del Caribe. 

La propia agenda de esta reunión así como los debates  emprendidos —como resultado de un trabajo riguroso y profundo— nos ponen de frente a la gran pregunta de todos los tiempos: ¿Qué es el Caribe?  O, al menos: ¿De qué Caribe queremos hablar?   

Estoy convencida de que hemos estado hablando tanto del archipiélago de las Antillas, islas mayores y menores, como de las tierras continentales cuyas costas baña nuestro mar no sólo al sur de los EE.UU., América Central o el norte de América del Sur que llega hasta la ciudad brasileña de San Luis de Marañão sino hasta las costas correspondientes al Mar Pacífico como ocurre con el Istmo de Panamá o el occidente colombiano.  

A pesar de este antiguo debate, iniciado desde mediados del siglo XX, lo importante no es la situación geográfica de esa diversidad cultural regional sino el ánimo y la personalidad que se congregan alrededor de toda una civilización.

No es una parábola ni una utopía. 

Afirmamos con orgullo que el Caribe conserva en sus entrañas disímiles una civilización propia, hecha de tantos elementos como culturas llegaron a sus territorios. Cambiante como la luna de todos los días, es su piel; dura, como el sol de cada mañana, su naturaleza ha fijado un paisaje en donde reina la huella de unos seres humanos, llegados de todas partes y que van a todas partes, como previó José Martí, el poeta de La Edad de Oro, clavados en su experiencia histórica común. Esa civilización, que nos dura hasta hoy, habiéndose forjado en la resistencia cultural más decidida, nos sorprende en su inagotable posibilidad de existencia. En sus contrastes vibra su rica grandeza, su inconmensurable altura. 

Si aceptamos que la civilización Caribe —nombre de nuestros primeros pobladores los más arrojados, los más audaces, los que le dieron nombre para siempre— es un gran complejo de historias y formas; un tejido bordado sobre la tierra cuarteada por las eventuales sequías o por la sangre derramada en defensa de nuestra identidad, tendríamos que aceptar que los fenómenos literarios integran un amplísimo cuerpo provisto de signos y claves, explícitos, o no, en esa otra piel que abrigan las lenguas e idiomas a través de los cuales se expresan nuestras diversas literaturas y el alma de nuestro ser físico o espiritual. 

Nuestra vida ha sido una enorme torre de babel. Luego de medio milenio, ha llegado el momento de comprender que nos expresamos en diversas lenguas; en idiomas que son el resultado de un producto mestizo, del violento choque entre las lenguas de los conquistadores y las autóctonas; o la de aquellos esclavos africanos aherrojados, hacinados en los barcos negreros, separados de sus familias, de sus comunidades con la marcada intención de que no se pudieran ni entender ni socorrer entre sí al llegar a estas nuevas latitudes.  

Otra torre de babel ha sido la casa de la literatura caribeña, mejor dicho, de las literaturas caribeñas en plural. Ese ha sido su escudo, su atractiva señal.  No hay un solo idioma en el Caribe sino múltiples idiomas; montados unos sobre otros, como lo son los creoles de sus ámbitos más significativos. A estas alturas, es irritante e impreciso cuando menos oír hablar de dialectos. 

Afrontamos, desde nuestro origen, el dilema más frecuente de nuestra identidad; el que conocemos como el síndrome de Calibán.  Imposible reflexionar sobre la historia literaria de nuestros países sin tener en cuenta ese dilema.  De George Lamming a Roberto Fernández Retamar, pasando por una inmensa cantidad de teatreros y cuenteros anónimos,  descubrimos, sin haber necesitado las naves del célebre viajero genovés, toda una descendencia de estilos y conductas provenientes de esa encrucijada. La literatura del Caribe anglófono tuvo un punto de giro con la publicación de Los placeres del exilio, del barbadense.  La cubana no fue la misma tampoco desde la aparición del ensayo “Calibán.  Apuntes sobre la cultura de Nuestra América”, aparecido por primera vez en la revista Casa de las Américas (n. 68 de 1971).  A mi juicio, al amparo de William Shakespeare, José Martí, de Rubén Martínez Villena, de Don Ezequiel Martínez Estrada, de Nicolás Guillén y de Frantz Fanon, este ensayo, desde su nacimiento iluminó con su valentía y su limpieza moral el camino para encontrarnos con la verdad que enarbolaríamos en aras de reconocer, cantar y engrandecer una de las culturas más originales del hemisferio occidental como lo es la cultura de América Latina y el Caribe.  

¿Quién si no Roberto nos enseñó que nuestro símbolo no es Ariel sino Calibán?  ¿Quién si no él para enseñarnos la fuerza de nuestra energía ancestral, mestiza, oral, única, resistente como la piel de nuestros indígenas originarios en quienes se depositara la cruda experiencia lingüística de una génesis sólo palpable en el esclavo cuya lengua maldijo Próspero sin vislumbrar su futuro radiante en nuestras tierras?  Nuestro símbolo, pues, es Calibán que nació esclavo, negro, indio, subalterno, interiorizado pero no convencido de su inferioridad.  Toda una estética se alimentaría de este tesoro de ideas y reflexiones.  Muchos escritores y teatristas manifestaron su apego a este manifiesto a partir de su inmediata presencia entre nosotros.  Como decía el sabio lingüista Leo Spitzer, un dialecto no es otra cosa que “una lengua con un ejército detrás”.  No hay lengua mejor ni peor que otra. 

El Caribe es un espejo, el más representativo de esa realidad diversa que debemos de abordar en su complejidad, en su naturaleza de león de siete cabezas. Por eso aquí hay literaturas, no una literatura.  Como existe un Caribe, con cuenca o sin ella, existen sus literaturas a las que prefiero referirme en su transparente diversidad.

El año 1992 marcó un hito para este concepto pues tres grandes escritores de Santa Lucía, Martinica y Cuba alcanzaban renombre mundial al ser galardonados, en aquella fecha, como maestros de la escritura en las tres lenguas metropolitanas que conviven y respiran una misma tradición literaria casi siempre atenta a las formas coloquiales prevalecientes en sus respectivos idiomas ya trasplantados a las Américas.   

No es noticia para ustedes pero es fundamental registrar hoy este emblemático momento, de reconocimiento y auge, de esas literaturas caribeñas representadas por los escritores Derek Walcott quien recibiera el Premio Nobel de la Academia Sueca; Dulce María Loynaz, el Premio Cervantes en lengua castellana por el conjunto de su obra y Patrick Chamoiseau, el Premio Goncourt, la más alta distinción de las letras francesa, por su novela Texaco.  Estos nombres recrearon un paisaje más allá de las expectativas eurocéntricas y desbrozaron el camino para la escritura de generaciones posteriores las cuales encontraron atención en círculos literarios de envergadura sin dejarse encantar por las sirenas del mercado fácil.  Cuando en la segunda mitad del siglo XX, iba naciendo el llamado boom latinoamericano (Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Benedetti), la presencia de extraordinarios narradores como Samuel Selvon y Wilson Harris ya era un hecho consumado en nuestro movimiento literario que apuntaba a marcar la diferencia y describir la paradójica relación entre los siguientes conceptos: colonia, identidad, metrópoli y lejanía.  Sin embargo, muchos años después, la obra de V. S. Naipaul es un paradigma incuestionable de esa diversidad de los trinitarios de origen hindú desplazados hacia América del Norte, principalmente Canadá y, en segundo lugar, los EE.UU.  Estaría por investigarse el conflicto de identidad específicamente anclado en estas sociedades del llamado primer mundo protagonizado por un hinduismo sin raíces religiosas con una perspectiva política panhinduísta sin habilitar puentes entre las islas, las neocolonias y sus respectivas metrópolis, tan fastuosas como distantes.

Un enjambre de estructuras económicas, coloniales y globalizadas a la vez; armadas en siniestros laboratorios de experimentación antihumana; dependientes de las riquezas metropolitanas, generadas con nuestra energía, desplazamientos forzados y desolación, han creado un molde para las voces de estas literaturas que, en numerosas vertientes y distintos modos, se yergue como un simple estandarte de identidad.  Azúcar, tabaco, café y ron como cuatro gigantes manipulando, a través del tiempo,  a través de las clases, más allá de las razas y los factores étnicos, un crisol de angustias y desigualdades que han marcado esa piel, la nuestra, para encaminar nuestros pasos hacia  la inquietud de siempre: ¿Quiénes somos?  ¿De dónde venimos?  ¿Hacia dónde vamos?

Imagen: La Jiribilla

Este fue el escenario en donde se produjo la confluencia de todas las etnias de la humanidad. Sin embargo, siendo el Caribe un sustrato único para su encrucijada, todavía hoy debemos despejar la incógnita que nos sigue congregando y marca una fuerte diferencia con América del Sur, por ejemplo. A través de la historia, escrita en letras grandes, nos hemos considerado como europeos en el exilio; europeos que prevalecen sobre todas las razas y culturas autóctonas americanas desde la Isla de Baffin hasta el Cabo de Hornos.  Una mirada antropológica centró muchos análisis y, por qué no, una buena parte de la literatura desde los siglos XIX y XX. Luego de las crónicas de las llamadas Indias Occidentales, una suerte de paraliteratura, con indudables valores documentales, proliferó en biografías, memorias, diarios. 

En el caso de Cuba, acomodamos a la moral de una época una modalidad de literatura costumbrista esencialmente contra la trata y, en algunos casos, contra la esclavitud; sólo en la segunda mitad de este siglo, durante los años 60, afloró cierta narrativa testimonial encabezada por un título considerado por la crítica nacional, antillana y continental  como un clásico en su género.  Se trata de la Biografía de un cimarrón (1966), de Miguel Barnet, la cual abriría nuevos horizontes a esa literatura fresca y libre, apoyada en la tradición oral y en los recuerdos de Esteban Montejo, un esclavo que se transformó en cimarrón, huyendo a los montes, para integrarse luego al ejército mambí en lucha por conseguir la independencia de la corona española.   El cimarrón —cuya divisa era “con un machete me basta”— padeció los avatares de una vida colonial sin alternativas hasta que, avanzada la república neocolonial,  se sumó  a las fuerzas civiles antioligárquicas,  hasta sumarse a las filas de alguna vanguardia sostenida por ideales socialistas.  De modo que África es un referente obligado en los temas más frecuentados por la literatura abolicionista a caballo entre dos siglos, el XIX y el XX.   Esclavitud, cimarronaje, abolición son términos que forman parte del imaginario nacional habiendo suministrado los argumentos dramáticos más sobresalientes de la época. No una África mítica sino una África viva, insustituible en su vivencia de la esclavitud. 

Las obras más socorridas del llamado negrismo de los años 20 y 30 dieron lugar a dos figuras tutelares de esa corriente en nuestra poesía y en nuestra narrativa tales como Nicolás Guillén (1902) y Alejo Carpentier (1904).  Monumentos de su expresión lo serían la “Elegía a Jacques Roumain” y la elegía familiar “El apellido” (La paloma de vuelo popular, 1958), para el primero, así como El reino de este mundo (1949) para el segundo.  Haití, “una esponja empapada en sangre”, fue un faro luminoso para la conversión de nuestros escritores en adalides del progreso y la liberación de los pueblos. En esa travesía particularmente africana, el proceso histórico haitiano, comenzado en 1791, desempeña un horizonte natural y un estímulo creciente a las ideas de independencia de honda raigambre cívica.  Siempre recuerdo la tarde en que escuché a Alejo Carpentier, en una alocución televisiva, señalar un hecho histórico por ello mismo irreversible que era la evidente conciencia de que los cimarrones, con su amor a la libertad, nos habían enseñado, nos habían inculcado, con sus actos de absoluta rebelión,  a amar la independencia.

Rasgos distintivos de la expresión literaria caribeña, en su diversidad, son determinados temas siempre específicos, siempre relacionados con el lado histórico de nuestras pequeñas sociedades.  Ese lado histórico, en mayor o menor medida, demuestra la preferencia de los criollos por una opción política a tenor de los tiempos que corren, en busca todo el tiempo de cierta modernidad, disfrazada de progreso.

La poesía del Caribe ha rendido una atención y un espacio fundamentales a la expresión de conflictos étnicos. Muchos han pretendido magnificar este hecho histórico. Otros lo han querido soslayar. Lo cierto es que siendo la raza un tema visceral no ha sido el único, ni el más fructífero entre nosotros.

No podríamos entender una expresión poética del Caribe sin el concurso de este factor sobre todo cuando se vincula a la categoría de la identidad cultural. Hoy nuestra poesía va más allá de esa perspectiva. No obstante, de Derek Walcott y Edward Brathwaite a Edouard Glissant, Aimé Césaire, Nicolás Guillén, Manuel del Cabral y Luis Palés Matos, tenemos que pasar por un arco tan disímil  que va de Eliseo Diego, José Lezama Lima, Fina García Marruz  —y, por derecho propio, el gran camagüeyano, primaveral poeta amigo de Guillén, Emilio Ballagas—, a las obras de Lydia Cabrera, Rogelio Martínez Furé, Miguel Barnet y Pablo Armando Fernández, el poeta de la calle 20 en Miramar, “emigrante de todos los andenes”. Nos falta una aproximación global a estas expresiones que, al final, eche su ojo observador sobre el Cuaderno de retorno al país natal de Aimé Césaire y el largo poema “La isla en peso”, del cubano Virgilio Piñera.  

Estos vasos comunicantes nunca han sido abordados, ni siquiera percibidos, ni naturalmente estudiados como sistema en nuestras universidades, donde todavía estudiamos a Saint-John Perse en su estéril y limitada pertenencia a una francofonía ortodoxa que no contempla el influjo y la huella de nuestro archipiélago de islas, cuyos creoles ya intentan perfilar un discurso literario novedoso que todavía permanece en el rincón para el ostracismo de muchos académicos. Guillén y Césaire han representado dos polos de una actitud en donde la cuestión alcanza carácter mitológico.

De entrada, la cuestión nacional hace disyuntivas estas dos magnas obras. Si en Guillén la nación alcanza proporciones rectoras, en Césaire no es abordada como tal. El poeta que toma conciencia de su condición de negro y de hombre inferiorizado —colonizado en verdad—, en uno de los alegatos poéticos más deslumbrantes de nuestro tiempo, el Cuaderno de un retorno al país natal (1947), tempranamente publicado en Cuba en una traducción de Lydia Cabrera, con especiales ilustraciones de Wifredo Lam, no adelanta su voz hacia la certidumbre de una nación. Césaire, allí, no encuentra arraigo sino desarraigo; busca su identidad no en una patria sino en todo el vasto continente africano sin distinción de etnia, tribu o país. Encuentra en África el sustento de la patria perdida.

Contrariamente a lo que sucede con Guillén que, desde 1931, aboga por la obtención de la imagen de su nación para alcanzar la trascendencia universal que es inherente al hecho de la presencia del hombre africano en tierras de América, con Césaire hallamos un infortunio, un cierto pesimismo que lo conduce a no abordar, en su exacta dimensión, el complejo cultural que conforma la nación martiniqueña.

Hay que reflexionar entonces sobre la condición colonial de la pequeña isla de las Antillas Menores en cuyo contexto nace, vive y se desarrolla el genio de Césaire. Guillén, en cuanto a esto, nace, vive y se desarrolla en circunstancias mucho menos traumáticas; porque aunque Cuba era un “palmar vendido”, no es menos cierto que ostentaba un cuadro social, político y económico que era resultado de luchas independentistas parcialmente victoriosas. No hay que olvidar que Guillén nace en una república y Césaire en una colonia.

No sería desdeñable insistir sobre el hecho de que el mundo familiar de ambos alberga hombres valientes y activos en las luchas por la dignidad civil. El bisabuelo paterno de Césaire participó y fue muerto en una insurrección de esclavos en Martinica, en 1833. El padre de Guillén “fue muerto por soldados”, en 1917, por haberse sumado a la sublevación que dio lugar a la guerra de “La Chambelona”, en plena república neocolonial.

Sin pretender agotar el tema, conviene apuntar la emergencia en todos estos modos y estilos —abrazada también, por supuesto, a una sorprendente pluralidad expresiva— de una escritura femenina muy poderosa representada por nombres como Maryse Condé, Simone Schwarz-Bart,  Velma Pollard, Edna Brodber, Ana Lidia Vega,  Sonia Rivera-Valdés, Julia Álvarez, Cristina García, Eintou Springer y Edwige Danticat, entre otras, quienes tuvieron como adalides a Jean Rhys, Mayotte Capécia y Marie Chauvet. 

Junto a temas ancilares como el del exilio2 el de la función del mito en la ritualidad popular, el de las creencias religiosas, otro de los tópicos esenciales de estas literaturas del Caribe, cualquiera que sea su expresión lingüística, es aquel que engloba el fenómeno de las migraciones, pilar de esa raíz fundamental que son hoy los poblamientos de todo el planeta. 

En la base de nuestra historia colonial, hija de la economía de plantación, reside la estructura del sistema esclavista visto por algunas tendencias de los estudios postcoloniales como la primera migración y no como el nacimiento de lo que Fidel Castro nombró, durante un foro habitual de Naciones Unidas, como “la filosofía del despojo”.  La travesía forzada de los esclavos africanos en los barcos negreros no fue una migración, ni un desplazamiento pues ninguna de sus víctimas llegó aquí por su propia voluntad.  Fue un desgarramiento cuyas consecuencias se aprecian todavía hoy pues nuestro dolor ha sido la mejor lección para compartir experiencias y exigir, como quiera que sea, el alcance de la dignidad plena del hombre y la mujer, como previó Martí.

Si hoy podemos promover la obra de autores contemporáneos de nuestra región mediante estudios sistemáticos de literatura comparada es porque en el Caribe no sólo existen revoluciones y huracanes sino un archipiélago de islas, sujetas a un vasto mar que rodea las tierras firmes.  Ese universo, nacido de una dislocación brutal, bulle en sus aguas y se desplaza de norte a sur, de este a oeste, hasta adquirir un carácter de permanencia, de una vigencia tal, como demuestran las producciones literarias plantadas en el centro de nuestro genio creador.   

Permítanme concluir estas palabras con aquellos versos de Nicolás Guillén de 1967 que dicen:                        

                   En el acuario del Gran Zoo,
                   nada el Caribe.
                                       Este animal
                   marítimo y enigmático
                   tiene una blanca cresta de cristal,
                   el lomo azul, la cola verde,
                   vientre de compacto coral,
                   grises aletas de ciclón.
                
                   En el acuario, esta inscripción:
                                                                       “Cuidado: muerde”

                                                 (“El Caribe”)3

                           

Texto leído en la inauguración de la XXXIV edición del Festival del Caribe de Santiago de Cuba, julio de 2014.
 
Notas:
 
1. Ver Pablo Armando Fernández: Ser polvo enamorado (Antología).  Pról. de Sherezada (Chiqui) Vicioso, Santo Domingo, ed. Carieva, 2002, p. 155
2. De hecho, la historia de estas literaturas registra en la actualidad una condición transnacional en toda la región.  Autores de Haití, Cuba, República Dominicana, las dos Guyanas, Martinica, Guadalupe, Jamaica, Barbados, Trinidad y Tobago han desplegado una incuestionable y exitosa  producción literaria que alcanza su esplendor en los círculos más exigentes de Estados Unidos y Canadá, principalmente, además de los países escandinavos, Alemania, Francia, España e Inglaterra para sólo mencionar los más destacados.  El profesor alemán Wolfgang Binder, hispanista de larga trayectoria, ha hecho estudios sustanciales sobre el tema.  Ver su tema de investigación «Is Memory the Amnesia You Like? Some Remarks on Self-invention and the Presence of Caribbean Literature in North America», iniciado en los años noventa del siglo pasado y aún en proceso.
3. Nicolás Guillén: Obra poética (1958-1972).  Tomo II.  Ilustraciones del autor.  La Habana, ed. Instituto Cubano del Libro, col. Letras Cubanas, 1973, p. 225-6

 

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