La risa no es un regalo de los dioses

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Nunca he encontrado gracia en registrar al hombre y la mujer que resbalan con una cáscara de plátano, ni en el rostro aplastado por una torta de merengue. Por eso me molestan los “tablazos”, y desapruebo las cámaras ocultas. Me conmueve el Chaplin de Tiempos modernos y La quimera de oro, voto por algunos de los gags de Buster Keaton y hasta llego a simpatizar a veces con la tierna melancolía de Harold Lloyd.

Pero no soy un nostálgico, a pesar de que echo de menos la ingeniosa improvisación con que Armando Calderón ponía voz y efecto a los fotogramas de La comedia silente.

Con esto quiero decir que no comparto una idea que a veces se repite como si fuera el templo de la verdad: el humor en la televisión de los 60 a los 80 era mejor que el de ahora.

Ciertamente el humor posee códigos comunes a todas las épocas, pero también otros particulares, vinculados a contextos y lenguajes específicos y a la sinergia entre los que practican el humor y quienes lo gozan o padecen.

Si disfruté en más de una ocasión San Nicolás del Peladero fue porque Carballido Rey —por cierto, excelente narrador ya casi en el olvido— resumía en personaje y situaciones estampas de un pasado reciente. Y también poque, para nada de paso, se combinaba el humorismo con la defensa de los valores patrimoniales de nuestra música.

Sin embargo, no tendría sentido resucitar un programa con esas características, como tampoco reanimar la estética de Detrás de la fachada o Casos y cosas de casa, aun cuando en la radio, como un ejemplar jurásico acabado de nacer, permanezca incólume y con una audiencia notable Alegrías de sobremesa, con un incombustible Alberto Luberta en los libretos.

La línea divisora entre el antes y después del humor en la pequeña pantalla parece haberla dictado Sabadazo, no solo por haber incluido en su nómina a cómicos de moda, buenos en el sketch y la morcilla de corto aliento, nulos en tramas de más largo alcance. Y allí se mezcló, parafraseando a Serrat, el noble y el villano, gente con tremendísimo talento y otra de muy limitadas facultades.

A partir de entonces imperó la apuesta por la gracia individual y el chispazo ingenioso en el mejor de los casos y quedó atrás el desarrollo de situaciones humorísticas —los códigos de la comedia—, pese a intentos plausibles como aquel Deja que yo te cuente que ideó Nelson Gundín demasiado fragmentado para mi gusto —la estampa campesina, la entrevista con Mentepollo y el taller Bartolete Pérez— o el “revival” de La tremenda Corte, por Ulises Toirac, mucho mejor por su trama que por la intervención de algunos personajes detestables que fuera de su salsa han querido sobrevivir.

Hasta que vino Vivir del cuento, reactualización del vernáculo a partir de personajes tipos de hoy como Pánfilo (Luis Silva), Chequera (Mario Sardiñas) y el múltiple y camaleónico Andy Vázquez.

En las antípodas, A otro con ese cuento, retahíla de chistes blancos ingeniosos alguno y otros pujados, pero al fin y al cabo refrescantes  sin mayores pretensiones ni complicaciones intelectuales ni perspectiva social.

Sé que hacer reír es difícil, pero la risa no es un regalo de los dioses. Lo primero depende de sumas de  talento, oportunidad, agudeza y sexto sentido.  Reír o al menos sonreír va por cuenta de la sensibilidad y la cultura del receptor.

Y vamos atrás, ya no por Cuba sino por lo que vimos lo cubanos: prefiero Mr. Bean  que a George & Mildred.   

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