Dolce Vita

Eduardo Heras León • La Habana, Cuba
                                                                                       A Julio Cortázar
 

Desde hace muchos años he vivido como un viejo solterón y maniático, que ama la música sin estridencias y se pasa las horas leyendo novelas clásicas que casi he aprendido de memoria. Antes me gustaba Chaikovski, pero pronto me pareció demasiado edulcorado; después preferí a Beethoven, y últimamente sólo resisto algo de Mozart, Bach, por supuesto, y algún que otro cuarteto de César Franck. En cuanto a las lecturas, cada cierto tiempo releo Los miserables, El conde de Montecristo, esa novelita de Paul Feval, El jorobado o Enrique de Lagardere. Y también leo los Corsarios de todos los colores, de Emilio Salgari. Ya sé que son lecturas casi infantiles, pero al menos me entretienen y con ellas paso el rato, lo que no sucede con los bodrios de Robbe-Grillet, las esteparias novelas de Thomas Mann, o los interminables ensayos de Sartre. Nunca me ha dado por ir a la iglesia a escuchar misa, o a cantar salmos con los protestantes, o a tirarme los caracoles con algún babalao. A mi edad, no estoy para perder mi tiempo. Ya no creo en nada, ni en la paz de los sepulcros.

Durante la semana, después de desinformarme con los aborrecibles periódicos de la mañana, doy mi paseíto de mediodía y tomo el sol en el Parque Trillo. Me entretengo con los bisneros que intercambian sus mercancías ante la mirada indolente de algunos policías que recorren el parque para multar a los viejitos vendedores de maní, los cigarros de su cuota, o alguna botellita de miel. Casi siempre una vecina me trae el pan y los exiguos productos de la libreta de abastecimientos. Jubilado como estoy, el tiempo me sobra, y a veces no sé qué hacer con él. Apenas hablo con nadie. Creo que me he convertido en un viejo insoportable.

Los domingos, sin embargo, he establecido algo así como un ritual: por la mañana me baño concienzudamente; para el desayuno me preparo dos cucharadas de leche en polvo, las únicas que consumo en toda la semana, y al pan que me trae la vecina (ya se sabe, es sólo un pan), le echo lo que tenga: una lasquita de guayaba, un poco de azúcar prieta, o si ella es generosa conmigo (sólo en los días de fiesta) un cuarto de cucharadita de margarina. Por supuesto que este desayuno no es gran cosa, pero al menos rompe la rutina diaria de la tacita de agua con sabor a café y el pan mojado en la tacita. Después me afeito con una gastadísima cuchilla Gillette que guardo desde tiempo inmemorial para los fines de semana (los otros días uso una Astra checa que es un horror), lo que completo con unas gotas de alcohol que me hacen ver las estrellas. No tengo que mirarme al espejo: sé que luzco bien, la cara arrugada, pero presentable.

Ya es casi la hora del almuerzo y exactamente a las 12 y 45 caliento un plato de sopa que preparé la noche anterior (tengo una buena reserva de cuadritos de caldo, adquirida en tiempos mejores), le añado unas cucharadas de arroz que guardo en el refrigerador y con dos vasos de agua bien administrados, el estómago queda satisfecho, al menos por un par de horas.

A la una de la tarde, la vecina toca a la puerta y cuando me asomo, anuncia que va a comenzar el noticiero. Si algo sabe ella es que soy un poseso de la información y quiero, necesito, me exijo estar al día de todo cuanto sucede dentro y fuera del país. Así que después de ponerme la única muda de salir que tengo, los zapatos bien lustrados la noche del sábado, me siento en la sala de la vecina y juntos vemos el noticiero en un horrible televisor Admiral en blanco y negro, que es posiblemente el único que sobrevive en el país. Ella, siempre amable, me ofrece un café y terminadas las noticias, me invita a ver la Tanda del Domingo, a lo que casi siempre me niego: no soporto a los comentaristas que anuncian las películas y que hablan y hablan sin parar, y no dicen nada interesante.

Cuando regreso a mi cuarto, duermo un par de horas y quedo listo para la única actividad memorable de la semana: la visita a la pizzería.

La pizzería es el restorán de los pobres. Al menos para mí. Es el único lujo que me doy cada semana. Desde el lunes comienzo a soñar con ese momento que es único, imborrable. Porque la pizzería es el último eslabón que me conecta con el mundo que conocí hace años, cuando todavía valía la pena. La pizzería es un templo, una catedral de los olores, un espacio casi mágico donde el estómago, estragado por los caldos, el té caliente, o ese espantoso cerelac, puede recibir la bendición de unos espaguetis con jamón, o a la boloñesa, a la amatriciana, al pesto, o simplemente a la napolitana, con abundante queso parmesano,  que se esparce por la superficie de la pasta para lograr una combinación inolvidable. Y luego la pizza, que es el faisán del menú, el filete de las pastas, completa la fiesta: una pizza de jamón es la vida misma, el digno colofón de esta ceremonia semanal.

Nunca me levanto después de las cinco, porque ésa es la hora precisa para iniciar mi periplo, “a las cinco en punto de la tarde”, la preferida de García Lorca. Ya a esa hora no hay nada que ver en la televisión, “la hora del suicidio” la llamo yo desde hace mucho. Con el radio roto y la televisión (que no tengo) insoportable, salir a dar un paseo es una bendición del cielo; o mejor, de la vida, aunque sea tan miserable como la mía.

Así que me despido de la vecina, siempre en la puerta para verme pasar y hasta dedicarme un piropo, que acostumbro a tomar como una broma: independientemente de que ella está infumable, como para tirársela a los perros, ya yo no me preocupo de ese tema. Hace bastante que dejé de hacerlo. Bajo los cuatro pisos aguantando la respiración, porque la escalera, bautizada a menudo por los perros y borrachos, está impregnada de un olor nauseabundo.

Cuando salgo a la calle Marqués González, respiro profundamente, y echo a andar, buscando Neptuno. Soy animal de costumbres y siempre tomo el mismo camino: al llegar a Neptuno, doblo a la derecha y luego sigo todo recto hasta llegar a Prado, otra vez a la izquierda y dos o tres cuadras después llego al único templo que visito, la pizzería de Prado 264.

Neptuno es una calle espantosa. Imaginen una ciudad bombardeada, donde han sobrevivido algunos edificios y casas semidestruidas y apuntaladas, los restos de cemento, maderas y cristales rotos andan dispersos por las aceras, el polvo y la suciedad lo cubren todo, y las paredes cariadas son como un grito disparado hacia el cielo en medio de un Guernica tropical. Pero no importa: los que deambulamos por esta calle, antes bulliciosa, llena de comercios y bares, ya estamos acostumbrados. Nada nos sorprende en este país donde todo puede suceder. Quién sabe si mañana al despertar, nos encontramos con la Neptuno de hace cuarenta años, o descubrimos que La Habana ha desaparecido y en su lugar pastan las reses en un gigantesco potrero. Y lo peor de todo es que nadie nos avisaría de nada, ni ofrecería ninguna explicación. Aquí nadie explica nada, ya lo sabemos.

Cuando cruzo Belascoaín, trato de alejar los malos pensamientos, y lo logro. No voy a echar a perder mi ritual del domingo, el único día decente de mi vida actual. Mejor es sonreír, mirar el presente con optimismo y añorar no el pasado, sino el futuro, como dicen las consignas del gobierno. No queda más remedio si uno no quiere que el estrés o toda esta lucha diaria sólo para sobrevivir, y que cada día tiene menos sentido, te devore o te deje postrado para siempre con un Alzheimer o un Parkinson: eso sí no tendría remedio. Así que al permanente mal tiempo, permanente buena cara: esa es la fórmula de la sobrevivencia, al menos para mí.

Al llegar a Perseverancia, precavidamente tomo la acera derecha: el edificio que hace esquina es uno de los milagros de La Habana, creo que lleva apuntalado como veinte años y casi todo está como perdido en una red de maderas que han conformado un tejido decrépito que está a punto de caerse. Claro, hay que ser honestos: lleva tantos años cayéndose que ya nadie cree que eso vaya a suceder: es un edificio inmortal, como tantas cosas en este país que parece que van a desaparecer o que ya han desaparecido y todavía siguen viviendo en nuestra imaginación.

Entonces llego a Consulado y me detengo unos segundos en esta calle que es un poco más ancha en el cruce con Neptuno, para observar lo que queda del establecimiento de la esquina. Aquí antes había uno de aquellos Mar INIT que vendían pescados y mariscos y hoy sólo viven en el recuerdo.

Cuando voy a cruzar la calle para llegar a Prado, me llama la atención una minúscula cola que un grupo de gente está haciendo frente a una pequeña puerta, apenas a unos metros del Mar INIT en ruinas. La cola es más bien una filita de 5 ó 6 personas, bien vestidas y que conversan animadamente. Apenas titubeo y hago lo que siempre se hace en estos casos y lo que la experiencia dicta en esta ciudad: llegar y preguntar de qué es la cola. Quién sabe lo que están ofertando: tal vez algún producto “en falta”, o quizás pan por la libre, o alguna cosa “de las que ya no vienen” o de las que no dan por la libreta. A veces estas colas me han sorprendido: en ellas he conseguido cubos, paquetes de trigo, galletitas de chocolate, pan de molde, ¡hasta jamón! Ésa es una de mis divisas: más sabe el diablo por colero que por diablo.

Así que me acerco a la cola, doy las buenas tardes al último y le pregunto qué están dando ahí. “Es la cola de la pizzería”, me responde. “¿De qué pizzería? ¿Desde cuándo hay una pizzería ahí?”, le pregunto extrañado. “No sé desde cuándo, pero ahí hay una pizzería”, dice sonriendo, “y yo soy el último”.

Me quedé tan sorprendido que no supe qué responderle. ¿Cómo una pizzería? ¿Qué pizzería? Llevaba más de veinte años viviendo en Centro Habana, había pasado por ese lugar centenares de veces y jamás me enteré de que allí en Consulado, muy cerca del cruce con Neptuno había una pizzería. ¿Era una broma? ¿Me estaría vacilando aquel tipo? Pero no, parecía un hombre decente, serio. Miré la hora y sopesé la idea de hacer la pequeña cola de aquella pizzería desconocida. Total, no iba a perder nada, salvo algunos minutos de mi tiempo. Además, la de Prado seguía allí, digo, salvo que cuando llegara allá, me encontrara con que había desaparecido, y ésta de Consulado fuera la sustituta. Cosas así sucedían en esta ciudad casi a diario y ya estábamos acostumbrados a aceptarlas. La experiencia me decía que había que aprovechar lo primero que se presentara. Además, el que da primero da dos veces. Quién sabe si este domingo fuera especial y esta pizzería estuviera llena de sorpresas: la primera había sido su propia existencia. Me hubiera jugado cualquier cosa a que nunca había existido una en aquel lugar. Estaba absorto, hablando conmigo mismo, sopesando las ventajas o desventajas de hacer la cola, cuando me sorprendió una voz: “¿Viene solo?” “Sí, solo”, le dije sin pensar. “Pues bien, pase adelante” y me dejó el paso libre en aquella puertecita de entrada. Inmediatamente llegó hasta mis oídos una melodía que identifiqué enseguida como napolitana. Entonces recibí la segunda sorpresa: ante mí un pequeño vestíbulo desembocaba en un patio encantador, con varias mesas ocupadas por parejas, arrulladas por la música de tres violinistas, vestidos a la usanza italiana típica. Quedé hipnotizado mirando aquel patio lleno de plantas, que se unían formando un finísimo tejido de helechos gigantes. Miraba a todos lados cada vez más sorprendido ante semejante espectáculo, incapaz de decir nada, cuando el camarero, con voz suave y persuasiva, me dijo: “Pase usted. Venga”. Y dio unos pasos a la izquierda, en dirección a una escalera que conducía a un piso superior. Subí mirando la hermosa balaustrada, como si flotara por encima de aquellos escalones. Cuando llegamos al nuevo piso, me vi de repente en una terraza de madera, una baranda del mismo color protegía sus bordes, e inmediatamente detrás, un grupo de mesas iba siguiendo su contorno. El camarero me condujo a una de ellas, me ofreció una silla y depositó el menú frente a mis ojos. Después, sin apenas darme cuenta, se escurrió de mi vista.

Todavía no repuesto de estas pequeñas sorpresas, descubrí una nueva: era un menú típicamente italiano: comenzaba por el antipasto, y aparecían en aquella lista verdaderos tesoros, desaparecidos de mi vista y de mi gusto hacía mucho tiempo: quesos, aceitunas…

Luego: Las pastas. Y aquí casi me da un vuelco el corazón: el primer plato era raviolis, y después, sorrentinos, tortellinis, lasagna, pizzas… Me fijé en los precios: eran los mismos de cualquier pizzería. Cerré los ojos y me dije que esto no podía ser cierto, que no era serio, que alguien me estaba jugando una broma macabra, y sobre todo con la comida, algo con lo que no se podía jugar en estos tiempos, algo sagrado. No podía ser. Los raviolis eran solamente un recuerdo lejano, de muy lejanos momentos de mi vida, y de repente, en aquel extraño lugar, volvían a aparecer como una realidad bien palpable. “Esto se va a  acabar de un momento a otro”, pensé, “no es posible, no lo estoy viviendo, lo estoy imaginando”. No pude continuar. Levanté la vista, e instantáneamente, sin saber de dónde había salido, el mismo camarero se me acercó. “¿Ya va usted a hacer su pedido?”, me dijo sonriendo. “Sí, quisiera algo de queso y algunas aceitunas y después raviolis. El camarero asintió. “¿No anota el pedido?” “No”, dijo solícito, “no es necesario”. “¿Y tiene espaguetis con jamón?” “Claro, están en el menú. ¿Algo más?” “No, es suficiente”. “¿De beber?” No supe de momento qué decirle, ni siquiera me había fijado en las bebidas del menú. “¿Me deja recomendarle algo?”, continuó él. “Bueno”, “¿qué me recomienda?” “Una media botella de Lacryma Christi, un tinto excelente”. Estuve a punto de soltar una carcajada. Era mi vino predilecto en la década del 50. ¿Pero todavía existía? No, era demasiado. “¿Lacryma Christi?”, le dije apenas en un susurro. “¿Está seguro?” “¿Se la traigo?”, me dijo por toda respuesta. “Sí, claro, tráigala”, le dije casi automáticamente.

Mientras esperaba, cerré los ojos y me dejé llevar por la hermosa música de los violines napolitanos. No podía creer en nada de lo que me estaba sucediendo, sin embargo, ocurría delante de mis ojos; yo estaba bien despierto y sentía los olores, los sonidos, las voces de los ocupantes de las mesas que conversaban, en el patio se movían otros camareros con bandejas colmadas de platos, la música penetraba los rincones de aquella pizzería que sólo podía comparar con un sueño. Pero era real. Estaba ocurriendo. Finalmente, me rendí.

Decidí que seguiría viviendo este insólito presente, sin preguntar nada más, aceptando lo que ocurriera de ahora en adelante, una verdadera operación de laissez faire, laissez passer. ¿Qué podía ocurrir? ¿Que de pronto todo desapareciera sin explicación y me viera nuevamente en Neptuno y Consulado? ¿Que me despertara y me diera cuenta de que todo había sido un sueño? ¿Que estaba viviendo una novela escrita por alguien? ¿Que el capitalismo había regresado a La Habana y ofrecía una pizzería cinco estrellas? ¿Que habíamos por fin alcanzado el comunismo y no me había enterado? ¿Que aquel lugar era el set de alguna película, y que de pronto una voz estridente gritara ¡corten!? Pero nada me importaba. Ya tendría tiempo de meditar en esto, incluso no lo comentaría con nadie, ni siquiera con la vecina a quien tantos favores le debía.

Cuando el camarero me trajo la botella de Lacryma Christi, mis dudas se disiparon: el sabor de aquel vino delicioso era una realidad palpable y degustable. Yo no quería pensar en nada que no fuera disfrutar esos momentos, la comida maravillosa que aquel camarero me servía como si sacara los platos de la nada. Terminé con los raviolis, liquidé los espaguetis con jamón y, finalmente, cuando parecía que iba a reventar, sabiendo que esta oportunidad sería tal vez irrepetible, tuve fuerzas y apetito suficientes para culminar la cena con una pizza de champiñones digna de los ángeles. A la primera botella de Lacryma Christi, la siguió una segunda que terminé a duras penas, porque me parecía que no podría levantarme de aquella mesa. O quizás porque no quería levantarme. Tuve la sensación de que algo así debía ser el comedor del Paraíso, la recompensa que Dios, supuestamente, debía concederles a todos los hombres justos de este mundo.

De esas divagaciones entrecortadas, me vino a sacar la amable voz del camarero:

─ ¿Satisfecho?

─ No, satisfecho no, encantado ─le dije con una sonrisa de lado a lado del alma.

─ Cuánto me alegro ─ dijo él sonriente─. ¿Tal vez algún postre?

─ Ya he perdido el discernimiento para escoger ─le dije─. ¿Me recomienda algo?

─ Bueno, Gelati de varios sabores: cioccolato, vaniglia, caffè; el Tiramisú está delicioso; aunque también el pastel de ricotta. O si quiere algo más cubano o tradicional, ahí tenemos los cascos de guayaba con queso o un excelente tocinillo del cielo.

─Tráigame lo que mejor le parezca. Confío en su juicio… y en su gusto.

Unos segundos después, depositaba en la mesa un tocinillo del cielo rodeado por dos bolas de un helado de chocolate, que yo despaché como si estuviera cantando un himno. Volví a mirar a mi alrededor, esperando que sucediera algo inusitado: que aquel camarero comenzara a reír y quitándose la máscara anunciara: ¡La commedia è finita! Pero nada ocurrió. La cuenta no era nada excesiva, y después de pagar y, contra mi costumbre de los últimos años, dejar una propina que me pareció adecuada para compensar tantas amabilidades, salí nuevamente a Consulado, pensando que quizás todavía la vida merecía ser disfrutada, mientras existieran lugares como aquella pizzería. Ya estaba oscureciendo y  regresé a mi casa, con pasos inseguros por los efectos de aquel vino delicioso, y con el alma encantada como Romain Rolland. Cuando llegué a mi edificio, tuve el impulso de contárselo todo a mi vecina, de compartir con ella aquella increíble aventura, decirle que los milagros todavía existían y que eran capaces de hacer renacer la esperanza en un futuro mejor, y lo que parecía aún más imposible: de hacerme concebir y repetir consignas como ésas que hacía mucho tiempo habían roto el medidor de los lugares comunes y en las cuales había dejado de creer desde hacía tantos años. Pero ya era muy tarde. Decidí que esa noche iba a compartir mi secreto sólo con la almohada, y con los lejanos recuerdos de un pasado que me pertenecían solo a mí. Y así, después de tantos años de insomnio, de diazepanes y meprobamatos, con la sonrisa de un niño como escudo, dormí profundamente aquella noche, era un hombre feliz.

Me desperté muy tarde al otro día, y para mi sorpresa, comencé a ver la vida con otros colores: los grises dejaron de serlo, y los verdes brillantes, los magentas inusitados, los encendidos rojos estallaban ante mis ojos en una verdadera sinfonía de colores. Es un lugar común decir eso, ya lo sé, pero entonces, ¿cómo llamar a aquella avalancha de amarillos, naranjas, azules, verdes, que me iban penetrando hasta por los poros y me insuflaban una energía, y sobre todo, una alegría que creía perdida hace años? Esa fue la sensación que tuve cuando bien temprano en la mañana, inesperadamente, fui a la panadería a comprar el pan diario, y pese a la promesa que me había hecho de analizar  todo lo sucedido, no lo hice. ¿Para qué?, ¿qué sentido tenía  buscarle una explicación a lo que pasó? ¿Qué iba a ganar con eso? Además, aunque no quisiera confesármelo, yo acariciaba la remota esperanza de repetir el próximo domingo lo vivido en aquella singular pizzería, y de repente tuve algo así como una revelación: que el recuerdo de aquel par de horas, debía mantenerse prístino, libre de los pensamientos impuros y de las miserias de todos los días; que era necesario que mantuviera intacto el ritmo habitual de mi existencia, sin alterar nada, porque el más mínimo cambio podía clausurar aquella extraña puerta que se había abierto esa tarde. Tuve que refrenar mis impulsos, porque a cada rato me sorprendía un intenso deseo de regresar a aquel lugar, a repetir la insólita experiencia vivida, pero me convencí de que debía esperar al próximo domingo, y repetir el ritual de todas las semanas para que el sueño, o lo que fuera, volviera a repetirse.

Los días transcurrieron con una lentitud insoportable. Viví esa semana como flotando. Apenas salí de mi cuarto y la vecina me preguntó varias veces si me pasaba algo, si estaba enfermo, ella podría llamar al médico de la familia. No le hice caso. Le respondí que todo estaba bien, para que me dejara tranquilo. Lo mío era que pasara el tiempo, que el nuevo domingo llegara con la esperanzadora posibilidad de que todo se repitiera. La ansiedad comenzó a rondarme y se fue apoderando paulatinamente de mí. Ni siquiera la música de Franck, el Cuarteto en Re, que no dejé de escuchar durante toda la semana, y que tenía la virtud de calmarme en los peores momentos, pudo con mis nervios. El sábado por la noche me tomé un diazepán y me acosté temprano, haciendo oídos sordos a una invitación de la vecina para ver las películas. A pesar de todo, no dormí bien, me levanté más de tres veces a orinar, para recordarme que pronto debía sufrir un nuevo y humillante tacto prostático. Al fin llegó el domingo con toda su carga de promesas, y yo sencillamente repetí mi ceremonia semanal. Cuando la vecina me trajo el pan del día, como era su costumbre, yo estrené una nueva sonrisa. “Vaya”, me dijo, “parece que ya se le pasó. Me alegro de que haya amanecido bien. Recuerde la Tanda del Domingo, ¿eh?”  No le respondí. Yo tenía mis pensamientos dirigidos en una sola dirección, hacia un solo punto. Era el día de la pizzería. De mi pizzería. Mi día. Y ya sentía en mi paladar la textura de aquellos espaguetis al dente,  la suavidad de la pasta de los raviolis, y su relleno de ricotta o de pollo; la exquisita combinación del jamón y el queso mozzarella; y el inolvidable sabor, ácido, picante, del Lacryma Christi.

Por fin llegaron las cinco de la tarde. Yo me había bañado cuidadosamente, y de un recóndito rincón de mi escaparate saqué el pomito de perfume Moscú Rojo, el de las grandes ocasiones, que allí guardaba desde hacía siglos. Apenas quedaba un fondito, pero valía la pena: me eché dos gotas en ambas manos que deslicé casi como una caricia por mis mejillas, orejas y cuello, cubriéndolo todo de una fragancia un poco anticuada, pero a mi juicio, aceptable.

Bajé los cuatro pisos de mi edificio con una rapidez que a mí mismo me sorprendió. Pero no había ninguna explicación misteriosa: yo tenía la sangre corriéndome ardiente por las venas. Iba a hacer realidad un encuentro memorable, a repetir la más grandiosa experiencia de mi vida. Y de pronto me sentí nuevamente joven y una extraña alegría se apoderó de mis sentidos. En cuatro zancadas llegué a San Miguel y seguí hacia Neptuno con creciente agitación. Pero cuando llegué a Neptuno, me detuve. Así no podía seguir. Podía arruinarlo todo. Intenté tranquilizarme. “No voy a cambiar nada, ni siquiera el ritmo de mis pasos. Así que calma, tranquilo”. Y comencé a caminar con el ritmo de siempre, con pausada lentitud, saboreando cada paso porque cada paso me acercaba al esperado encuentro. Así, cuadra por cuadra. Me detuve en el timbiriche de Perseverancia y compré cigarros. Aquel era un día especial que exigía decisiones especiales. Yo había dejado el cigarro hacía más de un año, y me pareció que ninguna ocasión mejor que ésta para fumar el primero de una nueva etapa de mi vida. Porque si el primer encuentro había alterado mis hábitos, me había hecho conocer una alegría casi olvidada, yo estaba seguro de que el segundo me cambiaría la vida, como decía Rimbaud, haría de mí otro hombre, crédulo, afortunado. Me detuve. Había llegado al cruce de Consulado y Neptuno, y allí seguían intactas las ruinas del Mar INIT. Dos viejos de aspecto miserable conversaban sentados en los restos del piso del restaurant y me observaron mientras cruzaba Consulado. Yo tenía los ojos casi cerrados. Pensé que al abrirlos mirando hacia la izquierda allí estaría la minúscula colita que llamó mi atención el domingo anterior, oiría los deliciosos compases de la música napolitana que había arrullado mis oídos, la suave voz del camarero que me entregaba el menú con una sonrisa complaciente. 

Abrí los ojos. Miré. No había nada, ninguna cola, ninguna puerta, ninguna música. Volví a cerrarlos. Estuve así varios segundos. Nuevamente los abrí. Nada. Sólo el polvo que hacía pequeños remolinos y se llevaba algunos papeles hacia Neptuno. Caminé unos pasos y me detuve. Era por allí. Tenía que estar allí. La puerta. La pizzería. Pero sólo había puertas cerradas, polvorientas y sucias. Una tabla de madera claveteada cruzaba una de ellas de lado a lado. Toqué aquellas puertas, pero sólo logré ensuciarme las manos. Un extraño vacío se hizo dentro de mí y pensé que iba a llorar, a estallar en sollozos como un niño. Pero me contuve. Me sacudí las manos con el pañuelo y alguien me preguntó:

─Oiga, mayor, ¿está buscando algo? ─ Uno de aquellos hombres sentados en el Mar INIT se me acercó.

─Sí, la pizzería ─le dije conteniendo un ligero temblor de las manos.

─ ¿Qué pizzería? Aquí no hay ninguna pizzería.

─Claro que había. Comí en esa pizzería el domingo pasado. Estaba ahí, en una de esas puertas.

Ahora el otro hombre se puso de pie y se acercó.

─Oye lo que dice el compañero ─señaló el primero─. Dice que ahí había una pizzería. ─Se dirigió a mí─: Oiga, vivo en esta calle hace más de treinta años y aquí nunca ha habido una pizzería; el Mar INIT sí, pero hace más de diez años que está así, en ruinas.

─No, había una pizzería ahí ─insistí─. Ahí comí el domingo pasado. Yo no estoy loco.

Los hombres se miraron y soltaron una risita burlona:

─Bueno, mayor, si usted lo dice ─dijo el segundo hombre, le dio un golpecito con el codo al otro y echaron a andar Consulado abajo. Mientras se alejaban, uno dijo:

─Óigame, compadre, cada día hay más locos en la calle.

Y yo quedé solo, detenido en la acera de la calle Consulado. La alegría que me había alimentado durante tantas horas, había desaparecido y los pies comenzaban a pesarme, mientras yo seguía mirando aquellas puertas cerradas. El pulso se me había acelerado y tuve que sentarme para poder asimilar lo que estaba sucediendo. Pasaron varios minutos. ¿Por qué se había puesto así? ¿Acaso no sabía que esto podía suceder? ¿No era una de las variantes posibles? Sí, claro que sí, y él lo sabía. Claro que lo sabía. Pero ¿qué hacer si nadie puede controlar las ilusiones? ¿Qué hacer si las puertas casi siempre se abren sólo una vez? ¿O tal vez no? ¿Y ésta, volvería a abrirse? ¿Quién podía saberlo? Entonces se levantó y se sacudió ligeramente el polvo. Volvería a este lugar. Por supuesto que volvería. Cada domingo. Porque a pesar de todo él había sido siempre un luchador y su vida una permanente lucha por creer, siempre por creer, aunque cada día se le hacía más difícil. Miró el reloj. Apenas las seis. ¿Aún tenía tiempo de alcanzar un turno en Prado 264? Le parecía que sí. Y caminó unos pasos. Sólo tenía que apresurarse un poco y llegaría a tiempo, claro, si el intenso dolor que comenzaba a sentir en el lado izquierdo del pecho se lo permitía.

 

Eduardo Heras León: Narrador, crítico, editor y profesor cubano. Nació en La Habana, el 5 de agosto de 1940. Es Licenciado en Filología y Periodismo, por la Universidad de La Habana, donde ejerció como profesor de Literatura Hispanoamericana, de Redacción y Técnica Periodística, y de Historia de América. Fundador y Director del Centro de Formación Literaria "Onelio Jorge Cardoso". Es Vicepresidente Primero de la Asociación de Escritores de la UNEAC. Fue jefe de redacción del periódico Alma Mater y de redacción de narrativa en Letras Cubanas, editor de la Editorial Letras Cubanas, Subdirector de Literatura del ICL, Director de la Editorial Casa de las Américas. Es considerado uno de los más importantes críticos de ballet del país. En el año 1990 recibió la Distinción por la Cultura Nacional. En el 2001 recibió el Premio Nacional de Edición. Autor de varios libros, entre estos, La guerra tuvo seis nombres, Los pasos en la hierba, Acero y A fuego limpio.

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