Eduardo del Llano:

"En el humor veo problemas, pero no me aterrorizo con ellos"

Fotos de Archivo

La puntualidad en un humorista es una cosa muy seria. Me lo demostró del Llano cuando haciendo uso de relojería alemana destrozaba —por dos minutos— la barrera del tiempo, para este caso también del deber.

Llegaba a la 1 y 58, pasado meridiano. Poco valían chivos o borradores ante la abismal “nocturnidad” del Centro Cultural Cinematográfico Fresa y chocolate, en mi propósito de estar a tono con tamaño guionista. La estrategia de salirme del libreto podía ser un duelo asimétrico. Finalmente, encontré la seguridad en una frase que, para mi sorpresa, del Llano vulneró una y otra vez: “Pido levedad”.

Fingió no igualarse a un teórico y, sin embargo, toda su obra, como sus respuestas, miraba la realidad desde finas y mordaces angulaciones. Como brotadas del talante de un crítico.

Imagen: La Jiribilla

¿Le resulta incómodo que lo circunscriban al mundo del humor?

Desde que empecé en Nos y Otros en el año 1982 y desde antes, de hecho, pero ya a partir de allí de manera sistemática, lo que hacía tenía que ver básicamente con el humorismo. No es que me moleste que me consideren un humorista. Lo que temo es no siempre estar a la altura. No todo lo que uno hace, por más que uno quiera, es de calidad o tiene el efecto social que uno espera. Pero sí me considero un humorista y me gusta ser considerado así. Muchas de las cosas que he hecho entran dentro de ese ámbito. Ahora bien, no significa que uno solo sea escritor, o cineasta de temas humorísticos o con cierta gama de humor que trata de evitar la farsa. Tengo una formación más o menos humanista. Estudié Historia del Arte en la Universidad de La Habana y aunque fui bastante malo para las ciencias, de niño y adolescente me fascinaba la astronomía. Entonces de cuando en cuando uno tiene motivaciones, intereses, historias que no son necesariamente humorísticas.

El encasillamiento es algo que en este país, y en todas partes, es muy frecuente sobre todo en actores que los encasillan de galán o villano. Ocurre incluso en Hollywood, pero allí de cuando en cuando la gente tiene su película o su serie que te dan la oportunidad de salirse de esa tesitura. De la misma manera, mucha gente piensa en mí como el tipo que hizo los cuentos de Nicanor, por supuesto, los hice y estoy orgullosísimo de ellos. Ojalá alguna vez pudiera hacer si no una temporada más, par de ellos más, pero no quiere decir que dentro del humor vaya a ser ese el único tono o “el tono” que vaya a emplear.

A mí me han fascinado siempre la ciencia-ficción y la fantasía, los temas históricos, el cine erótico. Algo que me gustaría hacer alguna vez es una película que no llegue al porno, pero cargada de erotismo. Cosas infantiles me gustaría hacer alguna vez, si me alcanza el tiempo y el talento. Y no necesariamente tiene que ser a través del tono del humor. Me gusta mucho también trabajar el drama de cuando en cuando.

Alguien del que no me considero ni el 5% de su talento como Woody Allen, ha hecho algunas películas como Match point, Interiores, que son básicamente dramáticas, incluso, melodramáticas. A lo mejor en algún caso no son de sus mejores obras, en otros sí. Match point en realidad es una de sus mejores, Interiores, no tanto, como Septiembre, pero ha probado eso. Woody Allen tiene en su filmografía una película de ciencia-ficción, tiene musicales. No es que uno trate de imitarlo, pero te estoy poniendo un ejemplo de alguien que, aunque es básicamente considerado un autor de comedias, tanto literarias con sus cuentos y películas, tiene inquietudes culturales que hacen que de cuando en cuando sienta que quiere probar otro tipo de historia. Salvando las distancias un poco de eso me pasa a mí también.

No es que me moleste que me consideren un humorista, lo que me molesta es que la gente se sienta incomodada o desconcertada cuando les proponga algo que no funcione dentro del humor y quieran de todas maneras encontrar la clave humorística y en un sentido incluso más directo, la relación con la realidad cubana. Uno es un ciudadano del mundo, aunque durante todo este tiempo se hayan empeñado en mostrarte lo contrario, y hay temas universales, más allá de la ciudadanía en el sentido de los pasaportes.

En los temas universales no creo que un neoyorquino tenga más derechos, a lo mejor tenga más recursos seguramente, para hablar sobre el racismo, la libertad, la pobreza o el amor que yo, y que me tenga que sentir constreñido a hablar nada más de los marginales, las jineteras y el extranjero abusador. No es que haya que dejar de hablar de eso, pero me jode un poco ese determinismo geográfico. No es que haga dramas para rebelarme contra eso. Es que me nacen también. Tengo una formación humanista y hay una pizca romántica dentro. De cuando en cuando uno escribe o se le ocurren cosas que no son humorísticas.

¿Qué le representó haber sido parte de momentos fundacionales en el humor como fueron el Festival Aquelarre y el grupo de creación literaria y teatral Nos y Otros?

Primero fue Nos y Otros y estuvo varios años siendo solamente un grupo literario de cuatro miembros. Después, a partir de cierto momento, empezamos a tener algunas inquietudes teatrales y como resultado de eso, de los cuatro miembros originales dos salieron. Los dos restantes junto con cuatro personas más, formamos el nuevo Nos y Otros que, sin dejar de ser literarios, de hecho siendo más literarios que lo que fueron esos dos cuando se separaron, empezamos a ser además teatrales. Con muchas debilidades al principio porque ninguno de nosotros era actor ni lo fue nunca en términos académicos, aunque sí creo que aprendimos la maña de qué podía hacer cada uno, en qué más o menos uno era bueno. Pero con una fuerza, a la luz de todos estos años transcurridos, cada vez mayor en los textos y en la concepción de la puesta en escena. Eso fue esencial para mí. Yo propiamente creo que no hubiera podido dirigir películas y actores si no hubiese empezado por dirigir a Nos y Otros. Que tampoco fue que me eligieron de jefe desde el principio, o sea, pasó porque alguien tenía que dirigir y como yo era realmente quien escribía las historias —el 95% de ellas— era lógico que pensara en términos de tal o más cual personaje, en función de las potencialidades que tenía Cruzata o de Luis Felipe. Incluso escribía pensando en ello: con los nombres en la cabeza. Y después, obviamente, era quien les transmitía cómo lo veía y cómo creía que lo debían hacer.

Uno de los momentos importantes en la carrera de Nos y Otros, cuando empezó, digamos, a tomar cierto peso, fue una reunión que tuvimos con el por aquel entonces presidente de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), Fernando Rojas, ahora viceministro de Cultura, donde se habló de la posibilidad de hacer un festival. Fue a Cruzata, precisamente, al que se le ocurrió el nombre de Aquelarre cosa que, por cierto, no ha sido lo suficientemente reconocida. A partir de ahí sí participamos en la concepción del festival y después como competidores en varios eventos. Eso le dio una especie de instrumentalidad al movimiento humorístico desde el punto de vista institucional, o sea, permitió que hubiera un Centro que, tratara de promover espectáculos primero y a los grupos en sentido general después.

Y el Aquelarre, ya te digo, fue un momento en que de pronto, empezábamos a ver algo que legitimaba nuestro trabajo, que no era solo malcriadeces de muchachos. Una casa de cultura, tal provincia nos invitaba y de pronto teníamos que dormir en el piso o actuar absolutamente gratis (nos metían el pie) y con el festival teníamos un organismo que nos representaba. Ese fue otro hijo importante en mi vida. Ya, como todos los hijos, que conste que no tengo muchos pero me siento responsable de cada uno de sus nacimientos, el Aquelarre ha seguido. Ya no necesita de mí, aunque sigo de alguna manera vinculado siempre que me llaman, pero estuve ahí cuando surgió.

Hay que tener en cuenta que en esos momentos el movimiento humorístico era parecido a lo que hacía el movimiento de la Nueva Trova, en el sentido de que eran jóvenes contestatarios casi siempre, o por lo menos lo que se veía como contestatario. En la Nueva Trova también se dio que en muchos casos era ser revolucionario, pero en un sentido sistemático. No era llegar y decir: “Hasta aquí voy a ser revolucionario y a partir de aquí conservador”. Era un grupo también de varias personas, con varias cabezas visibles, con textos conflictivos. Y como la Nueva Trova, quizá un poquito más, fue bastante malentendido en mucho tiempo y sufrimos todo tipo de cierres, de cortes. Censuras quizá no en el sentido de que el grupo no pudiera ir a tal lado, sino de “¿Por qué no quitan este número? Lo que hicieron ayer no lo pueden hacer”. Ese tipo de cosas.

Aun así sobrevivimos sin el Centro Promotor del Humor varios años. El grupo empezó en 1982, como he dicho, y empezó a actuar desde 1987, más o menos, y el Centro fue creado en diciembre de 1993. No es que lo necesitáramos para vivir. Lo necesitábamos para legitimarnos de alguna manera, para sentir que alguien te respaldaba hasta cierto punto. Una institución que empezó a luchar por algo que para nosotros era exótico hasta aquel momento: que nos pagaran por los espectáculos. Nosotros íbamos a provincia por el placer de ir a provincia, actuar para públicos nuevos, empatarnos con una chiquita local, por el hotel y la comida. Y de pronto descubrí que no era un pecado, que no era debilidad ideológica capitalista, reclamar un pago. Descubrir eso fue importante porque nos habían educado también en la renuncia. También hubo quien se enriqueció. En esencia, ese sentido de legitimar nuestro movimiento y convertirlo en un hecho cultural dentro del concierto cultural de la nación, con una empresa más o menos libre, pero más o menos comprometida con nosotros, fue muy importante.

¿Cuánto ha variado o no el concepto que manejó seminalmente el pionero de los Aquelarre y el que hoy está discurriendo?

No sé mucho, justamente por las interioridades. Hubo un momento que no es imputable al Aquelarre sino a la política del país, en que todo estuvo a punto de joderse. Después de fundado  el Centro y de haber aquí muchos grupos como Nos y Otros, La Leña de Santa Clara, Salamanca, Humoris causa —que ya cobraba fuerza—, que hacían un humor más intelectual, con influencia de Woody Allen, Monty Phyton, Les Luthiers, de una serie de personas, más refinado, de pronto llegó el Período Especial y fue onda de cabaret: “del italiano que está con la jinetera”. Pero ahora creo, por lo que vi en este Aquelarre y por lo que veo fuera de él, que se mantienen sus fundamentos.

Considero que el terreno que se avanzó con el público —si es que se avanzó y no es un espejismo mío, que también puede ser—se ha perdido. El espectador normalmente en determinados teatros o en determinadas áreas como el Teatro América, el Fausto, está pidiendo sangre. Allí se puede gritar perfectamente: “¡tarrú!”. Cualquier cosa según el que esté parado allá arriba. En otros lugares quizá no tanto, en el Mella hay más respeto. Sí vi grupos ensayando cosas muy ingeniosas. También en nuestra época hacer sátira política, social, era mucho más difícil, quizá no tan difícil como en los años 70 —hay que ser justos. Nosotros la hacíamos, aunque no éramos, propiamente, los que más la practicábamos.

Siempre había más en juego. Ahora se dicen cosas que se expresan casi al directo. Nosotros las quisimos decir también, pero como hacerlo al directo era imposible, eso generaba como un mecanismo de acicate a la creatividad. Buscar la manera de sugerir las cosas se acerca más al arte porque lo otro es un discurso. A veces siento que en lo que es la crítica política hay discursos que van muy directos, pero al mismo tiempo veo que hay gente con mucho ingenio. En este Aquelarre lo que hizo La leña del humor me pareció extraordinario. Me pareció además en la línea antigua, o quizá mejor que lo que hacíamos en esa época, porque sí tenía cubanía pero además un nivel de absurdo vinculado a la política. Sobre todo eso: que no había discurso político, era el ingenio y el absurdo, de una manera que me parece delicioso. Lo que hace Caricare, con algún que otro altibajo, en general me gusta mucho también. En otros grupos, por ejemplo, Como tú, de Guantánamo, que tiene intérpretes extraordinarios como Miguel Moreno, ciertos números me parecieron no terminados, demasiado obvios. Algunos tienen cosas extraordinarias como El retoño de la mentira. Quizá hace tiempo que no veo algo, salvo las cosas que escribía Fundora, que se iba demasiado entonces al otro extremo, que vaya al detalle, a otros países, en otras situaciones y que puedan tener un chiste político como chiste social, pero no necesariamente, que busquen también el humor blanco, el humor de otro tipo de situaciones. Hace tiempo que no veo eso, pero también es que no he visto todos los espectáculos.

Hasta donde puedo juzgar no creo que se haya violentado, traicionado, diferido, el carácter fundacional. El hecho que después, de alguna manera, vinieran artistas como Iván Camejo, Doimeadios, Kike Quiñones, logró determinados pasos en la legitimación del movimiento, desde el punto de vista financiero, de las posibilidades laborales y de triunfar en otros países, cuestión que en nuestra época era impensable. Nadie había viajado antes de ellos y con ellos se ha salido mucho a España, a EE.UU. Estos viajes no necesariamente se realizan por funciones exactas, pero el Centro los ha respaldado.

Me parece que el Centro tampoco ha traicionado, ni muchísimo menos, los preceptos fundacionales. Todo lo contrario, los va desarrollando por buen camino. Pero, ya te digo, eso parte de que de pronto, cada dos o tres años, me llaman para el Aquelarre para hacer jurado de algo, para ver algún corto y voy a ver alguna que otra cosa, casi siempre de los grupos que ya conozco, así que no puedo darte una panorámica total.

¿Este año cómo califica la calidad de los trabajos presentados en la categoría de narrativa del Aquelarre, en su condición de presidente de esta modalidad?

En narrativa, bastante mala, por cierto. Hay personas a las que tú no puedes prohibirles que envíen, por supuesto, no sería democrático, pero hay concursantes que no son humoristas y no lo van a ser nunca, y personas además, que al parecer por situaciones personales, que no tengo por qué juzgar, de pronto te mandan cuatro novelas, de las cuales además ninguna es humorística y todas están muy mal escritas. Te voy a ser franco: no me las leo enteras. Empiezo por leerme las primeras páginas quizá, zappeo aquí y allá y me doy cuenta que eso no tiene futuro, por lo menos dentro de este contexto, y no me la leo. En general hay bastante gente que hace una décima o un cuento más o menos folclórico sobre la feria agropecuaria, los lineamientos… No es que eso necesariamente esté mal, pero si eso es lo que mandan de muestra, de lo mejor que han hecho… También hay que ser justos y casi siempre dentro de ese panorama te encuentras una o dos cosas realmente buenas. En este año, de hecho, declaramos desiertos los premios de décima y de guion porque dimos menciones en todos los casos, pero en narrativa, tanto en cuento como en libro de cuentos, hubo dos cosas muy buenas.

Más o menos todos los años es así. El porcentaje de las cosas realmente buenas es pequeño. En el jurado conmigo había personas, que al igual que yo, lo habían sido antes, y el criterio era no dejarnos meter mierda. Es decir, si es desierto es desierto, si no hay nada que tenga calidad, no hay premio. Ya te digo, de los cuatro premios posibles, dos no se otorgaron porque, aunque dimos menciones nos parecía que ninguna tenía la calidad suficiente como para ser premiada. En general es así, pero me imagino que de esta manera funciona en casi todos los concursos literarios. Hay dos o tres cosas buenas y a la larga si se hace una historia literaria del Aquelarre esas son las que quedan.

¿A qué se debe que el humor cubano no lo intente más con temáticas internacionales?

Ese es como el cuento del huevo y la gallina. Te diría que es porque la gente hace lo que le parece que el público quiere, pero además el público quiere eso porque es prácticamente lo que conoce. Tampoco es enteramente justo, eso es una simplificación porque el público conoce, o al menos puede conocer, esas cosas y si no las ve es porque no le da la gana, sobre todo hoy día que no es como hace 20 años cuando yo era joven y tú ibas a conseguir un video o un disco de Led Zeppelin y pasabas un trabajo del carajo. Ahora cualquiera puede tener, o por lo menos ver, y borrar, el humor que quiera y los espectáculos de calidad se consiguen mucho más fácil que antes, las cosas de Les Luthiers pirateadas…

Sí es verdad que la gente, el público, determina la oferta con su demanda. Por otra parte, si en un país uno no necesita realmente de eso para trabajar, es Cuba, porque en otros países, efectivamente, si a ti te pagaran por tocar rock y de pronto te pones a hacer música clásica, pierdes tu público o ganas otro más pequeño, pero lo pierdes, por poner un ejemplo sencillo. Aquí no porque no necesariamente la cosa está tan mercantilizada. De modo que sí, creo que hay un poco de facilismo en el sentido de no tocar temas universales, pero por otro lado, ¿cuáles son las aspiraciones inmediatas de la gente? Hacer este espectáculo y ponerlo en este teatro que va bastante público, o ponerlo en este centro nocturno y que nos paguen bien. Casi nadie entonces se arriesga con cosas demasiado universales porque tienen miedo a perder eso, sobre todo cuando eres de provincia, es bastante comprensible.

En los 80 vino a Cuba Les Luthiers, dos veces, en el 83 y el 84. De repente en festivales de cine y de teatro empezaba a pasar gente interesante. Entonces fueron años en los que nuestra generación se vio bombardeada por esas cosas y dijimos: ¡wow! A veces establezco símiles con otros países donde hay mucha prensa, pero a la larga existe entonces lo que se llama censura por saturación, que es que el tipo tiene 35 periódicos todos los días, pero salvo que te dediques a eso, casi todos los días compras el mismo periódico o entras al mismo sitio de internet, o los dos o tres sitios normales y por ejemplo si ves una noticia sobre Cuba, salvo que Cuba te interese especialmente, no vas a indagar y contrastar con otras fuentes. Aunque tengas abundante información solo usas la que estás acostumbrado porque el ser humano es un animal de hábitos. Mucho más en estos tiempos donde aparentemente no hay tiempo para nada.

No soy un sociólogo ni un teórico, pero estoy diciendo cosas que han pasado durante mi vida que me parecen tienen cierto sentido. Lo que sí es verdadero es que ahora, aunque encuentre espectáculos de calidad, no veo casi ningún número como El Anodino en la lámpara maravillosa de nosotros, o como las cosas de La leña, o las de La seña del humor que de pronto proponían un coro en francés, un francés chapurreado, cantando “Madrigal”. Ese tipo de cosas, que hace tiempo  no veo. Pero creo que ni siquiera es culpa del Aquelarre o del Centro… A lo mejor es que uno se está poniendo viejo y empieza a decir: “En mis tiempos sí eran buenos”. Me da la impresión de que se lee menos, de que se valoran menos las cosas porque todo está ahí. Es un fenómeno parecido a ese que ocurre afuera: “todo está ahí y sé que algún día lo veré pero mientras tanto sigo leyendo, oyendo y viendo la misma mierda”. En nuestra época era más difícil obtener las cosas. Conseguía un casete de la banda que fuera y ni siquiera dominaba el inglés pero me sabía de memoria las canciones, las oía 40 veces, leía las letras, trataba de investigar qué decían, me ponía a pensar la salida de la próxima película de fulano, la salida del próximo disco de mengano. Era un acontecimiento mundial. Ahora no, ahora te traen en un disco duro 300 Gb de películas, 20 de porno y 500 de series, tú los copias todo y ves lo que puedes.

Entonces creo que todas esas cosas confluyen. Además, como la modernidad tecnológica aquí nos ha llegado a buchito y retazos, y de manera irregular en una casa pueden tener nuevas tecnologías y en la de al lado seguir con un televisor ruso, esto provoca mucha desigualdad y que bastante gente siga aferrada a lo que siempre le gustó y le pareció bueno. Ya te digo, no soy un sociólogo, esos son fragmentos de teoría. Alguien tendrá que investigarlos, pero en ese sentido es cierto que —puede que haya cosas así que no he visto—no hay un humor con números que estén ambientados… Nosotros hicimos un espectáculo de ciencia ficción, cinco números de ciencia-ficción: uno en una máquina del tiempo, otro en el futuro, otro se desarrollaba en una nave espacial, y tenían que ver con Cuba algunas de las situaciones, algunos de los chistes. Había chistes muy cómplices, por el contexto, pero había chistes que eran universales, de un humor blanco. Eso ya no lo veo tanto.

En un chiste, ¿qué cuotas comparten el sentido del humor y el de la verdad? ¿Siempre hay que apelar a la verdad —humorísticamente— para hacer reír al cubano?

Ahí me dejaste un poco botado porque no sé. Titón decía que existe la lógica de los acontecimientos y la lógica del cine. Me imagino que eso es aplicable a casi todo. El cine emplea una lógica en la cual a lo mejor no necesariamente, si tú te detienes a pensar, las cosas funcionan así en la realidad, pero hay mecanismos como la suspensión de la incredulidad que hacen que te comas con papa lo que te están dando. Pienso que algo parecido debe funcionar para lo que me estás preguntando, o sea, no se trata de hacer periodismo humorístico. No se trata de buscar en la verdad y decir: “Esto, aparte de ser gracioso, se le ocurrió a una gente que está en el solar ubicado en Salud y Oquendo”. No. Eso es la verdad. Eso es tema del periodismo, del reportaje, de un libro de memorias o algo de eso, pero el humor no necesariamente tiene que ser verdadero en ese sentido más ramplón y más inmediato.

Muchos de los mecanismos humorísticos consisten en hiperbolizar, exagerar las situaciones como en casi toda la dramaturgia. O sea, en una película se desarrolla la vida de una persona en 20 años y no quiere decir que la película dure 20 años realmente. Tú sintetizas, colocas hechos, momentos, diálogos, símbolos, que permitan formarse una idea de la evolución de ese personaje, en una hora y media que dura esa película. Lo mismo en un chiste, buscas el efecto humorístico que puedes exagerar. Ahora, eso tiene matices, por ejemplo, muchas veces veo que en cosas no necesariamente humorísticas, pero sí críticas de Cuba, sobre todo de gente que está afuera, se vuelve tan falso que ya no funciona. Siempre digo, ya hay bastantes cosas criticables aquí para encima, inventar las que no son, por lo menos las que no nos constan que sean. Dentro de eso no tienes tampoco que ser un cronista fiel, verídico, de tu realidad, tú escoges, exageras, hiperbolizas. Esos son mecanismos universales del humor. Hasta ahí puedo llegar.

El humor es producción social y también mercantil, ¿podría su segunda dimensión hacerlo rehén de una sociedad cada vez más risueña a la vulgarización de sus prácticas?

De eso te hablaba un poquito hace un rato: de la gente que te grita en el teatro, hasta el humorista que te dice: “Yo le doy esto a la gente porque esto es lo que quieren”… Lo que pasa es que hoy día, como probablemente también ocurre en el reggaetón, cualquiera puede hacer una película y subirla a You Tube, fuera de Cuba, cualquiera tiene cámara en el móvil de alta definición, full HD. De pronto puedes filmar una cosa, más o menos arreglarle el sonido con programas que también puedes descargar gratis y subirla: ya eso es una película. No tendrá los mejores actores, no estará muy buena o sí, pero potencialmente todo el mundo la puede hacer. Alguien dijo hace poco: “Lo mejor de la tecnología es que cualquiera puede hacer una película. Lo peor de la tecnología es que cualquiera puede hacer una película”. O sea, es la cosa y su contrario. Como en el reggaetón, que de repente tienes una máquina de ritmo, dispositivos que te afinan cuando tú desafinas… Estoy simplificando, no es tan sencillo, pero no tiene el nivel de complejidad del canto lírico o del rock progresivo.

En el humor también ves mucha gente que entre tantos humoristas se vuelven estrellas, haciendo cosas que dejan mucho que desear, que van a lo más primitivo, a lo más cercano al choteo y a la banalización— que no implican una búsqueda, que no exigen códigos y referencias— ilustrados en el espectador. Ahora, ni siquiera sé si eso es solo un fenómeno de estos tiempos. Ayer mismo estaba releyendo un libro que es uno de mis favoritos, Apócrifo de Karel Čapek, un escritor checo, y el segundo cuento es de un matrimonio cavernícola que está comentando: “Estos jóvenes… ya nadie hace las puntas de piedra como en nuestro tiempo, porque ya no saben trabajar la piedra, y fulana le echa ceniza a las pieles en lugar de rasparlas como en mi época que uno echaba el lomo pero las pieles quedaban bien raspadas. Ya esto está perdido”. Y probablemente eso ha sido así siempre, la gente dice que su etapa es la peor y que ya no hay respeto a las tradiciones ni a las formas viejas. Pienso que siempre van a haber artistas avanzados a su tiempo, más o menos malditos, artistas interesantes y artistas populares o pop, que van con más o menos capacidad de trascendencia a banalizar las cosas y a hacer los chistes que la gente quiere oír en un sentido más ramplón y a veces más grosero.

Pero no creo que eso sea símbolo necesariamente de una depauperación de los tiempos, por lo menos no de estos tiempos, sino que siempre ha sido así, que ha existido un arte más popular y un arte más elitista o más cerebral, como se le quiera llamar. O sea, aunque estoy de acuerdo con la génesis de tu pregunta, no me siento demasiado alarmado con eso, porque siempre encuentras artistas nacionales e internacionales que van a hacer cosas que a ti te interesan. A lo mejor no sigo a Osmany García o a tal director de cine que hace películas más ligeras que les gusta a la gente, pero existe mengano que sí me gusta. Lo terrible sería cuando de pronto eso se volviera la ley y lo otro la oposición, pero mientras existan alternativas no me alarma demasiado, ni creo que sea necesariamente privativo de esta época. Siempre van a haber gentes que crean y sientan la necesidad de hacer cosas más inteligentes, de salirse un poco de la rutina, aunque eso implique el precio de no ser popular todo el tiempo, de no ser entendido, y siempre va a haber gente que apueste por un Osmany García y Los Ángeles, que son tres niños bonitillos que tienen todas las chicas del mundo y un montón de videos clip, pero ellos mismos saben que la música que hacen no es exactamente Beethoven. Entonces te digo, veo problemas, pero no me aterrorizo con ellos.

Sin interposición de su oficio literario, ¿el buen humor prefiere que se escriba o que se improvise?

Pienso que hay gente que tiene una capacidad impresionante para improvisar no solo en eso, sino también en el repentismo, en la música, pero incluso lo que parece más improvisado, no todo, casi siempre parte de presupuestos, de ideas previas, de por lo menos “¿puedo empezar a echar a andar por aquí? Después sí improvisaré”. Creo en la necesidad de un texto base, sólido, coherente, dramatúrgicamente estructurado. Sobre eso, de cuando en cuando hay un humorista que me pide que le escriba o que le reescriba algún monólogo o un número, se lo escribo y le comento que es un punto de partida. “A estas cuatro páginas o cinco, le puedes incorporar —que lo va a hacer de todas maneras—, según tu línea. Aquí yo hice algo más o menos según mi estilo, como a mí me gustaría que se tratara este tema, pero puedes agregarle más cosas. Con eso no hay problemas”. Pero ahí tiene el texto. Trato por lo menos de que haya un inicio, un desarrollo, un cierre lógico y después le pondrán o no. Entonces sí, creo que el buen humor debe escribirse tanto para lo escénico como —obviamente— para lo literario, tanto el comedy como para cualquiera de estas variantes y el cine.

No necesariamente la improvisación o la acumulación hacen mejor un resultado humorístico. Pienso que tiene que haber dramaturgia porque eso pasa mucho con los monólogos que me dan para que los revise. Hay personas que me dicen: “Mira escribí hasta aquí y después no supe cómo seguir”. Te das cuenta que es una página y media de chistes, algunos bastante malos y otros no, pero chistes, simplemente. El tipo no sabe para dónde va eso. Entonces lo pulo, le doy un final lógico, un desarrollo lógico. Después él se cagará en el que le di o no. Yo tengo que sentir que hay una historia que cierra.

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