Las estaciones teatrales que nos unen

Arneldy Cejas • La Habana, Cuba

Cuando este agosto, Teatro de Las Estaciones esté celebrando sus primeros 20 años, lloverán los agasajos y los reconocimientos, todos merecidos. Es mucho el arte que se hace en dos décadas cuando se trabaja a toda hora. Estrenos, exposiciones, talleres, investigaciones, publicaciones. Me siento feliz de haber estado desde el principio en este sueño que ya es realidad, por lo que me dedicaré a recordar algunos momentos que me unen a la tropa del sol y la luna.

Imagen: La Jiribilla
¡Buenos días primavera!, 1995
 

En el verano los días son largos. Y larguísimos fueron los días del verano del 94, cuando nos tirábamos en el suelo a empatar y empatar trozos de cartulina y papel, para armar y pintar las grandes escenografías de los primeros espectáculos que cubrían el escenario del majestuoso Teatro Sauto. Cortamos anillos de papel kraft, que al unirlos, nos regalaron las veraniegas palmas imaginadas por Zenén. Pedazos de cartulina pintada formaron los otoñales aguaceros de hojas secas. Los telones del teatro cambiaron su posición habitual para convertirse en un lujoso palacio, ese que hacía exclamar al respetable, mientras se descorría el telón de boca en la estación más fría del año. También de cartón y acuarela florecieron montones de margaritas, buganvilias y rosas en la primavera teatral. Un regalo que hacía un grupo de jóvenes deseosos de romper el sueño eterno en el que se envolvían los fines de semana de la ciudad yumurina, en pleno periodo especial”.

Presente todavía tengo en mi memoria los gritos de Everildo dando órdenes desde la tramoya, las risas de los niños artistas de entonces y que ahora en su mayoría son cantantes o músicos profesionales, la ternura inconfundible de Melba Ortega, con su payasa Corazoncito de Caramelo, la cara del payaso Fosforito (Freddy Maragotto) al ser lanzado por el aire tras una improvisación de Pastosa (Amarilys González), las notas del director Rubén Darío Salazar al cerrar el telón en cada función, todos los días y en todas las temporadas.


Imagen: La Jiribilla
¡Viva el verano! 1994
 

Si cierro los ojos puedo recordar todavía el olor al perfume Kenzo de las manos de Zenén, mientras me untaba el jabón en las cejas para pegarlas y pintar sobre ellas el maquillaje de mi payaso Pachuco, en un camerino abarrotado de niños, vestuarios y nervios, donde las maquillistas y peluqueras: Gisela, Manuela y Lea, se encargaban de tranquilizarnos con cuentos de la farándula.

Recuerdo también el perfume de Carlos González bañando su cuello, justo antes de salir con sus marionetas. Los pies descalzos de Lilita Padrón por todo el teatro, yendo de un lado a otro para corregir las coreografías, la singular gestualidad y mímica de Maricusa (Celaida Menéndez) al dirigir el coro, la  gratitud y alegría perenne de Cecilia Sodis, la directora del Sauto, quien siempre que terminábamos las funciones anunciadas, nos pedía repetirlas el siguiente fin de semana.

Después de los primeros cuatro grandes espectáculos, vinieron otros en los que volví a trabajar con Las Estaciones: homenajes, tertulias, peñas. En ellos conocí a muchos artistas con los que nunca había trabajado antes y que hoy son mis amigos: Fara Madrigal, Gilberto Subiaurt, Marién Padrón, el dúo de Narciso y Margeris, entre tantos.


Imagen: La Jiribilla
Canción de otoño, 1994
 

Fuera del escenario, permanecí ligado a Teatro de Las Estaciones desde el taller de atrezzo del Teatro Papalote. Allí nacieron las primeras ideas de estos espectáculos y también se construyeron algunos de los muñecos de las obras  Lo que le pasó a Liborio, Un gato con botas, La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón y El Guiñol de los Matamoros. Haber trabajado junto a Zenén Calero y a Jacqueline Ramírez, en los atrezzos de estos títeres, me ayudó a conocer interioridades del trabajo de realización que me acompañan hasta ahora.

El guiñol de los Matamoros fue el primer espectáculo de títeres para adultos del grupo, y con él, desde su estreno, participé en importantes festivales y eventos donde la obra obtuvo muchos reconocimientos. Con El Guiñol… viajé por primera vez a encuentros internacionales en España, durante dos años consecutivos (1998 y 1999). Es un recuerdo que jamás se podrá borrar de la memoria de este guajiro, que nunca antes había salido del país. 

Cuando el proyecto de Teatro de Las Estaciones se establece como grupo profesional, a finales de los 90, yo decido quedarme en Teatro Papalote, era mi primera escuela y llevaba en ella un trabajo que no quería abandonar al lado de René Fernández Santana,  quien era a su vez el maestro de todos. Hoy, luego de 20 años, como integrante del Teatro La Proa, asentado en la capital cubana, mantengo estrecha comunicación con ambas agrupaciones. Una parte de mí se sigue sintiendo miembro de ellas, sobre todo porque les debo el aprendizaje.


Imagen: La Jiribilla
El cuento de invierno, 1995
 

Papalote, como una gran madre; Teatro de Las Estaciones, como su hijo más legítimo, y Teatro La Proa como un grupo que quisiera heredar de ellos el sacrificio por el buen teatro, la entrega y respeto por el público al que nos debemos: único juez que tiene la verdad en las estaciones teatrales.

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