Entrevista con Carlos Ruiz de la Tejera

“Debemos hacer un humor
que dignifique”

Ana Lidia García • La Habana, Cuba

Carlos Ruiz de la Tejera es antes que humorista un gran actor. Tiene el don de la palabra y puede conversar más de una hora sin descanso, porque lo hace como si actuara sobre un escenario, ese espacio que considera “un altar en el cual el artista ofrece su obra”. Este hombre que nació con la vocación de hacer reír a los demás, Premio Nacional del Humor, estudió ingeniería civil porque así se lo exigió su padre; sin embargo, nunca renunció al arte. Cuenta que durante un largo período de su juventud “era ingeniero por el día y actor por la noche”.

Imagen: La Jiribilla

Recuerda que hubo un momento en el que se le presentaron a la vez la posibilidad de trabajar en el Conjunto Dramático Nacional, “que encabezaba Violeta Casals y en el cual estaban los mejores actores y actrices de la época”, y la oportunidad de viajar a Europa por dos años para perfeccionar sus conocimientos en el campo de la ingeniería. Fue un momento difícil, no deseaba decepcionar a su padre, pero estaba seguro de querer seguir su vocación, “elemento fundamental para dedicarse a cualquier profesión u oficio en la vida”. Para ser humorista, por ejemplo, “es muy importante amar la profesión porque es preciso entregarse de a lleno. También se debe tener talento, rigor y mucha cultura. Hay que estudiar y practicar constantemente. Así es la vida de cualquier artista”.

Viaja al pasado y comienza a hablar de sus años de trabajo junto a Andrés Castro, su primer maestro de actuación; de sus éxitos en Teatro Estudio con Vicente Revuelta. Desde entonces incursionaba en el humor. Hacía tragedias y dramas pero siempre había espacio para las comedias. Su vasta experiencia en el mundo de las tablas, lo conducen a asegurar “que el humorista debe estudiar actuación”. En su opinión, “existen muchos cómicos, pero no todos son actores”.

Menciona una vez más a Andrés Castro de quien aprendió que hay que superarse todo el tiempo: “en esta carrera uno a veces está arriba y a veces abajo. Cuando uno está abajo se prepara, porque cuando llegue la oportunidad debe aprovecharla. Se nace con el sentido del humor, pero después hay que perfeccionarlo y eso implica consagración”. Ya lo había dicho, pero recalca la importancia de la cultura: “Mientras más se sepa mejor, porque uno debe tener un repertorio muy amplio para adecuarse a cada público y situación”.

“¡Había un hombre que quería enlatar el sol y se le ocurre meterlo en una latica y ponerle una etiqueta que decía Tropical sunshine. Va con su latica diciendo «excelente renglón de exportaciónnnnn»…!”, dice de pronto con la locuacidad que lo caracteriza. Utiliza este resumen del ingenioso monólogo El hombre que quería enlatar el sol, basado en un texto de Héctor Zumbado, para explicar la necesidad de conocer con antelación a los espectadores para los que se va a actuar y escoger una obra afín. “Por ejemplo, este monólogo es de un nivel muy elevado, eso yo lo hago en un lugar donde se reúnan personas relacionadas con el mundo del arte, la ciencia. Si voy a presentarme ante amas de casas cansadas de trabajar y pensar en los quehaceres, hago el de la jaba de nylon o el de la guagua, por ejemplo. Me adapto al tipo de público, pero siempre dentro de mi repertorio. Eso no quiere decir que me voy a un cabaret a decir groserías porque no me gusta el humor que rebaje a las personas, que se burle de los problemas físicos. Es mejor reírse de un alma fea que de una nariz fea. Debemos hacer un humor que dignifique tanto al humorista como a quien nos escucha”.

No está de acuerdo con lo que sucede en muchos centros nocturnos que carecen de director artístico y quien dirige a los humoristas es el administrador. No le gustan las generalizaciones, pero sabe que muchas veces “en esos sitios se trabaja para un público que tiene mucho dinero pero poco cerebro. Hay quien dice que no y no lo hace, empezando por mí. Hay quienes aceptan pero mantienen una propuesta elegante. ¿Quién dice que la ignorancia se debe responder con ignorancia? Los artistas también tenemos necesidades económicas pero no podemos renunciar a la calidad”.

Imagen: La Jiribilla

Otro fenómeno “terrible” que ha observado en los últimos años es la falta de respeto de los espectadores hacia quienes actúan en centros nocturnos; eso le preocupa mucho. “¿Quién se movía?, ¿qué camarero pasaba por delante de Bola de Nieve cuando él comenzaba a cantar a las 10: 30 p.m. en el Restaurante Monseigneur? Ibas al Pico Blanco a ver a José Antonio Méndez y era igual, todos atentos a lo que sucedía en el escenario”.

Mencionar a Bola, a quien admira por haber sido un gran intérprete y a quien le ha rendido homenaje en varias ocasiones en su peña del último sábado de cada mes en la Galería Carmen Montilla de la Habana Vieja, le hizo pensar en grandes personalidades de la cultura cubana como Rita Montaner; Sindo Garay; Compay Segundo y Nicolás Guillén, su amigo.

“Nicolás me explicaba que yo había creado un estilo de textos satíricos, monólogos, poemas y canciones. Él decía que en mis obras forma y contenido se imbricaban perfectamente, que tenía que cuidar la vigencia del contenido y mantener viva la forma; eso garantizaría que el monólogo se hiciese clásico. Eso había pasado en la cancionística cubana, pero nunca en el humor. Mira el de la guagua, por ejemplo, es un monólogo que habla de un tema muy local y que ha sido una problemática constante en Cuba; sin embargo, se ha convertido en un clásico dentro y fuera de Cuba. Yo lo actualizo y hago las referencias oportunas cuando estoy en el extranjero. La primera vez que lo hice fue en 1980, en México, y encantó a los presentes en la función. Guillén siempre me insistía: «Mientras más nacional una obra, más universal»”.

Recuerda a Rita Montaner, “¿por qué triunfó en París con El manicero si allí no había nadie que vendiera maní? ¿Por qué fue tan universal Carlos Gardel? Por porteño, él nunca pensó en hacer un tango para Cuba y aquí lo adoraban. Lola Flores más andaluza no puede ser…”. Y sigue enumerando, consciente de que la clave del éxito está en trabajar para el pueblo: “Ese amor hacia tus coterráneos, el deseo de hacerlos felices a ellos sin otras intenciones más allá de ser feliz uno mismo, te harán ganar el reconocimiento”. Esas palabras reflejan sus concepciones sobre el rol social del humor: “herramienta básica para relajar a las personas, con un efecto positivo en la salud humana”. Piensa que quien tenga esta vocación debe seguirla “porque los humoristas tienen un deber ciudadano”. En su caso, le gusta que la gente ría pero que también piense. A propósito dijo en una ocasión Nicolás Guillén: «Puede reír con él en público, en privado reflexiona y puede llorar».

A punto de cumplir sus 82 años, De la Tejera se mantiene activo. Estudia sin cesar, se mantiene informado, ultima los detalles de su próxima peña, esa que ha mantenido durante más de 30 años y sin la cual no puede vivir. Allí puede sentir más de cerca al público que lo admira y respeta.

Comentarios

Excelente humorista y felicidades a la periodista por el buen trabajo realizado.

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