Palabras de presentación del libro El vecino de los bajos

"La palabra que hoy todavía nos hace falta"

Graziella Pogolotti • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Apropiándome de un título de Rine Leal, quisiera hablar en primera persona. Nada hacía pensar que entre Enrique y yo se desarrollara una amistad, una comprensión hasta el punto que en los últimos años yo he sentido en más de una oportunidad la ausencia de ese interlocutor que aparecía en mi oficina súbitamente en cualquier momento cuando se le ocurría; le habían prohibido fumar pero bueno me picaba, naturalmente, cigarros, cogía la fosforera para desaparecerla no se sabe dónde, pero ahí él y yo nos confesábamos nuestras preocupaciones. Sin embargo, aparentemente veníamos de muy  lejos. Enrique había estado involucrado en el ambiente de la farándula, en el ambiente del periodismo cotidiano, yo por mi parte venía de un mundo, la palabra no me gusta, pero más elitista, un mundo más académico, el mundo del teatro de arte. Él era el humorista que se conoce, y yo tengo fama de ser una persona muy seria, no siempre lo soy pero bueno, esa es mi imagen pública.

Este acercamiento se produjo después del IV Congreso de la UNEAC y sobre todo cuando se precipitó sobre nosotros aquel durísimo período especial. Le pedí a Abel (Prieto) que se sentara aquí porque era la etapa inicial de su presidencia, y nos tocó formar parte de un equipo de dirección que era aparentemente un conglomerado heterogéneo, con “dentro de la Revolución todo”, pero con matices en muchas de las valoraciones, que teníamos aquellas tremebundas reuniones donde se planteaban los problemas, salían a relucir los desacuerdos y las posiciones más extremas de un lado y de otro hasta que se lograba el consenso. Y generalmente la varita mágica del consenso la ponía Enrique.

Enrique con esa raigambre popular,  a la que nunca renunció, tenía eso que también es gran tradición popular: el sentido común, el poner los pies en la tierra, el palpar la realidad cotidiana. Y así echamos a nadar en esos durísimos 90 en que se pasaron todas las penurias que conocemos, un momento en el cual echar a nadar esta institución, mantenerla viva, darle un sentido, era un verdadero desafío. Entraron una o dos computadoras para la Asociación de Escritores y había que matricularse ahí para coger turno, no había papel, los miembros estaban dispersos; y bueno fue surgiendo este trabajo comunitario para tejer más allá de las dificultades una red común, y tengo que decir que a estas alturas de la vida pensando un poco en Enrique me viene una nostalgia, y sobre el tema de la nostalgia voy a volver, que es un tema que Abel toca en el prólogo y que Enrique también aborda en una de las crónicas que se incluyen en este libro.

Imagen: La Jiribilla

Nostalgia paradójica de esos años terribles, de esos años dramáticos, porque además la caída en el vacío fue violenta y en gran medida súbita. La pregunta que se nos impone obligatoriamente es a qué se debe la popularidad de Enrique Núñez Rodríguez; a qué se debe esa cantidad de lectores que lo acompañó cuando escribía sus artículos para Juventud Rebelde, con ese entusiasmo juvenil que lo llevaba a leerlo primero a sus amigos que estaban más cerca, para ver cómo era la reacción, qué le encontrábamos, qué le criticábamos; a qué se debe que esa popularidad sobreviva en el momento actual, al punto que esta sala está llena, pero son muchísimas las personas que me han preguntado por ahí y dónde y cómo se puede conseguir el libro.

Yo creo que para entender la razón de esta extraordinaria popularidad hay que tener en cuenta varios factores: uno de ellos tiene que ver con esos años difíciles. En esos años difíciles  su columna no solamente producía una nota de humor, de humor tal y cómo él  lo cultivaba, de humor que no era agresivo, que no rozaba el absurdo, que no ponía en duda la condición humana; sino ese humor mezclado de ternura y por lo tanto de cercanía con su destinatario, de complicidad con su destinatario. Y en esos años nos hizo falta ese humor, cómo creo que hace falta siempre. Pero una de las claves a mi entender, está en el modo mediante el cual los temas de Enrique, el modo  de abordarlos iba encendiendo una luz de esperanza. No se trata solo de reír en el momento de la lectura.

Esa manera incitaba de algún modo a pesar de todo a reconciliarnos con la realidad. Quien repase estas crónicas podrá observar que Enrique tocó algunos de los problemas que afloraban por aquel entonces y que hoy llamamos crisis de valores. Esa reaparición del pícaro histórico está ahí en algunas crónicas de Núñez Rodríguez, pero siempre equilibrado, siempre vista con el cristal de un mundo que no está hecho de buenos y malos, que no es una película de cowboys, sino un mundo en el que algunos resbalan, qué se le va a hacer y otros se salvan. Eso también nos hacía muchísima falta en aquellos años.

Imagen: La Jiribilla

Otra clave, creo yo, está en los personajes que Enrique evocaba, diría yo que con un profundo espíritu democrático, porque allí aparecían desde personalidades súper conocidas de la farándula, de Rosita Fornés en adelante, hasta el anónimo compañero de escuela de Quemado de Güines, la maestra de la que algunos se recuerdan apenas el nombre, gente que sencillamente vivía en una cotidianeidad, en la que cada cual se reconocía y se identificaba. Todos aparecían al mismo nivel, tenían sus valores y su importancia sin que esto significara una concesión populista, sino todo lo contrario, puesto que cada vez que Enrique se refiere a los grandes actores y actrices, sobre todo del vernáculo, las coloca en su justo lugar, a la altura que les corresponde. No se trata por lo tanto de un falso igualitarismo, sino de concederle a todo el mundo, sea cual sea su esfera y su nive, una atención concentrada. Eliminar ese entorno de siluetas abocetadas por él y por  la imagen del anonimato.

De algún modo el lector que hoy recorre estas crónicas puede imaginarse los rasgos de algunos de los personajes a los cuales él se refiere no porque los haya conocido, ni porque haya una descripción exhaustiva, sino porque los rasgos característicos sugieren, provocan y desatan en cada uno de nosotros un conjunto de memorias, de asociaciones, y en  las que creo que también hay una clave. Cuando Enrique habla de sus maestros el lector inmediatamente evoca los suyos, por lo tanto no es una lectura distanciada, es una lectura comprometida de un texto que nada tiene de autoritario, sino que induce a encadenar asociaciones de recuerdos.

Yo creo, que sin duda, y vuelvo ahora al tema de la nostalgia. La nostalgia nos acompaña a todos siempre y cuando se habla de nostalgia, no es exactamente a la nostalgia de la república neocolonial a la que tanto se refiere Núñez, que atravesó con su memoria el machadato, el posmachadato, el desafuero de los auténticos, el golpe de Batista, etc. , no es nostalgia de aquello, no es nostalgia de los que hacían palacetes en El Vedado, es una nostalgia que tiene otro origen, otra humanidad, es la nostalgia que nos remite a nuestra infancia, porque de eso habla Enrique. Enrique no habla de la república de manera abstracta, la república es su memoria de la infancia, las relaciones con sus padres, la estación de correos, el telégrafo, la escuela, las ráfagas de los ciclones y las consecuencias que traían. Todo eso es como un gran mural pero la clave es que está construido con la mirada revelada del niño, de la misma manera que más adelante es la mirada salvaguardada del joven, que como tantos otros provincianos llegó a La Habana a triunfar y que se fue abriendo camino, tropezando, equivocándose y que llegó a hacerse de un espacio. Ahí es otra vez ese joven conservado, preservado que está hablando con nosotros.

Quiere decir que desde mi punto de vista la nostalgia no se construye desde el punto de vista histórico recuperado sino que la nostalgia se construye a través de nuestra propia experiencia personal, a través de nuestra vida, a través de las imágenes que a partir de nuestra subjetividad vamos construyendo a lo largo de nuestra vida y que le dan sentido. Y ese joven lo conservó Enrique hasta el final como cada uno conserva un pedacito de juventud y por lo tanto un pedacito de candor, un pedacito de inocencia, aunque hayamos pasado por mucho. Una visión del mundo donde no hay lugar para la mezquindad, el resentimiento, ni para la amargura.

Cuando Enrique menciona algunos escritores, artistas notables, expresa su admiración sin reserva y otra vez con ese candor conservado de la infancia. Y creo que esta es otra clave de la popularidad de Enrique Núñez Rodríguez, porque ahí nos identificamos con él, ahí otra vez el lector es cómplice, aunque la historia individual de cada uno sea diferente; aunque las vivencias, de las que tanto hablaba Enrique, sean diferentes. Hay por lo tanto en eso un partir de lo concreto, que se trasmuta en una cubanía esencial, de la cual, es la impresión que me da la lectura. Quemado de Güines deviene en un símbolo, es el macondo de Enrique Núñez Rodríguez, su infancia, su primera juventud, sus primeras vivencias, aquellas que marcan una vida, pero Quemado de Güines crece y se convierte, en símbolo,  en encarnación de esa Cuba también muchas veces silenciadas y olvidadas. Una Cuba que existe hoy todavía en muchos poblados, donde como en el Quemado de Güines de entonces la gente tiene que mirar las horas dando vueltas a la noria.

Por eso es que en el día de hoy, en el año 2014 cuando estamos viviendo circunstancias difíciles, pero diferentes, una etapa en que el mundo ha cambiado y nuestra sociedad también, una etapa en que las luchas que son las que le dan el sentido a la vida se modifican, se expresan de otra manera, seguimos disfrutando algunas crónicas hechas para un periodismo efímero, sin embargo, perduran, otra paradoja. Otro milagro que yo diría que es un milagro del candor y un milagro también de esa extraordinaria cualidad humana que animó siempre a Enrique. Esa conjunción de valores, de firmeza, lealtad, transparencia y tolerancia. Porque si firme en los principios, si intransigente pero a la vez tolerante porque tenía la sabiduría de saber que la carne es débil, que somos seres humanos, que tenemos defectos y virtudes y ese ser humano fue el destinatario de los artículos de Enrique Núñez Rodríguez, fue el destinatario que encontró ahí la palabra que necesitaba y la palabra que hoy día todavía nos hace falta.

Transcripción de la intervención de Graziella Pogolotti en la presentación del libro El vecino de los bajos, compilación de crónicas de Enrique Núñez Rodríguez, en la sala Villena de la UNEAC, 24 de julio de 2014. 

Comentarios

Soy fiel seguidora de todo lo que escribio Enrique Nuñez, me encanta su manera de decir las cosas, su humor para no herir ni decir una palabrota, a Guasa Garsin, me hizo pasar horas amenas igual que Mi vida al desnudo y Yo vendi mi bicicleta, espero encontrar pronto el libro.

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