Brevísima reseña para 20 años

Clásicos peligrosos en Las Estaciones cubanas

Sorangel Fuentes • Matanzas, Cuba

Sobre lo verdadero hay que golpear
José Martí

 

Con la entrada del siglo XXI, Teatro de Las Estaciones, un proyecto que comenzó con la asunción de buenos amigos e intereses comunes en el teatro de títeres, se replantea propósitos y los hace explícitos en su Manifiesto:

“Queremos promover, patrocinar y acompañar nuevas ideas y proyectos. Trabajar en la publicación de textos y materiales especializados. Estimular la dramaturgia y el estudio de la historia de los títeres. Propiciar talleres y espacios de conocimiento con profesionales. Incentivar los valores humanos de la nueva generación y contribuir a su educación estética. Potenciar la individualidad creativa en función del grupo y del teatro de títeres nacional. Trabajar con la vitalidad y el riesgo característico de este oficio.

Teatro de Las Estaciones abre sus puertas a pintores, músicos, escritores, coreógrafos, poetas, realizadores de cine y video, investigadores, arquitectos y maestros, y a todos los que encuentran en los títeres la luz que sugiere e ilumina. Volveremos a recomenzar el camino.”[1]

Dos décadas de trabajo constante, en ascenso, visualizan la evolución de Teatro de Las Estaciones, fiel a los postulados planteados en su manifiesto, con un resultado que rasa hoy en la exquisitez de un teatro mayor, responsable, de alto valor estético y con sentido compromiso social.

Uno de estos riesgos fue versionar cuentos clásicos, con el reto de llegar a igualar o dignificar las historias originales en tiempos y espacios diferentes, desde nuevas lecturas y propósitos, conscientes de que cada época necesita un nuevo definir de su consternación, de las presiones que la amenazan, de los sueños y las esperanzas. La tropa liderada por Rubén Darío Salazar defendería “la luz que sugiere e ilumina”[2].

Imagen: La Jiribilla
Pinocho corazón madera
 

Así entraron en juego cinco cuentos clásicos, una pentalogía de narraciones antiguas en peligro de perder su esencia, para tornarse provocativas y comprometidas. Un gato con botas, La caperucita roja, El patico feo, Pinocho, corazón madera y Alicia en busca del conejo blanco se estrenaron, sacrificando cada una al espectáculo anterior, máxima de un grupo teatral que se supera constantemente desde sus propios códigos estéticos. El breve recorrido por estas puestas puede ser homenaje y entendimiento de estos primeros 20 años.

I. Un gato sereno y una caperucita intrépida

En diciembre de 1995, estrenan Un gato con botas, inspirado en el conocido relato del francés Charles Perrault. Un inicio humilde con los clásicos, que desde sus presupuestos escénicos agasaja al teatro. La fantasía se concentra en la inteligencia de un gato llamado Hamlet (teatro dentro del teatro) y la utilización de títeres de guante, la técnica de animación más utilizada a nivel nacional. Rubén Darío no actúa, asume la dirección de un espectáculo sencillo desde todos sus componentes: dos actores (Fara Madrigal y Freddy Maragotto); retablo con diferentes planos, inspirado en las ilustraciones de libros de literatura para niños, música heredada de un miembro del equipo de Teatro Papalote, el compositor Raúl Valdés, acompañado esta vez por Nelson Maragotto y la coreografía de Liliam Padrón.

Imagen: La Jiribilla
El patico feo

No hay más intención que seguir defendiendo la magia de la poética titiritera y recordar, de alguna manera, la puesta en escena de 1965, dirigida por Pepe Carril en el Teatro Nacional de Guiñol.

Seis años tardaría en llegar el segundo clásico valeroso, esta vez más intrépido que Un gato con botas. En abril de 2001, La caperucita roja inunda el escenario del majestuoso Teatro Sauto. El retablo tiene que crecer; los actores estudian, se escoge el texto que inaugura en Cuba un teatro para niños y de títeres profesional (Modesto Centeno, 1943), que ahora, de nuevo en las tablas, cobra un sentido mayor.

A Fara Madrigal y Freddy Maragotto se une Migdalia Seguí, un espectáculo totalmente representado con títeres, de matices amables y transparentes, al que se incorpora, además de los grandes marottes animados, la técnica del teatro de sombras, y para el cual Zenén Calero, en los diseños, recurre a la plástica picassiana. Una vez más la música de Raúl Valdés y la coreografía de Liliam Padrón, complementan el equipo artístico, al que se une Bárbaro Joel Ortiz en el diseño de mecanismos y construcción escenográfica, y Yamina Gibert, quien se inicia en el trabajo de asesoría dramática.

La caperucita… supera a Un gato…, y la estética de Rubén Darío apunta segura a un teatro de complementos artísticos: el movimiento, los colores y el sonido se fusionan. La crítica benévola. El público queda inquietamente satisfecho.

II. A lo feo con su encanto        

Hans Christian Andersen y su cisnecito confundido, traen en el 2006 el bravo nuevo clásico a la guillotina eficaz de Las Estaciones. Esta vez la complicidad del dramaturgo Norge Espinosa y la dirección de Rubén Darío complican el escenario.

El patico feo es un paisaje musical en cuatro tiempos para figuras, máscaras y actores que divide la historia en las diferentes estaciones del año; un poema dramático bien representado mediante la música de Elvira Santiago (compuesta particularmente para esta representación) y la voz de la soprano Mayuley Álvarez.

La propuesta de diseño de Zenén Calero se sustenta en el títere plano, la máscara, la luz negra y la sombra, con un fantástico colorido que cuatro actores mueven y trasforman rítmicamente bajo la guía, una vez más, de Liliam Padrón.

Un discurso renovado, que defiende como tesis la poética de lo diferente, con fuerza arrolladora en la visualidad y una dramaturgia sólida que obliga el pensar y el sentir, trasmutan al patico feo de Andersen, en un icono contemporáneo que defiende la suerte del amor y la diversidad.           

El pequeño cisne disfruta el tránsito por las etapas de la vida, se consolida en su propio encuentro, seguro de que la belleza prevaleciente está en su interior.

Así este proyecto artístico, apuntalado en sus “estaciones”, permite que Rubén Darío muestre una vez más el éxito de la conexión entre corporalidad-espacio-imagen-sonido, su estética sigue en pie. El patico… triunfa sobre Un gato… y La caperucita… La crítica aturdida, pero seducida. El público queda hechizado, encantado.

III. Porque Pinocho es Pinocho

Y llegó el títere más osado, el notable Pinocho deseado por todos los retablos. ¿Qué nos trae esta nueva estación? ¿Cómo superar a El patico feo?

Pinocho, corazón-madera se inspira en el cuento original de Carlo Collodi, por feliz recurrencia, en versión de Norge Espinosa, con una afortunada y consciente ausencia de su alto vuelo poético en términos líricos; no es un cuento amable, no compite por lo bello. Es 2011, más de diez años ha envejecido el nuevo siglo y la amenaza a los sentidos, a los valores, invade la sociedad contemporánea. El homo informaticus desplaza al homo erectus y el peligro de la imposición, la desnaturalización, el efecto electrónico amenazan la plena decisión.

Así convoca otra vez Salazar al “bloque” estaciones, desde la grandeza de sus actores probados en la arena, mediante una interpretación esperpéntica. La maestría de Liliam Padrón, la música de Elvira Santiago que se remonta a las melodías de la década del 60 del siglo pasado. Los fabulosos diseños de Zenén Calero potencian más el histrionismo, enfatizando la condición títere-madera-protagónico de Pinocho, con solo una mesa como elemento escenográfico y un esplendoroso vestuario que recrea una época feliz superada.

Pinocho defiende su condición de títere tras un viaje de situaciones y reencuentros, como quien existe en un videojuego. Aclara vivir por lo que quiere ser: títere y de madera. Otra vez los finales trocados de Salazar-Espinosa, metidos hasta el fondo en un teatro reflexivo, lleno de interrogantes, sin sutilezas, electivo: ¿quiénes somos, qué queremos, qué derechos tenemos para elegir?

Pinocho corazón-madera es un espectáculo conmovedor y escalofriante, que juega con el absurdo para golpear verdades, insólito en lo esperado pero astuto en su final. La puesta en escena sustenta la ascensión del proyecto artístico y su concepción estética de un teatro todo, donde se escucha el movimiento y se ven los sonidos; crecido por demás y por supuesto en su contrato social. La crítica atónita pero cómplice. El público complacido y feliz porque se les da la opción de elegir.

Pinocho es mucho Pinocho, moviliza el pensamiento y mueve fibras muy sensibles; es además, de las versiones de cuentos clásicos, mi preferida en el repertorio de Teatro de Las Estaciones. ¿Qué sigue en la escala?

“Que me sobren aventuras,
que no me falte la ansiedad
de correr buscando alturas,
mundos más nuevos que ganar.
¿Qué teatros y ciudades
extraños rumbos me abrirán?
Lo sabré encendiendo estrellas
en otros cuentos sin final”
[3].

IV. La maravilla de Alicia

Cierra la pentalogía de clásicos, Alicia en busca del conejo blanco, inspirada en la novela para niños Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll. Es una persecución fantástica en diez escenas, un prólogo y un epílogo para actriz, figuras y telones, concepto e idea visual de Rubén Darío Salazar y Zenén Calero y estrenada en agosto de 2013; con coreografía de Liliam Padrón y música grabada por instrumentistas sinfónicos, especialmente para esta representación.

Alicia… resume el breve e intenso recorrido anterior. Es un espectáculo atractivo y sugerente, poco correcto, en el que ilusión, asombro y fantasía se suceden constantemente. Acertado desde la dramaturgia (síntesis y selección inteligente de las historias de Carroll), la inclusión de un prólogo radial que sustituye la banda sonora ambiental; intervención de variadas técnicas teatrales y titiriteras, de elegante oficio; virtuosismo actoral, un diseño escenográfico, de vestuario y de figuras que raya en la exquisitez; selección y composición musical de sonidos atrayentes, diseño gráfico fresco, coreografía perfecta para cada movimiento y una dirección artística sagaz; criterios que ya expuse en lo que fuera mi primer acercamiento a la creación teatral y su apreciación crítica.

Rubén Darío reconcilia las categorías teatrales de unidad, tiempo y espacio, juega con una aparente ruptura de la estructura escénica para contar la historia, que a fin de cuentas no se sale de los códigos tradicionales, porque en la representación hay presencia y presente, esa doble relación con la existencia y el tiempo que en definitiva es el teatro. Diez escenas, un prólogo y un epílogo conforman un espectáculo orgánico, con una dramaturgia sólida en lo discursivo.

Alicia es una niña (personaje concebido para actriz), rodeada de títeres y objetos animados, que defiende los sueños en un mundo desconcertado y confuso. Una niña no tan serena como el protagónico de Un gato…, que se parece un poco a La caperucita…, pero con el encanto del El patico…, y la decisión de Pinocho…

El espectáculo, un total, un asegurar, otra vez, la evolución estética de Teatro de Las Estaciones y la poética de Rubén Darío. Veinte años de inicio y final que garantizan un teatro de arte. La crítica sin precedentes. El público asombrado, impresionado, lleno de nuevos sueños.

V. Para los próximos 20 años

En ese balance entre lo tradicional y lo contemporáneo, desde la búsqueda y la revisión constantes, contextualizando, con la cubanía por bandera y los títeres sus portadores; componen un todo orgánico en la conexión corporalidad-espacio-imagen-sonido, a que se ajustaron los clásicos en unas estaciones nada estáticas.

Han mantenido a la crítica benévola, aturdida, atónita, seducida, cómplice y sin precedentes, pero sobre todo, a partir del trabajo constante. No le han dado tregua, desde un teatro arte, de compromiso social en cualquier latitud.

Al público lo han mantenido satisfecho, hechizado, encantado, lleno de sueños, desde su teatro optimista y sabio. Los clásicos, como todo su repertorio, explotan en la intimidad de la salita Pepe Camejo y llegan a las comunidades rurales matanceras, a las salas de teatro de todo el país, a los más importantes festivales del mundo; va más allá, al corazón de esa familia para la que Rubén Darío y Teatro de Las Estaciones encienden la luz todos los días.

¿Se atreverán otros clásicos al peligro de caer en el retablo de Las Estaciones? ¿Qué pasará en las próximas dos décadas? Porque no cabe duda de que existirán próximos 20 años. Para quien sabe utilizar el talento y la virtud, el tiempo es infinito.

                                                                                                         

                                                                                                       Matanzas, agosto 2014

 

[1] Manifiesto de Teatro las Estaciones: proa hacia un nuevo siglo. Archivo de Teatro de Las Estaciones
[2] Ibídem   
[3] Norge Espinosa. Canción final de Pinocho corazón-madera

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