Alicia se mira al espejo y descubre
que ya no es la niña de antes

“Poner los intestinos en blanco y negro”

Marianela Boán

I.

Si se piensa bien “canibalismo” no es una palabra tan ajena. Es aplicable a muchas tendencias artísticas actuales, y además forma parte del salvajismo propio de la humanidad desde el inicio de los tiempos. Todos, alguna vez, hemos sido caníbales de alguna “carne” de nuestros semejantes, ¿o no? Y no pienso en el canibalismo solamente como antropofagia, sino como paso necesario en la evolución, en ese eterno reciclaje de información y modos que hacen crecer la espiral dialéctica hasta el infinito.

Imagen: La Jiribilla
El sueño de Pelusín, 1999

Si se piensa bien el “canibalismo creativo” no tiene por qué ser un término que defina y saque a flote los peores momentos del teatro cubano, ni las historias de jóvenes perdidos en montañas heladas devorándose entre ellos para sobrevivir. Este “canibalismo” del que hablo está en todas las grandes cosas. Y no busco otra palabra para definir porque creo fervientemente en que las cosas bellas y buenas tienen un alto porcentaje de pasión y fiereza que las posiciona más a la derecha del diablo.

El teatro, cual sea, tiene mucho de esto. Detrás, delante, o junto a la madera, el papel, las telas, las luces, el andamiaje, están estos seres de carne y hueso que llamamos creadores exponiendo el cuerpo durante horas, maltratando cada fibra de su cerebro en cuanto cambio emocional se pueda asumir, estudiando, construyendo, dando vida o quitándola… y siempre ―o casi siempre― luego de beber de todos aquellos que puedan aportar algo a su estética. Esto es canibalismo creativo.

Cuando Marianela Boán habla de “poner los intestinos en blanco y negro”, también habla de canibalismo. Cuando se descubre que primero hay que ser un buen hijo, para luego ser un buen padre, se está hablando de canibalismo creativo. En cambio, cuando hablamos de repetición, cuando la mímesis se impone a fuerza de desinformación, cuando somos incapaces de reformular, reciclar, reescribir…, entonces el canibalismo se transforma en salvajismo, y la creatividad es una semilla que muere antes de germinar.

Imagen: La Jiribilla
Lo que le pasó a liborio, 1995

II.

A sus 20 años, Teatro de Las Estaciones me deja husmear entre sus secretos. Recorro incansable cintas de casetes, papeles empolvados, programas de mano, postales con dedicatorias, sobres manuscritos, Norges en email, Faras jóvenes, Migdalias con cortes de cabellos exóticos, Yaminas de palabras dulces, Zenenes con ojos de zafiro, Rubenes siempre sonrientes, Freddys de brazos abiertos, Elviras con pianos, Maricusas a voces, Lilitas de piernas fuertes… y muchos, muchos nombres que se abrazan en la historia de un grupo que partió del “canibalismo creativo” plenamente consciente de que para crecer primero es necesario nacer.

Cuando en el 1995 Rubén reaparece en las tablas del Teatro Sauto —luego de alegrar a los niños del año 94 con grandes espectáculos de variedades— en formato arena con una versión del cuento Liborio, la jutía y el majá del santiaguero Emilio Bacardí, ¿no estaba claramente redireccionando sus experiencias con Papalote hacia un origen, el suyo propio, en el que podía hallar mejores y más precisos resortes creativos? ¿No tomaba esta tropa un poco de aquí y de allá para encauzar un discurso propio? En aquel momento aún no conocía Rubén que los hermanos Camejo, quienes apuntaban a convertirse en su faro de “canibalismo creativo”, ya habían adaptado esta fábula en el Guiñol Nacional durante los años 50. Es entonces Lo que le pasó a Liborio un primer espectáculo como deben ser los primeros intentos: sólidos en investigación y parte de uno mismo.

Para finales del 95 Un gato con botas se convertía en el segundo estreno de la agrupación: un homenaje a esa mascota traviesa que anda y desanda los retablos cubanos desde que en 1965 los Camejo le dieran vida en el Guiñol Nacional. Un segundo rastro se seguía no como calco incólume, sino como homenaje y agradecimiento.

Cuatro años después llegaría Dora Alonso y El sueño de Pelusín; en esta ocasión ya el reciclaje, el homenaje, el encauce del sendero está trazado sin tapujos, y el montaje es dedicado a “[…] la memoria de Julio Lot, quien dirigió Las aventuras de Pelusín del Monte en la TV durante los años 61 y 62 con rotundo éxito; a Pepe Carril, que animó a Pelusín en la puesta de 1963; y a los hermanos Pedro, Pepe y Carucha Camejo, actor el primero, diseñador de Pelusín el segundo, además de actor y director artístico, y ella, una mujer que actuó y dirigió el espectáculo […]1

El 2001 recibe la obra que por excelencia deben montar alguna vez todos los titiriteros cubanos, y que Teatro de Las Estaciones dedica a los alumnos de la Academia de Artes Dramáticas de la Escuela Libre de La Habana (ADADEL), que en mayo de 1943 estrenaron esta versión de Modesto Centeno sobre La caperucita roja. Y a mediados del mismo año la Gira Nacional Pelusín del Monte rendirá tributo a la fundación durante 1961 de los Teatros de Guiñol en varias provincias del país. Es así como Pelusín y los pájaros además de regresar a Las Estaciones a los inicios titiriteros de retablo y cachiporra, coloca otra bandera de réquiem en el arduo camino de saldar las deudas con sus hermanos Camejo: también hermanos del alma.

Imagen: La Jiribilla
Pedro y el Lobo, Teatro de Las Estaciones

Seguirían en 2002 Pedro y el lobo, obra con la que el Guiñol Nacional de Cuba inaugurara la primera sala estable de teatro para niños en 1962; y en 2003 La Caja de los juguetes, una versión de Norge Espinosa casi más del libreto de Carucha Camejo, que de las partituras originales de Debussy y Hellé.

Ya para el 2005 el “canibalismo creativo” pasa los límites de la aprehensión y se transforma en lo que si no es una de las muestras de devoción más intensas del universo titiritero cubano debería serlo: el montaje de La virgencita de bronce, inspirado en la novela, en el libreto de comedia lírica perteneciente a los hermanos Camejo, marcado por el gomígrafo de Gonzalo Roig, en la versión de Carucha que nunca logró montar, en el libreto creado por Modesto Centeno, estrenado en 1975, luego de que los Camejo salieran del Guiñol Nacional.

El patico feo, adaptado por Carucha en 1967 y por Las Estaciones en 2006. Los zapaticos de rosa, traído en 2007 como una novedosa forma de escenificar el poema, ya había sido montado con títeres en 1960; y para Rubén y su equipo era esta otra forma de hacer llamar la atención sobre sus luces encumbradoras.

En el 2010 la investigación Mito, verdad y retablo. El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, coautoría de Norge Espinosa y Rubén Darío, es merecedor del Premio Rine Leal de Teatrología: finalmente ven sus autores y todos los implicados con la historia del Guiñol Nacional y los Camejo, la oportunidad de sacarlos de la oscuridad en la que intentaron que desaparecieran por más de una década. En estos gestos de restitución ha de devenir el “canibalismo creativo”.  

Para finales de 2013 Alicia en busca del conejo blanco llega a las tablas como un regalo de Teatro de Las Estaciones a su público, a sí mismos y, claro que sí, a Estorino y la última página extraviada de su versión para los Camejo y Pepe Carril. Una historia adormecida en el 1971 que se hace realidad en palabras de Rubén Darío Salazar, en el afán de un equipo que, como los Camejo, aprendieron a defender el teatro de títeres como la vida misma, y no se han detenido en 20 años.

Imagen: La Jiribilla
Un gato con botas, 1995

III.

Muchas veces es duro crecer, pero igual se crece. Así que, como yo lo veo, la tristeza o la negación ante el inevitable fenómeno están altamente sobrevaloradas. La inevitabilidad del suceso, en lugar de causar pavor, debería incitarnos a vivirlo de la mejor de las formas. Otras veces se quiere crecer y se queman las naves sin saber que nuestro cartógrafo desconoce tanto como nosotros del rumbo variable de los mares. Pero hay unas pocas ocasiones en las que crecer es el resultado inevitable de un camino que se ha andado sin tibiezas, y en el que no se lamenta haber perdido cabello, salud, delgadez… Son esos los derroteros de Teatro de Las Estaciones. Son esos los senderos en los que el “canibalismo creativo” es fórmula infrangible, porque a sus practicantes les va la vida en ello.



1. Rubén Darío Salazar. Notas al programa de mano de Pelusín del Monte. Archivos de Teatro de Las Estaciones. 1999.

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato