Humor en la música cubana

Del choteo a la burla pública

Joaquín Borges-Triana • La Habana, Cuba

No hay que ser un estudioso de la música cubana para saber la enorme presencia que en ella, durante toda su historia, ha tenido el humor. Dentro de los géneros y estilos inscritos en el ámbito de lo popular, entre nosotros lo humorístico se ha manifestado con diferentes matices.

En la actualidad vivimos enormes convulsiones en el espacio cultural mundial, de forma que se están alterando radicalmente los mapas de los saberes, de los gustos, de los modos de relación. En dicho contexto, se habla y teoriza mucho en relación con las transformaciones en los imaginarios colectivos. No está de más acotar que las imágenes que forman parte de los susodichos imaginarios, no son solo imágenes visuales o visualizables, sino también sonoras. Entre estas, a partir de la década de los 60 del pasado siglo, la música ha adquirido una importancia enorme en la conformación de las representaciones colectivas, las identidades, las formas sociales de producir y compartir significados, un fenómeno que adquiere particularidades específicas entre los sectores jóvenes de la población. En este sentido, Arjun Appadurai ha desarrollado la idea de los imaginarios transfronterizos, sustentados en discursos y prácticas mediáticas en las que el humor se enlaza con los imaginarios massmediáticos.

Imagen: La Jiribilla

Tal fenómeno, apuntado por Arjun Appadurai, no es nuevo en nuestro contexto. De seguro, muchos pensarán de inmediato en figuras como  el Guayabero, Ñico Saquito, Los Compadres, exponentes clásicos del humor en nuestra música tradicional. No obstante, habría que hablar también de lo hecho por nombres como los de María Teresa Vera o Miguel Matamoros, que también nos dejaron piezas signadas por el doble sentido en unos casos y en otros, composiciones en las que el humor más subido de tono reinaba a plenitud, al punto de ser temas que no se registraron en sus respectivas discografías oficiales, pues la censura, ni la de antes ni la de ahora, habría admitido su difusión.

Un recuento acerca de la vinculación entre música y humor en el caso cubano, no puede obviar lo llevado a cabo por un músico de tanta valía como Pedro Luis Ferrer desde el decenio de los 70. En los temas que se ubican en su costado guarachero, ejemplificado a la perfección en una pieza al corte de “La vaquita Pijirigua”, la tradición se emplea como un instrumento de comunicación. Algo por el estilo cabría afirmarse de lo hecho por Frank Delgado, quien desde los años 80, en piezas como “Cima”, “Son de la suerte”, “El duende y la lavandera”, “Dos habaneras”, “Son de la muerte”, “Juanita me da jaqueca”, “Miami, luces y sombras”, “Soñar despiertos”, “Orden del día” o “Senderos”, demostró ser un compositor con un total dominio de la filosofía popular, cosa que ha corroborado con creces posteriormente.

Creo imprescindible referirme al caso de Alfredo Carol, alguien que murió en un accidente de aviación, cuando apenas tenía 22 años de edad. En sus canciones, llama la atención su agudo sentido del humor, con el que incluso se burla y caricaturiza su propio quehacer artístico, ejemplo de lo cual es su tema “¡Qué clase de trovador!” Otras composiciones suyas en la línea humorística y que por fortuna se siguen interpretando son “El soldado Acosta” o “Con la navaja en la mano”. En este incompleto listado, no puedo olvidar los nombres de Alejandro García (Virulo), recientemente galardonado con el Premio Nacional del Humor por la obra de toda su vida (con énfasis en lo que denominó “ópera son”), y Angelito Quintero, que aunque lo ha hecho mucho menos que los nombres antes mencionados, también ha manejado el humor en su cancionística.

En el conjunto de procesos que han tipificado la producción artística e intelectual de la

emergente generación de creadores cubanos, salida a la palestra desde la década de los 80, sobresale la tendencia a apostar por la función lúdrica en la propuesta que se formula. Ello tiene lugar por medio de apelar al juego paródico, a la desacralización postmoderna y al performance como concepción general, o al menos, al manejo de elementos de un arte de carácter performático, donde el humor está vigente de uno u otro modo. Es la anterior una corriente que ha ido tomando cuerpo en ciertas zonas de nuestro quehacer musical y que ha implicado a nombres provenientes de modos diversos a la hora de abordar el arte sonoro, como son los casos de Enserie, Perfume de Mujer y Cachivache. En ese listado también figura Fernando Bécquer, un trovador que, por los recursos histriónicos que maneja y la forma de desempeñarse al presentarse en público, arma él solo todo un espectáculo.

La sabia utilización de recursos procedentes del humor, que Fernando emplea en sus composiciones, se pone de manifiesto en piezas suyas como “Mi vida es una guaracha”, “Me gustas tú”, “Cubano por donde tú quieras”, toda una declaración de principios o radiografía ideoestética del trovador; “La canción de Lulú”, muy contagiosa en su estribillo; “El espeldrum”, un sabroso son, cortes representativos de una propuesta en la que, en el plano de los textos, destácase la agudeza y diría que la sutil ironía con que, desde una óptica cuestionadora y problémica, se plasma la vida cotidiana del común de los ciudadanos.

Otro creador que trabaja con el humor de una manera muy intensa es el villaclareño Rolando Berrío, conocido sencillamente como Roly y que yo me atrevo a definir con una frase: él es la energía hecha canción. Más allá de que Roly se decanta por abrazar un sistema lúdrico de creación, nadie imagine ni por un instante que en esas composiciones en las que señorea el choteo clásico del cubano, no se habla de elementos serios y de preocupaciones ideoestéticas comunes en el campo del pensamiento intelectual y de la producción artístico literaria dentro de la generación finisecular cubana. Una canción como “Habichuela”, que es todo un gran juego, constituye una excelente crónica de lo que fue el momento más crudo del Período Especial. A través de una actitud transgresora, pero sin ningún tipo de acritud sino sólo de una forma irreverente va dando lo que fueron los años 93 y 94 desde el punto de vista alimenticio para nuestro país.

En la vertiente del quehacer de Rolando Berrío, caracterizada por Alexis Castañeda Pérez de Alejo (el mejor estudioso de la nueva canción en la región central de la Isla) como de trova bufa, encontramos temas como “Cupido tacaño” (muy conocido entre los trovadictos), “Habichuela”, “Y si tú me das un beso” y “El decano se llevó a mi jevita”, composiciones todas que gozarían del favor popular si fuesen grabadas y promocionadas debidamente.

En tiempos recientes, en el deseo de hacer canciones que funcionen como fotos que atrapen un instante de nuestra realidad, la ya larga crisis que ha vivido Cuba por más de 20 años, ha sido abordada también desde el prisma humorístico. El  sentimiento de desencanto y desilusión ante la crudeza del entorno se registra en una manifestación como el rap, en algunos casos desde un enfoque el cual apela al clásico choteo del que hablase Jorge Mañach, o sea, un irreverente y corrosivo humor que ridiculiza la realidad circundante, donde todo deja de ser “sagrado”. Eso sí: como asevera el profesor universitario Alan West-Durán (2004), los cultores del hip hop en Cuba practican un choteo con conciencia. Buen ejemplo de ello es la versión, o mejor sería decir apropiación, que el grupo Hermanos de Causa hace del poema “Tengo”, de Nicolás Guillén.

Hermanos de Causa apela a un tipo de retórica muy empleado en la historia de la guaracha en Cuba, ejemplificado en una composición de los años 40 escrita por Bienvenido Julián Gutiérrez. En la aludida pieza, titulada “No hace na la mujer”, se echa mano al ardid de la sátira para referirse a todo cuanto hace la mujer. Algo por el estilo lleva a cabo Hermanos de Causa en “Tengo” (incluido en el álbum recopilatorio Cuban Hip Hop All Stars, Volume 1, Papaya Records, 2001) y así discursar acerca de muchos de los problemas sociales producidos en La Habana de los 90.

El grado de teatralidad y de mise-en-scene que son parte consustancial de la táctica de simpatía que caracteriza al cubano, igualmente conforman la motivación de nuestros artistas afiliados al discurso popero. En ellos a esto se suma la fuerza que ha cobrado entre nosotros el gusto por la burla pública, como lo evidencia cierta zona de la creación de una agrupación como Moneda Dura. En la constante ironía, en el choteo sutil, en ese exquisito relajo que campean por su libre albedrío en un disco como Cuando duerme La Habana, estamos en presencia de una de las claves de nuestro humor, del ser que somos. La prominencia de lo erótico ¿no corresponde al papel de esa función en la vida cotidiana de los cubanos?, el uso de interjecciones, onomatopeyas, metáforas ¿no es sustancia viva del habla popular? Las interacciones exterior-interior, el sometimiento de lo individual a lo colectivo, dados en una pieza como “Romerillo” —perteneciente al segundo álbum de Moneda Dura— son decisivas influencias, presencias indudables en el comportamiento de cada miembro de la comunidad.

La actitud transgresora que durante la segunda mitad del decenio de los 80 marcó en Cuba la proyección cultural de la joven generación de artistas e intelectuales, se refleja en el quehacer del rapero Nilo (Castillo) Mc, alguien que de inicio se conociera como artista de la plástica, pero devenido luego en importante exponente de la cultura hip hop. En los textos de un álbum como Guajiro del asfalto, concebido desde un discurso que se mueve entre el choteo del habla cotidiana del cubano común y cierta intención de carácter sociológico, Nilo no renuncia al uso del humor para discursar sobre la época que, para bien y para mal, le ha tocado a los miembros de nuestra generación.

Así, en sentido general, como parte de lo vivido por la Canción Cubana Contemporánea a fin de tornarse contingente, comienza un paulatino proceso de recuperación de una visión sociológica o demográfica, en la que el humor tiene un rol fundamental. Temas como “Esperar” (nada mejor para traducir al universo popular la ya casi consigna de “sin prisa pero sin pausa”), “Cuando aparezca el petróleo” (pieza que fantasea con la solución a los problemas de Cuba el día que brote oro negro frente a nuestras costas) y “Mi amigo el ingeniero” (composición en la que se plasman las contradicciones entre sueños y realidad, entre ideales sociales y pautas económicas), de Erick Sánchez; “Cascarilla”, “Metronidasón” (dos abordajes en tono de humorada acerca de la burocracia y la indolencia, concebidos desde la filosofía del choteo) y “Científicamente negro” (aguda poetización humorística contra las manifestaciones racistas que perduran en nuestro país), de Tony Ávila; o “La yucca” (toda una metáfora del contexto cubano), “Matarife” y “El gerente”, de Ray Fernández, que, al describir con mucho humor y sin tapujos las diferencias sociales hoy existentes en el sistema sociopolítico en Cuba, asumen un carácter problémico, recogen el sentimiento colectivo de buena parte de la sociedad, lo codifican en versos cantados, cuyos receptores están en complicidad con el mensaje, y donde se ve la realidad no a través de la envergadura política de los conflictos, sino de la dimensión que tiene la circunstancia social del individuo (se deja de ver el bosque para ver el árbol). Como muestra, reproduzco el texto de “Matarife”.

Con ejemplos como el anterior u otros al corte de “Mosquito no da bisté”, de Inti Santana, “El son de María y Manolo”, de Fernando Bécquer, “Lo que hay”, de Cofradía, “Solidaria”, de Yolo Bonilla, la canción vuelve a ser visible por medio de responder a los requerimientos de una comunidad que exige del cantor (y en general de todo artista) un pronunciamiento en torno a los acontecimientos que se suceden, lo único que abordados desde la perspectiva del humor que, como se sabe, es el mejor modo para argumentar las cosas más serias del mundo. Aunque a algunos les moleste el incisivo verbo y por tanto, hayan hecho el camino más difícil a los que así se proyecten, a partir de la negativa y el desdén hacia un discurso que, más allá del objetivo de hacernos reír, siempre ha estado comprometido con su tiempo.

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