Viaje a Suráfrica, la casa que Nadine
abrió para todos
 

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

Uno de los editores más exigentes que haya podido conocer, el poeta Roberto Fernández Retamar, me abre los brazos invitándome a contar mis impresiones acerca de la visita a la República de Suráfrica, que efectué en el verano de 1992, hace ya tres largos años. Confieso que siempre quise escribir sobre esas impresiones que constituyeron una experiencia inigualable, indeleble y, por eso mismo, se envolvió en una bruma de recuerdos llenos de amor. Sin embargo, nunca pude sospechar que quedarían congeladas en mi memoria y, más que en mi memoria, en mis sentimientos. Una rara sensación de pertenencia y extrañeza. Por encima de cualquier otra consideración se levantaba el fantasma del apartheid. Mis impresiones fueron castradas desde el primer momento por la percepción del fenómeno del apartheid, incalculablemente distinto de todo lo que había leído, pensado, o había podido imaginar siquiera. Mi historia personal con África se había expresado en muchos poemas que escribí desde mi primera infancia; también en infinitas lecturas sobre la vida de sus habitantes, de sus culturas y de su arte. En 1987, con Rogelio Martínez Furé, asistí en el Congo a un congreso internacional de escritores cuya esencia fundamental era pronunciarse contra el apartheid, levantando así una ola de reacciones de sus participantes por todo el planeta a través de sus obras. Durante un receso fuimos a tomar café con uno de los escritores que había intervenido muy audaz y vehementemente. Era un hombre chiquito, menudo, de labios anchos y gruesos, con una fragilidad física que contrastaba con la fuerza de su palabra y su arrolladora simpatía. Furé, que ya por aquel entonces culminaba sus estudios y traducciones de innumerables poemas africanos, decidió acosar a preguntas a este recién estrenado amigo. La última traía una carga de angustia pues ambos esperábamos una respuesta trágica. “¿Sabe usted el paradero del poeta Keorapetse Kgositsile, de Johannesburgo? Lo único que sabemos es que es uno de los poetas de mayor tiempo en el exilio y hace tanto que no tenemos noticias suyas... Muchos temen por su vida...” Con una sonrisa llena de picardía, nuestro interlocutor, sin inmutarse, contestó: “Keorapetse Kgositsile... soy yo”. En aquel instante nacía esa historia personal con África del Sur que se enriquecería aún más cuando, cuatro años después, el propio Keorapetse Kgositsile y Junaid Ahmed me extendieron una invitación, a nombre del Congreso de Escritores Surafricanos (COSAW), para pronunciar una intervención especial en su Conferencia anual a celebrarse en la ciudad de Bloemfontein entre los días 19 y 21 de junio. Asimismo, el Congreso me instaba a prolongar esta visita con el fin de que diera conferencias y facilitara talleres literarios a lo largo de las provincias de Western Cape, Eastern Cape, Natal, Orange Free State y Transvaal. Mi cicerone sería Willy Kgositsile.

Luego de un inmenso trayecto de casi veinticuatro horas (La Habana, Santo Domingo, Madrid, París, Malawi, Johannesburgo), llegué extenuada pero miedosa y feliz al último punto de mi destino. Atravesé los pasillos iluminados del aeropuerto de Johannesburgo con cierta expectativa. Al chequear, en la ventanilla de inmigración, extendí mi visa con alguna tensión y, para mi sorpresa, la joven empleada sólo levantó los ojos para desearme una feliz estancia en Suráfrica. Algunas cosas habían comenzado a transformarse. La Historia se inclinaba, con su implacable péndulo, hacia la verdadera razón. Mi presencia allí apenas lo anunciaba.

Un Sur que es un Norte

Bloemfontein es una de las más populosas y antiguas ciudades del Transvaal. Junto a Pretoria, primera capital del país, es una de las más representativas de la región. El Transvaal es como una tierra mítica, centro metrópolis del comercio, de la política y de la vida cultural de los surafricanos. Lo atraviesan innumerables grupos étnicos originarios o traídos por los incesantes movimientos migratorios que lo han poblado. Para mi sosiego, viajamos de Johannesburgo a Bloemfontein por carretera y no por avión como estaba planeado. Es un alivio pues sólo alcancé a dormir tres o cuatro horas. La ruta entre Johannesburgo y Blomfontein me sorprende. Como nací en La Habana, al terminar la primera semana de agosto, siempre me he sentido muy atraída por el trópico y ese correspondiente sol que, al decir de Nicolás Guillén, “achicharra aquí todas las cosas/desde el cerebro hasta las rosas”. A pesar de todas las lecturas, las discusiones de los años 60, las películas, las conferencias, me caigo de la mata. El primer paisaje de África del Sur es una revelación atronadora. Mi vista busca, en vano, cocoteros y cocodrilos; aguaceros y pieles exultantes; jungla y animales feroces. Ante mí se extienden imágenes urbanas y un frío ensordecedor. Me parece estar ante esos cuadros de Marcelo Pogolotti donde las chimeneas soplan sus humos grises hacia un cielo aún más gris y la vista se puebla de fábricas y hulla y edificios de hormigón armado que nunca dejan ver el deambular de las nubes allá en lo alto. La carretera, impecablemente asfaltada, sale y entra por múltiples vías en espiral que constituyen lo que conocemos en el hemisferio occidental como highways. Corren veloces los espléndidos autos de marcas para mí desconocidas. No hace falta conocerlas para darse cuenta de que son carros opulentos, de líneas seguras y, sobre todo, sofisticadas. Todo fulge en su esplendor metálico y avasallador. Son rascacielos habitados exclusivamente por una fuerza de trabajo que se multiplica en millones de surafricanos.

En un suburbio pobre de Bloemfontein se fundó el Congreso Nacional Africano. Alguien me muestra la casa modesta con un portal cubierto y una fachada baja con un gran portón. El color terracota se apodera de todo el entorno, y el viento más frío que he conocido ulula a nuestro alrededor. Un frío gélido, descomunal, que cala los huesos. Un frío que es como un norte habanero, en pleno junio, elevado a la quinta potencia. Nada es comparable. Nada. Ni las estepas norteñas canadienses. Ni las blancas aguas de la isla Tierra de Baffin, allá en el Polo Norte de América, donde en 1989 permanecí tres días por invitación del Pen Club Internacional.

Las sesiones de la conferencia anual (AGM) del Congreso de los Escritores Surafricanos se desarrollaron, como dicen los despachos cablegráficos internacionales, en una atmósfera cordial. En ellas desbordaba un espíritu de reconstrucción; un deseo de hacer patente la convicción compartida de que los escritores de aquella nación necesitan, más que otra cosa, un cambio. Naturalmente, un cambio nacido de la propia gestión de las fuerzas vivas nacionales en cuyas filas marchan los escritores y los trabajadores de la cultura. De modo que las discusiones giraron en torno al concepto de la literatura como un hecho en sí, como una realidad lingüística e histórica, capaz de forjar una nueva conciencia para los surafricanos. El COSAW prepara el terreno, su terreno, para el advenimiento de una democracia palpable que, al cabo de tres años, colocó en la primera magistratura del país a Nelson Mandela, quien, por aquel entonces, había acabado de obtener su libertad y se había dirigido a todos los africanos para liquidar el sistema del apartheid. Es obvio que varias generaciones coexisten bajo el marco del COSAW.

Llega el momento de mi intervención especial, que introduce Willy Kgositsile. Antes de que yo pueda emitir palabra, un joven se levanta y, apoyándose en un solo pie, comienza a bailar una hermosa danza. Escucho también su voz que entona un canto de alabanza y bienvenida. En fracción de segundos, son cerca de diez los que siguen el ritmo y así, casi toda la audiencia, baila sobre un pie y se une al canto inicial. Luego supe que me ofrecían el famoso toyi-toyi, baile muy popular en toda África del Sur. Boquiabierta, nerviosa y conmovida apenas me fue posible articular las primeras ideas. Al final de la tarde, los escritores se enfrascaron en una discusión cuyo tema central fue la vida editorial del COSAW y algunas cuestiones lingüísticas.

Estamos en la punta de una colina. El empaque de Bloemfontein sobresale por encima de cualquier otra perspectiva. Njabulo Ndebele diserta, junto a mí y Willy, sobre el crecimiento de la ciudad y cómo su expansión se produjo por el influjo del apartheid. Es como la ilustración de un libro de texto escolar. Estoy ante una clase de urbanismo, prácticamente. Todo trazo delinea una frontera. Las zonas aristocráticas ostentan una arquitectura en donde todas las casas son idénticas en su confort, en su portentosa monotonía. Todo llega a adquirir un insoportable hálito de perfección. Las plazas son cuadradas y exactas. Los transeúntes son tan monocordes como las columnas de ciertos edificios centrales. Nadie gesticula. Nadie tropieza con una piedra. Hay una corrección flagrante. De vez en cuando, una estatua rinde tributo a algún invasor legalizado. Corre un viento frío y a nuestro alrededor marchan con paso lento algunos venados. Un poco más al fondo alcanzamos a contemplar una pareja de jirafas. Una se ocupa de una función biológica principal. La otra parece una escultura exenta.

Dos Cabos

Willy me anuncia nuestra salida para el verdadero sur de la república surafricana. Visitaremos los dos cabos: primero el occidental, cuya ciudad principal es Ciudad del Cabo (Cape Town), y luego el oriental (Port Elizabeth). Ya en el avión comencé a divisar un macizo montañoso cuyo promontorio mayor es Table Mountain, según me explica Willy. A medida que nos íbamos adentrando en el Cabo, la vegetación comenzó a ser otra y una luz tenue pero firme iluminaba todas las figuras del camino. A pesar de aquella luz y de aquellas montañas, el frío permaneció inconmovible pero las nuevas circunstancias y los nuevos amigos lograron relajarme. La filial del COSAW en la Ciudad del Cabo la integran, fundamentalmente, escritores jóvenes. Su presidenta, Geraldine Engelman, la escritora Beverley Mitchell y el fotógrafo Mark Oostendorp son mis anfitriones. Soy huésped de Annette y Peter Horn. La obra de Horn es cuantiosa y ha alcanzado renombre internacional pues, esencialmente, expresa los horrores del apartheid desde el punto de vista de un hombre blanco sin olvidar el carácter lírico y comunicador que debe conservar cualquier poema. A su alrededor se mueven muchos jóvenes y él, personalmente, dirige un taller de artes visuales, de las que es amante. Cultiva el video y guarda muchas imágenes importantes como documentos de la época de transición que vive su país.

Con Willy, Gerry, Beverley y Mark pasé momentos estremecedores. El primer paseo fue una visita a la filial, que tiene una buena biblioteca de literatura africana. Salimos a la calle y el frío no me deja vivir tranquila. Es tanta la fraternidad que salgo con ellos a recorrer Athlone. Comemos pescado frito y papas, un plato muy popular y por consiguiente muy barato. La cercanía del mar me consuela tremendamente. Llegamos hasta la Plaza central de la Ciudad del Cabo, que es hermosísima. La gente usa ropas de invierno tan elegantes como la arquitectura de la Ciudad. La iglesia, el centro comercial, todo huele “a jazmín del Cabo”, como reza el dicho cubano. Una vida flamante se advierte en los alrededores. Un altísimo nivel de consumo corresponde a un sitio así. La proverbial riqueza africana es una realidad inexpugnable. Beverley propone que al día siguiente hagamos un recorrido por toda la costa hasta llegar al Cabo de la Buena Esperanza. Nos levantamos temprano. Hay una luz casi antillana aquí. Y desde el lomerío me muestran Robben Island, un islote que incluye en su territorio una de las cárceles más significativas en todo el sistema represivo de África del Sur. Ésta fue la prisión de Nelson Mandela y la de muchos surafricanos. Un escenario particularmente bello que contrasta con su propia moral. Cuando escribí Baladas para un sueño, a principios de los 80, no pude imaginar nada parecido. Las aguas de Robben tienen un tono gris plomizo. Vamos entrando a la zona turística y los ojos se me quieren salir al ver tanta construcción radiante diseñada como para crear un paraíso terrenal. Enormes mansiones que remedan la dinámica de ciertas construcciones mediterráneas. Un lujo sin miramientos todo lo toca, todo lo rodea. Entramos a una cafetería pegada al mar y siento la vista de todos los consumidores sobre nosotros. Apenas tomamos unos refrescos. Decidimos salir cuanto antes. Un ujier se me acerca y en inglés empieza a preguntarme que de dónde vengo, qué hago aquí, cómo me llamo. Yo finjo no entender nada y me trepo al jeep como si tal cosa. Al fin estamos en el Cabo de la Buena Esperanza. Subimos al faro y, desde el sitio más alto, contemplo el punto cero en donde convergen las aguas del Océano Índico y del Atlántico. Ya antes recorrimos una calle del puerto que lleva el nombre del navegante portugués Vasco de Gama, quien, en 1497, descubrió desde aquí la célebre ruta de Indias. Como se sabe, Vasco de Gama fundó posesiones en el actual Mozambique y llegó a ser virrey de las Indias Portuguesas. El viento de ambos océanos es algo muy serio. Tanto es así que acuden en mi ayuda ancestros conocidos y por conocer. De pronto, allá encima, todo se detiene. El ruido de las aguas vuelve a depositarme en donde estaba.

A la mañana siguiente, mis amigos vienen a recogerme a casa de Peter Horn para invitarme a un nuevo paseo. Atravesamos la ciudad, Athlone, siempre protegida por la sombra de Table Mountain, y veo que entramos en una suerte de zona rural pues las construcciones de mampostería comienzan a desaparecer. El cinturón urbano se ha roto y estoy como en una campiña. El asfalto ha ido desapareciendo paulatinamente. Todo es terracota y verde. «¿Dónde estamos? ¿Adónde me llevan?», digo tratando de entender. Nadie responde. Nuestro jeep se adentra por extrañas malezas y aparecen ante mi vista un rosario de chozas de cartón, tela, tablones, hojalata, restos de ladrillos y ply wood; en fin, una inmensidad de barracones, todos a ras del suelo, donde apenas cabe un ser humano erguido. Son casuchas empotradas en fango y charcos quietos. No hay diseño urbano. No hay calles. No hay tendido eléctrico. La tierra todo lo domina, incluso a sus habitantes. El mismo frío de ayer, en el Cabo de la Buena Esperanza, está instalado en este raro paraje. No entiendo nada. Willy, Beverley y Mark se miran entre sí. El jeep se detiene y nos bajamos. Un niño negro juega descalzo en aquella intemperie con un carro de alambres que él mismo fabricó. Sólo lleva puestos una camisa, un suéter estampado, un pantalón y un saco. Sus ropas están raídas pero el niño sonríe, hospitalario. Seguimos de largo. Estoy ahora frente a un espectáculo que no puedo definir. “¿Dónde crees que estés?”, pregunta Beverley con amargura. Yo no estoy segura pero creo que me han traído al basurero de la Ciudad del Cabo. Mark insiste en preguntarme dónde estoy. Por lo que veo ante mi estoy segura de estar frente a un cementerio que, a su vez, estuviese junto a un basurero. Les explico esta idea a mis amigos. Todos dicen que no con sus cabezas. Beverley se adelanta en contestar: «Estás en Crossroads, Nancy. Esto es un pueblo para negros surafricanos. Le llamamos township. Y esta parte no es el cementerio del pueblo, son sus inodoros.» Terminándose el siglo, apenas unos meses antes de conmemorarse el medio milenio que hicieron factible los navegantes portugueses de la estirpe de Vasco de Gama, en junio de 1992, me ha sido dado contemplar un infierno posible. El apartheid es la práctica de la segregación racial mediante un estilo alucinante. O ¿no es alucinante construir un servicio sanitario de cemento en donde sólo cabe una persona escuálida? Servicios sanitarios como sarcófagos multiplicados en una extensión de tierra y completamente alejados del grueso de las viviendas. Cada sarcófago tiene grabado un número. Cada vivienda posee un número. ¿No estamos ante una aberración diabólica? Los invasores, los impostores de la legítima identidad surafricana, en nombre de su supuesta superioridad racial, destinaron esos corrales a los verdaderos surafricanos, a quienes tratan como a cerdos víctimas, claro, de su supuesta inferioridad racial. Los afrikaners no sólo desalojaron a los zulus, suazis, xosas, sothos de sus tierras, sino que los cazaron y expropiaron y se autonombraron como los primeros africanos. Y restringieron, mediante una manipulación absurda, el espacio físico surafricano.

Entre las cosas más impresionantes que pueden apreciarse en la República de África del Sur está la sensación de vivir el sueño de Hitler. Lo que nos acosa ante el triste fenómeno del apartheid es tener la prueba fehaciente de que el fascismo no sólo triunfó sino que tomó cuerpo en los territorios que integran África del Sur. Lo que ocurrió a los judíos en Europa, es decir, el proyecto de vida que destinaba Hitler para ellos, se consumó, se implantó con fiereza aquí. Cada negro, negra, o «persona de color» carece de integridad civil. Cada cual debe portar consigo un pase que lo autoriza sólo a desplazarse por el espacio que se le ha designado. Quien no tenga pase encima va directo a la cárcel o puede ser desaparecido. Ningún surafricano puede trasladarse de una provincia a otra. A las 5 de la tarde las grandes ciudades como Pretoria, Bloemfontein y Johannesburgo empiezan a despoblarse. Toda la mano de obra que construyó y mantiene estas metrópolis y que hace posible su vida mercantil y de servicios debe precipitarse hacia las afueras, en donde los espera su township, es decir, su macabro ghetto. Hacinamiento, campos de concentración, ningún derecho a la educación ni a la salud, implantación de valores externos como propios, odio enraizado hacia la identidad racial y cultural de los sojuzgados, son, a grandes rasgos, las divisas que presenta el sistema del apartheid. Los negros y los mestizos, las personas de color, son hostigados sistemáticamente. Es una herramienta de poder el hostigamiento. Los surafricanos no pueden ingerir bebidas alcohólicas. Hay trenes y autobuses sólo para negros, mestizos, y «personas de color». Poseer un radio de onda corta es un delito para los surafricanos. La muerte de un perro en un área protegida, es decir, segregada, puede conducir a un surafricano a la cárcel. La muerte de un blanco resultaría un seguro ahorcamiento para el negro o la negra que lo ejecutase. La muerte de una persona negra es legal en cualquier área. Las relaciones interraciales están prohibidas, legalmente. Todo está diseñado con una perversión inaudita. Crossroads, en junio de 1992, es un atentado a la condición humana. Haberlo conocido me abrió las puertas hacia un infierno cuyas acciones condené en mi obra y en mi vida personal. No he podido salir del estupor de aquella mañana todavía. Fue Crossroads lo que me hizo entender muchas cosas. Su imagen fue para mí un trauma del que no me han repuesto ni siquiera estas páginas.

Volamos hacia el segundo cabo, es decir, hacia el Cabo oriental, a establecernos por unos días en la ciudad de Port Elizabeth, uno de los más dinámicos centros culturales del país. En realidad en sus costas sureñas ha nacido el singular jazz surafricano. Ciudad del Cabo y Port Elizabeth han sido valiosos surtidores del arte africano contemporáneo. Me invitan a la filial del COSAW y allí sostengo un encuentro con poetas, narradores, ensayistas. Enseguida distingo el talento de Mzi Mahola, uno de los poetas más finos y dotados de toda África del Sur; así como el de Gavin y Susie Mabie. Fue un honroso acontecimiento en mi vida cohabitar con Mzi y su familia, en las afueras de Port Elizabeth. Mahola es un surafricano autóctono con una historia personal standard. Lo considero un artista profundo y provisto de una sensibilidad tan especial que, a través de sus manos, el lector común africano poseerá una obra conmovedora en su verdad lírica. Mzi se crió con su abuela en su primera infancia. No pudo continuar sus estudios universitarios por razones económicas y políticas. En Port Elizabeth, ya establecido con sus padres, comenzó a escribir poesía. Sus primeros poemas fueron confiscados por la policía, hecho que lo llevó a lo que él llama «una muerte espiritual» tanto para él como para el grupo artístico al que pertenecía. Ya repuesto, sus poemas se han venido publicando con mucho éxito de público y crítica en las mejores revistas literarias de África del Sur. Mzi se gana la vida como asistente de biología marina en el Museo de Port Elizabeth.

Desde Port Elizabeth nos trasladamos Susie Mabie, Gavin, Willy y yo al Festival de las Artes Nacionales, de Grahamstown, una ciudad cuyo puerto bañan las aguas del Océano Índico; su gracia arquitectónica recuerda las pequeñas urbes de Nueva Inglaterra, al noroeste de los EE.UU. Hablo de Amherst, donde viviera la poetisa Emily Dickinson, cuya tumba he visitado con frecuencia. Grahamstown es una ciudad bonita de rancio corte europeo. La viajera común que soy no puede admitir que está pisando suelo africano. Apenas una brizna de sol, una luz pálida y un frío despiadado. A ratos, el ritmo pausado de Grahamstown se interrumpe por el andar de algunos negros surafricanos que realizan labores manuales como integrantes de una servidumbre tan despiadada como el frío. Las calles son estrechas y tienen un encanto propio de su disposición urbanística, tan bien planeada. Fundada por el teniente coronel John Graham en 1812, y sitio donde asentaron su acción las fuerzas militares británicas, la ciudad fue un plácido fortín que aún en nuestros días rinde tributo a la memoria de sus iniciadores consagrándoles innumerables monumentos y edificaciones hoy históricas. El corazón de Grahamstown conserva el más antiguo buzón de correos; el hotel más antiguo; el vitral de la Iglesia del Cristo es el más antiguo de Suráfrica. Todavía circula el Grocottis Mail, el más antiguo diario de la región, que fuera financiado por una de las acaudaladas familias allí establecidas. La fachada sur de la nave de la Catedral de St. Michael y St. George es el más antiguo tramo de la arquitectura anglicana en este hemisferio del cono sur africano. Así son las breves plazas principales en Barbados, en Guyana británica. Cuenta siempre con una iglesia, de grandes proporciones, o no, siempre anglicana.

Nos alojamos en una mansión antigua de la calle Harrismith. Su propietaria es la señora Carolyn McAllister, que ostenta un inconfundible origen inglés. Mi cuarto da a un precioso jardín rodeado de follaje. Como la noche anterior llovió muchísimo, esta mañana la humedad es la reina de Grahamstown. Junto a la ventana, hay un árbol que casi la cubre con sus ramas. La casa, de estilo victoriano, es muy espaciosa y sus instalaciones están dispuestas según este estilo. Hay mucho frío pero nos vamos a la sede del Festival, donde concurren diversas manifestaciones artísticas como la música, las artes plásticas, espectáculos y representaciones teatrales, así como recitales de poesía, conferencias, artesanía y otras muchas ofertas. El COSAW tiene un stand apreciable en la feria del libro. La sesión inaugural del evento cuenta con la simpática actuación de una banda infantil que interpreta “Rock around the clock”, de Bill Haley y sus cometas, así como la “Malagueña”, de Ernesto Lecuona. El Festival, cuyo mayor propósito consiste en exhibir la diversidad cultural surafricana, es altamente estimable pues constituye un centro promotor diligente que lucha por abarcar incluso las expresiones más autóctonas y aun aquellas que las instituciones oficiales soslayan.

En el Monumentum, un edificio supermoderno y mastodóntico, disfruté de una exposición de pintura del artista Tommy Motswai (1963), cuya obra está marcada por el sarcasmo, pues lleva a sus lienzos la vida cotidiana y ciertos comportamientos sociales. Tommy es sordomudo y posee una gran generosidad. Ejerce la docencia (dibujo y escultura) en Kutlwanong, una escuela especial para sordomudos. Para Raymund V. Niekerk, crítico de arte y director del Museo Nacional de África del Sur, «lo que más distingue su obra es la significativa atención que le presta al detalle, el cual contribuye en mucho a su inventario de la vida en el Johannesburgo de hoy [...] Su observación de los pormenores de la vida urbana contemporánea es extremadamente aguda y, al mismo tiempo, un ingrediente necesario en su humorístico y bien plantado recuento de cómo vivimos ahora».

En el marco del Festival, auspiciada por el Consejo de las Artes Escénicas de Bophuthatswana, y alternando con el drama La muerte y el jinete del rey, de Wole Soyinka, presenciamos una excelente puesta en escena del director Maishe Maponya sobre una pieza del dramaturgo y teatrista jamaicano Trevor Rhone, quien, junto a Roderick y Derek Walcott, Errol Hill, Frank Collymore, Michael Gilkes y Sylvia Winter, ha contribuido a la gestación del teatro caribeño moderno. La pieza Juego para dos fue un verdadero reto para Maponya. La empresa es digna de elogio, pues tanto el público surafricano como los mismos actores han sido privados del teatro caribeño anglófono. De manera tal que Maponya concibió su puesta como un limpio ejercicio cuyo fin era descodificar los lenguajes (en términos de habla y de formas). Su trabajo se apoyó en un eje específico: la oralidad antillana, la cual, según el propio director, se nutrió a su vez de la producción literaria de los llamados poetas dub jamaicanos y del Caribe oriental, tales como Linton Kwensi Johnson, Mutabaruka y Michael Smith, entre otros.

Una noche, bajo una carpa, asistimos a un concierto del trío Tananas, un espléndido grupo que revoluciona el jazz surafricano asimilando elementos de música mozambicana y brasileña. Descollaron en el programa el maestro Steve Newman y el bajista mozambicano Baloi.

Una de las visitas más agradables y productivas de Grahamstown fue la que hicimos al Museo Nacional de la Literatura en Inglés (NELM), que atesora los archivos más ricos de literatura africana en aquella lengua. En el laberinto de sus bóvedas cualquier interesado puede apreciar, minuciosamente, la historia de la escritura regional. Para colmo de suerte, los organizadores del Museo acababan de inaugurar una exposición en homenaje al cincuentenario del gran dramaturgo Athol Fugard, sobre cuya obra conversé con Kevin Goddard, Catherine Woeber y John Read. Por esta fecha se presentaba en el Kingswood College una puesta de su pieza My Children, My Africa. Efervescente y polémica, la obra de Fugard se alza como un pilar en busca de una nueva África del Sur. No iba a perder la ocasión de hacerles saber, sobre todo a los investigadores del centro de documentación, que en La Habana el actor Mario Balmaseda propició una versión cubana de Mosquito.

En ambas costas del Cabo visité universidades. Fue inolvidable el almuerzo que en la Universidad de Wits organizara en mi honor el ensayista y crítico literario Njabulo Ndebele, director del Departamento de literatura africana de ese alto centro docente y presidente del COSAW. Conversamos de la diáspora y sólo durante la sobremesa pude percatarme de que tenía frente a mí al novelista y ensayista nigeriano Kole Omotoso, autor de la magnífica investigación The Theatrical into Theatre, acerca del teatro caribeño. Por Omotoso supe que el kenyano Ngugi Wa Thiongo había sido mi predecesor en aquella misma sala. Luego, conocí artistas de la comunidad y, de modo muy familiar, a una gran amiga de Willy Kgositsile, la profesora universitaria Brenda Bosman, de Port Elizabeth, de quien guardo un gratísimo recuerdo por su sincera acogida y su vasta erudición literaria. Me despedí de todos los aires del Cabo entre tantos amigos, entre tantos artistas inquietos, tanta gente linda como el fotógrafo Omar Badsha, Gavin Du Plessis, Len Blum y su amigo nigeriano Momoï: el talentoso Walter Chakela y Keit Gottschalk. Así dejé la luz espléndida del segundo cabo en la costa este, intentando aprender de memoria unos versos de Mzi Mahola que cantan a «una extranjera / que cruzó los océanos...» y a quien le augura dulcemente:

Si por azar nos encontramos otra vez
descansa tú
sobre nuestros brazos abiertos

Natal

Las palmeras de Durban, en la provincia de Natal, me hicieron volver a la realidad. Esta ciudad tiene un color y un ritmo muy próximos a lo que una cubana puede esperar. El vaivén de los penachos me hace añorar el sol y las aguas del Golfito en Alamar. Populosa y radiante, Durban pasa ante mis ojos con sus playas de arena blanca, su puerto tempestuoso, sus barcos atracados al muelle y el ir y venir enloquecido de sus habitantes. Todo suena en Durban. Hay una agitación citadina, de cuerpo a cuerpo, de adoquín a contén, sólo concebible en ciertas películas que tratan de vendernos el encanto lejano de tierras exóticas por su geografía. La escritora Nise Malange ha tenido la gentileza de cedernos su casa a Willy y a mí mientras ella cumple compromisos profesionales en Europa. Su casa está en una loma discreta. Durban tiene en muchos de sus barrios promontorios montañosos como los tiene Kingston, como los tiene Fort-de-France en el Caribe. Dejamos nuestro equipaje y salimos a andar, un poco antes de mi primera presentación. Terminada mi lectura de poemas, se me acerca un hombre joven, de pelo negro ondeado, piel tostada, ojos brillantes y una sonrisa amplia, pícara, cómplice. Habla español con propiedad, es decir, como si viviera en la calle Galiano de La Habana. «Adivina de dónde soy», me emplaza. No me atrevo a afirmar nada. «Soy puertorriqueño», me dice riéndose del mundo y extendiendo hacia mí con mucho cariño su mano derecha. Se trata de Daniel Nina, un periodista y antropólogo establecido aquí hace algún tiempo. En San Juan, las ediciones COA publicaron en 1990 su primer libro, El Caribe en el exilio, un compendio de anécdotas y cuentos. Como es de suponer, Daniel y yo no nos volvimos a separar nunca más hasta mi partida.

Lo primero que quiso Daniel que viéramos juntos fue el mercado de Durban. A la mañana siguiente, andábamos los dos entre tarimas y olor a especias, a carne de venado, pescado y carnero: entre pieles curtidas y collares, entre platos de barro y velas de cera dudosa. Fue Daniel quien me enseñó los sangomas de Durban, apostados en los rincones más inusitados de aquella arteria vivísima. La espiritualidad de los africanos es proverbial y es surtidora de sus expresiones cultas o populares en cualquier dominio humano. Un sangoma no es más que un intermediario entre los espíritus de los ancestros muertos y los vivos que acuden a su encuentro. Usan el trance como vía de comunicación, predicen el futuro y, totalmente posesos, trasmiten los valores de culturas per-meables en su trocada existencia terrena. Para los antillanos no son ajenos ni extraños estos fenómenos puesto que, sin sentirnos cola de tigre, hemos recreado en nuestras fuentes esta donación de espiritualidad africana. Hombres o mujeres. El universo de los espíritus se mezcla con el mundo de los vivos. Guían y aconsejan. Salvan y perdonan. O condenan. Los sangomas pueblan el mercado de Durban y son una imagen de esa necesidad de espiritualidad que todos tenemos. Son lo que en Cuba conocemos como mediums o, sencillamente, espiritistas, cuya función social es comunicarnos con el Más Allá.

Durban es un microcosmos de la vida surafricana. Uno de los hechos que se comprueban a simple vista, después de un largo paseo por sus zonas más representativas, es que esta ciudad es pozo de migraciones rurales y de otras provincias dado el auge industrial y manufacturero de su economía. No podría hablar de Durban, de su antropología social, sin declarar que sus calles son un mosaico de razas y culturas. A la enorme presencia de las etnias nacionales (zulus, xosas, entre otros) se incorpora una población hindú cuantiosa que domina el comercio menor y a la cual se suma, discreta pero firme, otra población de origen portugués. En el mercado de Durban, con Daniel, probé mi primera samusa, una especie de empanada de carne, muy socorrida.

Los deliciosos platos hindúes sazonados habitualmente con curry componen el menú popular no sólo en una ciudad como Durban sino en una metrópoli como Johannesburgo. Los hindúes y los portugueses forman parte de lo que los racistas denominan «gente de color». En muchos sentidos su vida civil está lastrada por el apartheid y, a partir, de mediados de siglo (1947), como inmigrantes, tuvieron que presentar su correspondiente pase. La proeza náutica de Vasco de Gama trajo consigo un hecho histórico: la colonización de estas tierras que fueron nombradas por él como Indias Portuguesas. Un componente portugués integra la costa sureste africana, y tiene a Mozambique como núcleo generador. La navegación portuguesa se adelantó a Cristóbal Colón. Demasiada experiencia histórica común nos pone ante el mismo pasado de expoliación, ignorancia, segregación.

Daniel me lleva a Las Playas. Almorzamos en el restaurant Coimbra. Cuando voy a colgar mi abrigo, a la entrada, se acerca un gentil camarero portugués que no pierde tiempo en tomar el abrigo en sus manos dándome la más cordial bienvenida: «Tudo bem?» Daniel está convencido de que me ha tomado por una mozambicana o una brasileña. Hay una oleada migratoria de mozambicanos en toda Surafrica. En casa de Peter Horn se albergaba una joven poetisa mozambicana bastante retraída y huidiza. Según cuenta Horn, es una muchacha maltratada por su familia y su país. Terminados nuestros camarones a la Coimbra, Nina me confiesa su amor por la antropología y todo lo que para él significa esta experiencia en Durban.

Cuando una ha leído y ha estado en contacto con un montón de impresiones sobre el apartheid, nunca piensa encontrar razas diversas, etnias diversas y, por supuesto, movimientos migratorios. El visitante topará con una masa enorme, mayoritaria en su aplastante legitimidad, conformada por africanos y rodeada por una población establecida —a veces flotante— que forman a su vez hindúes, asiáticos, portugueses y otras nacionalidades. Por encima de todos estos factores, tremendamente vivos y necesitados de independencia política y social, aparece la clase dominante que integran los boers y sus aliados —todos ciudadanos «de primera» cuyo origen es, ciertamente, europeo y que se han autotitulado afrikaners, es decir, los «únicos africanos».

Como en el recorrido anterior, pude comprobar el ingenio literario de los escritores de Natal. Fue una revelación la obra de Ari Sitas, promotor cultural, sociólogo, dramaturgo, teatrista y formidable poeta. Tuve la oportunidad de visitar el Centro de Estudios Industriales que dirige en la Universidad de Natal, en Durban, y escuché en su propia voz poemas suyos. Poeta de la oralidad, Ari Sitas escribe poemas que combina tradiciones musicales autóctonas con otros ritmos como el jazz, la maskanda, ciertas baladas de marineros y ragas. Entré en contacto con el teatro de Kessie Govender y su amable familia.

Tiki Dumisami proporcionó las mejores condiciones para la realización de mis encuentros con los jóvenes escritores de Durban, todos entusiasmados, todos con el conflicto lingüístico de en cuál lengua expresarse. Muchos, también, habitan en los basureros propios de cada gran metrópoli surafricana. Naturalmente, su obra es un acto de reafirmación humana. Este conflicto lingüístico no es privativo de los escritores: es evidente en la vida de todos los surafricanos. Constantemente se escuchan lenguas nacionales variadas. Todo surafricano es políglota. Todo escritor lo es, por consiguiente. Casi todos hablan y escriben inglés y en su inmensa mayoría rechazan con firmeza el Afrikans, lengua de los boers.

Dije adiós a Natal permaneciendo una noche en Pietermaritzburg, donde en un baile popular vi las coreografías más maravillosamente espontáneas, en lo fundamental dirigidas a los pies de los bailarines. Mi última conversación con Daniel Nina fue nostálgica. También él, como escritor, tropieza con la cuestión lingüística. ¿Qué puertorriqueño no? Me da las primicias de su próximo libro de cuentos, en el cual habrá un personaje humilde, urbano y nacional: Charlie Gorra, que habla inglés y español y spanglish. El piano de Tete Mbambisa me hizo olvidar que partiría de Natal en pocas horas.

Como estaba nostálgica de palmeras, Willy comenzó a hacer chistes de locos, de borrachos y de boers. En cada chiste, la sombra del apartheid, la batalla de la piel.

Hacia el Transvaal

Recorremos algunas otras ciudades en nuestro regreso a la provincia del Transvaal. Se fijan con precisión mi estancia en Mabato, cerca de Sun City, y mi breve paso por Clocolan, Porys y Ficksburg. Me informa Willy que en Ficksburg hablan sotho. Estamos en la frontera de Lesotho, un territorio independiente enclavado en plena Suráfrica. La belleza del lugar causa escalofríos. Entre las altas montañas se advierten enormes pinos en una profusión inimaginada. El color de la tierra es redundantemente terracota. Hay un aire frío que constantemente golpea el rostro. Somos huéspedes de honor de la familia de Pascalinah Malebo, todos artesanos. Los surafricanos humildes sortean oficios: es decir, desempeñan una especie de multioficio. Con sus artesanías convive un pequeño comercio de abalorios, comestibles y bebestibles. Desde el patio de la familia Malebo miramos un arroyo de fuerte corriente con un puente encima. Es justamente la frontera. Bajamos al pueblo y visitamos una reunión de vecinos enfrascados en demandas legales para obtener del gobierno federal luz eléctrica, agua potable, calles pavimentadas. El amigo que presidía la reunión hizo un alto para presentarnos a los presentes. Ávido lector y promotor cultural de la zona, conocía «Mujer negra» y así lo comunicó a la pequeña y curiosa audiencia. Fue el momento en que lo vi levantar en sus brazos un escudo zulu de hierro, madera y piel. Con el escudo sobre su cabeza salió a la calle de tierra, seguido por todos los que allí se encontraban. Mi amigo me tomó de la mano y, a nuestro alrededor, el resto de las personas formó una rueda, bailando en un solo pie, sin que nadie parara. El escudo pasó de mano en mano hasta llegar a las manos que primero lo sacaron de la reunión. Cantaron entonces un canto inmemorial y me entregaron el escudo. El bolso de mezclilla azul que confeccionara la familia Malebo sirvió de guarida a mi escudo zulu, que conservo todavía a pesar de las conspirativas aduanas de África del Sur. Ese bolso, sin escudo, me ha acompañado estos tres años de conmovido silencio.

Pretoria y Johannesburgo fueron y han sido las dos ciudades más importantes de todo el Transvaal, en cualquier época o dominio. Cada una tiene su township. Mamalodi para Pretoria. Soweto para Johannesburgo. Mi vivencia de Crossroads, en la Ciudad del Cabo, no consigue curarme de nada. Mamalodi me deja sin habla y sin aliento y, por consiguiente, no puedo disfrutar a plenitud la acogida de la Universidad local ni la hospitalidad y las delicadezas de mis anfitriones. Con Annabell y Dirk Klopper recorro Pretoria. Vetustos monumentos, gigantescos en su dureza. Así es el edificio del Teatro Nacional, desco-munalmente frío como el viento frío que cruza la ciudad de lado a lado. Es un sentido del espacio en una horizontalidad opresora. Monumentos de piedra seca, muerta, que no registran la historia de la inmensa mayoría de los surafricanos. Edificios interminables para administrar una justicia que no existe, un cuerpo legal que justifica el látigo y la perversión de las costumbres. La calle de la iglesia. La plaza de la iglesia. La ampulosidad de los monumentos es un vicio acatado.

Aunque Johannesburgo no me ofreció el «paisaje africano» que anhelé encontrar es, sin duda, una ciudad grande y hermosa, con una ligereza y una modernidad aceptables. Con Willy la recorrí de punta a punta, teniendo siempre como referencia a Fordsburg, la barriada donde se asientan las oficinas del Congreso Nacional de Escritores Surafricanos (COSAW). La vida literaria de África del Sur merece mil ensayos, en especial la de Johannesburgo, en donde se respira papel y tinta por doquier. De esa vida me dio fehaciente noticia mi primer anfitrión, Andries Walter Oliphant, poeta, ensayista y editor general de la revista Staffrider. Magnífico pintor, una de sus obras ilustra la portada de una de las primeras antologías de literatura femenina surafricana: Raising the Blinds, compilada, presentada y anotada por Annemarié Van Niekerk. Mis días en Johannesburgo fueron citadinos. Fui una peregrina de los dioses, con Willy a cuestas, por Diagonal, Bertha St., Jorissenstrasse, Breestreet, Twiststreet, Market Theatre, Jeppe. Una noche, en el Market Theatre, pasó por mi derecha Athol Fugard, que asistía, casualmente, a la puesta en escena de una pieza del chileno Ariel Dorffmann, titulada en inglés The Death and the Maiden. Mis cicerones de Jo’burg son Raks Seakhoa y su esposa, la actriz y directora Doreen Mazibuko. Residentes en Soweto, estos jóvenes artistas me mostraron la resistencia cultural del lugar donde Doreen dirige una obra de teatro con un tema actual. Ambos se esfuerzan por su superación profesional viviendo en Soweto. Y hasta Soweto fui no sólo para reconocer, palmo a palmo, lo que aprendí en un extraordinario poema de la afroamericana Jayne Cortez, sino para cargar al bebé de Doreen y Raks, que se llama Fidel.

Raks me lleva al Yard of Ale, un elegante y frecuentado restaurante aledaño al Market Theatre. Allí van actores, músicos, poetas; en fin, una suerte de Bar Esperanza que nunca cierra. Y frente al Yard of Ale, el mágico Kippy, sitio donde se escucha el mejor jazz surafricano. Lleva el nombre del famoso saxofonista Kippy Moeketsi, padre de la música surafricana contemporánea. Kippy, Abdullah Ibrahim (Dollar Brand) y Hugh Masekela integraron el virtuoso conjunto Jazz Epistles. Willy siempre atinado en buscarme buen jazz.

Raks y Doreen me transportan a la casa de mi segunda anfitriona, Nadine Gordimer, Premio Nobel de Literatura en 1991, pilar emblemático de lo que es la literatura surafricana en el transcurso del siglo que termina. Nadine me recibe con los brazos abiertos junto a su esposo Reinhold y su perra Lotte, que debe su nombre a una de las novias de Goethe en Weimar. El ritmo de la casa de Nadine es, como ella misma, sencillo y cómodo: está rodeada de un jardín discreto en cuyo centro reina un gran árbol de jacaranda. Aquí y allá se ven enormes sábilas, plantas de henequén y helechos gigantes. Una gran disciplina la ha hecho crear una obra portentosa que aprendimos a conocer en el Caribe a principios de los 70 gracias a la gestión del guyanés Jan Carew. Graduada de la de Wits, su producción incluye siete libros de cuentos y diez novelas. Su libro Huellas del viernes recibió en 1961 el premio literario W.H. Smith. Su obra más premiada y reconocida es El conservador, que la Editorial Arte y Literatura publicó en La Habana a fines de los 80. Su pluma no sólo ha servido para identificar los males síquicos y sociales del sistema del apartheid, traspuestos en su magna obra de ficción, sino que ha servido como una fuerza viva en periódicos y revistas. Antes de que me mande a sentar, identifico en una de las paredes de la sala un original de Daumier y otro de Toulouse, lo cual, de improviso, me envuelve en una preciosa charla con Reinhold, antiguo dealer de arte radicado en París. Pero Lotte es celosa y sólo quiere a Reinhold para sí.

Johannesburgo no vive en mí por sus monumentos y sus minas, sino por Sisa y Duarte; por Achmat Dangar; por Baleka Kgositsile, Doreen y Raks. Por Nadine, Riny, Lotte, Rebeca y Samson, el jardinero. África del Sur palpita en mi memoria por la historia suya que corre por mis venas, por su arte y su literatura, por los amigos del COSAW, por los músicos ambulantes, los arrieros, los estibadores, los sangomas, las sirvientas que me contaron sus pesares bajo el apartheid, sus esperanzas de hacerlo desaparecer aún después de su muerte teórica.

 

Crónica publicada en la revista Casa de las Américas, a. XXXVI, n.200, julio-sept, 1995, p. 126-135.

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