El porqué de los sueños

María Laura Germán • La Habana, Cuba

Lo  que voy a contar no es nada nuevo, pero ¿qué de nuevo hay si no nosotros mismos en cada cosa que hacemos? ¿Qué transforma el saludo de todos los días en un saludo nuevo más allá de la impronta que lo hace nacer en un instante otro —ya de por sí diferente al anterior? ¿Qué hace a una nariz de payaso distinta de otra? Respuestas rápidas y fáciles que tenemos aprendidas de memoria, no tenga miedo a equivocarse: la intención, la ilusión, la verdad particular. ¿No?

Y sin embargo, una respuesta tan teatral, tan artística y llena de sensibilidad, no creo que debiera alegrarnos, sino preocuparnos. ¿Por qué? Pues por la comodidad, por la sinrazón, por el mal hábito de confiar a los demás ese tesoro que ha de ser siempre —y primeramente— nuestro: el concepto.

Yo soy una devoradora de talleres. Es cierto. Las causas:

No he tenido la posibilidad de salir del país.

Nací en una isla hermosísima, pero que no tiene comunicación terrestre con ninguna otra nación.

Me tocó ser parte de la bien llamada generación del desarraigo que en su mayoría hace lo que le toca o no hace nada.

Mi primo pequeño rompió hace muchos años mi máquina de viajar en el tiempo y por tanto perdí la posibilidad de conocer muchos grandes momentos y personalidades de la cultura cubana y universal.

Por tanto: me convertí en una máquina de procesar talleres, y eso me hace bien. Sobre todo porque utilizo la palabra procesar en toda plenitud de su etimología. Y porque he tenido la suerte de ser guiada siempre hacia excelentes talleres.

Cada cual es libre, por supuesto, de elegir el modo en que luego canaliza la información que recibe; pero yo digo, si además de que nos quejamos —porque lo hacemos— del poco flujo de información, y la Internet y bla bla bla… no utilizamos lo que nos llega, del modo que sea, para solidificar nuestra cultura y sostenerla en la formación de una identidad nacional que se ha luchado por siglos, ¿qué estamos haciendo entonces?

Si olvidamos de dónde venimos y cuál ha sido nuestra trayectoria para llegar a dónde estamos —y no hablo solo de comunidad, sino de individualidad—, y de esas notas y fotos que nos llenan las agendas solo vertemos una mera imitación, hemos perdido el tiempo.

Cada lugar tiene sus condiciones climáticas. Cada fecha tiene su arruga en el rostro de mi abuela. Cada tiempo tiene sus necesidades. Cada palabra tiene una verdad: a veces implícita, a veces escondida. Cada teatrista tiene su clima, su arruga, su necesidad, su verdad… Cada titiritero tiene que descubrir el resplandor implícito de su retablo y el secreto oculto de sus títeres.

Frente a mi casa corre el agua todos los días, sin parar. Podría decir, como Onelio Jorge Cardoso, que “parece que da la vuelta y vuelve a pasar, porque se está viendo que es la misma agua siempre”, pero en el fondo creo que no. Que cada gota es una gota diferente que rueda inevitablemente hacia la evaporación para regresar en una gota diferente que pasar frente a mi casa.

Todos somos gotas distintas que corremos hacia lo inevitable: el final. Y no quiero parecerme a Confucio, ni escribir un libro de “autoayuda”; pero creo en la necesidad de los porqués, en la utilidad de soñar —despiertos o dormidos— y despertar dispuestos a empañar el mundo con nuestros sueños. Pero siempre —y en este momento vendría el suspiro— siempre, conscientes de que nuestra ilusión contagiará a alguien, y es triste que ni nosotros mismos tengamos idea de qué contagiamos.

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