El hombre de los dientes de oro

Eliseo Diego • La Habana, Cuba

Anoche soñé con un hombre
de dientes de oro
y me quiero casar.
Hijita, ese hombre es el diablo
que tiene dinero
y te quiere llevar.

(Canción popular)

 

1

«Anoche...

Hijita soñó un viernes por la noche con el Hombre de los Dientes
de Oro. Al otro día, a la hora del desayuno, y mientras plegaba
distraídamente los vuelos de su bata de lino, Hijita lo
comunicó a su madre:
«Anoche soñé con un hombre de dientes de oro —dijo, y agregó
la decisión que había tomado, alzando los párpados para mirar
desde toda la sombra de sus ojos—: y me quiero casar.»
Su madre, ocupada en calcular lo que costaría en piensos la
nueva pareja de caballos, bajó de golpe la cabeza y miró por
encima de las gafas, que resbalaron peligrosamente hasta la
punta de su gruesa nariz. Por un momento pensó que ya los
pretendientes acudían a la miel de la repentina herencia, pero
algo en la cara de Hijita la desvió enseguida de estas preocupaciones.
«Pero, Hijita —dijo, por fin, riendo, a la espalda de la muchacha,
que se había ido hasta la puerta del patio—, ¡si ese hombre
es un sueño...!»
Ella no se ocupó en contestarle, sino en jugar con el canario,
que revoloteó dentro de su jaula dorada.

2

»soñé con un hombre...
Hijita encontró al Hombre de los Dientes de Oro, a la salida del
teatro Tacón, un sábado por la noche. Estaba lloviznando bastante
fuerte, pero, en cuanto se acercó el coche, Hijita, impaciente,
dio una carrera, se enredó en un reborde traidor, y hubiese caído
a los pies del lacayo que le abría la puerta si un caballero no la
sostiene galantemente por el brazo. Hijita se dio vuelta para agradecérselo,
y entonces vio el rostro cetrino, los ojos muy negros
fijos en medio de órbitas casi fosforescentes y, al brillo del farol,
el fulgor de los dientes de oro. Turbada, abriéndose espacio entre
las olas de raso con que las faldas, de ella y de su madre, colmaban
la pequeña concha oscura, Hijita alcanzó aún a verlo por un último
resquicio de la ventanilla. Allá atrás se iba quedando, separado
de la multitud por el filo de la llovizna, que saltaba en
minúsculas chispas sobre la altísima copa del sombrero.

 

3

»de dientes de oro...
En mucho tiempo no volvió Hijita a ver al Hombre de los Dientes
de Oro. Innumerables sucesos había para distraerla, desde la
compra de los enseres —¡qué de espejos, consolas, cornucopias,
dos-a-doses, veladores, óleos con sombríos corrales y naturalezas
muertas para el comedor!— con que la vieja casona del cerro
hubo de ponerse al día de la sorpresiva herencia, hasta
las deliciosas sesiones en casa de la modista y la atención de las
visitas que, bajo el velo del pésame, acudían en parejas compungidas,
tríos modosos, cuartetos gárrulos, a ver las novedades
y dejar constancia de su antiguo interés por las dos pobres
mujeres que ahora, gracias a un remoto pariente, ya no lo eran
tanto. Encantadoramente pálida, parecía que de un momento a
otro Hijita fuese a desprenderse de la redecilla de sus encajes
negros para esfumarse como una esbeltísima columna de nie-
bla, entre la penumbra que había siempre bajo las altas vigas. El
rumor de la cháchara iba quedándole muy abajo, allá por las
manos olvidadas sobre la falda. De vez en cuando, Hijita consentía
en sonreír, y entonces era desconcertante ver cómo la
mirada retornaba a sus ojos opacos, en un destello que volvía a
extinguirse en seguida. El canario, en cambio, fue objeto de renovados
mimos. Hijita le bordó una espléndida cobertura para
la jaula, cuajada de nomeolvides.

 

4

»y me quiero casar.
Por fin lo encontró de nuevo, casi un año más tarde —esta vez
en un baile de máscaras. Hijita había bailado la noche entera,
aunque como una autónoma, sin saber casi por qué lo hacía.
Sentada entre otras señoras tan corpulentas como ella, su madre
la veía pasar una y otra vez en un juego perfectamente
geométrico de grandes sayas circulares, frotadoras, susurrantes,
y talle erguido hasta la insolencia. Su «qué-le-pasará-a-Hijita
» se traducía en los movimientos alternativamente rápidos y
desmayados del inmenso abanico andaluz, que de pronto, al
cerrarse lacio sobre la mano izquierda, parecía admitir por fin
la derrota, el desconsuelo, cuando un desolado Pierrot o un
Dominó indiferente le abandonaban a la muchacha con una
fría reverencia. En las pausas de la música Hijita languidecía,
pero como una flor de mármol nada menos, helando todo posible
sentimiento de piedad romántica. Después ocurría que alguien
era incapaz de resistírsele y la arrastraba consigo en el
mismo juego de cimbreantes círculos sin vida, perseguidos desde
la remota orilla por los mariposeos del abanico. En medio de
uno de estos arranques la madre percibió, por un espejo, una
elasticidad distinta, un impulso, un avance gracioso y violento,
y vio a Hijita volar en brazos de un lívido Arlequín de espejo
a espejo. Desde la decimoquinta luna el enmascarado Arlequín
sonrió, con lo que saltó de su boca un chispazo de oro.

 

5

»Hijita...,
Después Hijita dejó otra vez de verlo durante varios meses. Desmayó
su apetito hasta el simple arroz blanco; si un vestido le
entallaba mal, lo rasgaba sin misericordia; a veces le daba por
romper cosas con una violencia metódica. Perdió todo interés
por las novedades de la moda que llegaban, un tanto marchitas,
es cierto, en los confiables vapores de la Trasatlántica Española;
se negaba a salir de casa, comenzó a desatender el cultivo de
sus cabellos, y una mañana dejó escapar al canario. La madre
cedía a su creciente soberbia y, cada vez más desconcertada, no
se atrevía a llevar adelante sus proyectos de fiestas y recepciones.
Cierta mañana, al regresar de misa, un caballero saludó a Hijita
ceremoniosamente: era el Hombre de los Dientes de Oro. Ella
se turbó hasta las uñas —iba sin polvos—, y apretando el brazo
de su madre, echó casi a correr con paso vivo. Desde entonces
consintió de nuevo en salir, aunque no por ello se dulcificaron
las cosas de puertas adentro; seguía crispándosele de rabia la
boca si un escote no le fluía bien; llegó a romper una luna con
su calzador de plata. En cuanto al Hombre de los Dientes
de Oro, se dejaba ver a veces como un reflejo en el escaparate de
una tienda de ultramarinos; o asomándose a la ventanilla de un
coche; o volviéndose de pronto desde una puerta cuando era
Hijita a quien arrastraban los caballos.

 

6

»ese hombre...
Y de nuevo volvió a dejar de verlo, aunque ahora soñaba con
él todas las noches. Al despertarse olvidaba las peripecias del
encuentro, y por más esfuerzos que hacía no le quedaba más
que el brillo entre brumas de los dientes de oro. No dijo una
palabra a su madre: en cambio, se complacía en hacerle pagar
su desazón de mil ingeniosas maneras. Dejando de comer, sobre
todo, que era lo que más podía mortificarla; helándole la
sonrisa cuando le preparaba alguna golosina con particular
esperanza. Volvió la lasitud, la indiferencia. Hijita había conservado
los hábitos de su pobreza negándose a que ninguna
doncella entrase en su cuarto a no ser en las grandes ocasiones;
ahora el trabajo de vestirse cada mañana se le iba haciendo
cada vez más insoportable. Algunos de los infinitos botones
quedaban por abrochar; las enaguas sobresalían vergonzosamente
donde menos se las esperaba. Como la tarea de elegir
un vestido distinto la mataba de aburrimiento, volvía a ponerse
el mismo, arrugado y lleno de manchas. Por fin vino a
pasarse días enteros en lo que la madre llamaba su «aposento».
Pálida, con las greñas negras en desorden, indiferente o
cimbreando de furia, Hijita parecía una bellísima bruja, y su
madre se consumía de desilusión y tristeza.

 

7

»es el diablo...
Luego pasaron varias semanas sin que soñara siquiera con el
Hombre de los Dientes de Oro. Una noche en que su madre le
tejía un chal con más ahínco que de costumbre, al rosado amor
del globo de la lámpara, se abrió la puerta de la sala y apareció
Hijita con su palmatoria en la mano, los ojos lisos como dos
piedras negras. Cruzó el zaguán y la pobre mujer la siguió temblando
hasta la gran puerta de entrada. La muchacha le indicó
la hoja de servicio inserta, y ella descorrió maquinalmente el
cerrojo. A la verja del pequeño jardín había la alta silueta de un
hombre, del que sólo se distinguía la mancha blanca de las
manos puestas sobre el puño del bastón. Un golpe del viento
descubrió entonces la luna, y los ojos fulguraron como dos diminutas
láminas metálicas. Volvió la madre a cerrar la puerta
tan silenciosamente como pudo y apoyó en ella la espalda. «Hijita
—murmuró—, ese hombre es el diablo —y agregó para sí
misma, en un abismo de silencio—: y te quiere llevar.» Por los
labios de Hijita corrió un hilo escarlata al resplandor de la vela;
pero no dijo nada.

 

8

»y te quiere...
Hijita encontró por última vez al Hombre de los Dientes de Oro
a bordo del vapor María Cristina. Benigno tras de sus gafas redondas,
el mejor médico de La Habana recomendó un viaje por
mar, y la madre de Hijita se estrepitó con el proyecto. ¡Por fin,
después de tanto silencioso sacrificio, podrían a la vez salvar a
la muchacha y mostrar al mundo el color de sus centenes! Su
entusiasmo lo allanó todo. Hasta la propia Hijita pareció deshelarse
un poco y acudir de buena gana a la modista para el ajuar
de viaje. Cierto que su conducta no dejaba de amargar los ingenuos
transportes de su madre: hablaba a la modista desde su
alto cuello con una sequedad imperial, y el desprecio con que
se quitó los tres primeros bonetes que le probó la sombrerera
fue tan descarnado, que la infeliz arruinó irremediablemente
el encaje del cuarto. Pero, por fin, allí estaban las dos sentadas a
la larga mesa del salón-comedor, envueltas en el solemne resplandor
que se filtraba entre los policromados vidrios del enorme
tragaluz, a la derecha misma del capitán y disfrutando por
vez primera, luego de tres días de viaje, de los privilegios de su
rango. El transcurso de los primeros platos había resultado bastante
insípido para la madre: a pesar de las seguridades del médico,
no pudo evitar que los ojos se le llenasen de innumerables
bocas masticantes entre cuyas variadas pelambres —bigotes
solos o en variadas combinaciones de bigotes, imperiales o perillas
o chuletas o barbas españolas— era difícil acechar el temido
destello. No quedó al cabo para inquietarla sino un puesto
vacío, ominoso en el hueco de su felpa de púrpura. Pero el capitán,
inclinándose solícito, le confió que su propietario era aun
peor marino que ellas, y que por nada abandonaba su cámara.
El alivio que le produjo la debilidad del ausente bastó, quizás, a
relajar su vigilancia. Y terminado el almuerzo, dejando a Hijita
del brazo del capitán en la cubierta —¡nunca la había visto más
linda y altiva, con aquel brillo de diamante en los ojos grandes
como noches!—, descendió a su propia cámara para regalarse
con la siesta.

 

9

»llevar.»
Fue al crepúsculo que se despertó con un desasosiego inexplicable.
rojiza que todo lo teñía de miedo. Hijita no estaba en la cámara.
Se levantó de un salto y pegó la nariz al frío cristal redondo.
No podía ver sino la desolación gris del océano y el resto de un
fuego marchito entre las nubes que ocultaban la muerte del sol
al poniente. De pronto, algo como el segmento de un ruedo violeta
ocupó el extremo superior del espacio visible. Alzó rápida los
ojos y vio a Hijita caer desde cubierta. Caía despacio entre la tarde
hacia las olas, caía girando lentamente como en un vals adentro
de un espejo, muy ancho el vuelo violeta de la falda, bajo el
que vibraban las alas blancas de las enaguas, abriéndose; y al
girar dejó ver que un caballero la sujetaba por el talle y una mano
—girando con ella hacia abajo, a través del silencio. La madre
acercó los ojos desorbitados al borde inferior del ojo de buey,
hasta no ver más que el largo pelo negro de Hijita ondeando hacia
arriba sobre el ruedo violeta de la falda, ahora tan extraña, tan
irrisoriamente estrecho —hasta no ver, en fin, sino la inalcanzable
desolación de las olas en perpetuo movimiento.

 

Eliseo Diego. La Habana, Cuba (2 de Julio de 1920) - Ciudad de México, Mexico (1 de Marzo de 1994) Poeta, escritor y ensayista cubano. Autor de una obra vital para la cultura cubana. Es considerado uno de los más grandes poetas de Latinoamérica. Fue miembro fundador del Grupo Orígenes. En 1986 recibió el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra. Obtuvo en 1988 y 1989, el Premio de la Crítica. En 1992 la Universidad del Valle, en Cali, Colombia, le otorgó el Doctorado Honoris Causa. En 1993 recibió Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. Fue candidato en varias ocasiones al Premio Cervantes de Literatura. Es autor, entre varios poemarios, de En la Calzada de Jesús del Monte.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato