Una niña afortunada

Bárbara Llanes • La Habana, Cuba

Soy una niña afortunada. Quien nace en un pueblito de campo, siente que el mundo es pequeño y recorrible. Allí está la escuela, la ansiada escuela, donde hay tantos niños para jugar. Al doblar, la heladería, tan imprescindible como el kiosco de churros, la tienda, el cine, todo muy cerca…y el teatro. Qué cerquita está el teatro. Puedo llegar a pie y sin la ayuda de mi mamá, solita puedo llegar. Solo necesito unas cuantas monedas los domingos por la mañana. Lo que verdaderamente me resulta curioso es saber qué hay detrás del retablo. ¡Ah, los títeres! Lo de mi mamá lo dije porque es muy bueno sentirse suficiente, sin depender del tiempo de un adulto. Pero de todas formas me gusta salir a pasear con mi mamá. Entonces sí que se puede ir a lugares importantes y saber sobre ellos: la Catedral de La Habana, el Museo de Bellas Artes, el Capitolio con su planetario, y el Guiñol del Vedado, del edificio Focsa: una cajita negra con muchas sorpresas.

Imagen: La Jiribilla

Lo malo es cuando se acaba la función. ¡Ay, qué triste cuando ya no hay música, ni juegos, ni historias! El regreso a la casa, silencioso. Hay que inventar otro viaje. ¿Vamos a ver La caja de los juguetes? La música es de Debussy, pero con una puesta en escena única, especial, prodigiosa. Es de un grupo de teatro matancero. ¿Matancero? Pues sí, en Matanzas hay un grupo de teatro para niños que te deja con la boca abierta. ¡Unos muñecos hermosos! Los hay de diferentes formas y colores, de cartón piedra, como Federico, de madera, con trajes elegantes, con lentejuelas y pasa cintas.  Los botones, pollerillas o el cuello, son detalles que no se descuidan. El pelo, los sombreros. Y de pronto se enciende la luz negra y aparecen unas figuras brillantes, como imágenes de sueño y unas sombras que pasan rápido por detrás del telón calado, y un trencito de juguete… ¡yo quiero ese trencito! y el chivo que mueve la cabeza también. El elefante que se arma, que parece un cochino... ¡qué cómico! ¡Y qué música tan linda! También bailan y cantan las dos muchachas vestidas de encaje amarillo y blanco que se dan la mano en la rueda rueda. Dan ganas de cantar y de reírse con sus risas, con el Hada y la Zorra, con Bola y Rita.

Sí, de verdad soy afortunada. No hay nada como salir un domingo por la mañana con unas pocas monedas, caminando solita, o con mi mamá, y llegar al gran retablo de los prodigios, donde se apagan las luces, suena una música finísima y explota una lluvia de imágenes en vertiginoso movimiento. Hay un momento para llorar. Pero no hay que inquietarse, también hay un momento para reír.
 

Cuento-testimonio escrito por su autora especialmente para Teatro de Las Estaciones

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato