Los fieles amores de Gilbert Brownstone

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

La historia de la exposición Mi amor al arte, mi amor por Cuba, reunida este verano en el Memorial José Martí de la Plaza de la Revolución, tiene varios comienzos. Uno es el primer encuentro del museólogo y curador suizo-norteamericano Gilbert Brownstone con la realidad cubana en 2001, momento de observar los esfuerzos de un país largamente hostilizado por jerarquizar el arte y su enseñanza en medio de tantas carencias materiales. Otro pasa por la decisión de este hombre de desprenderse de parte de su valiosa colección de obra gráfica para entregarla al pueblo cubano. Un tercer tiempo registra la sensibilización de Brownstone con hombres que han padecido la colosal injusticia de los EE.UU. por luchar contra el terrorismo: el caso conocido por los Cinco.

Imagen: La Jiribilla

Pero también hay que rastrear otro punto de partida en la propia concepción que se ha forjado Brownstone de la utilidad del arte para el mejoramiento humano y no como meta lucrativa ni alarde posesivo, como para muchos ha sido y es en este mundo. Solo un hombre que haya hecho propios los principios de la generosidad, la solidaridad y el altruismo, es capaz de actuar en favor de la democratización del disfrute cultural, y, al hacerlo, sustentar esa acción desde la justicia, como la que reclama para tres de los Cinco antiterroristas arbitrariamente aún encarcelados en EE.UU.

Brownstone, a través de su Fundación, entidad que además ha facilitado becas y residencias en Europa para jóvenes artistas y críticos cubanos, donó en 2010 a Cuba, una espléndida colección custodiada por el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) y el Centro Wifredo Lam (CWL), y con la cual han establecido un compromiso legal y moral para su conservación y promoción, Rubén del Valle, presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas; Ana Cristina Perera, directora del MNBA; Jorge Fernández, director del CWL; Ricardo Alarcón de Quesada; el artista Eduardo Roca (Choco), el galerista Luis Miret, el coleccionista Jean Marc Ville y el propio Brownstone.

La colección reúne más de un centenar de piezas de artistas norteamericanos y europeos de las vanguardias del siglo XX —con excepción del impresionista francés Camille Pissarro (1830–1903) y su compatriota Edouard Vuillard (1868–1940), cuyas obras se sitúan antes de la Primera Guerra Mundial—, las cuales comenzaron a ser vistas por los espectadores cubanos en la oriental ciudad de Holguín en 2010 y han sido disfrutadas en casi todas las provincias a lo largo del último cuatrienio.

A los creadores que integraron la nómina inicial, Brownstone ha añadido ahora para la exposición del Memorial y como nuevos aportes a la donación, obras del alemán Max Ernst y el suizo Hans Arp, comprometidos alguna vez con el dadaísmo; de la ruso-francesa Sonia Delaunay, quien aplicó un esencialismo medular al arte óptico; y los norteamericanos Ellsworth Kelly, aquí también en la órbita del geometrismo óptico; Joseph Kosuth y Bruce Nauman, quienes representan dos caras bien distantes del arte conceptual.

Las perlas de la corona de la donación Brownstone siguen siendo los Picasso. Es un verdadero lujo acceder de primera mano a pruebas de artista y primeras copias de series gráficas como las que el genio de Málaga concibió en 1959 sobre la flora y fauna de Antibes, y reyes y bufones (¿acaso para el artista la misma cosa?) diez años después, mostrando una vitalidad increíble.

Imagen: La Jiribilla

A muchos, obviamente, llama la atención la pieza de Andy Warhol y las comparan con las de Robert Rauschenberg y Roy Lichtenstein por aquello de encontrar semejanzas y diferencias en estos gurúes del pop art. También deslumbran los dos grabados de Duchamp, por ser testimonios de la sempiterna originalidad del hombre que hizo época con sus ready mades.

Imagen: La Jiribilla

Pero quizá sea el momento de significar a otros creadores que entre nosotros —no digo profesores, ni pintores, ni críticos ni estudiantes avezados, sino me refiero al público iniciado o en formación, principal destinatario de la colección— deben ser más conocidos.

Me detendré, por ahora, en tres casos. Uno, el francés André Masson, representado por 19 litografías de finísima elaboración, evidente erotismo e insinuante lirismo, tan disfrutable visualmente como aleccionador para quienes saben que el dibujo es la célula madre de buena parte de la creación visual en todos los tiempos.

Otro es el español Antoni Tapies, quien ha hecho del informalismo un arte de extremo rigor compositivo que se expresa mediante una ejemplar economía de medios.

Un tercero que requiere ser apreciado más allá de lo que muestra la colección es el norteamericano Donald Judd, cuyo conocimiento real evitaría caer en las tantas confusiones que rodean el llamado arte minimalista.

Regresan a este lado del Atlántico dos artistas que la Casa de las Américas ha hecho nuestros: el chileno Roberto Matta y el argentino Antonio Seguí. La donación Brownstone les da el valor que siempre han tenido a escala universal.

Imposible no mencionar la hermosa litografía sin título de 1975 de Joan Miró, el maestro catalán que en ella muestra una brillante perspectiva de su mundo.

Imagen: La Jiribilla

Acompaña la exposición un catálogo, realizado por Artecubano Ediciones e impreso por Selvi Artes Gráficas, con reproducciones de las obras, notas sobre los artistas, valoraciones de Rubén del Valle, presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas y de Jorge Fernández, director del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam ; las palabras de Jaime Sabartes, curador del Museo Picasso de Antibes y una declaración de fe del propio Gilbert Brownstone, en la que reafirma sus convicciones de estar junto a Cuba.

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