El Caribe, entre el ser y el definir

Joel James Figarola • La Habana, Cuba
Fotos: Yander Zamora
Me inclino a pensar qua existen pocas coyunturas en el mundo actual susceptibles de generar, a partir de un cuestionamiento de sus mas intimas determinaciones, un espectro tan rico y amplio de interrogantes nuevas o derivadas como aquellas que dieron y dan lugar a la existencia del entorno físico y humano subcontinental en que vivimos.
 
Así, si nos preguntamos qué es el Caribe, y qué es lo caribeño, se abriría ante nosotros un angustioso y caótico laberinto de respuestas posibles y cualesquiera de ellas, con toda seguridad, daría de sí  un no menos azaroso expediente de otras diferentes preguntas probables.
 
Imagen: La Jiribilla
 
¿Nos enfrentamos entonces a un fenómeno de indefinición? ¿Es el Caribe algo indefinido? ¿Es una realidad que existió y que este en proceso de desaparecer? ¿Es, por el contrario, una realidad en formación que no acaba de cuajar en su propia concreción? Al reconocimiento de estos y de otros batientes, a intentarlos al menos, se dedican las páginas que siguen.
No obstante quisiéramos que el lector se adentrase en ellas con el conocimiento de algunas consideraciones previas.
 
Hay una ausencia qua consideramos palmaria: no son suficientes los sistemas de ideas, o de pensamientos, elaborados desde las determinaciones históricas y sociales del Caribe que sean capaces de volverse sobre estas propias determinaciones y devolvérnoslas teóricamente sistematizadas, en su pasado, en su presente y en sus perspectivas.
 
Entiéndase bien que no hablamos de una descripción del Caribe, que las hay y muy buenas, desde los días de los conquistadores y libros de los viajeros posteriores de múltiples nacionalidades, hasta los análisis comparativos más recientes. 
Nos referimos a un ejercicio de pensamiento puro, de esfuerzo de abstracción, capaz de darnos las categorías definitorias de nuestra naturaleza, esfuerzo este en el cual Martí constituye un punto, si no de partida, de obligada referencia al menos, apenas seguido con voluntad de correspondencia más tarde.
 
Que no se piense que ésta, llamémosla  así, leve corporeidad  conceptual  es  un  correlato obligado de una poco registrable materialidad cultural factual: el ámbito de la cultura —que es decir el ámbito de la vida espiritual de nuestros  pueblos—constituye un universo de una profunda riqueza manifestativa al tiempo que de una sorprendente y sugerente armonía integradora en lo referente a sus distintos componentes formales.
 
El Caribe es una porción de la tierra que posee, quizá con mejores perfiles que muchas otras, una manera, un olor, un sonido, un color y un movimiento marcadamente propios. Resulta entonces tanto más contrastante, y más incitante también en cuanto a la búsqueda de las razones que le puedan ser causales, la carencia de una idea —al margen de toda especulación neoplatónica— de esa forma, ese olor, ese sonido, ese color y ese movimiento, y de un sistema que las articula a todas ellas, en tanto contingencias engendradoras, hasta poder proporcionarnos la dimensión de la totalidad caribeña que desde hace tiempo, a primera luz contradictoriamente, lo reclama, y al reclamarlo lo preconstruye y condiciona.
 
Quizá está prefiguración  que  se da —se siente— en la urgencia fácilmente palpable de un mundo muy lleno de resonancias, sea una de las razones de la no emergencia de un pensamiento abstracto que alcance a definir al Caribe. ¿Hasta donde esta prefiguración ha terminado? ¿Hasta donde aún sigue fluyendo, reformulándose una y otra vez, con una velocidad que impide un ejercicio teórico en profundidad? ¿O es que acaso tenemos que propiciar, obtener esa profundidad, renunciando a la espera de la quietud, del descanso, que parecen ser solicitudes iniciales de toda metódica conceptual de Occidente, prácticamente desde la antigüedad griega hasta nuestros días?
 
Por supuesto que si no hay una idea definidora de sus manifestaciones culturales por separado, menos, creo, podemos aspirar a encontrar un intento teórico de largo alcance en el sentido del desenvolvimiento de su cultura en conjunto, ni de su historia, ni de la presencia social de sus habitantes.
 
Un sistema conceptual capaz de explicarnos el Caribe desde sus esencias, nos proporcionaría una explicación del mundo muy distinta de las hasta ahora existentes, con probable alejamiento del componente eurocentrista muchas veces presente en estas últimas, y con un mejor —por más acertado— enfoque sobre los mecanismos de intercambio cultural usados y al uso en todo este hemisferio.
 
No quiere esto decir que tenemos que desechar la cultura universal para explicarnos el Caribe; quiere decir que todo ese acervo ha de ser puesto en función de las definiciones de las realidades de la región si queremos alcanzar a comprender estas mismas realidades, y que semejante acondicionamiento ha de generar una apertura teórica nueva —aunque sin dimensión excluyente alguna— de la cual podrían derivarse conclusiones de alcance mundial. 
 
En cierta forma esto quiere decir que hay que decir que el Caribe —su condición de ser— hable por sí mismo. Si hasta ahora diferentes analistas en distintos momentos, desde el Barón de Humbolt para acá, han intentando —con mayor a menor fortuna— aprehenderlo con categorías elaboradas "desde antes" y "desde fuera'', parece llegado el momento de procurar dar con él desde dentro y con una contemporaneidad que le resulte inherente.
 
Las determinaciones que resulten suyas, hablando desde sí y por sí, aportarán nuevas posibilidades para el conocimiento del mundo en su conjunto, válidas para el último medio milenio de la historia de la mayor parte del globo.
 
La razón de ese aparente desasimiento caribeño hacia todo mecanismo de anclaje teórico de que hablábamos antes, parece residir, en última instancia, en una propia y primordial condición de resumen del mundo, y parece residir además en una determinada forma de observar, explicar y valorar las cosas y los procesos presentes en ese mundo, desde una perspectiva de punto de unión o, si se quiere también de resumen.
 
Así, como resumen del mundo, el Caribe es tan incorpóreo como lo puede ser el mundo mismo en las distintas fases, etapas o momentos en los que él los sintetiza; solo que los términos de resumen y síntesis ofrecen una idea de resultado final que oculta un sentido de mucho más alcance y profundidad, como causa inicial y como razón primera de nuevos movimientos de cambio que se revierten sobre el mundo presentado originalmente como sintetizado y resumido.  Y aquí estriba la limitación de un miraje eurocentrista con pretensiones de universalidad. Subrayémoslo con otras palabras: toda entidad que resume es, al mismo tiempo, una entidad que da comienzo; y esta otra vertiente de la forma histórica de ser del Caribe es la que han escatimado —conscientemente o no— muchos de los distintos sistemas explicativos con pretensiones de aprehender de manera total las tendencias del acontecer humano en este parte del planeta, que hemos conocido, o nos han obligado a conocer prácticamente hasta ahora.
 
Imagen: La Jiribilla
 
Pero bien, la profunda problemática de toda esta cuestión parece radicar además en sus aspectos cinéticos; en la pertinencia que puede tener para ello la categoría movimiento.
 
De manera que, desde otro ángulo, la búsqueda de un sistema de pensamiento inherente al Caribe puede, y hasta debe, conducirnos al estudio de las soluciones —políticas, sociales y étnicas en general— de enlace entre el mundo llamado desarrollado y el propio Caribe en su tránsito histórico.  Soluciones de enlace siempre asumidas en tanto que movimiento resultante y en tanto que movimiento generador.
 
Nos acercaríamos entonces a la realidad fenomenológica y ontológica del movimiento de Europa,  que  para  nosotros  durante  mucho tiempo equivale a decir el del mundo llamado desarrollado, pero nunca de todo el mundo fuera de Europa: a una suerte de movimiento extrañado del propio universo del cual forma parte, y el cual, curiosamente, lo desconoce y hasta repudia como componente de sí. Y nos acercaríamos además a la urdimbre casi inadvertible, por lo sutil y lo enmascarado de los vasos conductores que le son comunes, de esa factualidad fenoménica y de esa factualidad ontológica.
 
El Caribe, al resultar síntesis y resumen del mundo en su conjunto lo es muy primeramente del mundo por antonomasia, del mundo de la línea típica de desenvolvimiento que nace en la antigüedad greco-romana y alcanza el Renacimiento; y en virtud de ello resultan, por determinaciones de los movimientos tanto sociales como étnicos, formas fenoménicas de ese propio mundo: por así decirlo, seres de ese Ser. Pero esas formas aparentemente derivadas del Ser, no son otra cosa que manifestación vital y singular de su propia existencia como mundo, es decir del nuevo mundo que en el Caribe nacía; señales de su vida: y ambas cosas, al asumir-se coma expresiones de ser del Ser —las únicas o al menos las últimas y más importantes expresiones de ese universo tenido como centro— no podían significar sino algo así como anuncios o razones de las transformaciones, sucesivas a su vez, que ese Ser en cada momento habría de sufrir o atravesar.
 
Así pues el Caribe, como manifestación escatológica de Europa, la transforma a ella misma, en tanto ese resultado final que la constituye está preñado de posibilidades de cambio llamadas a obrar tanto sobre sí mismo como sobre Europa. 
 
Siendo una periferia fenoménica, el Caribe acepta la esencia de Europa primero y más tarde de Norteamérica y de Europa de nuevo. Constituyendo las formas del ser de Europa —que sería el Ser por excelencia— las relaciones entre él y el mundo desarrollado serían equivalentes a relaciones entre formas y esencias; pero propongo que estas curiosas e interesantísimas relaciones se han procurado enmarcar, la mayor parte de las veces, en una suerte de esfuerzo de naturaleza ontológica cuando lo que quizá mejor se avenga a nuestras determinaciones más raigales sean esfuerzos de carácter fenoménico.
Nos aventurarnos a partir de estas premisas a hacer dos observaciones: 
  1. Europa —o el mundo desarrollado si se prefiere— para ser Europa y no sólo reconocerse como tal, tiene que manifestarse fuera de ella e incluso con los atributos formales en el orden del establecimiento de relaciones humanas, que aparentemente le son menos inherentes.
  2. El Caribe no puede dejar de manifestarse fuera de él, en razón de su naturaleza, primeramente como resultado y, posteriormente, causa motivadora de nuevos resultados.  La posición de las categorías resultado y causa revestiría así una importancia absolutamente imposible de soslayar.
Ahora bien, las dos afirmaciones al obrar una sobre la otra dan lugar al establecimiento de una correspondencia que es otra arista fundamental de todo este asunto. Parecería evidente entonces asegurar que a un estadio determine-do en el mundo capitalista desarrollado occidental ha de corresponderse, en el análisis de los últimos cinco siglos, específicas formulaciones sociales y económicas en el Caribe y, a la inversa, que toda mutación en este —la más de las veces originadas por incidencias externas aunque las más trascendentales son de índole interna— ha de tener su correlato en ese mundo y que, a los efectos de la exposición que pretendemos llevar adelante, estamos haciendo corresponder con Europa primero y Norteamérica después.
 
Pero sucede que esta es la evidencia de lo trascendental diluido en lo cotidiano y que en virtud de esa disolución generalmente pasa inadvertida o tenida a menos.
 
Estamos en presencia, pues, de la evidencia de una correspondencia, pero no de una correspondencia  cualquiera —ni de una evidencia cualquiera tampoco— sino de una "correspondencia que por su carácter orgánico resulta de inevitable establecimiento. Es decir obligatoria y por tanto necesaria en el sentido más hegelianos del término y de una evidencia que nos aproxima a una perspectiva cercana al sistema de pensamiento que solicitábamos al comienzo de estas consideraciones. Si el Caribe es construido por las urgencias de la aparición capitalista, primero, y el ulterior desarrollo del sistema después en Europa y EE.UU., una vez delineado en sus contornos precisos obrará, dentro de la correspondencia orgánica que acabamos de referir, como factor de determinante estatura en la adopción de los propios derroteros del desarrollo político y económico de Occidente. 
 
De manera que necesitaríamos un sistema de ideas construido a partir del supuesto de un Caribe existente y como existente obra como sujeto; aceptando haber sido resultado de —y es una aceptación nada inmóvil sino funcional — asumirlo como agente propiciador de nuevos resultados. Entonces tal sistema que nos explique esta región del continente en sus propios contornos, repetimos, sumaría otra explicación del mundo de las ya realizadas. 
 
Fragmento del texto homónimo recopilado en la multimedia Joel James ¡Vive! producida por Ediciones Cubarte.

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