Literatura

Acerca de Cuentos, de Onelio Jorge Cardoso

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

En este 2014, en el centenario de Onelio Jorge Cardoso, la Editorial Letras Cubanas presenta una edición conmemorativa de los Cuentos de quien ha sido considerado nuestro cuentero mayor. Con un prólogo excelente de Rogelio Riverón, esta selección incluye parte de la preparada por el propio autor, que viera la luz en la misma editorial hace 33 años, de modo que estamos en presencia de una antología que nace de aquella que realizara Onelio, con un grupo de sus mejores narraciones.

Algunas de ellas, verdaderos clásicos dentro de la cuentística nacional (“Taita, diga usted cómo”, “Un brindis por el Zonzo”, “Francisca y la muerte”, “Mi hermana Visia”, “Moñigueso”, “El cuentero” y, sobre todo, “El caballo de coral”) no podían faltar. Hace pocos días conversaba con un escritor del patio, a propósito de la maestría de Onelio, y me decía que el cuento “El caballo de coral” era suficiente para garantizarle eternidad a su autor. Por su parte, Riverón expresa que “Onelio Jorge Cardoso dijo buscar sobre todo al lector anónimo, masivo, capaz de soñar con establecerse en la realidad paralela de sus cuentos, y ha conseguido que esa realidad que edificó con las palabras efímeras de siempre, forje lectores dialécticos y leales”.

Perfectamente de acuerdo con esta sentencia, pretendo revisitar estos cuentos desde la dialéctica y la lealtad. Resulta gratificante, y aún más, educativo (en términos de constante y renovado aprendizaje), volver a leer estos textos que conocimos durante los estudios elementales. Se vuelve a experimentar el mismo estremecimiento de la primera lectura, pero ahora, a la vuelta de los años, pueden descubrirse en ellos otros rasgos, que antes resultaban incorporados con naturalidad, dado el entorno que escogiera el autor para el desarrollo de sus historias: el campo, el mar, la ciénaga, la miseria en todos estos ambientes.

Así percibimos una violencia explícita; la cual, al ser incorporada al tema central, termina por asumirse como parte intrínseca de la narración. Hay maltrato infantil en “Taita, diga usted cómo” (el padre, de un manotazo sentó al niño en el trillo), violencia psicológica y sobre todo física en “Moñigueso” (Moñigueso pegó una y otra vez en el mismo centro de la cara, viendo la sangre correr cuello abajo); en “Nino” (el otro sacó el plan, que se hundió algo en el hombro izquierdo de Nino, pero no pudo hacer más, pues la derecha áspera, poderosa, le agarró el cuello y lo dobló sobre el surco), en los abusos de la que es víctima “Mi hermana Visia”, en la venganza que se lleva a cabo en “Camino de las lomas”; en la muerte de Fidencio de “Los carboneros”, en la tragedia de la guerra de “Hierro Viejo”, en la violación que sufre la mujer de “Donde empieza el agua”, por citar algunos ejemplos. En todos ellos, más que justificada, es inherente la violencia para lograr verosimilitud en la narración. Onelio supo ubicar los parlamentos exactos en el momento perfecto, y redondea la muerte o el abuso con una descripción sin rodeos que lejos de alarmar al lector, lo complace por hacer creíble lo que cuenta.

Asimismo, existe belleza escondida en sus cuentos, casi como pidiendo perdón. “El caballo de coral”, “Caballo”, “Francisca y la muerte”, “La serpiente y su cola”, muestran una ternura disfrazada, como algunas expresiones hermosas que pronuncian los hombres rudos, para arrepentirse enseguida, o disimular, para que no les atribuyan rasgos delicados: femeninos, en fin; si un lector opuesto al feminismo leyera esta breve reseña (seguramente alguno habrá por ahí), me acusaría de exagerada, o peor aún, de querer ver lo que no existe, pero para nada estoy disminuyendo el inmenso valor que han tenido y siguen teniendo los duros cuentos de Onelio Jorge Cardoso. Todo lo contrario: si señalo exquisitez, delicadeza, es para añadir otra raya más al tigre, otra flor, otra deuda a este gran escritor, que nos contó, además de la violencia, de “cómo se hacen las mañanas en el mundo”.

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