Mi tía Mary

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor
 

La vida de cada ser humano, con sus caprichos impredecibles, nos suele dar inesperados regalos —de los cuales luego con toda seguridad nos priva cuando menos lo esperamos— pero que al menos quedan para siempre, indeleblemente grabados en nuestro corazón y nuestro recuerdo.

Una de las experiencias más gratificantes de mi niñez se producía cuando en el universo familiar de mi casa en Santa Fe, aparecían mis tíos Julito (Julio Vega Soto) y Mary (María de los Ángeles Santana).

Imagen: La Jiribilla

Mis tíos eran como una especie de huracán que irrumpía en mi a veces solitaria existencia de niño, de una manera alegre y fortuita. Cuando sentado en el muro de casa a veces sentía llegar el pequeño auto MG negro de carreras, con tío al volante y Mary como siempre a su diestra, la alegría asomaba de inmediato a mi rostro.

“El Kike”, me decían cariñosamente, y muchos años más tarde pude comprender que en sus vidas yo ocupé uno de esos capítulos inconclusos que a veces hacen que los seres humanos reaccionen de determinada manera: no habían tenido hijos pese a sus tantos años de matrimonio, porque el sacerdocio de la actuación impuso siempre a mi tía una disciplina que le impidió dejar descendencia, pese a que mi tío era una persona que amaba a los niños.

Por eso, en diversas épocas, fueron adoptando a los distintos varones de la familia de sus hermanas: mi primo lejano Carlitos, mi tío Mayito y yo que vine a ser su hijo putativo desde los años 60 hasta la primera década del 2000.   

Cuando me llevaban con ellos para su apartamento del Vedado era como penetrar en un mundo diferente, siempre lleno de trajes luminosos, de olor a perfumes raros, de conocidos rostros que asomaban a la pantalla y allí eran lo más frecuente o cotidiano, de constantes llamadas telefónicas que desde muy niño aprendí a atender mientras mis tíos descansaban y de un amasijo de guiones televisivos impresos en amarillentos papeles, que desde el primer momento atrajeron mi atención.

Aunque al principio me costó un poco explicarme cómo era posible que el contenido de aquellas hojas mimeografiadas en azul se convirtiera en lo que luego podía tomar vida en la pequeña pantalla, muy pronto comencé a ayudar a mi tía en la tarea de aprenderse sus largos parlamentos en los abultados guiones de televisión.

Ella se asombraba de mi rapidez para la lectura, de mi memoria —prodigiosa según decía— y de mis dotes de observación para acotar comentarios críticos cuando descubría algo mal redactado, o de difícil manera de decir.

Yo le tomaba la letra de lo que ella había aprendido y debía responderle con los parlamentos de otros personajes de la trama, pero como este ejercicio era diario mientras me quedara en su casa, muchas veces acabé aprendiéndome las obras por completo, al menos en aquellas partes que eran más comprensibles para un niño de apenas ocho o nueve años.

Con su paciencia infinita y sus grandes dotes de conversadora, mi tía Mary siempre me explicaba hasta la saciedad cuantas preguntas yo le formulara sobre la época de la obra en cuestión, la actitud a veces sospechosa o inconcebible de tal o cual personaje, el desarrollo de la acción o un inesperado desenlace que, en ocasiones, me parecía poco creíble.

Muy pronto, mi tía se fue percatando de que yo —como mismo había aprendido de ella— tenía un gran poder de observación y una mirada muy objetiva y crítica de las cosas, al margen de mi capacidad innata para dramatizar las situaciones con la entonación adecuada, lo cual la hizo apoyarme cuando en mi adolescencia me dio por incursionar en las tablas con un grupo de amigos del barrio.

Recuerdo haber repasado con mi tía tantos guiones diferentes en un mismo período de tiempo —ya fuera en su casa del Vedado, o en alguna playa a la que íbamos a pasar fines de semana o incluso en un auto mientras ella misma conducía—, que todavía no me puedo explicar qué facultad tan rara tenía de estudiarse al unísono varios personajes, ya fuera el socorrido parlamento semanal de su entrañable Remigia Tolete, la alcaldesa del mítico poblado de San Nicolás del Peladero, que una comedia, un drama, una obra musical cualquiera.

Imagen: La Jiribilla

Muy pronto, Mary diría con palabras casi proféticas que algún día yo iba a ser escritor, pues mi innata facultad de fabulación, se ponía muy de manifiesto cuando a veces le proponía modificar determinados parlamentos por considerarlos poco convincentes a los oídos de cualquiera.

Pero es que en verdad esa capacidad también la tenía ella, que invariablemente variaba los bocadillos de sus largas alocuciones en cuantas obras le correspondió protagonizar, sobre todo si del teatro cubano se trataba, lo cual le trajo no pocos quebraderos de cabeza con algunos directores muy celosos de su texto.

Algo que tempranamente aprendí de mi tía, fue a leer con un sentido crítico y una visión desprejuiciada sobre cualquier asunto. Ella era un ser librepensador y muy abierto ante cualquier tema de la índole que fuera y por eso, desde muy pequeño, yo estuve más que familiarizado con los portentosos (y a veces terribles) argumentos de un Tennessee Williams o un Eugene O`Neill, maestros del teatro norteamericano, cuyos dramas contemporáneos adquirían las dimensiones de un Sófocles o un Esquilo.

Mi tía Mary hizo tantos personajes en su vida, que eso mismo la debe haber llevado a multiplicar sus hábitos de lectura. Leía voraz e infatigablemente hasta su más avanzada edad, pero a veces lo hacía para documentarse sobre la obra adaptada en cuestión o para ampliar su universo del marco histórico o geográfico. ¿No es esto un trabajo de mesa que también hace un escritor o el promotor de lectura?

Ella, que asombrosamente caracterizó tan bien a personajes de Émile Zola, Dostoievski, Dumas y otros tantos autores extranjeros y cubanos, actuales y clásicos, tenía una vocación innata por la lectura, práctica que asimilaba de manera crítica y creativa.

Sus juicios de valor sobre determinado filme, puesta en escena o libro, me fueron armando del instrumental adecuado para adentrarme en este mundo. Creo que era una promotora nata de lectura, en el sentido de que, solo verla sentada durante horas en su sillón, ya contagiaba el deseo de imitarla. Pero, luego, si la escuchabas contarte un argumento, ya aderezado con su propia savia e inventiva y, a la vez, una absoluta versión libre de lo que antes leyó, pues de verdad quedabas contagiado por su mayor vicio.

Pienso que quien es comunicador en algo lo es en todo y ella era una comunicadora nata, no solo con su arte inimitable, sino con su agudeza y estilo para hacer suyo el libro, la obra, el argumento o el personaje más difícil y contradictorio.

El sentido de su profesionalidad y amor o entrega al trabajo, fue algo que también me legó con su propio ejemplo. Aunque era ajena al oropel y el glamour propio de las vedettes, amaba tanto su labor que se desvivía porque todo quedara bien y, ni estando enferma o preocupada por la gravedad de algún pariente, jamás permitió que se suspendiera una obra o grabación por su causa.

Los guiones de sus programas me dieron también un entrenamiento magnífico para el diálogo, algo que abunda en mis narraciones y que en oportunidades cuesta a muchos escritores desarrollar de manera creíble y funcional, de modo tal que el público no aprecie las costuras entre realidad y ficción.

Al lado de la Santana mi afición al teatro llegó a tomar tales matices que durante años fui asiduo de todas las salas capitalinas y ejercí la crítica teatral con verdadera fruición durante mi período de entrenamiento periodístico en Tribuna de La Habana. Ya graduado, tuve la suerte de dar clases con una verdadera leyenda de las aulas universitarias cubanas: la doctora Beatriz Maggi, una intelectual en todo el sentido de la palabra, precedida por su fama de sabia y exigente, quien me develó todas las casi secretas claves de los dramas históricos de William Shakespeare, que tanto admirara mi tía Mary.

Cuando trabajaba en la Agencia de Información Nacional encontré un buen clima para la creación, sobre todo al adaptar Amor con amor se paga, de José Martí —que llegué a aprenderme completa de memoria— o Los novios, una obra de la dramaturgia cubana famosa en aquel momento, para el grupo que allí había fundado el Comité de Base de la UJC.

Todo este ejercicio constituyó un entrenamiento lector para definir qué era necesario pulir de cada obra para llevarla a un auditorio laboral y, a la vez, un magnífico aprendizaje de redacción para iniciar lo que sería mi profesión futura.

Llegué incluso a escribir varias piezas teatrales en esa etapa de formación de una voluntad, pero no es menos cierto que ya por esa época había descubierto, mientras hurgaba en los estantes de la Biblioteca Nacional José Martí, el libro que luego cambiaría mi destino y me hizo apostar de una vez —y para siempre— por la literatura para niños y jóvenes: El papá de noche, de María Gripe.

Otro secreto que me develó muy tempranamente fue el de la comunicación con los demás. Cuando debas dirigirte a un auditorio, me decía, no lo alejes, no te proyectes de manera envarada, solemne, protocolar o ceremoniosa, háblales como a tus iguales, conversa con ellos, sé tú mismo. Hay que respirar cuando uno sale a escena (o a las cámaras) y luego conversar con los otros, eso te hará caer en el tema. Nunca te olvides, además, de Stanislavski, hay que estar a tono con la situación en que te encuentres y no distanciarse de ella.

Por eso el influjo benéfico de María de los Ángeles Santana es algo que no me abandona nunca, al que no renunciaré jamás. Gracias a ella aprendí que el ser humano, sobre todo si de un creador se trata, necesita de la soledad y la quietud por encima de todo. Solo unos minutos al día nos apaciguan de las aguas turbulentas de la vida y nos permiten encontrar esa serenidad para volcarnos en una obra de teatro, el argumento de un cuento o novela, el inasible y mágico hilo del que pende un poema.

Imagen: La Jiribilla

Esos minutos de soledad que alejan de lo cotidiano y mundanal, nos hacen entender mejor la vida, al prójimo, e incluso a nosotros mismos. Mi tía Mary lo había descubierto desde siempre y por eso le agradaba tanto estar horas enteras entre sus plantas, nadar grandes distancias mientras tuvo salud para ello, mirar un cielo despejado o buscar conmigo el rayo verde que en el mar solo nace —para algunos como ella— al ponerse el disco naranja del sol.

Todavía puedo verla, figura indeleble y siempre erguida pese a sus muchos años, recortada contra el horizonte, con la vista perdida muy lejos, quizá buscando muchas razones nunca encontradas, mirando llena de confianza hacia el futuro, eternamente cruzando un alto puente que la llevara más lejos, mirando con todo el fuego de su mirada de oro hacia el infinito y más allá…

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