Sobre Un toque de melancolía

Eduardo Heras León • La Habana, Cuba

Las últimas dos décadas de la narrativa policial cubana han estado dominadas, fundamentalmente por la obra de dos notables escritores: Daniel Chavarría y Leonardo Padura, ambos de estilos divergentes: Chavarría algo más barroco y que aprovecha magistralmente los recovecos de la historia para convertirlos en ficciones;  Padura más cercano a la literatura de la serie negra norteamericana (Hammett, Cain, pero sobre todo Chandler) a través de un personaje que ha adquirido carta de ciudadanía entre sus lectores: el detective Mario Conde, una especie de Philip Marlowe tropical, quien transita por los avatares de un entorno social que, en muchos sentidos, ha olvidado el mensaje ético y humanista de la Revolución que triunfó en 1959.

En estos últimos años se han escrito y publicado algunas novelas policíacas o cercanas al ámbito policíaco, que han pasado casi inadvertidas para el público y la crítica, con excepción de los autores arriba mencionados, que han obtenido lauros tanto nacionales como extranjeros. Baste señalar solamente el Premio Edgar Allan Poe, ganado por Chavarría con la novela Adiós muchachos, y el muy reciente premio a la mejor novela extranjera del año, publicada en Francia, obtenido por Padura con la muy notable El hombre que amaba los perros.

No obstante, en septiembre de 2013 se presentó en un sábado del libro la primera novela (policíaca) de Germán Piniella Sardiñas, Un toque de melancolía, publicada por Ediciones Unión, cuya lectura me ha convencido de que estamos en presencia de una obra de indiscutibles méritos literarios, verdadera rara avis en el panorama actual de la narrativa policial cubana, con las excepciones ya mencionadas.

Alguien ha dicho (creo que fue Raymond Chandler) que la primera virtud que debe poseer una novela policíaca es ser, ante todo, una buena novela. Y una buena novela lo es cuando posee un argumento bien desarrollado, unos personajes verosímiles y consistentes que sufran modificaciones a lo largo del texto, y un buen manejo de las formas elocutivas: narración, descripción, diálogos y de los procedimientos narrativos: mudas, vasos comunicantes, caja china y datos escondidos (este último, base de toda narración policial), principios estratégicos de organización de la materia narrativa que abrazan la infinita variedad de técnicas y procedimientos novelísticos, según nos recuerda Vargas Llosa. En una palabra: un adecuado empleo de las técnicas narrativas a disposición del autor.

 Una lectura de Un toque de melancolía nos va a mostrar las excelencias de un argumento que tiene su origen en la búsqueda de un mítico grabado del gran pintor y grabador alemán Alberto Durero, perdido desde 1527; un argumento que cumple a plenitud con los presupuestos del género: intriga, misterio, crímenes y solución verosímil, y que despierta el interés del lector desde la primera línea por el sabio manejo de lo que algunos críticos llaman “el imán” de la novela: la descripción de un extraño consorcio alemán que se ocupa de rescatar obras de arte perdidas, donde quiera que se encuentren, a petición de una clientela internacional que contrata sus servicios, ofertados con un meticuloso nivel de profesionalismo.

A partir de este capítulo introductorio, Piniella comienza a desplegar la historia, y lo hace mediante una estructura de mudas témporo-espaciales, resueltas con notable eficacia: así asistimos a la lectura de una zona de la correspondencia del gran artista alemán, la que se nos ofrece a través de cartas a un amigo, que nos dan un mínimo de información, mediante un lenguaje de la época cuya verosimilitud es uno de los logros de la novela. Lo interesante de esta técnica de mudas espaciales y temporales, cuyo manejo es técnicamente complejo, es que el autor le gana la partida al posible aburrimiento de la lectura de una extensa novela como Un toque de melancolía.  Así, la trama se nos va ofreciendo por rotaciones del punto de vista temporal, que mantienen completamente vivo el interés de la historia. Los diversos planos (que van desde 1527 hasta el siglo XX) son dirigidos por la mano del autor, con indudable eficacia, hacia el plano central donde se abordarán los conflictos esenciales que enriquecen la historia: Cuba, finales del siglo XX).

Y es a partir de este momento, cuando se pone en evidencia el profundo conocimiento de Piniella de lo que Carpentier llamaba “los contextos”: contextos sociales, económicos, estéticos, musicales, culinarios, religiosos, que van proyectándose en la novela a través de las peripecias de varios personajes, algunos de ellos inolvidables, como Regla, uno de los personajes femeninos mejor trazados y resueltos de la narrativa cubana contemporánea, un extraordinario personaje redondo, según lo define E. M. Forster. Ella se convierte, gracias a sus cualidades individuales, virtudes, defectos, los avatares de su vida cotidiana, lenguaje y psicología, en portadora de una cubanía a prueba de balas y en la verdadera protagonista de esta novela.

Sin embargo, estos contextos no se despliegan explícitamente, como un nivel retórico de la realidad, como añadidos del autor, creados a partir del dominio de Piniella sobre estos, sino que se revelan como parte de la actuación de los personajes, de su modo de vida, de sus creencias dentro de un entorno social tan verosímil que no parece sacado de la ficción: el lector siente, vive y padece con estos personajes que vemos a diario en las calles, nos cruzamos, conversamos, interactuamos con ellos en la más cercana cotidianidad.

Por otra parte, los personajes extranjeros, sobre todo Friedrich y Frida, secundarios y por ello, planos; mantienen a lo largo del texto, una conducta y muestran reacciones perfectamente adecuadas a su evolución como personajes. También en ellos se cumple esa condición sine qua non de un personaje logrado, sea o no redondo: tiene que sufrir modificaciones a lo largo del argumento, crecer en un sentido u otro: al final ya no resulta el mismo del inicio de la novela.

Lo mismo puede decirse de los personajes cubanos, que ofrecen un panorama absolutamente verídico de una zona de la sociedad  actual de la Isla, y por lo tanto una visión crítica de la realidad, que no oculta pero tampoco se regodea en sus lados oscuros: no es una novela que pretende denunciar, sino mostrar a profundidad el edificio psicosocial de la Cuba de hoy.

A todo lo largo del texto hay alusiones, guiños, comentarios que el autor nos regala y que nos muestran la profundidad de su cultura tanto literaria, como plástica y musical, de los que solo mencionaremos la excelente descripción del París de los años 20 y la aparición sorpresiva de Ernest Hemingway (aunque nunca se menciona su nombre, solo “Ernie”) en un pequeño episodio en el famoso café Les Deux Magots, Olimpo de los escritores y artistas en aquel París, “una fiesta móvil” como la llamó el dios de bronce de la literatura norteamericana; o la información que Piniella nos ofrece de los grabados de Alberto Durero, o de la obra pictórica de Mariano, del trabajo de restauración de una obra plástica, o de la espléndida  rumba que se baila en un solar de la Habana Vieja.

Mención aparte merece el contexto culinario, que se ofrece a través del personaje de Regla: los platos de la cocina criolla que ella prepara casi a diario como cocinera de la pareja alemana, enriquecen la imagen de cubanía de su personaje, a tal punto, y esta es otra de las características de la novela que le otorgan una originalidad insólita en nuestra literatura, es el apéndice que el autor nos regala en “Las recetas de Regla Fresneda”, donde se nos ofrece las fórmulas de los platos que Regla prepara en las más de 350 páginas (a dos columnas) de la novela y que conforman el menú de su paladar “La Cocina de Yemayá”.

No quiero detenerme en lo que se refiere a la solución “policíaca” de los conflictos abordados en la novela, resuelta de manera eficaz y con la necesaria economía de recursos: los procesos de investigación, decisiones y fase operativa llevada a cabo por los oficiales a cargo del caso, revelan, independientemente de su magnífica ejecución, que el propósito del autor no es centrar el eje de la novela en la labor de los cuerpos policíacos, sino “en la apasionante y enigmática historia de un viaje de cuatro siglos que, caminando por el fino hilo entre la vida y la muerte, recorren individuos movidos por el goce estético o la ambición; unos tratando de mantener la dignidad y otros dedicados a un juego de engaño, fraude y estafa, pero todos atrapados en una atmósfera de choque de culturas, conspiración, sexo y traiciones, que nace en el Nuremberg del Renacimiento y culmina en la Cuba actual”.

En resumen, un texto que enriquece, sin lugar a duda, no solo el panorama de la actual literatura policial cubana sino de la narrativa cubana en general: una de las mejores novelas publicadas en lo que va del siglo XXI.

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