El Caribe: unidad que nos atormenta
y nos abarca

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Del Bravo a la Patagonia hay una cuenca que separa en islas la América continental: el Caribe. Nombre ganado en honor a los guerreros aborígenes que poblaban la zona al inicio de la colonización. Este cuerpo de agua descubrió el interés de los colonizadores occidentales y también la navegación de piratas y filibusteros, para convertirse desde muy temprano en un entramado cultural cuya riqueza hoy no se limita al territorio demarcado por las islas, sino que abarca los entornos costeros que bañan sus aguas y las diásporas que habitan el mundo.

Así nos lo hace saber Yolanda Wood, directora del Centro de Estudios del Caribe de la Casa de las Américas, quien optó por atraer la mirada sobre rasgos culturales que, en la compleja y mestiza diversidad, nos tipifican. Precisamente de esa unidad, difícil de plantear en una teoría, es que se sostienen –y para la cual existen— trascendentales espacios en el año como el Festival del Caribe, en Santiago de Cuba, y de instituciones como la también santiaguera Casa del Caribe, y el propio Centro, en la capital del país: vasos comunicantes dentro del espacio nuestroamericano.

Imagen: La Jiribilla

Una necesidad histórica planteada por Martí, la integración, no se ata para la investigadora a preestablecidos recetarios, sin embargo, hay que discutirla desde la educación y la cultura. Únicos entendimientos para resolver el conflicto de la comunión entre lo único y lo diverso: tormento de investigadores, esencia de sus practicantes.

¿Cuál es la misión del Centro de Estudios del Caribe de Casa de las Américas que usted dirige?

El Centro de Estudios del Caribe de la Casa de las Américas, fue el último de los departamentos fundados por Haydeé Santamaría, institución de la que fue fundadora. Se creó en el año 1979 y el Centro ha tenido desde entonces la misión de transversalizar el conocimiento sobre el Caribe que se gesta en Casa de las Américas desde diferentes perspectivas porque la Casa mostró desde muy temprano, cuando se creó, una vocación caribeña que de alguna manera había que encauzar. Es decir, fue adquiriendo una importante dimensión dentro del trabajo de la Casa, que era necesario ya en aquel momento, incluir un área que pudiera dar espacio a coordinar, a conectar de alguna manera todos esos esfuerzos múltiples que se realizaban en la Casa de las Américas en relación con el área caribeña.

Este es prácticamente dentro de la institución el único departamento con carácter geográfico —pudiéramos decir— ya que todos los demás son departamentos especializados, en el campo de la música, la literatura, las artes visuales. De hecho, fue una luz verdaderamente que tuvo Haydeé en aquel momento y todo el colectivo de dirección de Casa de las Américas, al vislumbrar que la colocación de Cuba dentro de ese espacio natural, pero también cultural, podía tener dimensiones, podía ser mucho más importante aún de lo que había sido hasta ese instante.

De manera tal que la misión del Centro ha estado orientada hacia esa dirección: contribuir a los estudios del Caribe desde una visión no solamente geográfica, limitada a las islas, sino desde una visión más amplia que incluye también la cuenca del Caribe, con toda esa cultura que se gesta en las zonas costeras continentales sobre todo, y tender más allá su mirada hacia las diásporas caribeñas que se encuentran dispersas por el mundo, y que son muy significativas para los efectos de estudiar las culturas caribeñas y comprender además todas las conexiones que tiene esta área culturalmente con otras regiones muy importantes de América, como pudiera ser toda la zona noreste de Brasil, la zona sur de EE.UU. Es decir, puntos que entablan toda una serie de conexiones culturales e históricas muy reveladoras.

Esa fue la misión original del Centro y la que mantiene hasta estos momentos por el hecho de dedicarse, en especial, a observar esa configuración cultural compleja, peculiar, que significa el Caribe dentro del contexto mayor de nuestra América.

¿Qué otros centros de estudio homologan a nivel internacional este objeto de investigación?

Diría que del 80 para acá se vislumbra un crecimiento del interés por el área del Caribe, que ha ido configurando la aparición de instituciones, de espacios culturales. Sin duda, la Casa fue pionera en este sentido, no solo porque tuvo este Centro tempranamente, sino porque además ya se habían fundado los Premios Casa cuando el Centro surgió, y ya se otorgaban premiaciones a libros venidos desde el Caribe anglófono y francófono. Es decir, comprender esa diversidad que nuestra América presentaba y darle un peso importante a los territorios con otras tradiciones lingüísticas en la cultura de nuestra América, era de una trascendencia tremenda.

Recientemente esos estudios han ido cobrando mayor fuerza en centros de investigación que hoy se encuentran dispersos por las islas en el caso de Puerto Rico, por ejemplo, el Centro de Altos Estudios Latinoamericanos y Caribeños, en Santo Domingo también existen centros dedicados a estos estudios. Por supuesto, también tienen presencia en otros países mayores como pudiera ser el propio México. En la zona costera de Veracruz no solo se organizan centros especializados, sino además festivales específicos que se orientan hacia el Caribe. Creo que es una tendencia que ha ido creciendo. En Colombia, la aparición del Museo del Caribe en las zonas de Barranquilla, Santa Marta, pues es otro hito importante a tomar en cuenta. En Venezuela se aprecia igualmente con mucho énfasis eso que ellos llaman la costa caribeña venezolana, donde hay muchos puntos de contacto en relación con la cultura de las islas.

¿Llegó Yolanda al Caribe o el Caribe llegó a ella? ¿Por qué la proclividad y la pasión desatada hacia estos temas que encierra lo caribeño?

Desde que terminé mis estudios universitarios, me di cuenta que había una especie de vacío de información muy grande en los estudios que había realizado como historiadora del arte. Y era que, efectivamente, el Caribe era un espacio de silencio dentro de nuestra formación. Se hablaba de él puntualmente en algún momento, en algún espacio específico de interés, pero no había una sistematización de esos conocimientos, y me dispuse a tratar de que esto se hiciera realidad en nuestra carrera.

En ese momento ya la Casa de las Américas formaba parte de ese entramado de relaciones que uno va estableciendo en su proceso de formación. Asistía con frecuencia a la biblioteca. Era inevitable, imprescindible venir a estudiar aquí e integrarme a sus actividades, y notaba cómo el Caribe comenzaba a sentirse con una efervescencia, con una presencia. Me repetía: “Algo está pasando en los procesos de preparación de nuestros profesionales que esto no responde de la misma manera a esa dinámica que se está produciendo en la cultura”. Entonces me decidí a formar parte del currículum universitario de la carrera de Historia del Arte, los estudios de Arte del Caribe. Así empecé a estudiar estos procesos con muchas dificultades porque la imagen es inevitable para enseñar el arte. Había que recuperar un basamento de imágenes, hacer un levantamiento visual del Caribe y después tratar de entender la manera en que esos procesos visuales se interrelacionaban, se interconectaban, con toda la también compleja trama histórica, social, de la región.

Fueron muchos años de trabajo, de estudio, que han dado como resultado la incorporación de la asignatura al currículum de Historia del Arte. Hoy día somos un equipo de trabajo que he podido formar y nuestra materia tiene tres semestres, además de impartir cursos de postgrados, maestrías. Efectivamente, ya el Caribe tiene hoy una visibilidad en términos de los estudios de arte en Cuba y eso me produce una gran alegría.

De esta forma fue como empecé a orientarme en esta dirección. Por supuesto, a través del arte los caminos te van conduciendo cada vez más a otros estudios, hacia otras necesidades, hacia otras fuentes y después de años de trabajo, esas fuentes me han ido generando una visión cada vez más amplia del Caribe en términos artísticos, culturales. Dirigir el Centro ha sido también una posibilidad tremenda en este sentido para mí y le agradezco muchísimo a la Casa de las Américas haberme confiado esta responsabilidad que desarrollo con muchísimo interés.

¿A través de qué acciones se inserta el Centro dentro del sistema científico-cultural de la región?

Nosotros organizamos eventos importantes aquí en la Casa de las Américas, que  forman parte de todo ese sistema de actividad tanto científica como cultural del Caribe en toda la región. Recibimos muchos invitados, venidos de disímiles  lugares y el evento ya, por excelencia nuestro, se realiza cada dos años en el mes de mayo. Solemos decir que es cuando florecen los flamboyanes, y es el Coloquio Internacional “La diversidad cultural en el Caribe”. El espacio propone mostrar, justamente, ese universo tan rico y extraordinario que tiene el Caribe, no solamente entendido en el espacio de sus islas, sino también en el continente y más allá, en el espacio de sus diásporas.

No obstante este encuentro —que es como el momento iluminador principal de nuestro Centro— tenemos muchos otros que desarrollamos en simultaneidad, como son seminarios internacionales de estudios caribeños, que tienen un perfil mucho más teórico-metodológico en cuanto al estado actual de los estudios del Caribe, no solo en nuestro país, sino a nivel internacional. Tenemos un espacio que acabamos de concluir hace unos días prácticamente —en el mes de junio—que se llama Ciclo de Pensamiento Social Caribeño, que cada dos años dedicamos a un tema, a una figura. Este, en particular, fue dedicado a Puerto Rico y se llamó “Ser boricua”. Fue una buenísima oportunidad de revisitar la cultura puertorriqueña, en ocasión además de los centenarios de dos grandes figuras de la intelectualidad de ese país. Fue verdaderamente una oportunidad magnífica por los muchos puertorriqueños que visitaron este encuentro. De modo que el Centro se desarrolla desde todas estas perspectivas.

Nuestro trabajo se engruesa, además, con un programa interdisciplinario de estudios caribeños de postgrado en el que recibo estudiantes postgraduados que se interesan por prepararse en los estudios caribeños, y les ofrezco desde el Centro y desde la Casa de las Américas, la posibilidad de desarrollar estas intenciones y de profundizar en estas investigaciones. Es un método muy interesante porque parto de la noción de aprender haciendo, de tal manera que ellos se vinculan a los proyectos fundamentales del Centro, investigan en función de esos proyectos, pero a su vez los desarrollan en toda su labor de promoción, gestión e incluso de edición y publicación.

¿Qué representó la muerte de Joel James, y el nacimiento de un Coloquio Internacional dedicado a su legado?

Roberto Fernández Retamar ha dicho en más de una ocasión que la Casa del Caribe de Santiago de Cuba es una institución hermana de la Casa de las Américas y, especialmente, del Centro de Estudios del Caribe. En nuestro último Coloquio de “La diversidad cultural…” hace dos años, le hicimos entrega a nombre de la institución de un diploma de reconocimiento por la labor que han realizado durante tantos años en relación con el conocimiento del Caribe y, sobre todo, con la presentación pública de su riqueza como cultura popular y como tradición religiosa en la región.

Imagen: La Jiribilla

Creo que Joel James fue alma principal de este proyecto que hoy sigue siendo la Casa del Caribe, su fundador. La Casa vino detrás del Festival: el Festival dio origen a la aparición de la Casa, y tuvieron la feliz coincidencia de contar con alguien como él. No solamente un cubano auténtico, sino además alguien que conocía muy bien estas prácticas y todos estos elementos que enriquecieron a través de la cultura popular y las tradiciones populares, los fundamentos del Festival del Caribe.

Siento que se le hace honor con estos coloquios que se realizan, en los que he tenido la oportunidad de estar invitada y participar para rendir tributo no solamente a su memoria, sino a todo lo que aportó a la cultura nacional cuando se planteaba esa frase que lo ha hecho célebre a través de uno de sus libros, de entender a Cuba como una gran nganga. Considero que es otra manera de ver la noción del ajiaco entendida en otra dimensión y en la cual le aporta a este caldero: energía, todas las fuerzas míticas provenientes de la tierra, del universo ancestral, de la presencia africana, que marcan tan fuertemente toda nuestra cultura. Era un hombre de una actividad infinita, que no se agotaba, y creo que le puso un sello a ese Festival y a esa Casa del Caribe, que es justamente esa permanente búsqueda de novedades y de encuentros novedosos con la cultura del Caribe.

¿Cómo convencería —de la manera más llana posible— al poblador “de a pie” de la región, de la importancia de mantener en el tiempo un espacio como el Festival del Caribe?

Le diría que el Festival del Caribe es una gran oportunidad para que, como tú dices, un simple caminante “de a pie” se sienta parte de un proceso cultural que, por supuesto, se revela inmenso en su dimensión porque creo que ese Desfile de la Serpiente, por ejemplo, es una apoteosis dentro del Festival. Es un momento crucial, igual que muchos otros que se realizan en simultaneidad. Creo que lo más importante que ofrece el Festival es la posibilidad de autorreconocernos como caribeños. Cuando usted está inmerso en él es un momento de convencerse —si todavía no lo estaba— de cuán caribeña es Cuba y de cuán caribeños somos los cubanos, que en ocasiones nos sentimos un poco distantes, más próximos quizá de América Latina por razones lingüísticas, históricas, que de las islas mismas del mar Caribe y todas las costas bañadas por ese mar.

Felicito enormemente a la Casa del Caribe por la capacidad que tiene de mantener activo ese espejo de nosotros mismos que, aunque esté dedicado cada año a un país específico, es una apoteosis de expresiones populares que comprendemos existen en nosotros y forman parte de una identidad común.

¿Cómo entender la unidad en las prácticas artísticas y los saberes ancestrales del Caribe, a pesar de la demarcada diversidad que pervive en ellos?

Ese es uno de los grandes conflictos, diría yo, metodológicos, históricos-culturales, del área del Caribe: ¿cómo comprender su unidad dentro de su diversidad? Y es que son indisolubles. Justamente es en esa capacidad de comprendernos diversos, donde nos entendemos parte de una comunidad.

Creo tiene que ver con romper ciertos estereotipos que en ocasiones nos hacen vislumbrar el Caribe desde un fetichismo y una formalidad en su expresión que nada tienen que ver con la variedad de maneras en la que se puede ser caribeño. Considero que ese estereotipo de una “caribeñidad” entendida como un molde, como un referente cerrado, nos hace muchísimo daño. Tenemos que comprender que históricamente somos diversos, diferentes, y en esa diversidad es donde habita lo que nos es común. Eso que es común a veces se hace difícil encontrarlo, no porque no esté sino porque han sido tantos estereotipos históricos los que han funcionado para diseñárnoslo o para mostrárnoslo, que entonces no nos percatamos de la capacidad propia que tenemos para verlo por nosotros mismos, pero esa unidad está ahí.

Más que una unidad superficial o exótica, tiene que ver con factores históricos-sociales, con historias comunes que hemos vivido en nuestros pueblos y que forman parte de esa identidad fuerte, de esa base histórica de la unidad caribeña. No son superficiales, no son externos. Son profundamente históricos, sociales y culturales.

¿Cuáles —se le ocurren— sean las nuevas estrategias integracionistas en el área, muy a propósito de prácticas artísticas y culturales por las que debe optar la cuenca caribeña, en aras de conservar un patrimonio (in)material?

Creo que las variantes de integración pueden ser muchas. Considero que cualquier fórmula para el Caribe es inapropiada. Es un espacio que se resiste a las recetas, y se resiste justamente por su diversidad. Hay que permanecer abiertos a todas las alternativas posibles que puedan generar los espacios de encuentro que necesitamos. Nos urgen esos espacios porque necesitamos conocernos mejor. El Caribe ha sido un área también fragmentada en las historias del conocimiento mutuo entre las partes.

Crear espacios de integración, en primer lugar, es crear espacios de comunicación, de encuentro, de diálogo y, sobre todo, de conocimiento. Por lo tanto, no tengo ninguna fórmula más atractiva que otra para entender cuáles pueden ser esas vías de encuentro y de integración. De lo que sí estoy convencida, es que tienen que tener —cualquiera que ellas sean— un perfil cultural que las defina porque el Caribe no es una región geográfica, es una región cultural, y para entenderla en su complejidad, en su diversidad e incluso para abarcar esa unidad que nos atormenta, tenemos que comprenderla culturalmente.

La cultura le es imprescindible a cualquier proyecto de integración: la educación y la cultura. Con el conocimiento de quiénes somos y el respeto que requerimos para el otro —sabiendo quién es y comprendiendo que no es igual que yo porque justamente el Caribe es diverso— tendríamos la posibilidad quizá de enfrentarnos estratégicamente mejor preparados a los proyectos de integración que, sin duda, vienen.

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