Teatro de títeres, la profesión
que me apasiona

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba
Fotos: Cortesía de Teatro de Las Estaciones
 

I. Un árbol llamado Teatro de Las Estaciones

Teatro de Las Estaciones [1], nació el 12 de agosto del año 1994, en medio de la crisis de los balseros, uno de los peores eventos de la Isla a nivel social. Yo había dirigido algunos conciertos en el Teatro Sauto (el primero fue con Raúl Torres, en 1991, y el otro con Alfonsito Llorens, en 1992), y un recital de marionetas para Carlos González. Cecilia Sodis, la directora del Sauto, nuestra casa materna, y Mercedes Fernández, la presidenta del Consejo Provincial de Artes Escénicas de Matanzas, dos mujeres grandes por su defensa de la cultura toda en los malos y mejores momentos, me pidieron que organizara un espectáculo para niños, que trajera alegría y optimismo al público que asistía al coliseo decimonónico. Entonces vio por primera vez la luz la semilla de lo que es hoy un hermoso árbol. Así surgieron los cuatro espectáculos fundacionales de la agrupación: ¡Viva el verano! y Canción de otoño, en 1994, y luego, tras la exitosa acogida vinieron El cuento de invierno y !Buenos días primavera!, en 1995, una suerte de revistas musicales para la familia que incluían casi todas las artes.

Nombres como Liliam Padrón, Maricusa Menéndez, Raúl Valdés, José Antonio Méndez Valencia o Enrique Pérez Mesa, fueron imprescindibles en aquellos primeros montajes. Todas personalidades culturales de la ciudad y la nación. Trabajé lo mismo con actores aficionados como Melba Ortega, que con miembros del Teatro Mirón Cubano (Marien Padrón, Gilberto Subiaurt), que con los de Teatro Papalote (Migdalia Seguí, Arneldy Cejas, Freddy Maragotto), los de la emisora provincial de radio (Fara Madrigal, Magaly Bernal y René Money), un grupo de títeres de La Habana (Compañía de Marionetas Hilos Mágicos), artistas del Circo Nacional de Cuba (Dúo de Narciso y Margeris). Fue un mundo que se abrió para mí desde el gran musical, hasta llegar a los espectáculos de teatro de pequeño formato, que es lo que realmente me interesa.

Trabajamos desde 1994 hasta el 2000 sin devengar salario alguno como colectivo. Tras el regreso del Henson Festival of Puppet, en Nueva York, EE.UU., nos propusieron desde el Consejo Nacional de Artes Escénicas, la posibilidad de oficializarnos. Ya habíamos actuado por toda Cuba, en España e Italia, no había quien detuviera la energía de gente apasionada por el retablo titiritero. A punto de cumplir nuestro grupo 20 años, me complace trabajar con nuevos integrantes y con la presencia segura de algunos de los fundadores. Algunas personas me lo han dicho, y es verdad, yo busco al títere como una obsesión, no lo niego, es como un vicio. Yo no fumo, no tomo café, no tomo ron, pero veo todo lo que tenga que ver con el arte del títere. De muñecos nadie puede hablarme mal, no lo permito, esta es la profesión que me apasiona.

Imagen: La Jiribilla
Ruben Darío Salazar con los títeres Doña Pirulina y Pelusín del Monte
 

II. Zenén Calero, el privilegio de una agrupación

El teatro de títeres es un arte de la imagen, el actor está presente y es importante, pero no es lo único significativo en escena, al menos para mí como director artístico. El muñeco es una imagen plástica, es un volumen  con texturas, con colores. Si no hay un artista plástico, como lo tuvo el Guiñol Nacional en Pepe Camejo, luego en Jesús Ruiz o Armando Morales, entre otros, es muy difícil trabajar. Contar con Zenén Calero que, además de ser un buen diseñador, es un hombre transparente, de nobleza infinita, es una magnífica posibilidad.

Lo conocí en 1987, cuando tras graduarme del Instituto Superior de Arte de La Habana, y con el madrinazgo de la recomendación de Mayra Navarro, pasé a formar parte de esa prestigiosa escuela que es el Teatro Papalote, conjunto al que él pertenecía desde 1979. Siempre que hacíamos trabajo de mesa, le preguntaba después cómo hubiera hecho el diseño si estuviera libre de cualquier indicación directriz. Sus respuestas, eran las de un hombre cuyo mundo interior no había salido afuera con todas las fuerzas. Puedes darle a Zenén una idea para hacer un espectáculo y te la devolverá renovada, enriquecida, engrandecida, porque es un hombre que no se cansa nunca de mirar. Si hay una Bienal de Artes Plásticas en La Habana, allí está, si hay una feria nacional o internacional de artesanía, también está allí, todo le sirve. No es solamente un decorador, o alguien con excelentes habilidades manuales. Es un hombre de teatro, en todo el sentido de la palabra. Va a conciertos, teatro, ballet, o a una exposición, necesita nutrirse cotidianamente. Yo dirijo un grupo que posee un privilegio, tener a Zenén Calero.

III. Los actores titiriteros de Las Estaciones

Los actores titiriteros son una especie rara. Deben confluir en ellos las posibilidades actorales, la animación de figuras, la danza y el canto. Nuestra agrupación no es una compañía, es una familia pequeña que comparte sus intereses humanos y artísticos hace ya casi 20 años. Aún recuerdo al joven que era Freddy Maragotto, uno de nuestros fundadores, lleno de sueños y condiciones histriónicas. Tenía 19 años en 1994, yo 31. Se convirtió en un actor titiritero pleno y creativo, justamente como yo considero que deben ser los actores de esta manifestación. Nos acompañó hasta casi finalizado el 2010. No ha hecho más teatro de títeres, sigo pensando que está dotado especialmente para eso.

Recuerdo también a Yerandy Basart, un actor que se incorporó a nuestro grupo por decisión propia. En el 2004, mientras hacíamos en el Festival Nacional de Teatro de Camagüey La caja de los juguetes,  me dijo que cuando terminara la Escuela Nacional de Arte, quería venir para Teatro de Las Estaciones. Tenía el interés por los títeres como paso adelantado, por eso abrí el núcleo cerrado a nivel actoral que fueron Las Estaciones durante diez años. Lo que prometía Yerandy se convirtió en realidad. En poco tiempo consiguió logros que a otros les ha costado años. Regresó en 2009 a La Habana, su ciudad natal. No me consta que haya hecho nada más en el teatro de títeres, una gran pena. Con muchas posibilidades para el teatro de figuras, pasaron también por el grupo los actores Aniel Horta, Luis Torres y Francis Ruíz, todos jóvenes y encantadores, con ese carisma tan necesario sobre la escena, póngasele un plus si de títeres se trata. Todos permanecieron entre dos y tres años. Ninguno de ellos hace teatro hoy, unos siguen viviendo en Cuba y otros marcharon al extranjero. Ojalá alguna vez regresaran, les ayudaría a recobrar el tiempo perdido lejos de las tablas, algo que muchos sienten irrecuperable.

La sangre nueva se necesita para garantizar la permanencia, pero no por ser sangre nueva debemos admitirles posiciones éticas superficiales, que no sientan vocación o al menos respeto por los títeres. Esta es una profesión en que solo consigues animar un muñeco y dominar todas sus posibilidades artísticas con el paso del tiempo. En ese apartado cuento con dos excelentes artistas: Fara Madrigal, reconocida y premiada como una de las primeras actrices titiriteras de nuestro país, y Migdalia Seguí, dueña de una experiencia de más de 30 años y una entrega sin límites al arte del retablo. Ambas entraron en 1995, son parte de las columnas de nuestro retablo-partenón. He tenido otras actrices muy jóvenes, con muy buenas condiciones artísticas para este oficio, pero no creo que algunas amaran el teatro de figuras, o que les interesara verdaderamente la manifestación, no al menos desde el respeto y la consagración que este arte precisa.

Ahora mismo tenemos un elenco muy joven integrado por artistas de experiencia como Iván García, un creador muy especial, lleno de inteligencia y voluntad. Luis Toledo, procedente de la Escuela Provincial de Arte de Santa Clara, y las jovencísimas Karen Sotolongo, aún en ciernes, pero con muchísimas posibilidades de desarrollo y María Laura Germán, que hace crecer sus capacidades con la entrega del día a día. Las puertas de nuestro teatro están abiertas para personas con sensibilidad y talento, para los que  tengan las condiciones tan particulares que precisan los titiriteros. Así se irá conformando la continuidad de Teatro de Las Estaciones, de una manera orgánica.

IV. La jornada titiritera

Un día de trabajo nuestro es como el de cualquier teatro, entrenamientos, ensayos, encuentros teóricos, talleres de creación y mucho trabajo y estudio individual. No soy mago, lo que sé lo he ido asimilando mediante el estudio y la vida. Siento que todavía no conozco nada, que me faltan un montón de cosas. Por eso creo que un día de labor va más allá de esas cuatro o seis horas reales y útiles en la jornada profesional de un artista de la escena.

V. La dramaturgia titiritera y otros caminos de la escritura

El mayor logro de una agrupación teatral está en conseguir un buen equipo de trabajo, esa es la garantía de que las especialidades del montaje estén óptimas a la hora de parar en escena el espectáculo. A veces he hecho yo la dramaturgia espectacular sobre textos de otros autores, Un gato con botas, sobre el cuento de Perrault, Lo que le pasó a Liborio, versión de un cuento de Bacardí Moreau, El guiñol de los Matamoros, según las canciones cubanas de los años 30, 40 y 50, La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón, a partir del cuento popular andaluz del mismo nombre, recogido por Lorca, La caperucita roja, inspirada en el texto reconocidísimo  de Modesto Centeno, Pedro y el Lobo, el cuento musical de Prokofiev, El gorro color de cielo, integrado por dos piezas titiriteras de Villafañe, Historia de burros, de René Fernández, Burundanga, de Luis Enrique Valdés, Los zapaticos de rosa o Una niña con alas, cuyos orígenes fueron los textos literarios de Martí y Dora Alonso, de esta última representé primero El sueño de Pelusín, luego Pelusín y los pájaros, siempre mediante una reelaboración espectacular del texto inicial.

Le he pedido especialmente al dramaturgo, crítico y poeta Norge Espinosa su colaboración para obras como En un retablo viejo, El patico feo, La caja de los juguetes, La virgencita de bronce, Por el monte carulé, Federico de noche, Pinocho corazón madera o Canción para estar contigo. Es un autor que tiene la poesía y la gracia que me gustan para los títeres. Esta mezcla no es muy común, a veces hay un exceso de lirismo en los autores, algo malo para los títeres, o un exceso de humor que raya en lo vulgar, nefasto también, no se debiera confundir sensualidad, sátira o procacidad con lo prosaico, banal o mediocre. En tanto se esté a la búsqueda de un teatro de arte hay que apostar por buenos escritores. Norge Espinosa es uno de los autores donde yo hallo la hermosa conjunción de sensibilidad, cultura y picardía, ingredientes necesarios para que un personaje de papel y cartón se exprese. Lo conocí en 1996, pero no es hasta 2001 en que le pido su contribución. Por esos tiempos él trabajaba con Teatro Pálpito y supe esperar a que ambos nos conociéramos de verdad.

Imagen: La Jiribilla
Ruben Darío Salazar con Norge Espinosa
 

Además de los titiriteros, cuyo material humano hay que ir conformando a base de talleres de improvisación y animación, entrenamientos físicos y mentales, conferencias de otros artistas sobre temas afines al montaje, clases de danza y canto, de teoría musical y pictórica, está el ojo frío y cómplice a la vez del asesor. Esa tarea la ha realizado Yamina Gibert desde 2001, su trabajo ha sido imprescindible en los éxitos de nuestra agrupación. Nos conocemos desde el Instituto Superior de Arte, en 1982. Siempre hemos tenido mucha identificación intelectual y una pasión compartida: los títeres.

VI. Tradición, novedad y actualidad en los títeres

Para mí lo tradicional, lo novedoso y lo actual tienen puntos en común. No se puede ser tan ingenuo como para desechar toda la maravilla que aporta conocer aquello que algunos nombran tradicional, o lo que otros llaman novedoso, mucho menos de tan pocas luces como para dejar fuera de lo que estés creando, a tu visión personal sobre ambos conceptos, filtrados claro está, por el aprendizaje diario, por el contacto con las artes y la sociedad. Ahí está lo novedoso y lo actual, en la variante poética que uno expone sobre algo de lo cual los demás ya han dado su criterio. No hay nada original ciento por ciento, casi todo está inventado en materia de arte, lo que uno hace es reciclar las vivencias y estudios culturales de hace cientos de años, dándoles siempre un toque personal.

VII. El sonido de los títeres.

Si yo no hubiera sido actor, titiritero y director, hubiera sido pintor, bailarín o músico, en ese orden descendente. Cómo no dedicarle entonces un papel preponderante al elemento sonoro en mis puestas en escena. Con los músicos he tenido una relación hermosa, tensa y fecunda, Jorge Luis Montaña en La niña... (1996), Reynaldo Montalvo en Pelusín y los pájaros... (2001), Maricusa Menéndez en El gorro color de cielo (2000), Ernesto Perdomo en Historia de burros (2006) y Una niña con alas (2009), Bárbara Llanes en Canción para estar contigo (2011). Ha sido con Raúl Valdés , Un gato con botas ( a cuatro manos con Nelson Maragotto), (1995), Pelusín del monte (1999), La caperucita roja (2001), En un retablo viejo (2001) o La caja de los juguetes (2003) y con Elvira Santiago La virgencita...(2005), El patico feo( 2006), Los zapaticos de rosa (2007), Federico de noche (2009), Pinocho, corazón madera (2011) y Alicia en busca del conejo blanco (2013), con quienes más he trabajado y coincidido en criterios artísticos. Para mí la música es un elemento fundamental: ambienta, identifica, estimula. Movimiento, color, texto y música, son aspectos afines al títere, definitorios en cierta medida.

VIII. Danza titiritera en Las Estaciones

Aparte de Zenén, que es fundador del grupo como yo y parte esencial de mi equipo, trabajo desde 1994 con Liliam Padrón, bailarina, coreógrafa y directora del conjunto Danza Espiral. Soy un amante perdido del movimiento, y el títere es acción. Hay momentos en que un buen movimiento en escena lo llena todo, pero me gusta que este sea limpio, hermoso, coherente, que no se note que hay una coreografía, sino que es asunto de la propia historia. Eso solo lo logra Liliam, una maestra paciente, sensible y enamorada de su trabajo. Ella nos hizo bailar maravillosamente en el ballet para actores y muñecos La caja de los juguetes, o en El patico feo, que es danza, colores y canto, ¿Qué decir del baile-acción en Por el monte carulé, o en ese montaje multidisciplinario que es Canción para estar contigo? Le agradezco más de lo que ella misma se imagina.

IX. Momentos inolvidables

A mí me han pasado varias cosas inolvidables con Teatro de Las Estaciones. La primera fue hacer La niña… en el cumpleaños 100 de Federico García Lorca, en su casa de la Huerta de San Vicente. Era de noche, con luna mora en el cielo. Respirar el olor de los azahares del jardín, estar allí con su sobrina, es algo que siempre recordaré. Yo siempre intento llegar hasta el final en mis propósitos artísticos. Si hago un texto de Lorca, quiero llevarlo hasta su tierra en Granada, si hago a Debussy quiero estar en Francia, y estuve, si hago un Villafañe quiero llegar hasta Villafañe. No pude llegar hasta el maese argentino, murió en 1996, pero su viuda Luz Marina Zambrano, estuvo con nosotros en 2001, durante una representación del espectáculo El gorro color de cielo. Ella me confirmó que además del Villafañe cachiporrero, tomador de vino y enamoradizo que muchos representan, hay un Villafañe tan juguetón como poético y tierno, fue ese del cual ella se enamoró, fue ese también el Javier que yo descubrí.

Imagen: La Jiribilla
Ruben Darío Salazar con Laura García Lorca en Granada, 1998
 

Me dije, “si hago una obra sobre Pelusín del Monte quiero llegar hasta Dora Alonso”, y fue ese un momento grande. Conocer a Dora en su casa del municipio habanero Playa, abrazarla, ser su amigo y ella nuestra más fiel espectadora, es algo que me ha marcado para siempre, no existe nadie del calibre y entereza de Dora. El otro momento inolvidable, fue conocer en Nueva York a Carucha Camejo, durante el Festival Internacional organizado por la Fundación Henson. Ese fue el súmmum, dialogar con la pionera del teatro de títeres profesional en Cuba. Dígase Carucha y se habla de un retablo inmenso, un retablo como un corazón. Qué bueno fue organizar para ella el merecido homenaje que le tributamos en el Teatro Sauto, de Matanzas. No sabíamos que 2001 sería la última vez en su tierra, después me tuve que conformar con un puñado de hermosas cartas. La desaparición de Carucha en 2012, la de Dora en 2001 y la del crítico, investigador y dramaturgo Freddy Artiles, en 2009, son ausencias que pesan en mi pecho como una piedra enorme, todos fueron mis amigos-maestros, personas que me ayudaron a ser quien soy actualmente en materia de fe y amor hacia los títeres y su mágico universo.

Imagen: La Jiribilla
Ruben Darío Salazar con Dora Alonso en 2000

 

Imagen: La Jiribilla
Ruben Darío Salazar con Carucha Camejo, Nueva York, 2000
 

X. El público y los títeres.

Los públicos son diferentes en todos los lados debido a la idiosincrasia cultural, pero son de la misma materia humana en todas partes y siempre que le des lo mejor, sea cubano, chino o polaco, ellos responderán de la misma forma. Hay que trabajar siempre con exigencia y dedicación. Teatro de Las Estaciones no ha tenido solo suerte con el público, como dicen los ignorantes de nuestra historia, sino que esa suerte la hemos cultivado y enriquecido con dedicación y respeto.

El público infantil no es un público crítico, como algunos quieren hacer ver, ellos no tienen las armas teóricas que se necesitan para criticar con objetividad. Los niños se basan para expresar su opinión acerca de los espectáculos a través de su sinceridad, y en ello vale mucho la formación familiar y pedagógica que hayan recibido. No se puede decir que Mi madre la oca, de Ravel, esa maravillosa obra para piano, no sirve para los niños porque se aburren, cuando lo que sucede es que no tienen una formación o un conocimiento musical, y ahí el teatro puede jugar un papel fundamental. Pasa lo mismo con obras líricas escritas para ellos como El niño y los sortilegios, también de Ravel, o con el ballet La Cenicienta, de Prokofiev. No se puede decir festinadamente que no son obras para niños o que ellos no las entienden. Tal vez sean los propios adultos, insensibles y desconocedores, los que no llegan, por su criterio ya establecido de la vida, hasta esas obras maravillosas del pentagrama universal.

Teatro de Las Estaciones viajó por toda Cuba con el espectáculo musical para niños Canción para estar contigo, defendido por la soprano lírica y compositora Bárbara Llanes. La experiencia fue inolvidable, al punto de tener que hacer una segunda gira por las provincias que no visitamos la primera vez. Tenemos grabadas entrevistas a los niños de todo el territorio nacional. Sus visiones sobre la puesta en escena son pequeñas joyas. Un buen espectáculo de variedades puede distraer mucho, pero también puede ser aplaudido un espectáculo de este mismo género que se vale de una comunicación fácil, vulgar y chata artísticamente. El teatro para niños camina sobre un terreno movedizo. Es la formación cultural del niño en el seno familiar y en las escuelas, más nuestro sentido de responsabilidad como artistas para con el público infantil, quien debe decir la última palabra al respecto.

Nuestra meta de público no son los niños solamente, sino la familia, eso lo aprendí con mi maestro René Fernández, en mi etapa como actor del Teatro Papalote (1987-1999). Para esa familia integral es para quien trabajamos, por eso usamos varios niveles de lecturas en los montajes, para los niños y para los adultos. No queremos que los papás, tíos y abuelos sientan que llevan solo al niño, sino que van también ellos mismos a disfrutar. Hemos hecho espectáculos para adultos, La virgencita de bronce (2005), El guiñol de los Matamoros (1998), Por el monte carulé (2009) y Burundanga (2012), pero esto no es nada nuevo. El teatro de títeres para adultos es algo muy antiguo. Ningún titiritero en las plazas medievales de antaño, representaba su espectáculo exclusivamente para los niños, pues no pensaban en ellos de manera artística, esa fue una ganancia del siglo XX.

XI. Teatro de títeres, ¿teatro crítico?

El teatro es siempre crítico, sobre todo por la perspectiva del entorno que muestra en escena. Eso sucede aunque la obra tenga un corte fantástico. Si a eso le agregamos el sentido paródico per se de los títeres, ya tendremos una visión cuestionadora que no necesariamente tiene que ser cáustica, de mala leche, con dobleces.

XII. De las dificultades y el olvido

Hemos pasado por todas las dificultades de un grupo de hombres y mujeres —lleno de perfecciones e imperfecciones― que hace teatro en Cuba. Lo principal es que las hemos sobrevivido. Nos hemos aprendido a levantar lo mismo ayudando que dejándonos ayudar. Somos como un espejo abrillantado: a quien nos quiere y nos respeta le devolvemos la misma imagen. Pero para quien se mire en nuestro espejo con el semblante plagado de oscuridades, resentimientos, envidias, traiciones o desprecio, sencillamente colocamos un paño protector sobre nuestra luna de azogue. Preferimos olvidarlo, dejarlo en una especie de muerte en vida que significa la ignorancia hacia alguien. Aún así, siempre hay para las personas una oportunidad de cambiar, de mejorar. Yo creo en el ser humano como creo en los títeres.

 

[1] El nombre fue idea del actor Freddy Maragotto, cuando necesitamos, en 1995, un nombre que nos identificara como grupo al estrenar la puesta en escena Un gato con botas.

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