Una mariposa sin edad

Norge Espinosa • La Habana, Cuba
Imágenes de Archivo

Parece mentira que la hermosa voz que canta “Mariposa”, ese tema imborrable de Ernesto Lecuona, alcance ya los 100 años. Y que su dueña, María de los Ángeles Santana, sea hoy una imagen de todo un siglo. La frescura de su canto, la elegancia de su pronunciación, la entonación sin alarde desde su transparente voz de soprano, la ayudan a que no podamos creer que sea cosa de una centuria, porque, lejos del olvido de los peores museos, cada vez que la escuchamos en esa grabación de 1958, ella vuelve a ser para nosotros la mejor encarnación de esa tonada que el maestro eligió como primer corte del álbum que la firma Puchito le regalara y en el que ella, además, canta a dúo con Sarita Escarpenter. Quién fue Sarita Escarpenter es algo que muchos hoy ya no saben o recuerdan, lamentablemente. Por suerte para quienes la admiramos, no ocurre lo mismo con María de los Ángeles Santana, quien vivió siempre cerca, hasta que pudo, de las cámaras y los escenarios. Siempre con el mismo gesto cuidado y suyo, y con el sentido del humor a flor de labios. La Santana, como se le conocía, fue una diva sin necesidad de joyas y aderezos. Ella era la joya, esplendiendo desde su gracia natural, su profesionalismo. Mariposa ella misma.

Imagen: La Jiribilla

Comenzó por el cine, gracias a su figura esbelta. Rita Montaner, que le hizo la vida imposible en sus días de debutante, la empujó al escenario para que demostrara que “quería ser artista”. “No tiene más que ojos y estatura”, la criticaba, mientras rodaban esa película ingenua que fue Romance del palmar, en la que, para colmo, María debía encarnar a una señora de mayor edad que la de la protagonista. Delirios de aquel cine cubano de vegueritas engañadas y tonadas a la luz de una luna de papel tropical. Sobrepasó todo eso y se convirtió en una de las “muchachitas de Lecuona”, pero también ganó un público que la nombró Reina Nacional de la Radio, mientras intervenía en comedias musicales y zarzuelas. Sus hermosas piernas, sus ojos expresivos, su locuacidad y su donaire fueron las cartas de presentación que la llevaron a España, donde se enfrentaba a la censura franquista cantando los temas de Tentación y Conquístame, ya en los años 50. Dejó una estela que muchos años después, cuando retornó a fines de los años 80 como parte de una producción de María la O, le regaló aplausos de señores que, en su primera juventud, se iban a soñar con la deslumbrante vedette cubana de aquellas revistas musicales, en las que ella insistía en no aparecer abarrotada de gangarrias ni excesivo maquillaje. Tuvo el don de lo natural, cuando cantaba y cuando actuaba. Por eso pudo alzar una página convincente entonando “El ruiseñor y la rosa”, que Lecuona musicalizó, como una actriz y cantante de firme prestigio y conciencia dramática.

Si el cine cubano la olvidó, llegada la Revolución, ella supo reinventarse en los estudios de la televisión. La Fornés, Maritza Rosales, Verónica Lynn, son algunas de las actrices a las que el cine nacional no consideró, tachándolas a unas de vedettes frívolas y a otras de mujeres distantes a las exigencias estéticas de aquel momento. Un error de esos que se pagan lentamente. María, que había despedido la década de los 50 con Mujeres, el gran éxito teatral de aquellos días, era ya una artista en madurez, que dejó a un lado las plumas y lentejuelas porque consideró que ya ese tiempo había pasado para su carrera, y no porque los dictados del cambio le arrebataran tales atuendos. Y se reinventó, una vez más, como la inolvidable alcaldesa de San Nicolás del Peladero, la famosa Remigia, que inventó un modo de llamar a su mayordomo con entonaciones que hicieron época. La comedianta enorme que vivía en ella la dejó crear un personaje de muchos matices, a los que aportaba su capacidad asombrosa de improvisación, junto a un elenco de lujo. Y lograba eso que solo los artistas auténticos consiguen: que aquella alcaldesa ignorante y tiránica, a pesar de todos sus elementos negativos, se hiciera simpática ante nuestros ojos. Dondequiera que fuese, ella era la alcaldesa. Ni los desvaídos kinescopios ni videos que raramente se conservan de aquel programa, logran oscurecer su brillo ni su ingenio.

Prueba del descuido de nuestras empresas y funcionarios encargados de ciertas cosas, es que María de los Ángeles Santana nunca grabó un disco propiamente suyo. No existe una antología de sus grabaciones, dispersas allá o acá. Cuando protagonizaba, a inicios de los 80, Una casa colonial, la hermosa comedia de costumbres de Nicolás Dorr, cantaba a capella aquel tema de Lecuona, y el teatro se venía abajo ovacionándola. Y cuando tuvo que sustituirla Eloísa Álvarez Guedes, debido a un accidente, se escuchaba su grabación de “Mariposa”, y el público volvía a aplaudirla, aunque estuviera ausente. Jugaba con los textos del autor, para desespero del dramaturgo, y todas las noches convencía al auditorio. Lo hizo también en Comedia a la antigua, junto a Enrique Santiesteban, tal y como lo había hecho con Tía Mame, dirigida por Nelson Dorr. Cuando ella y Rosa Fornés ganaron el Premio Nacional de Teatro, se les rendía tributo como sobrevivientes de ese arte casi perdido que es el de la vedette. Esas mujeres también hicieron nuestros sueños, nos ayudaron a recordar que la fantasía no siempre es glamour vacío o innecesario.

Imagen: La Jiribilla

Una sola vez regalé flores a María de los Ángeles Santana. Fue a una de las entregas del Premio Villanueva que la crítica concede a los mejores espectáculos de cada año, y allí estaba, sorprendida por el ramo que de pronto tenía en su regazo. Su vida es una novela, que afortunadamente el lector cubano puede leer desde su testimonio, gracias a Ramón Fajardo Estrada, quien la entrevistó con largueza para editar, primero en Puerto Rico y ahora aquí, Yo seré la tentación, volumen de gran cantidad de páginas donde La Santana no se calla casi nada. En la presentación de la edición príncipe, que ocurrió en la sala menor del Teatro Amadeo Roldán (ese teatro que al parecer no se libra de ciertas maldiciones), alzó un ejemplar del libro y afirmó: Ya me puedo morir. No se murió en aquel momento, sino hace un par de años. “Que lecuonero estás”, me dice una amiga cada vez que me sorprende escuchando aquella canción del ave mariposa, en esa grabación de 1958. Y puede que sí, que sea una manera de acercarme al recuerdo de ese gran compositor al que Carpentier no trató con particular halago. Pero siempre a través del recuerdo de esa hermosa voz que no puede detenerse ni siquiera en la fecha en que cumplirá 100 años. Ella, como la verdad de esa canción, no tiene edad. Pervive entre nosotros como un suavísimo canto perdurable, cuando la tarde se parece a Cuba, casi ya, “cuando muere el sol”.

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