Ciudad Deportiva

Un pequeño equívoco enciclopédico

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

Un famoso diccionario de la lengua española en su edición 1998, en la H colocaba a La Habana como ejemplo de vocablo que llevaba esa letra.

Como apoyatura al pequeño texto aparecía una foto con un pie que aseguraba ser una imagen de la capital cubana, con la información de verse, en primer plano, el “Palacio de los Deportes”.

En la fotografía —una vista aérea— aparecía una cúpula blanca entre vegetación, con el mar en la distancia.

Para los que vivimos en La Habana, la foto era un equívoco. En verdad la cúpula blanca que puede verse es nada más y nada menos que el techo circular de la famosa heladería Coppelia, situada a unos 4,28 kilómetros en línea recta más al norte.

El gran diccionario no solo pifió de cúpula, sino también de nombre, porque llamaba al edificio “Palacio de los Deportes” —nombre de la instalación a poco de ser inaugurada— y que luego de 40 años todos le conocen como la Ciudad Deportiva. La foto equívoca debió haber sido tomada desde uno de los pisos del Hotel Habana Libre y aunque se trata de cúpulas, lo que pudiera dar pábulo al error, lo cierto es que, para decirlo en cubano… “Ná que ver”.

El complejo deportivo de marras se llama oficialmente Coliseo de la Ciudad Deportiva y sus primeras obras comenzaron en el mes de noviembre de 1952. Con traza circular de 20 mil metros cuadrados, construido de hormigón, tiene 103,2 metros de diámetro exterior y está situado en la confluencia de la Vía Blanca y la Avenida de Rancho Boyeros. Completa las instalaciones un cuadrado de 26 hectáreas con los límites de las avenidas: Vía Blanca, Boyeros, Santa Catalina y Primelles.

La célebre cúpula es de hormigón armado y posee 88 metros de diámetro. No tiene apoyo interior y se sustenta mediante una viga circular de hormigón postensado, apoyada en 24 columnas exteriores, con asiento en forma de balancín que le permite realizar los pequeños movimientos de dilatación y contracción debido a los cambios de temperatura.

Para garantizar la iluminación diurna, se colocaron en la semicircunferencia 44 cúpulas transparentes de dos metros de diámetro cada una. Para el alumbrado nocturno se le dotó de 180 lámparas de dos mil watts.

Debajo está la arena de competición con 38 metros de diámetro, y por supuesto los palcos, preferencias bajas, elevadores, escaleras, taquillas para empleados y demás servicios.

La idea inicial había previsto, según el estudioso Juan de las Cuevas Toraya, construir en el lugar un Estadio Olímpico, con “cuatro courts de tennis, gimnasio, piscina olímpica, piscina de clavado y un bello Palacio para los Deportes o Coliseo, (…) cuatro campos de béisbol, uno de softball, pista de carreras, tres campos de baloncesto y voleibol, canchas de handball y squash —versión norteamericana del Jai-alai—, lo que no se cumplió totalmente”.

Además 48 columnas distribuidas en dos círculos concéntricos, de 24 columnas cada uno, sustentan el edifico principal. El círculo interior tiene 62,8 metros de diámetro y el exterior 88,30.

A partir de este último círculo se proyecta un voladizo de 7,45 metros de luz, sobre el cual descansa una placa de hormigón (sic) presforzado de 24 centímetros de espesor y a una altura de 6,65 metros sobre el nivel del terreno.

La capacidad del edificio es de 15 mil personas y uno de sus aspectos más notables lo constituye el sistema de salida, previsto para que en cinco minutos puedan evacuarlo todos los asistentes.

La inauguración del Coliseo se efectuó oficialmente el 26 de febrero de 1958, aunque no estaban completadas todas las instalaciones previstas.

La Ciudad Deportiva hoy es sede del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER), una entidad creada en virtud de la Ley 936, dictada el 23 de febrero de 1961.

Cuentan que durante 50 años se mantuvo en secreto el nombre de la muchacha que sirvió de modelo para la estatua en bronce que puede verse en el jardín de la entrada. Representa una mujer desnuda que corre con los brazos abiertos, y es una obra titulada “La Meta”, del escultor Fernando Boada Martín, realizada entre 1936-1937. Mantener la discreción en torno a la identidad fue acuerdo entre el escultor y el padre de la joven que inspirara al artista. La muchacha se llamó Edna Ambrosio Cuza y la identidad fue revelada por la hija de esta en 1987.

 

Para elaborar este texto su autor utilizó información publicada en Ecured, el diario Juventud Rebelde y el libro 500 Años de Construcciones en Cuba, del Licenciado Juan de las Cuevas Toraya. 

 

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