Rolando el titiritero

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba

En el 2002, justo cuando se celebraba en la Isla el 40 aniversario de la creación de los teatros de guiñol por la Revolución, en las antiguas provincias de Camagüey, Las Villas, Matanzas y Pinar del Río, falleció en la llamada Atenas de Cuba, de manera trágica e inesperada, el dramaturgo y actor titiritero Rolando Arencibia Hernández. Contaba al morir con 72 años y fue el primer director artístico y general que tuvo el guiñol yumurino, tras el cursillo “Los títeres en la escuela”, impartido en el mes de junio de 1962 por los hermanos Camejo y Carril, en lo que es hoy la sede del Teatro Papalote.

Rolando fue autor de textos muy populares en el teatro para niños y de títeres de la década de los 60. No hubo agrupación que trabajara el teatro de muñecos en el mapa nacional, que no hubiera llevado al retablo Lobito y su conciencia, ¡Corra doctor! o Tito y los ratones, obras todas construidas con gracia y efectividad. Sin embargo, la procedencia profesional del imaginativo dramaturgo era del mundo de la economía, donde fungía como analizador en la Delegación del Banco de Matanzas. Allí también fundó un grupo de títeres que ofreció no pocas y atractivas funciones. Entre los números y el guiñol pasó su vida, nunca quiso desprenderse de ninguno, aunque sospecho que la profesión bancaria triunfó de alguna forma por encima de las figuras animadas, pues en 1964 dejó definitivamente su trabajo como guía del guiñol provincial.

Siguió creando para los niños e inmerso en el universo del arte. Fue un asiduo colaborador de la página “Compañeritos”, del periódico matancero Girón, un espacio instructivo y cultural para los más pequeños. Estuvo entre los fundadores del cuadro dramático de la emisora provincial Radio 26, donde también escribió el programa El libro y usted. Aún después de los años vividos como líder del guiñol de Matanzas, nunca abandonó la escritura. Dejó más de diez obras para títeres inéditas, poemas y crónicas, de estas últimas quedan algunas publicadas en la prensa plana de los años 80.

Lo recuerdo como uno de los mejores espectadores de cuanto teatro de figuras pasara por la ciudad de los puentes. Fue el primero en alentarme para conformar una antología de autores teatrales matanceros para niños, libro que finalmente publiqué y titulé TinTin Pirulero, en honor a Dora Alonso, pionera del género en el país y amiga personal de Rolando.

La última sorpresa que me regaló, fue su aparición repentina en el estreno de nuestro espectáculo Pedro y el Lobo, el conocido cuento musical del compositor ruso Serguéi Prokofiev. Hizo una larga caminata desde su casa en la calle San Rafael, de la populosa barriada de Pueblo Nuevo, hasta el Teatro Sauto, situado en el centro de la ciudad. Extraño mucho sus consejos y su carácter pícaro y afable. Recordaré por siempre lo que me dijo en una entrevista que le hice para el proyecto documental: Monsieur Guignol en Matanzas. Le pregunté ¿Quién es Rolando Arencibia? Y me contestó: “Nunca me he sentido nadie, solo fui yo cuando era Rolando, el titiritero”.

Imagen: La Jiribilla

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