Con el cuento del chiste y la neurona

Joel del Río • La Habana, Cuba

Al igual que durante los últimos 20 o 30 años, la televisión cubana se debate hoy mismo entre el imperativo de ofrecer programas humorísticos de cualquier tipo, pero sobre todo solventes y sistemáticos, y los imperativos propios del género en términos de agilidad, ritmo, ingenio, crítica, mordacidad e irreverencia. Después del hueco negro al que derivamos en los años 90, cuando desaparecieron para siempre los clásicos longevos estilo San Nicolás del Peladero o Detrás de la fachada, se han registrado aciertos innegables como ¿Jura decir la verdad? —que también estipulaba sus libertades en nombre de que la acción acontecía en el pasado reciente— o Punto G, típico sitcom ambientado en un consultorio de sexología. Menciono solo dos de los que mejor recuerdo, porque hubo muchos otros intentos que ahora mismo se escapan a mi memoria.

Imagen: La Jiribilla

En fecha más reciente, hubo una camada de programas, hechos con escasísimos recursos y con la confianza de que poseen los ases de la eficacia histriónica y el acertado diseño de personajes. Rápidamente prendió en el imaginario popular la tríada que incluía en su nombre derivaciones de la palabra “cuento”: Deja que yo te cuente, Vivir del cuento y A otro con ese cuento, que se encargaron de conectar el humor, desde muy diversos estilos, con la vida contemporánea en Cuba sin renunciar al elemento contestatario, sobre todo en cuanto a los dos primeros. Deja que yo te cuente desapareció de la programación, pero constituía un espejo deformado por la sátira de enormes problemas actuales como la corrupción, la doble moral, el amiguismo, los funcionarios veniales y embusteros, los comunicadores frívolos y el costumbrismo bien encaminado.

Nos hemos quedados solamente con dos sobrevivientes: Vivir del cuento y A otro con ese cuento, el primero cansinamente restringido a las dos piezas de la casa de Pánfilo, y a los demasiado parecidos enredos que semana tras semana arma Chequera en torno a Pánfilo y sus vecinos. Si atendemos a los valores de puesta en escena (ordinaria, incluso ramplona) y la eficacia del guión (angosto, predecible, incluso monótono) se llega fácil a la conclusión de que el programa ha sido totalmente sobreestimado, o que su validez se aparta de los mencionados derroteros. Pánfilo (formidable no tanto la actuación como la inteligente concepción del personaje) es un anciano medio senil que se burla constantemente de la libreta de abastecimiento (una especie de tabú que el programa vulneró en un principio) y a partir de ahí formula alusiones cada vez más “calientes” a los más diversos aspectos de la cotidianidad, pasando por la total insuficiencia del salario y el retiro para cubrir las necesidades elementales, la connivencia generalizada con el mercado negro, o la imposibilidad de consumir carne de res o de acceder a un mundo de turismo y confort prohibido para el cubano medio.

Pánfilo mueve millones de televidentes porque, creo yo, el personaje consigue expresar las ansiedades, angustias y aspiraciones de millones de cubanos. Por un misterio recurrente y gracias a razones que solo conozcan, tal vez, quienes realizan el programa, Vivir del cuento se mantiene en pantalla y se han convertido en el argumento harto recurrente para tratar de validar y justificar las manquedades no solo de la programación humorística, sino de la televisión cubana en tanto institución encargada de garantizar el entretenimiento de la mayor parte de los cubanos.

Imagen: La Jiribilla

A otro con ese cuento se ubica, al igual que su predecesor gemelo Pateando la lata, en el típico formato de la acumulación de sketchs ubicados en secciones o personajes fijos. Los hay pésimos (por su chapucería, simpleza, ausencia de imaginación y de recursos histriónicos), están los recopilados de internet y burdamente adaptados a nuestro contexto (supongo que el programa se colocaría en crisis si algún día los cubanos gozáramos de banda ancha irrestricta), y existen otros realmente frescos, simpáticos, o salvados por la gracia y profesionalidad de algunos intérpretes.

Aunque ni por asomo se cuente entre los espacios que prefiere este cronista, A otro con ese cuento no agrede ni aburre, salvo que se torne demasiado simplón en sus chistes homófobos y a costa de los gordos, de los flacos y de los feos. Y no es que esté en contra de este tipo de broma (el humor puede y debe burlarse de todo, absolutamente todo bajo el sol) pero existe la mesura, existe el tino, existen mil maneras desligadas de la grosería y del exabrupto adolescente. Es también un programa necesario en nuestro panorama audiovisual por su frivolidad saludable y desconectante, gracias a sus muchas burlas al machismo patriarcal —actualmente rejuvenecido vía reggaetón, taxistas cañoneros y maridos abusadores— y así, como quien no quiere la cosa, el programa también se inserta en ciertas tradiciones del vernáculo entre las cuales destaca el personaje del borracho o el cornudo, sobre el cual han construido varias caricaturas memorables.

Debe mencionarse El selecto club de la neurona intranquila, que si bien cumple las agendas de los programas educativos, didácticos y de participación, se las arregla para incursionar en el humor en alguna que otra sección dramatizada, o se implica entre las preguntas de agilidad mental. Y aquí aparece un contrasentido: cuando se está buscando difuminar el conocimiento y se intenta hacer desde el retruécano de letras o palabras se está corriendo el riesgo de sacrificar la certitud del dato en pos del chiste fácil. Aunque este es un criterio personalísimo, y estoy seguro que los espectadores disfrutan el programa en la medida en que ha conseguido con creces desentumecer la modorra, instruir con gracia, y responder a cierto reclamo de programas que refuercen la interactividad con el público. Precisamente en esa medida debiera crecer el espacio al que nunca le han faltado ímpetus para la variación simpática: salir a la calle, organizar otros concursos, cambiar las secciones, mejorarlas, profundizar, mejorar y ampliar las dramatizaciones, hacer programas temáticos, en fin,…la neurona… tiene un mundo inexplotado por delante, y a juzgar por la extrema precariedad de la escenografía sospecho que carece del apoyo institucional necesario para expandirse y crecer como debiera.

El humor en la televisión ha cambiado y para bien. Ya se puede hablar de aciertos sostenidos y satisfacciones cumplidas. Perfección no hay ninguna. Cuando lleguemos al inalcanzable estado de exquisitez serán innecesarios los programas de este corte, ligados desde siempre a la crítica de los defectos y problemas humanos, sociales, universales. Y esa función de purga y exorcismo parecen haberla comprendido los funcionarios que dirigen la televisión. Ahora solo queda ampliar las propuestas, incentivar el talento, tender puentes al Aquelarre y al Centro Nacional del Humor, y que el pobre de Pánfilo no cargue, sobre sus cansados hombros, con la responsabilidad de reflejar, desde la respetuosa y choteadora caricatura, las ansiedades y pareceres de 11 millones de cubanos.

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