Coppelia: Un pequeño equívoco
enciclopédico (Parte II)

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

Algunos amigos —y otros no tanto— pusieron en duda la anécdota que encabezaba la Memoria de la semana pasada, aunque reconocían al menos que era una motivación simpática para adentrarse en una crónica sobre el coliseo de la Ciudad Deportiva, aunque no fuera real.

Los no tan amigos argumentaron que debí incluir un testimonio gráfico del dislate del mataburro en cuestión y el hecho de no haberlo puesto a la vista, hacía dudar de veracidad de la anécdota e invalidaba todo lo demás.

Reconozco que tendí una trampa.

Y en ella cayeron, redondos, sociales y antagonistas.

Reconozco también que siendo la intención hacer un homenaje a la obra humana, en este caso realizada en esta Habana que amamos y padecemos —que tanto lo necesita—, debí mostrar fotos de la cúpula de la Ciudad Deportiva.

No fue posible.

Razones de fuerza mayor lo impidieron.

Pero la trampa estuvo —con toda intención, un poco alevosa, es verdad— en que el trabajo tendría una segunda parte, ahora puesta a consideración y en la que brindo detalles de la cúpula de la Heladería Coppelia, en comparación con la de la Ciudad Deportiva, suficientemente diferentes ambas como para que un diccionario que se respete pifie de un modo tan ingenuo.

La anécdota de la pifia es real1 y ahora sí va con testimonio gráfico porque hablaremos de esa maravilla que es Coppelia, considerada por muchos como la catedral del helado, aunque por los tiempos que corren sea una “basílica menor”.

Para ser fieles a la ética y a la verdad diremos que el error apareció en el pequeño Larousse Ilustrado, edición 19972, en la página 1379, sección H.

Imagen: La Jiribilla

Coppelia fue construida entre 1965 y 1966, en lo que iba siendo uno de los centros sociales de La Habana.

La instalación ocupa un área de dos mil metros cuadrados y consta de un edificio central circular con dos niveles, rodeado de amplias terrazas a cielo abierto, con varias mesas casi integradas a los jardines.

Su área central, sobre la que se eleva lo que muchos habaneros llaman la “torre”, se sostiene por columnas de hormigón armado, fundidas en el lugar y vigas —prefabricadas al pie de obra—, que “vuelan” sobre las terrazas para terminar apoyándose en muros que sirven de contrafuerte.

Encima de todo lo anterior está el  techo circular “cuyo domo, es de  40 metros de luz libre”, mucho menor que el de la Ciudad Deportiva, que es de 88 metros de diámetro.

La bóveda está formada por grandes “losas nervadas” y lo remata un lucernario de cuatro metros de alto y cinco de diámetro con cristales de colores en forma de linterna.

El diámetro de cada piso de los famosos salones del segundo nivel es de 12 metros y tiene esta misma dimensión el círculo anular donde desemboca la escalera.

Con capacidad para atender mil personas simultáneamente la moderna edificación fue un atrevido proyecto del arquitecto Mario Girona, con la colaboración de sus homólogos  Rita María Grau y Candelario Ajuria.

Imagen: La Jiribilla
Primer boceto de coppelia del arquitecto Girona

Según consta en los protocolos de construcción, los cálculos estructurales estuvieron a cargo de los ingenieros civiles Maximiliano Isoba y Gonzalo Paz.

La Unidad C-15 "Jesús Menéndez"  tuvo a su cargo la construcción bajo la responsabilidad del maestro de obras Miguel Martínez.

Tanto Coppelia como la Ciudad Deportiva son dos ejemplos de hermosos edificios habaneros que  no necesitan comparase el uno con el otro, pero en el panorama arquitectónico cubano tienen peculiaridades tan distintivas que merecen ser vistos como lo que son.

 

Notas

1. Ver Memoria anterior

2. En la sección pasada dije edición 1998. Aquí reconozco que la pifia la cometí yo.

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