Dalí, protagonista de oníricas escenas

Gabriela G. Azcuy • La Habana, Cuba
“A la edad de 6 años quise ser Napoleón: no lo fui.
A la edad de 15 años quise ser Dalí, y lo he sido.
A la edad de 25 años quise llegar a ser el pintor más sensacional del mundo y lo he conseguido”.
 

 

A 25 años de la muerte del icono surrealista, La Habana recibe un Salvador Dalí protagonista de oníricas escenas y líricas apropiaciones.

Imagen: La Jiribilla

La idea del proyecto surgió hace dos años por iniciativa de Alex Rosenberg, importante coleccionista, estudioso del arte y colaborador perenne de la escena artística cubana quien, en coordinación con la directiva del Museo Nacional de Bellas Artes y el curador Máximo Gómez, condujo a vías de hecho la exhibición que hoy se muestra para el público nacional. Una selección de 95 grabados, pertenecientes a seis series que abordan un marco cronológico de significativa amplitud: 1934-1973.

Las obras pertenecen a las colecciones de Carole y Alex Rosenberg, y a las de otras figuras convocadas por ellos a integrarse al proyecto: Walter Maibaum y Carol Conn, Peter Lucas, Max Arnold, Mike Tinsley, Rob Piepsny y Joseph Nuzzolo. La mayoría de las piezas son cuidadas litografías a color, y en menor medida hermosas calcografías al aguafuerte.

La sala transitoria del Edificio de Arte Universal, con su múltiple capacidad museográfica permitió nuclear por zonas los diferentes conjuntos, con un montaje que privilegia la sencillez visual.

Los cantos de Maldoror (1934), 30 aguafuertes que ilustran los cantos poéticos de Isidore Ducasse, a quien Breton considerara un precursor del Surrealismo, son una recreación excepcional del arcángel Maldoror en sus constantes transformaciones morfológicas durante las confrontaciones que sostuvo contra Dios. En La Divina Comedia (1960), una serie de 33 litografías a color, también se utiliza como referente una obra literaria, el gran clásico de Dante Alighieri. Aquí el artista plasmó una estética que privilegia lo pictórico, y recreó las formas y colores típicos de su conocida iconografía.

En el caso de la serie Viaje fantástico (1965), solo es expuesta una única obra, litografía de un mayor tamaño que las del resto del conjunto, donde el reposo de un hombre asombra ante una atmósfera surreal de auriculares y árboles. Igualmente resultan interesantes las seis litografías pertenecientes a Dalí donde interpreta a Currier y a Ives (1971), pues estos importantes grabadores son citados directamente por el artista, quien plasma alrededor del referente original, sus emociones cual intérprete libre, en una especie de homenaje.  

Las 12 tribus de Israel (1973), 13 aguafuertes coloreados con stencil, fueron realizadas por Dalí en conmemoración al vigésimo quinto aniversario del nacimiento de Israel, y en ella se encuentran títulos como “Reuben”, “Simon” o “Levi”. Esta serie es la más contemporánea de todas, lo cual es visible en la aplicación de la propia técnica. Su realización fue un pedido que le hiciera Rosenberg a Dalí, quienes desde Memorias del surrealismo (1971), carpeta de 12 litografías, habían iniciado una relación profesional y una amistad propia de la proyección daliliana. Esta última serie es la que da título a la exposición, y ofrece un recorrido por ese movimiento vanguardista que tuvo ecos por todo el mundo, y marcó una pauta indeleble en la Historia del Arte occidental, el Surrealismo.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué puede significar para Cuba una exposición de este tipo? Sin duda, tendrá múltiples visitantes, —y aunque el performance inaugural preparado por Danza Retazos, en una apropiación escénica muy bien lograda de la obra del pintor español, solo pudo ser apreciado en la apertura— esta muestra llamará la atención sobre diferentes puntos.

Es otro paso hacia la apertura de fronteras, a suelo cubano deben llegar cada vez con mayor asiduidad, muestras de primer nivel, como ocurrirá al iniciar agosto en las salas del propio Museo con la exposición de los nueve abstractos afroamericanos. Además, esta exposición pone en valor, las posibilidades del grabado como lenguaje y su legitimidad como obra; y por sobre todo trae a La Habana un Dalí, protagonista de oníricas escenas y líricas apropiaciones.

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