En su bicentenario:

La lírica singular de José Jacinto Milanés

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

José Jacinto Milanés (1814-1863) ha llegado al bicentenario de su natalicio. Su obra poética, unida a la imagen de un hombre atormentado, encerrado a causa de una locura que sus biógrafos atribuyen a un amor frustrado, lo han convertido en una especie de leyenda. Aunque fue autor de varias piezas teatrales, entre ellas El conde Alarcos, estrenada con éxito en vida del autor, artículos de costumbres y una variada correspondencia, se le sigue considerando, por encima de todas las cosas, un poeta, uno de los grandes líricos de nuestro romanticismo.

Imagen: La Jiribilla

Lo llamativo es que este autor, que solo vive 49 años, tiene una carrera literaria que en sentido estricto dura apenas siete años, desde 1836, cuando comienza a visitar las tertulias literarias de Domingo del Monte en La Habana y concluye en 1843, en el instante en que se produce su primera gran crisis de desequilibrio mental. Es decir lo fundamental de su poesía se escribe entre los 22 y los 29 años e incluye lo que por esos años publicó en el diario matancero La Aurora y también en las revistas capitalinas El Álbum, El Plantel y La Cartera cubana. Su hermano Federico se encarga de publicar en 1846 una edición de sus Obras, aunque quedan fuera de ella un buen número de poemas, algunos los añade el propio Federico para la edición de las Obras que aparece en New York en 1965 otros tienen que aguardar a que el erudito José Augusto Escoto los recoja en la edición de las Obras completas en 1920. Más, en cualquier caso, se trata de un corpus que puede recogerse en un volumen no demasiado dilatado.

En su lírica, José Jacinto sabe aprovechar la frescura del viejo romancero español y la fluidez popular de Lope para dejar atrás el tono frío y convencional del neoclasicismo, del que fueron tributarios Heredia, la Avellaneda y Plácido, en ciertas zonas de sus obras. Su adhesión al romanticismo no es teórica y reflexiva como sucede con Domingo del Monte y Antonio Bachiller y Morales, sino espontánea y libre. Eso explica que no se sienta cómodo en la oda enfática al suceso cívico y mucho menos en los elogios a monarcas y nobles del trópico, sus versos se reservan para la naturaleza, para el ideal femenino, para el amor a lo elevado e intangible. En su poesía hay un intimismo muy auténtico, unido a una especie de localismo, que no solo tributa a su magra biografía, sino que significa una capacidad especial de observación hacia su medio para hacer brotar poesía donde otros solo descubren la prosa cotidiana.

Si la naturaleza en Heredia está asociada casi siempre con su lado mayestático: el océano, la catarata, en Milanés, rodeado por el Valle del Yumurí, predomina el ambiente bucólico del campo cubano y una especial capacidad para personificar lo que contempla. Recuérdense la estrofa de “La Madrugada”:

Y aun con menos ocasión:-
si oigo el susurrar alterno
de dos palmas, en lo interno
se me angustia el corazón.

La crítica que vino después de su muerte ha tachado con fuerza una zona de su creación, la que comprende textos de finalidad moralizante: “La ramera”, “La madre impura”, “El poeta envilecido” —esta última ha desatado no pocas controversias en torno a su posible dedicación a Plácido— y “El mendigo”. Estas pagan tributo a un erróneo concepto que Domingo del Monte quiso imponer a los poetas de su círculo: la necesidad de moralizar el romanticismo europeo, pues para este intelectual, por ejemplo, había un lado negativo en el Byron del Don Juan que no debía imitarse en la naciente literatura cubana, más aún, esta debía contribuir a sanear la sociedad con la crítica de las costumbres. Sin embargo, no puede negarse que aún con estas limitaciones, algunos de esos poemas tienen un efecto poderoso, es el caso de “El mendigo” donde Milanés echa mano de sus recursos como dramaturgo: la imagen del pordiosero al que niega la limosna a la entrada del baile, se apodera de su conciencia y ya en la soledad de su dormitorio se convierte en una visión terrorífica. He aquí una de las mejores traducciones de las obsesiones que inquietaban su cerebro mucho antes de su final entrada en la demencia:

Se grabó en mi espejo: se sentó en mi silla
de mi cabecera tomó posesión,
y la mano negra de la pesadilla
la apoyó tres veces en mi corazón.

No es extraño que el poeta se fascinara con las funciones de ballet que Fanny Elssler protagonizara en Cuba en 1842. Ante sus ojos estaba el ser puro, incorpóreo, casi incapaz de tocar la tierra. Eso explica que dedicara dos poemas de amor a la austriaca, un soneto en español y  “A la misma”, formado por siete cuartetos alejandrinos en francés. En el soneto deja constancia de la elegancia e ingravidez de la sílfide, que es más ideal que mujer:

¿Y qué diré de tu gallarda planta?
Que nunca oprime el suelo y nunca pisa;
que sólo vuela y que volando encanta.

                        ¿Y qué diré de tu feliz sonrisa?
                        Que eres una ilusión cándida y santa
                        que en alas va de la amorosa brisa.

En ese mismo año escribe otro soneto, el dedicado “A Isa”, la prima que sin pretenderlo se convirtió en el objeto de su definitiva obsesión. No es uno de sus textos más logrados, sin embargo el verso final nos sobrecoge, en tanto una mirada al resto de su existencia nos permite comprobar que el escritor no pronunciaba una frase convencional al asegurar: “!Mas de amarte a ti sola siempre es hora!”. Aquella era una especie de sentencia definitiva.

El más conocido de los poemas de Milanés es la canción “La fuga de la tórtola”, que por varias generaciones ha sido incluido no solo en antologías, sino en los libros de lectura escolares. En los cinco quintetos del texto el autor logra un ambiente puramente lírico, la fuga del ave es cantada con musicalidad y una notable ausencia de retórica, sea la proveniente de la tradición neoclásica o la que llega de la mano del romanticismo foráneo.

¡Tórtola mía! Sin estar presa,
hecha a mi cama y hecha a mi mesa,
a un beso ahora y otro después
¿Por qué te has ido? ¿Qué fuga es esa,
cimarronzuela de rojos pies?

Es innegable que el creador abreva en el tesoro de la antigua poesía popular española, pero ha logrado acriollar su expresión, hacer de su lenguaje algo diferente al de los colegas de la Metrópoli, cuando llama a la tórtola “cimarronzuela”, cuando incluye entre los peligros que deberá rehuir “el cauto jubo del manigual”, percibimos que con pinceladas tan leves puede lograr un texto netamente cubano. ¿Será cierto que, como nos comentaban en la escuela era este un poema separatista, una invitación al cimarronaje y la insurrección? Quizá no lo fuera, pero Milanés estaba cimentando una manera diversa de aproximarse a lo nuestro.

Estas virtudes se prolongan en esas “glosas cubanas” que colocara en el volumen Los cantares del montero, publicados en Matanzas en 1841 y que incluye también versos de su hermano Federico. El tono absolutamente desenfadado es el que corresponde a un ambiente campesino observado con amor y complicidad. Desfilan ante nuestros ojos las campesinas ingenuas que bailan en el guateque, el guajiro tocador de tiple, el enamorado que quiere contar sus cuitas a la muchacha, la flora y la fauna autóctonas de la isla como marco ideal para el idilio. El idioma gana una ductilidad muy plástica, la música está a flor de labios:

Una tarde en mi rosillo,
que mi tristeza remeda,
me entré por una arboleda,
donde perdióseme el trillo.
En un alto caimitillo
vi que cantaban a coro
un sinsonte, un tocoloro-
y en mi rival cavilé,
y de este modo exclamé
ídolo que ardiente adoro.

Sin saberlo, el poeta está llevando a gran altura esa poesía de tema campesino que han cultivado antes que él otros poetas como Vélez Herrera y Pobeda, pero que con él ha ganado una dignidad, una autenticidad que solo será igualada en la generación siguiente por Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé. Su aire es el del Marqués de Santillana y el de Lope cuando glosa una copla popular en el monólogo de “La niña sola”:

Llorar sé desde la cuna,
al resplandor que me asiste
de esa lámpara del triste,
de esa solitaria luna.
Y al paso que mi fortuna
en nada encuentra donaire,
y todo lo ve desaire,
todo esperanzas disueltas,
tengo que andar dando vueltas
como la pluma en el aire.

Un año antes de entrar en las penumbras de la demencia, en 1842, José Jacinto compone uno de sus poemas más célebres: “De codos en el puente”. El texto nos permite ganar la imagen del poeta, reclinado sobre la baranda del puente sobre el río San Juan, para pintar un paisaje que en el siglo siguiente pintará con mano maestra Víctor Manuel. El solitario ve pasar “la lancha atestada de pipas de miel” todo un símbolo de la ciudad que prospera gracias a la producción de azúcar y al comercio, pero esa bonanza no fascina al intelectual, tras el trajín de muelles y almacenes descubre la falta de ese “sol de cultura” al que el pragmatismo no quiere hacer lugar. Mientras la ciudad aparentemente se hermosea gracias al oro acumulado por los hacendados, las bellas artes tienen que mendigar un espacio en ella. Solo la esperanza le permite contemplar con cierta paz este paisaje, donde naturaleza y cultura no logran una unidad armónica, porque los enormes almacenes, los botes pintados de rojo y negro y hasta el propio río aparecen marcados por una corriente de muerte. El poeta está en un sitio hermoso y hostil, al que solo pertenece a medias. De esa realidad pasará pronto al delirio absoluto, a la mudez y al río mayor de la muerte.

Cuando leemos hoy su poesía sentimos que se engrandece en la medida en que abandona toda impostación, toda voluntad de grandeza exterior para detenerse en lo aparentemente menor. Sus leyendas en verso, a la manera del Duque de Rivas y de Zorrilla nos interesan menos que sus Glosas cubanas. Tradujo a Víctor Hugo, a Beranger y hasta unas estrofas del Orlando furioso de Ariosto, pero nos conmueve más que en 1850, salido por un brevísimo lapso de tres años de su enajenación, él que no fue un hombre particularmente religioso traduzca el Salmo 23, que es uno de los más puros cantos a la misericordia divina:

El Señor me conduce,
nada me ha de faltar;
porque en lugar de pastos
colocado me ha.
Hame educado cerca
de nutridor raudal.  

Del mismo año es el poema “Dios existe” en el que descubre la presencia del Creador en la naturaleza:

Oigo y miro tu amor: él, oh mi aurora!
también este concierto agitadizo
del aire, fuego, y tierra y mar decora,
y el nombre aquel de quien tan bello le hizo
desenvuelve y fulgura, canta y llora!

Cintio Vitier ha afirmado en Poetas cubanos del siglo XIX que: “El Milanés matinal, ingenuo, límpido, será siempre el más fuerte”. Curiosamente sus escasos viajes, su forzoso arraigo a la ciudad natal y a sus alrededores otorgaron un sabor especial a su escritura y esta llegó a influir en la propia imagen de su contexto. Así quisiéramos verlo en su bicentenario: libre por las sendas del Valle del Yumurí, deteniéndose a dialogar con los campesinos, entrando en una canturía con sus octosílabos melódicos y repitiendo el nombre imposible de su prima Isa, para que los ecos le devuelvan su queja amorosa.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato