Selección de poemas

Frank Castell • Las Tunas, Cuba

 

La calle, el odio y las mentiras rotas

Odio los días sin morir.

Lejos de la página soy un paseante

que pierde la fortuna.

Es la ciudad, 

me digo,

es el ritmo

o el trazo en la pared vacía.

Van las preguntas,

las horas de un futuro.

Van como una ola mientras recuerdo este lugar.

A veces me asusto del monstruo que me habita.

Las marcas de un suicidio

Qué falta me hace caminar sobre una cuerda. Dejar

el pecho a la deriva y no pensar en los residuos que

el ayuno deja.

Qué falta le hace a mi dolor un verso o un antifaz

para romper esta costumbre.

Tal vez no queda espacio o sentido. Tal vez las

horas frente al papel en blanco me impiden llorar.

La distancia, el humo sobre la memoria, las paredes

sin graffitis, con un blanco intenso y fúnebre,

me dejan marcas de un suicidio.

Qué falta me hace atravesar esas paredes, regresar

a la hierba y su beso de infancia.

Qué falta, Dios, borrar lo que en mi hondura existe.

 

Heredia y yo

Yo también he sido un desterrado.

No me convida nada,

ni las perdidas olas

ni las sirenas que vuelven y desnudan

la sombra de tantos peregrinos.

No puedo ser la imagen

que en silencio se compadece

del dolor ajeno.

No soporto más

este letargo.

Miro mis ojos pobrísimos

dormirse mientras las calles

permanecen vacías.

Tú dejaste el odio

cuando elegiste ser el Niágara infinito,

cuando en las tierras,

extrañas como luces,

sentiste que Dios

borraba tu silencio.

 

Solo me duele ver

las aves que se marchan,

el cielo gris

y un mar distante que nos une.

Es duro que nadie nos comprenda

y seamos dos hombres

vencidos por la soledad.

Es duro esgrimir un arma

cuando la fe

es una patria sin retorno,

cuando las voces

no nos buscan

y el salitre

tiende a confundirnos.

Nunca esperé los pájaros,

nunca puse mis sueños

en un cristal de ausencias.

Por eso estoy de espaldas a la isla

con el orgullo ciego de un rapsoda

que espera ser el mar

que nunca vuelve.

 

Bajo este salmo oscuro

Bajo este salmo oscuro

vive mi verdad.

Los autos pasan

y el polvo me dice márchate,

deja este sitio de naufragios

que no te pertenece.

Busco la noche,

su aroma,

e insisto en no mirar las grietas.

Oh, Dios,

¿qué debo hacer?

Tanto mutismo asusta.

Tanta verdad sin rostro,

ni huella,

ni celebraciones.

No hay tiempo

y mi sangre fluye

como un disparo,

cansada de besar las cicatrices.

Mi sangre se estremece

y grita al sentir las hojas caer

por siempre en el vacío.

Bajo este salmo oscuro

vive mi verdad: horrorizada.

 

Ejercicio para ver la luz desde la calle

I

Fatiga sentarme de espaldas a lo que me hace ser un

animal, un trazo invisible en la penumbra. Sobrevivo

al pulso muerto, los autos, las zanjas frente a mi portal.

Dudo que la tempestad muestre el canto o el conjuro.

Si llueve quizás el agua atrape mi espíritu profano.

No cuelgo mi rostro en la pared. Pero saltar

sin Dios es otro asunto.

II

Dejo las piezas de un ajedrez que odia el juicio para

volver al beso de mi madre.

Día gris, huella confusa, libro del traidor. Nada

es más sucio que conocer los límites. Es violentar el

alma, seguir a expensas de que el mundo cambie.

Pero este mundo es una pústula cuando despierto y

aún respiro.

 

Frente a la pared

Cuando el dolor te atrape

no disimules

ni pretendas ser un elegido

porque el dolor se marcha

y lo demás es solo escombro,

(agua turbia que siempre ha sido turbia).

Cuando tus pasos van,

sedientos de no ser

tu última razón,

no recuerdes la infancia,

ni persigas el fin que no te corresponde,

porque la historia es una foto absurda

en la que aún no eres bienvenido.

 

Futuro

No volveré mi rostro cuando el musgo sea mi final.

Será sencillo, como apostar al mejor de los caballos

o recorrer la arena con Dios un sábado en silencio.

Nadie sabrá si fui un buen hombre,

si abandoné mi casa para escribir la historia,

triste juego de un país.

No volveré mi rostro mientras caiga la tarde

y la espuma sea el último lugar donde anochezca.

 

 

Frank Castell (Las Tunas, 1976). Ha publicado los libros El suave sonido de las sombras (décimas, San Lope), Confesiones a la eternidad (poesía, San Lope), Corazón de barco (poesía, Letras Cubanas) y Final del Día (décimas, San Lope). Aparece en las antologías La Estrella de Cuba, Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, Los parques, La isla en versos, entre otras. Ha obtenido premios y menciones en concursos nacionales e internacionales. Es miembro de la UNEAC y de la AHS.

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