La Fiesta caribeña de Santiago

Un fuego que se concentra y expande a la vez

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Ayer fueron los colombianos palenqueros de San Basilio y la increíble estampa de Totó la Momposina, ahora desembarcan los cimarrones de Surinam que cantan, tocan y danzan entre el mar y la selva. Mañana los hijos de las islas bañadas por la corriente del Golfo, las Bahamas que dieron entrada a los europeos que habrían de colonizarnos, harán valer la difícil manera de ser fieles a una identidad atenazada por dos imperios.

Imagen: La Jiribilla

Todo esto pasa en Santiago de Cuba, desde que un grupo de artistas e intelectuales encabezados por Joel James concibió el Festival de las Culturas del Caribe, conocido como la Fiesta del Fuego.

Si solo fuera por el hecho de reunir a los portadores de las culturas populares de los países de la región y promover la  vitalidad de sus expresiones —nada que ver con las acartonadas versiones folclóricas ni con el pintoresquismo para el consumo turístico— la Fiesta del Fuego valdría la pena.

Si tan solo en Santiago se juntaran, como lo hacen, los legatarios de saberes ancestrales y en igualdad de jerarquías encontraran cauces comunes los diversos sistemas mágico-religiosos que nutren la espiritualidad de los habitantes de esta parte del mundo, la Fiesta tendría una poderosa razón de existir.

Bastaría incluso asomarse a lo alto de una de las montañas que rodean El Cobre y admirar el Monumento al Cimarrón realizado por Alberto Lescay para comprender la connotación simbólica del sentido de la cultura que anima a los organizadores y participantes del evento, como también bastaría con observar el clima imperante en la ciudad, las idas y venidas de los santiagueros y los visitantes por los múltiples, a veces demasiados, escenarios de la Fiesta para comprender su arraigo popular.

Pero lo que Santiago ofrece es mucho más. La ampliación conceptual de las márgenes del Caribe y la vocación integradora del Festival constituyen conquistas que a lo largo del tiempo comienzan a mostrar su perspectiva. La idea de juntar en el Caribe las Antillas y los territorios ribereños, y englobar a comunidades que desde el sur  de EE.UU. hasta el gigantesco Brasil se forjaron a partir de procesos concomitantes, y tomar en cuenta a la diáspora caribeña, configura un mapa cultural mucho más abarcador, múltiple y necesario para el entendimiento de nuestras identidades y el despeje de los desafíos que se nos presentan.

Y no se trata únicamente en exhibir en unos pocos días un muestrario de maravillas de la creación artística, lo cual, por su mismo, es alentador, sino de pensar el Caribe, de estructurar un pensamiento multidisciplinario que articule los caminos hacia la necesaria integración. Es por ello que entre uno y otro Festival, de manera permanente, la Casa del Caribe, bajo la dirección de Orlando Vergés, lleva a cabo un programa de investigación y promoción, que va más allá del claustro académico.

Vienen entonces a cuento unas palabras dichas por Joel James que nos aproximan a la esencia de la Fiesta del Fuego: “Creo en el misterio. Creo que la razón humana, por suerte, tiene un límite para penetrar en la realidad esencial del ser humano. Ese límite no se puede traspasar. Y como creo en los misterios no cuestiono el misterio que hace que Santiago de Cuba posea esta carga magnética que atrae y te sujeta”.

Comentarios

Gracias, muchas gracias por recordar esta parte esencial de mi padre.

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