Lescay, del Caribe y del mundo

Aracelys Avilés Suárez • La Habana, Cuba
Fotos: Yander Zamora

Cuando abrí la puerta entrecerrada, cinco minutos tardes de la hora en que habíamos convenido, Lescay caminaba de un lado a otro de su estudio con el móvil pegado a la oreja. El refrigerador había amanecido con una rotura e intentaba contactar a un técnico. Me pidió que caminara, que preguntara, que me sintiera cómoda y eso hice, aunque tenía la sensación de que irrumpía en un espacio sagrado, secreto, velado para todos los demás, el sitio donde Alberto Lescay Merencio, el hombre de la escultura de Maceo, la de Martí, la del tríptico de los cuerpos que se abrazan, guardaba sus pequeños dibujos, cabezas de cerámica, cuerpos sin rostro y a medio hacer, lienzos en blanco, cuadros terminados, recientes, otros no tanto.

Imagen: La Jiribilla

Participa en esta edición del Festival del Caribe con una exposición colectiva, podríamos decir familiar. ¿Qué resortes lo llevaron a Somos?

Esta exposición para mí tiene un carácter especial.  Desde el primer Festival del Caribe, Joel (James) me pidió que asumiera la casa y se nos ocurrió concebirla como el Templo del fuego, o sea, el Festival del Fuego tenía su templo que es la Casa. Poco a poco, ese concepto se fue fortaleciendo, y aparecieron otros símbolos, como el propio símbolo del Festival que es la nganga viva. A partir de ahí todos los años, en vez de asumir la Casa como un proyecto personal o para hacer exposiciones personales, lo que he hecho es invitar siempre a alguien, compartir los espacios, la experiencia, intervenir la Casa, por dentro, por fuera.

Este año la peculiaridad es que coincidió en el tiempo con la materialización de un proyecto con mis hijos —lo cual es muy coherente con la voluntad de invitar siempre a otro artista— en el que nos proponemos realizar acciones de participación multicultural, donde intervengan muchas especialidades dentro de la creación.

¿Por qué Somos?

“Somos” es un término muy abierto, queremos hablar en plural. La idea es que lo individual está en lo plural, cada uno tiene su obra, sus proyectos en plástica, música, sin embargo, nos interesa la relación que puede llegar a producirse cuando combinas varios géneros.

Queremos retomar esa idea que es, en realidad, la manera en que surgió el arte, junto con el hombre, como necesidad práctica y espiritual. Nosotros lo dividimos. La pintura, la música, la danza, todo eso surgió junto, el hombre se ayudaba con esos recursos, recibiendo sensaciones, relacionadas todas al mismo tiempo.

Inauguramos la experiencia en Holguín, en la última edición de las Romerías de Mayo, en el Centro de Arte, un espacio mucho más grande. Allá hice algo que no hice aquí que fue pintar en vivo. Invitamos a Titi con sus esculturas vivientes (Proyecto Ojos), también hubo una improvisación de Albertico, mi hijo, al piano. Acá hicimos adaptaciones.

¿De dónde viene su vínculo con la música?

De siempre, ahí están mis padres (señala una foto). Por la parte materna, siempre hubo un ambiente relacionado con la música. Mi mamá era muy fiestera, celebraba los cumpleaños de todo el mundo, por eso en casa siempre se bailó. Yo mismo, dicen que primero bailé y luego caminé. Lógicamente eso va penetrando en uno, a lo mejor hasta hubiera sido músico.

Mi papá era tresero, y lo descubrimos cuando nos mudamos para la ciudad, y mi padre vendió el carro, manejar era su pasión. Nosotros le insistimos para que se deshiciera de la máquina y pudiera descansar. Por esos días andaba muy mal espiritualmente, y hablando con él nos cuenta la historia de cuando él tocaba el tres.

El detonante fue que pasó por mi casa un tresero famoso de Santiago de la Estudiantina Invasora, y le dice “¡Lescay, mi maestro!”. “¿Cómo que tu maestro, maestro de qué?”, preguntamos. “Yo fui quien le puso un tres en la mano a este señor”, nos dijo.

Y resulta que él le enseñó a tocar a ese hombre que era un famoso tresero y ahí mismo le dije: “pero si tú tocaste tres, puedes volver a hacerlo”. Le conseguí una guitarra que él convirtió en un tres.

Y usted, ¿toca algún instrumento?

Sí, toco algo de percusión, nunca he estudiado nada de música, pero siempre he tenido la cosa aquella de tocar. Tengo muchos instrumentos y cuando se da el ambiente, lo toco. Dicen que no lo hago tan mal, sobre todo las tumbadoras, las maracas, mi mamá me enseñó a tocar maracas desde niño, ella era muy buena maraquera. Y teníamos un conjunto en la casa, el conjunto Marten, el nombre del lugar donde yo nací, la loma de Marten.

Ahí fue donde mi mamá le pidió a mi papá que le construyera un bohío para parirme, porque ya había tenido su primer hijo, mi hermano, en un ambiente muy hostil.

La casa de mi abuela era muy grande, con mucha gente. Mis abuelos paternos tuvieron 13 hijos con sus esposas, todas iban a vivir ahí, se cocinaba para 30 personas, y mi mamá decía que ella no era mujer de eso, pero había llegado embarazada. Siempre nos decía que había sufrido mucho, que no pudo darle cariño a mi hermano, porque mi abuela era de las que pensaba que los niños se cuidaban solos, que había que trabajar. 

Así que en cuanto estuvo en estado, le pidió a mi papá, que aunque fuera humilde, le construyera su casa. Ella misma escogió el lugar en la finca, un lugar muy fresco, una montaña y allí mi papá le construyó, vamos a decir, su nido, una casa de piso de tierra, de guano. Ella siempre decía, “pero por fin tuve un jardín, tenía mi casita como yo quería, y te parí, por eso tú naciste con una sonrisa, feliz, gordito, sano”.

Imagen: La Jiribilla

Del conjunto surgió una peña, ¿cómo recuerda esos días?

La peña se consolidó en la década de los 80 y fue muy importante en la etapa del período especial. Recuerdo con mucha fuerza las peñas en la casa, que el que tenía dos hojitas las llevaba para hacer un té, un poquito de azúcar, nadie pensaba en lo material, sino en lo espiritual, en pasarla bien, con la familia, todos los domingos.

Y en el año 87, Compay Segundo había decidido regresar a Santiago, a terminar su vida aquí, así me lo explicó él. Tenía un proyecto que era crear una escuela de su música, en Santiago, tipo Casa de la Trova, pero con su música. Y estaba en esa gestión, quería permutar una casa para irse a vivir al centro de la ciudad, y en ese proceso lo llaman a tocar fuera de Cuba, se hace famoso otra vez, y es el Compay Segundo que conocemos, pero en ese intermedio, yo estaba trabajando en la plaza, y tenía a mi fundidor, que era camagüeyano, hospedado en una casa de visita donde mismo estaba él. En una visita, pregunté, “¿quién es el viejito ese?”, y me dijeron, “ese es Repilado, Compay Segundo”, e inmediatamente lo abordé, nos hicimos amigos y lo invité a la peña. Por eso muchas canciones que hoy son famosas, las estrenó en la peña.

¿Son los recuerdos, la ciudad, lo que hizo que regresara a Santiago?

Decidí regresar a Santiago aprovechando la oportunidad de que se habían olvidado de mí. A mí me mandaron a estudiar a la extinta Unión Soviética porque había necesidad en Cuba de que hubiera profesores para el futuro Instituto Superior de Arte (ISA), por eso mandaron a músicos, pintores, artistas de diferentes esferas del arte, a prepararnos. La idea era hacer cursos cortos de dos o tres años, pero yo me quedé seis años y cuando regresé ya habían hecho el ISA, ya lo habían hecho todo, y de mí se olvidaron, así que regresé a Santiago porque sentí que era el lugar donde yo iba a poder, más o menos, hacer lo que yo quería, que es, más o menos, lo que he hecho.

He podido hacer cosas para apoyar la escultura, que como decimos nosotros, siempre ha sido la Cenicienta de las artes plásticas. Y sobre todo, he podido desarrollarme como escultor monumentalista.

Me ayudó mucho la existencia del Taller Cultural, un centro de experimentación, con jóvenes, con una dinámica tremenda, como ahora, todavía lo sigue siendo, y eso no existía en otro lugar de Cuba. Eso me motivó muchísimo, por lo menos para empezar a trabajar.

También el hecho de que Santiago de Cuba siempre me ha gustado mucho, el ambiente, mira que me gustan otras partes de Cuba como Matanzas, La Habana, hay cosas de La Habana que me encantan…

Vine para acá en contra de la opinión de todo el mundo, incluso de mi profesor de la academia en la antigua Unión Soviética, de quienes nunca supe su opinión fue de mis padres, pero ellos siempre me dijeron, “Ud. va para donde Ud. se sienta mejor”.

En la década del 80 lo invitan a formar parte del Grupo Antillano, ¿qué tanto hay del Caribe en su obra?

Lo que me preguntas es muy complicado de llevar a palabras, porque estamos hablando de algo muy subjetivo, que no está definido, que no tiene nombre ni apellido, que no se sabe exactamente cómo expresarlo, por lo menos yo. Fui invitado a hacerme miembro del Grupo Antillano, por la “antillanidad” que los miembros de ese grupo vieron en mi obra. Eso fue un año o dos antes de venir de Rusia.

Imagínate qué impacto para mí, que sentía que mi obra era muy caribeña.  Empecé a participar con ellos, y mira hasta donde he llegado que yo mismo tuve la iniciativa de invitar a Rafael Queneditt que es el líder del Grupo, a realizar algún tipo de acción para que no se olvidara la historia. Y culminó este proceso con un proyecto que se inició en Santiago, se llevó a La Habana y ahora se clausura en Nueva York, con la muestra colectiva Drapetomanía: Grupo Antillano y el arte de Afro-Cuba. La exposición va a seguir por otras ciudades de EE.UU.

Pero lo cubano, lo caribeño se puede reconocer en las cosas…

Bueno, una vez me preguntaron qué era la cubanía y yo no supe qué responder, pero se me ocurrió una anécdota.

Estando yo precisamente en Leningrado, en un invierno feroz, iba con un amigo mío cubano, la nieve estaba a un metro de altura. En aquel ambiente terriblemente oscuro de pronto miro y le digo a mi socio: “oye mira, un perro cubano”. Él pensó que estaba loco, delirando, yo insistí: “Compadre, que te estoy diciendo que mires un perro cubano”. Por fin miró, pero no me creía. Y entonces fuimos a preguntarle al dueño del animal y, efectivamente, era de La Habana. Lo supe por la manera en que caminaba por la nieve, ¿cómo tú explicas eso?

¿Y lo caribeño…?

Igual te digo de lo caribeño. Este espacio, probablemente sea la zona más interesante del mundo, por lo novedoso, por la cantidad de mezclas que se dan aquí en esta zona del Caribe y también por la manera en que la naturaleza incide en el comportamiento de todos sus habitantes, los temblores, los ciclones, nos sacuden de abajo, de arriba.

Imagínate un lugar donde haya africanos, chinos, europeos. De ahí sale un ambiente, un resultado de una cosa que no se aparece a otros comportamientos. Pero yo creo que lo que más nos caracteriza es la creatividad, la imaginación, el desenfado al tratar los temas, sin muchos prejuicios, sin mucho formalismo. La cultura europea está muy condicionada, es una cultura estructurada. Sin absolutizar, ese racionalismo hace que las cosas se vean un poco más frías, pasan muy directamente por la razón. Aquí el comportamiento creo que es al revés, lo espiritual se pone por delante, y esa especie de conclusión aproximada a la que yo he llegado trato de aplicármela a mí mismo cuando estoy creando.

Le doy mucha soltura a la emoción. No es que no exista la razón, ella está ahí, te domina aunque no quieras porque somos seres pensantes, pero justamente ese proceso racional oprime y limita la emoción. Yo trato de que no sea así, por eso a veces soy caótico, desgarrante en mi proceso de creación, es una lucha entre la razón y el espíritu, donde yo quiero que sea el espíritu lo que domine.

¿Dónde se siente más libre, en la escultura o en la pintura?

Tanto la pintura como la escultura, sobre todo la que hago libremente —porque los encargos te llevan por otros caminos—, el método es el mismo. Es un proceso creativo que empieza casi siempre con un pequeño dibujo, que es el primer momento en que tratas de llevar al lenguaje visual una idea. Donde quiera que yo esté vas a ver muchos dibujos, tengo miles de bosquejos pequeños, que luego se pueden convertir en una escultura o en una pintura.

Por ejemplo, yo estuve muchos meses buscando ideas para hacer un monumento a Wilfredo Lam, y lo que hago en ese proceso es dibujar mucho, cosas que se me ocurren, y si no se me ocurre nada, pues me provoco yo mismo dibujando.

Usted dijo una vez, “concibo la escultura a partir del espacio total”, ¿qué es para usted lo más importante en una escultura, la historia que cuenta, su monumentalidad, su relación con el espacio, todo eso junto?

Lo primero, como concepto, es que es una forma que va a entrar en un espacio común, en un espacio de todos, un espacio social. Una forma que has creado, pero que una vez que la instalas, no te pertenece, sino a todas aquellas personas que van a convivir con ella, por lo tanto esa es la primera responsabilidad que tiene un escultor monumentalista, una responsabilidad social. Puedes agredir, molestar, dañar o puedes encantar, sobre todo a nivel estético que es lo que más me interesa a mí, que estéticamente funcione, que esté a escala en relación con las personas.

Por eso yo esculpo a partir del espacio. A mí me encargan una escultura y lo primero que pregunto es, “¿dónde va?” Y voy a estudiar el espacio, ya lo otro es el mensaje, la historia que quieres contar.

El monumento a Maceo es una obra más bien realista, sin embargo, en las obras que vinieron después hay un cambio, los relieves son más rugosos, por ejemplo, ¿eso fue un cambio de estilo?

Si estudias bien el monumento, el conjunto —porque es una obra hecha a partir de un equipo de trabajo, no es una obra individual— hay zonas muy abstractas, zonas muy orgánicas, zonas muy lineales, es como un viaje de la abstracción al realismo. En la medida en que va ascendiendo, la forma se va haciendo más reconocida hasta llegar a la cabeza de Maceo.

Fue un reto que me impuse, teniendo en cuenta el criterio de mi colega Guarionex, el primer escultor que invité a trabajar conmigo, a quien yo admiro mucho como artista, y éramos muy amigos. Invité al arquitecto Choy, muy inteligente, de mucho talento. Empezamos a concebir aquello a partir del espacio total. No es una plaza convencional, normalmente las plazas son rectangulares, esta es triangular, una forma muy dinámica.

¿Le gusta trabajar en equipo?

Sí, mucho, y de ahí viene “Somos”, es difícil, pero me gusta. El trabajo colectivo, el enfoque del trabajo en equipo, es algo que me ha interesado siempre para abordar temas complejos, como este mismo de la concepción y realización de una Plaza; proyectos en los que hay que responder a tantas interrogantes, a tantos problemas de carácter estético y funcional.

En esos casos, me ha gustado mucho sumar conocimientos y provocar el efecto sinérgico que es tan importante, dos más dos no necesariamente es cuatro, es mucho más casi siempre. Y a eso se refiere el resultado de la sinergia, cuando una idea se analiza entre dos personas, dos pensamientos, el resultado es más rico. Y la comprensión de esto fue quizá lo que me llevó a la Fundación Caguayo.

¿De dónde nace la necesidad de crear una Fundación como Caguayo?

Siempre he tenido dos necesidades fundamentales, por un lado la creación artística que es bastante individual, precisa de un aislamiento, tranquilidad, y por otra parte he querido, desde muy temprana edad, de trabajar para otras personas, para otros colegas, otros, quizá, futuros artistas.

De ahí que cuando me estaba iniciando en este mundo maravilloso del arte, en mis primeros años de estudio, por la década del 60 cuando me gradúo de la Academia José Joaquín Tejada, me incorporo desde el segundo año a la Columna Juvenil de Escritores y Artistas de Oriente, que fue la unidad precursora de la Brigada Hermanos Saíz y luego de la Asociación del mismo nombre.

A través de esta organización empecé yo a canalizar estas inquietudes, y también fue el acceso hacia otras especialidades del arte, la literatura, el teatro, la música, la nueva trova, la llegada a la Escuela Nacional de Arte, y la posibilidad de completar ese concepto ecuménico. De manera que la Fundación Caguayo viene a ser como una solución para muchas de estas inquietudes que fueron tomando cuerpo durante toda mi vida, pues a través de ella apoyamos proyectos, ya sea de artes plásticas, de música, audiovisuales; privilegiamos las artes visuales que son la base de nuestro objeto social, pero damos cabida a otras manifestaciones artísticas.

¿Cómo valora el estado del movimiento escultórico en la actualidad?

Muy diverso, muy rico. Creo que Cuba es uno de los lugares donde más se investiga, donde hay más calidad, diversidad, debido al sistema de enseñanza. Los programas se han ido refrescando, actualizando, y ha ido dando resultados, de modo que hay muchos escultores. Eso se expresa sobre todo cuando uno va a exposiciones fuera de Cuba, países latinoamericanos, países grandes, donde hay talentos, pero aislados.

Uno puede ver en una provincia como Camagüey o Santiago de Cuba, que proporcionalmente tienen una cantidad apreciable de artistas de calidad, y esto se debe al sistema de enseñanza artística, no solo al talento que naturalmente se tiene, sino al desarrollo de ese talento.

Un artista es un poeta a su manera, cuénteme esa historia de cómo descubrió la poesía a través de un amigo.

Como es natural todo cubano, o todo niño cubano se acerca a Martí o nos enseñan a aproximarnos a Martí, a nuestro paradigma, pero recuerdo que la emoción más grande que sentí fue a partir de que Jesús Cos Causse, una persona muy humilde de mi barrio, se convirtiera en un poeta famoso. Yo empecé a leer sus poemas y me quedé sorprendido por tener a mi lado desde niño a un genio. No me había dado cuenta, y eso me hizo creer mucho en la poesía.

Cos Causse fue mi amigo, y aunque me llevaba algunos años de edad, tuvimos muchas experiencias juntos, muchas vivencias, desde salir a bailar a un carnaval, hasta compartir amistades, ir a fiestas, hacíamos reuniones de amigos en casa, con sus amigos, mis amigos. Fue siempre una relación muy fuerte y muy bonita. Hasta los últimos segundos de su vida yo tuve la suerte de estar a su lado. Y la verdad, es que le agradezco muchas cosas a Cos Causse, sobre todo el hecho de que haya influido en mi gusto por la poesía.

He escuchado que le teme mucho a haber hecho “la obra”…

Me aterra esa sensación que a veces se me acerca y me quiere atrapar cuando he hecho algo muy importante, puesto que eso sería el principio del fin de mi vida como creador.

Lo más importante es buscar todos los días, si encuentro o no, esas son sensaciones que deben ser experimentadas, empezar y terminar y volver a empezar. Es un proceso fuerte que entraña exigirse mucho, pero es la única manera realmente de hacer algo valioso. El arte, si lo tomas en serio, tiene que proponer y resolver asuntos de forma novedosa.

¿Tiene algún proyecto inmediato?

Mi gran proyecto es trabajar todos los días, y sí, surgen planes, algunos me los proponen y nunca se dan, me hacen trabajar mucho y nunca se dan, detrás de un proyecto siempre hay muchas historias, pero yo agradezco, aunque no se den, que me los propongan, porque me hace buscar, me hace investigar.

Yo iba a hacer el monumento a los 200 años de la revolución haitiana, estuve en Haití, me mezclé con la gente, conocí un poco más esa sociedad y cuando tenía el proyecto listo para realizarlo, le impiden a Haití celebrar sus 200 años. EE.UU. no se lo permitió, y ahí mismo se canceló todo. Pero bueno, conocí ese país, realicé un proyecto que sé haré en un futuro o que harán otros, y ahora me están naciendo otros sueños.

Su vínculo con Haití venía desde antes, con aquella maestra haitiana.

Sí, su nombre era Ángela. Lo que yo siento es que me agradaba mucho hablar con ella. Era muy común en esa época que los maestros del campo vivieran en la ciudad y viajaran todos los días. Mi padre era el chofer que la trasladaba, a ella y otros maestros.

Algo muy especial pasó, yo no sé si hablaron con ella, me imagino que sí: “este muchacho viene con problemas de Santiago ve a ver qué tú haces”. El caso es que yo sentía que me transmitía mucho cariño y me enamoré ciegamente, le hacía caso a todo lo que me decía y empecé a amar la escuela, o sea, despertó mi interés por el estudio.

Imagino que sus rutinas de creación empiezan siempre en este lugar, ¿qué importancia le concede a que el artista tenga su espacio de creación?

Hace un tiempo vino un amigo mío, artista también, que vive en Europa hace más de 20 años, Pablo Labañino, un artista que yo admiré mucho, de una generación anterior a la mía y me dijo: “me doy cuenta de que tú vives intensamente la vida de un artista”.

Me preguntaba qué me había querido decir y realmente es así, a capa y espada yo defiendo mi espacio de creación, yo siento que es la situación propicia para crear en cualquier momento, dos de la mañana, siete de la noche, a cualquier hora en que yo lo necesite. Y esa es una necesidad que tengo y he tratado de organizar mi vida de manera que, salvo algunas obligaciones, pueda vivir donde trabajo, estar cerca de mis materiales, para que cuando las musas se acerquen me encuentren trabajando. ¡A ellas les encanta eso!

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