El fondo de la probeta

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

Hace algunos años atrás, cuando los novísimos irrumpieron en los anaqueles del teatro cubano, muchos se preguntaban ¿y, estos muchachos qué buscan, qué quieren? Entonces, era fácil y simple verlo: quieren ser percibidos, estar, participar, que escuchen sus voces. Nada nuevo. Parte del ciclo natural. Lo que sucedió fue que durante más de una década la escena nacional no concentraba en términos de generación un fenómeno como ese.

Imagen: La Jiribilla

Se enlazaban en una misma hornada escrituras coincidentes en el tiempo, pero no nacidas de un espacio compartido por todos. Desde los 80 y tempranos 90 no sucedía en Cuba algo así, porque la generación que marcó el pulso de esos años, se desperdigó por razones archiconocidas. Pero a esto se le añade que no han  sido solamente los dramaturgos, al igual que entonces, los que han dado la voz de arrancada. En esta ocasión, fueron los teatrólogos, o una activa representación de ellos, los que comenzaron a visibilizar una generación creativa, punzante, productora de nuevos sentidos en común. A ese grupo lo llamaron Tubo de Ensayo. Ahora bien, ya sabemos que no bastan las ganas de decir y hacer, se requieren de líderes que arrastren y hagan concretar esas circunstancias creativas por un lado, y también de un nido de acogida y estímulo, por otro. No caben dudas que fueron dos las instituciones que fungieron como nidos, pero no complaciente acogida, sino artística y profesionalmente retadores: en las aulas del ISA, la poeta y dramaturga Nara Mansur y en la Casa Editorial Tablas-Alarcos, el crítico Omar Valiño, también profesor en el ISA.

Acortando el tiempo, Tubo de Ensayo dejó a un lado el margen al error y se reestructuró,  gracias a la obtención de la Beca Internacional Ibsen que otorga el Reino de Noruega, en un Laboratorio más provisto de herramientas e instrumental para seguir experimentando en torno a los lenguajes teatrales siempre en sintonía con problemáticas sociales y generacionales.

Pero, conjuntamente con esa vocación investigativa desde el teatro y también hacia lo social, ha habido un destacado interés por adentrarse en procesos transversales hacia el interior de la creación artística, tales como la gestión, la producción y otros saberes que recolocan una nueva hermenéutica teatral.

La energía generacional es obvia, pero ha sido alimentada por un marcado interés metateatral y por la presión creadora de las tensiones y conflictos de la sociedad cubana. Esas circunstancias por un lado, y la necesidad de una nueva ciudadanía teatral y artística, por otro, han hecho posibles esas negociaciones hacia el interior del propio Laboratorio, así como con instituciones y con el resto del teatro cubano; con el cual dialoga, disiente y confluye. Es parte de la tradición. De ello no hay duda si miramos bien ciertos ejemplos en la historia del teatro cubano emparentados con esa práctica y espíritu.

Imagen: La Jiribilla

No somos un grupo, aclaran continuamente. No, no lo son. Son experiencias individuales articuladas colectivamente. Más o menos comprensible cuando se habla de teatro. Se autoproclaman una plataforma, desde la cual disparan.

Y ahora para rematar esa vocación crítica de la experiencia o las experiencias, Laboratorio Ibsen convocó durante esta semana a un grupo de colaboradores y espectadores para revisar, cuestionar y analizar su trabajo con los ojos puestos en el futuro. Por medio de técnicas participativas y lúdicas, los presentes hicieron una valoración interna del Laboratorio en la cual saltaron a la vista dificultades, resistencias y también consideraciones positivas. Fue, verdaderamente, saludable y estimulante, tantear los comentarios, sugerencias en torno a la creación y al papel de esa plataforma. Temas relativos a la comunicación, al rigor, a la sistematicidad se dejaron escuchar, desde posiciones muy aportadoras.

Aunque nunca participé en ninguno, sí conocía de los Seminarios de Teatro Escambray, en los cuales sospecho se producía una vivencia similar. No estoy tan segura de que hoy sea un hábito de trabajo para muchos grupos cubanos.

Sin lugar a duda, otro rasgo de esta experiencia es su capacidad de gestión y autogestión económica y artística, de posicionamiento no solo en el panorama teatral cubano, sino también en el mapa artístico joven del país. En su línea de deseo se incluyen, con igual interés, las ciencias sociales, la filosofía y los estudios culturales en torno a la recepción, participación ciudadana, sociedad civil y otros campos. En sus reinterpretaciones de la obra de Ibsen, como punto de partida para una etapa creativa de la plataforma, han dejado claros cuáles son sus estrategias discursivas en términos de lenguaje teatral, agenda temática y  búsqueda de nuevos escenarios de representación donde justamente las sinergias entre biografías personales, generacionales y colectivas son decisivas.

No se les escapa, a tono con los tiempos que corren, la autogestión y el autofinanciamiento. Ante la asfixia económica de muchas instituciones oficiales, estos muchachos no han esperado los subsidios —que por un lado son imprescindibles, pero también pueden provocar peligrosos letargos y anquilosamientos — y han disparado a las dianas.

Llegados a este punto, Laboratorio Ibsen, cuyos integrantes ya no son tan embrionarios y van armando un currículo sedimentado y atractivo, mira el fondo de la probeta, no se complace con lo que ve y sigue con el experimento.

Han anunciado nuevos talleres de creación y gestión para lo que resta de año y en Espacios Ibsen. Jornadas de teatro cubano noruego podrá verse  inVitro: Muestra Joven de Teatro Experimental.

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