Marta Valdés, el teatro, los títeres
y una tremenda pregunta

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba

No conocí la música de Marta Valdés a través de los discos, la radio o la televisión. La había escuchado, sí, como todos los cubanos y los megalómanos más furibundos del mundo. Cuando hablo de conocer, me refiero a saber de buena tinta qué es lo que oigo, a quién pertenece su autoría. Eso me sucedió en el teatro, el arte que durante un tiempo la cobijó, como ella misma ha expresado, hasta que soplaron vientos mejores para sus creaciones. Estudiante del Instituto Superior de Arte de La Habana, en los años 80, asistí a un espectáculo en la conocida Sala Hubert de Blanck, sede de la compañía escénica Teatro Estudio. Allí trabajaba Ana Viña, mi profesora de actuación. Creo recordar que el montaje se llamaba La ronda. Evoco ahora algunos pasajes de amores y desamores y sobre todo la música, una hermosa balada titulada “Hacia dónde” que me taladró el corazón para siempre.

Busqué curioso entre las notas del programa de mano, al compositor o compositora del hermoso tema. Allí estaba su nombre, 11 letras que desde los años 50 viajaban de boca en boca, como la gestora de entrañables canciones, boleros, criollas, habaneras y danzones, concedidas al por mayor a un público disímil de aquí y allende los mares. Como sucede con las cosas que marcan con fuego la existencia humana, no olvidé nunca el alias de la habanera nacida hace 80 años. Comencé a reconocer a la responsable de melodías, que en las voces maravillosas de Elena Burke, Bola de Nieve, Miriam Ramos o Pablo Milanés, entre otros tantos, forman parte del rico acervo cultural nacional e internacional.

Otro día de mi vida en el teatro, cuyo abrigo escogí, como la propia Marta, para refugio de mis ensoñaciones y visiones artísticas, me pasaron un casete que registraba una obra sonora sobre juguetes, muñecos y personajes del folclor popular infantil. Mencionaba a Horacio Ruiz, el artesano, hombre proveniente de Cárdenas, Matanzas, ciudad tan cara a la Valdés, y padre de Jesús Ruiz, uno de los más prestigiosos diseñadores escénicos de Cuba, recientemente fallecido. Busqué otra vez al autor o autora, tenía el pálpito de que “Aves de madera” solo podía ser de ella, letra fina, imágenes redondas y en fuga hacia lares insospechados, una armonía lírica poco común. Varias veces he incluido esa pieza en las ambientaciones musicales que sirven de preámbulo a mis espectáculos de títeres con Teatro de Las Estaciones.

No sospechaba yo que aún Marta Valdés me daría una sorpresa más. En mi investigación sobre la historia de los retablos en la Isla, descubrí su trabajo junto al Teatro Nacional de Guiñol, en los años 60, al lado de los hermanos Pepe y Carucha Camejo, junto a Pepe Carril. Fue Marta quien creó las partituras originales para la banda sonora de la puesta en escena Pinocho, estrenada en 1967. Fue ese el puente perfecto para ir en busca de la mujer que había escrito las más intensas canciones a los poetas de la ciudad donde vivo, a la villa entera, a sus ríos rumorosos. Me encontré con un ser menudo y sencillo, de palabras cortas y mirada directa. Había acabado de dar un recital, guitarra en mano, en los salones de la Editorial Vigía. La entrada al concierto fue gratis. Me quedó la sensación de haber asistido al encuentro de una muchacha cantarina que regaló sus frutos a todos, sin tener ansias de otra cosa que no fuera compartir su pacto mágico con los soles y bemoles, transida de vivencias, fábulas y paisajes infinitos.

Hoy que ella cumple ocho décadas desbordadas de talento para la música, don que Dios no ofrece a todos, vuelvo a recordar mi primer encuentro desde el teatro con su espíritu colmado de sonidos y silencios. Recorro otra vez sus miles de formas, palabras, empeños, sospechas, llantos, vueltas, soledades, canciones fáciles y sin títulos. La felicito y agradezco con la emoción del mismo espectador anónimo de aquel día, sentado en lo oscuro, latiendo en mis sentidos la tremenda pregunta: Y al final siempre igual, yo me voy, tú te vas ¿hacia donde?”.

Peñas Altas, Matanzas, 6 de julio de 2014

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