Glosario de Juan Carlos Cremata Malberti:

Una provocación a la Real Academia de la Lengua Española

Ambar Carralero • La Habana, Cuba

La obra Los amantes, basada en el texto original El amante del dramaturgo inglés contemporáneo Harold Pinter, se estrenó el pasado viernes 4 de julio en la sala Adolfo Llauradó de la Casona de Línea. La versión del clásico está a cargo de El Ingenio, proyecto dirigido por Juan Carlos Cremata Malberti, creador que asume el lenguaje teatral y el cinematográfico para expresarse. Como se desempeña en ambos medios, sus películas y puestas en escena son llevadas de manera simultánea en un ritmo de trabajo trepidante, que solo un espíritu como el suyo y el de su equipo, pueden asumir. 

Imagen: La Jiribilla
Las Supremas en Los amantes

En los camerinos de la sala Llauradó encuentro a Cremata dándole algunas indicaciones a un actor, mientras en el escenario, los técnicos parecen muy atareados ajustando la escenografía. Conversamos sobre sus proyectos en el parque de la Casona, alejados de los preparativos técnicos y actorales. Esta vez, Cremata no trae sus espejuelos ni el sombrero como de costumbre, tampoco los cascabeles que siempre cuelga en su bolso. Evidentemente el training de los ensayos trastoca hasta el ritual más invariable.

Desde su fundación en el 2005 El Ingenio ha mantenido una programación con un repertorio diverso y arriesgado en cuanto a las propuestas escogidas.  Textos tan diferentes como Las viejas putas, El mal entendido de Albert Camus, Sleep de Jon Fosse, Nuestro pueblito de Thornton Wilder y La hijastra, de Rogelio Orizondo han sido llevados a escena por el proyecto. ¿Qué debe tener una obra teatral para llamar su atención?

El Ingenio no nació como grupo de teatro, de hecho prefiero que lo llamen proyecto y no compañía, o agrupación. Surgió de manera natural, como una productora cinematográfica, con mi película más conocida Viva Cuba. El Ingenio no solo hace cine sino también hace teatro. La primera puesta en escena que hicimos fue Las viejas putas en el 2006. Empezamos gracias a la posibilidad que nos abrió Carlos Díaz con Teatro El Público, porque al principio éramos un proyecto dentro de esa compañía y a partir de nuestra tercera puesta nos independizamos. Descubrimos así la presencia de un aspecto lúdico de la representación teatral que nos decía mucho. En realidad fuimos descubriendo el lenguaje en el camino, y creemos que todavía no lo hemos encontrado; si bien desde el principio hemos tenido una aceptación y una participación cómplice del público.

Lo que hemos definido en estos años que nos interesa es llevar a escena textos poco visitados en las tablas cubanas, en su mayoría desconocidos, que nos permitan hablar sobre la realidad nuestra hoy día, ya sea utilizando a un autor noruego o cubano, pero deben ser textos novedosos. También tenemos la intención de producir clásicos en el futuro, pero siempre, como decimos nosotros en el proyecto, “crematizados”. O sea, pasados por el filtro de qué tiene que decirle ese texto al público de hoy. Creo que por lo menos si se incentiva a los espectadores a visitar luego la obra original habremos ganado mucho. Es muy bueno que el público conozca el texto original y además la versión, por muy libérrima que sea, de la obra que estamos trabajando. A diferencia de lo que hacemos en el cine, en ese caso somos muy fieles al texto teatral.

Imagen: La Jiribilla
Carlos Solar y Aidana Febles en Los amantes

¿Qué particularidades del cine lo hacen un director que ha escogido ese lenguaje para expresarse, además del teatro?

Sé perfectamente las diferencias que existen entre el cine y el teatro, pero no me puedo decidir por uno o por otro. Hay particularidades de cada uno que me satisfacen de tal manera que me hacen sentir muy cómodo trabajando en ambos medios. Una vez un tramoyista me dijo en el Centro Cultural Brecht: “el problema suyo es que intenta hacer teatro en el cine, y cine en el teatro”, y yo le contesté que eso no era un problema. Para mí es una virtud y una necesidad, por eso siempre estoy manejándome en ambos mundos, porque tienen cosas muy similares y muy distintas.

Lo bonito que tiene el teatro es que cada noche es una función diferente, cada ensayo es distinto. En el cine a diferencia del teatro, se trabaja mucho para lograr una obra terminada, pero lo que más disfruto es el acto de creación. Cuando la obra está terminada ya no tengo mucho que hacer con ella. A veces lo que rezo y me pone muy nervioso, es que la gente pueda experimentar con la obra, la misma sensación estética que me llevó a producirla. Pero el proceso creativo de ensayar, de filmar, de editar, de montar luces o escenografía, el trabajo con los actores, es lo que llena cada uno de mis días y de mis segundos.           

Mantenerse en el medio teatral es una particularidad suya cuando por lo general es un arte que muchos creadores desechan luego de su presencia regular en el cine, alegando bajos salarios, mucho tiempo y menos promoción. ¿Cómo lo consigue?

Hacer teatro en este país es muy difícil, es como retornar al Medioevo, es asumir una carga de trabajo muy fuerte, por suerte ya a esta altura del proyecto, tenemos colaboradores específicos que siempre nos apoyan. Es el caso de mi primo Guillermo Ramírez Malberti, que siempre hace la dirección de arte de mis películas y de las puestas en escena también. Además está Vladimir Cuenca en el diseño de vestuario. Recientemente tuvimos la inclusión de un utilero que queremos convertir en jefe de escena, lo llamamos “Súper Ale” porque es una persona muy trabajadora. Es como decía Picasso: “más que buscar, se trata de encontrar”. Hemos encontrado en el camino la manera de hacer las cosas.

Te confieso que los primeros sorprendidos somos nosotros, independientemente de nuestra intención de hacer una u otra obra, el fenómeno nos ha sobrepasado. Hemos tenido momentos importantes, por ejemplo El malentendido fue para mí, el encuentro no solo con una obra de Camus que adoro, si no con un lenguaje de expresión teatral que me gustaría mantener en otras obras, aunque luego lo desarrollamos también con Sleep. Pero el punto más álgido fue con Orizondo y su texto: La hijastra, que esperamos reponer si no este año, el próximo. Fue el encuentro con un teatro catártico, con un público ávido de hacer por su teatro, que tuvo una reacción sorprendente y eso nos gratificó. Fue como el establecimiento de “aquí estamos, escúchennos, vean lo que hacemos”.  

Desde Las viejas putas, aquella fabulosa primera puesta con grandes figuras como Osvaldo Doimeadiós, Edith Massola, Carmita Ruíz, Xiomara Palacios, Roberto Gacio, Jorge Lozada, logramos un público asiduo a nuestras obras. Aquello tuvo un éxito tremendo de seis meses en cartelera, y después el público nos siguió acompañando. Desde entonces, el espectador que acude a los estrenos siempre tiene una expectativa de “bueno, y ahora ¿con qué se baja este?”. Porque lo mismo puede ser muy serio, o naturalista, quizá esperpéntico, o duro, como fue La hijastra, tal vez solidario como el llamado que se hace en Todo x 1.

A propósito del último estreno de El Ingenio, el espectáculo Los amantes, versión realizada a partir de la obra El amante, del dramaturgo inglés Harold Pinter, ¿cómo fue la traslación del texto a nuestra realidad y el proceso de montaje?

Dos actores me pidieron que les montara esa pieza, pero luego no trabajaron en ella, porque les advertí “tengo que crematizarla, llevarla a la realidad cubana”. Era la obra perfecta para trabajar con dos actores jóvenes del proyecto, además continuaba la línea de teatro danzado que se expresa a través de muchas imágenes, y por ahí está muy cerca el cine también, pero al mismo tiempo dentro de la línea de La hijastra o de Todo X 1, de hacer algo más natural, y al mismo tiempo un gran espectáculo. La idea de hacer una especie de “vuelo aéreo” con El Ingenio se nos ocurrió porque leímos la obra en un viaje que hicimos. La aeromoza o los sobrecargos que atienden al público además de mostrar lo que pasa alrededor de las relaciones de pareja, también estarían dispuestos a ofrecerles a los tripulantes un rato de entretenimiento con números musicales. Ha resultado un experimento muy interesante porque el texto es muy corto, es una obra de media hora, ambientada en el Londres de los años 60. A pesar de haber sido muy revolucionaria para la época en que fue escrita, es una pieza muy neblinosa, machista, un poco fálica, fría, y quisimos transformarla para que fuera más calurosa, tropical, más vaginal y sobre todo más cubana.

Imagen: La Jiribilla
Aidana Febles

Los personajes comienzan desde una elegancia extrema, un piloto y una dama de sociedad, y luego empiezan a descender por todas las variaciones y posiciones distintas, es casi como un kamasutra sobre todo el arte amatorio y las distintas versiones de las relaciones de pareja. Donde pueden darse el fetichismo, el voyeurismo, la dominación, el cambio de roles, la mentira, la verdad, la pelea, matizados por todos estos “fantasmas románticos” que han acompañado por los siglos de los siglos a los amantes. Lo mismo en tiempos de cuplé, de bolero, de guaguancó, de ranchera, o de canción romántica. En las últimas funciones incluimos un verso de José Ángel Buesa, tan demandado por los amantes.

Si bien Pinter abogaba por la necesidad de tener un amante, o de creerse un amante para mantener viva la pasión en la relación de pareja, defendía más la posición del hombre y no tanto la de la mujer. Para su época fue revolucionario, pero ya no estamos en los años 60, estamos en el 2014, y necesitábamos hacer valer que las mujeres también tengan derecho a las aventuras. Sin embargo, la obra no promueve la promiscuidad, es una pareja de casados que juegan a ser amantes, a ser distintos cada vez, pero son ellos mismos aunque representen diferentes roles dentro de la relación amatoria. Esto va desde una sofisticación extrema hasta una pasión carnal/animal y los personajes terminan haciendo el amor en la escena. Como regla de El Ingenio, que se reafirma en esta puesta, hemos hecho nuestros guiños a la sociedad en la que vivimos, y es una obra que se disfruta porque tiene mucho de espectáculo, de cabaret, la gente la pasa muy bien.

Además de sus películas Nada y Viva Cuba, ha llevado a la pantalla grande versiones de textos teatrales como El premio flaco, Chamaco, y ya concluyó la filmación de Contigo, pan y cebolla de Héctor Quintero. ¿Hay alguna intención específica en estas traducciones del lenguaje teatral al cinematográfico?

Yo soy graduado de Teatrología y Dramaturgia, pero realmente soy crítico de ballet. Hago cine y teatro porque soy un coreógrafo frustrado, me hubiera gustado estudiar danza. Y trato de canalizar eso en cada nuevo proyecto que emprendo, ya sea por la utilización del cuerpo de los actores o por el movimiento de cámara. Como me eduqué en un medio teatral y televisivo, se podría decir que hice mucho teatro antes de hacer cine. Siempre dije antes de ser cineasta, que quería hacer una película con el texto teatral El premio flaco, porque me había enamorado de esa pieza. La pasión de traducir textos teatrales al cine, es tan añeja como mi deseo de hacer cine, como mi posibilidad de hacer teatro, incluso aficionado, pero no fue una línea que instaurara a priori. Excepto el texto que mencionaba anteriormente, lo demás fue apareciendo en el camino. Cuando descubrí Chamaco de antemano me pareció una obra equivocadamente teatral, porque el texto original de Abel González Melo es un informe policial, escrito casi como un guión de cine. Cuando vi la segunda puesta, dirigida por Carlos Celdrán con su grupo Argos Teatro, pensé “aquí hay una película”.

Volver a un texto de Héctor Quintero a través de Contigo, pan y cebolla, es el resultado de la repentina muerte de este dramaturgo. En ese momento deseché todos los proyectos porque consideré que el mejor homenaje era llevar al cine su obra más conocida.

Ahora el texto de mi próxima película es Fe de ratas, versionado por nosotros a partir del original teatral de Elio Fidel López Velaz, que es el autor de los monólogos de Todo X 1. Es un texto contemporáneo que forma parte de la línea no solo de visitar clásicos en el cine, si no de dar a conocer textos contemporáneos del teatro. Lo cual no quiere decir que yo renuncie a filmar textos escritos originalmente para el cine, de hecho tengo una película no estrenada aún, que se llama Crematorio, donde hay tres cuentos nuevos, escritos con los códigos del lenguaje cinematográfico.        

Hace un tiempo el programa televisivo El triángulo de la confianza, estuvo dedicado a la vulgaridad. Usted afirmó que no sabía por qué lo habían invitado, precisamente porque entendía la obscenidad y la vulgaridad en el lenguaje como parte de su riqueza. Desde entonces tengo una curiosidad, ¿tiene alguna “mala palabra” predilecta y efectiva que emplee a menudo durante sus ensayos?

Yo soy muy “mal hablado”, eso lo saben todos los que me conocen. Me río de ese término, porque las mal llamadas malas palabras son las más vivas del vocabulario. Las primeras que se aprenden los niños y los extranjeros. Son las primeras a las que se recurre ya sea para bien o para mal. Creo que la vulgaridad —y lo dije en aquel programa— es el irrespeto hacia el otro, pero cuando hay reglas del juego establecidas de antemano eso cambia, por ejemplo en los ensayos los actores saben que yo le digo a la P…,  “p”, y al C…, “c”, porque gano tiempo, lo otro es una hipocresía, todo el mundo sabe a lo que me estoy refiriendo y fue uno de los leitmotiv de nuestra primera puesta Las viejas putas. En esta obra se ponía en su lugar a la “mala palabra”, era una manera de romper tabúes, porque pienso que la obscenidad tiene que ver con el irrespeto a los demás, pero no con el uso de las malas palabras. Hay vocablos peores, como la intolerancia, la guerra, la pobreza.

Entonces te digo que uso todas las malas palabras, me divierto con ellas, empleo un glosario enorme de malas palabras. Incluso, tengo un Diccionario de palabras mal sonantes dedicado por la Real Academia de la Lengua Española, y a veces lo consulto para buscar términos desconocidos por la gente. Por ejemplo, beroco es una palabra que se usó mucho en Cuba. La descubrí a raíz de mi proyecto futuro más ansiado que es la versión cinematográfica de la novela de Carlos Montenegro Hombres sin mujer, y ahí se utiliza mucho esta palabra que significa “testículo” en su versión más obscena. Así que si alguien dice “por mis berocos” estaría diciendo “por mis cojones”, pero a muchas personas les resultaría una expresión desconocida. Todo eso me resulta muy interesante.

Cuando veo sus películas suelo encontrar a un Cremata menos “crematizado”, más serio, convencional, y formal en los procedimientos artísticos. Sin embargo, en el teatro es muy desenfadado, lúdico e irreverente, presto a dar “chucho” y a concederse todas las licencias y libertades. ¿Por qué esta diferencia?

Depende del proyecto cinematográfico, aunque te confieso que extraño la osadía lúdica que experimenté en Nada, mi primera película, era mucho más experimental. Creo que en el cine me he asentado un poco en la búsqueda de un lenguaje clásico, convencional, más comunicativo con el público, pero no he renunciado a esas cosas que hacía que mucha gente al principio de mi carrera pensara “este está loco”. Sigo una máxima de Erasmo de Rotterdam en Elogio de la locura que dice “se puede estar todo lo loco que uno quiera, lo que hay que tener es vocación para defenderlo”. En efecto me encanta la locura, pero el encuentro con un lenguaje asentado y convencional ha significado un reto para mí, en algún momento volveré a esa experimentación en el cine, que no he desechado del todo.

He escuchado en varias ocasiones el sonido de los cascabeles que cuelga en su bolso en medio de una función. ¿Tiene alguna razón especial para usarlos?

Lo cascabeles me acompañan siempre, hay quien dice que están “trabajados”, pero aseguro que eso no es cierto. Empezó con el regalo de alguien que me dio un cascabel y luego se me ocurrió ponerlo en la bolsa porque si sentía el cascabel lejos de mí, significaba que me estaban llevando la bolsa, y si no escuchaba el sonido entonces la había olvidado. Después, poco a poco, la gente me fue regalando más cascabeles, un amigo me regaló uno enorme y le dije “eso es para una vaca”, y lo puse detrás de la puerta. Siempre los traigo conmigo, a veces cuando camino los retengo, he descubierto muchos “tarros” gracias a ellos porque cuando los sostengo no suenan. La gente se acostumbra a que cuando voy llegando “ahí viene Cremata, oye los cascabeles”, entonces los recojo y aparezco de sorpresa. Alguna vez alguien en la Escuela de Cine me dijo: “usted está equivocado, esos cascabeles no son de Elegguá, son de Oyá, la Diosa de la Muerte”. Yo le contesté: “no, la equivocada es usted, estos cascabeles no son de Elegguá ni de Oyá, son míos que me los regalaron”. También tiene toda esa magia en la que creo, pues creo en todo menos en lo que existe. Tienen ese encanto que produce alegría, voy caminando y la gente me mira, se mete conmigo, a veces me hartan, pero tengo que agradecerles más a los cascabeles que criticarles.

Los vinculo mucho con Elegguá, es un santo que me ayuda mucho y a quien estuvo dedicada mi película Viva Cuba, que me abrió mucho los caminos. Creo a mi manera, pero no soy fanático, soy muy protestante, como dice la frase famosa “soy ateo gracias a Dios”. Pero si tengo que ir a la iglesia voy, creo en todo menos en lo que existe, porque lo que existe es increíble.

Durante todo el mes de julio estará  El amante en cartelera, en los horarios habituales de viernes, sábados y domingos en la sala Adolfo Llauradó. Si esto no fuera suficiente para sus seguidores, a partir de la próxima semana El Ingenio repondrá El malentendido, los días martes, miércoles y jueves, en la misma sala. La pregunta irreverente para sus adeptos y censores sería: “¿y quién le quita el cascabel a Cremata?”.

Imagen: La Jiribilla

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