Cuatro estaciones que ya duran 20 años

Norge Espinosa • La Habana, Cuba
Para Silvia Taquechel e Irma Medina, madres de Las Estaciones.
 

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La ocasión es propicia para muchos festejos. No solo se cumplen 20 años desde que Rubén Darío Salazar y Zenén Calero fundaran el Teatro de las Estaciones, sino que se están sumando, desde aquel punto de partida, no pocos recuerdos, numerosas emociones, vivencias, polémicas, que son la esencia de todo fenómeno auténtico y vivo. Y que, como se trata éste de un hecho relacionado tan directamente con lo teatral, no excluye pasiones, diferencias, debates y discusiones que también nos dicen de qué manera esta compañía se nos ha hecho imprescindible. No únicamente para hablar del teatro de títeres (o mejor, para emplear un concepto más moderno y amplio: de figuras), sino para hablar del mundo escénico cubano, sin crear falsos estancos ni diferenciaciones que mal disimulen esa mirada perdonavidas que muchos dedican a los retablos y a sus oficiantes. Las dos décadas que vamos a celebrar ahora contienen eso y más: las actas de fe de lo que a las tablas del país ha aportado un conjunto de artistas que bajo el emblema doble (sol y luna) de Las Estaciones, se han hecho reconocibles como embajadores de la cultura de la Isla, dentro y fuera de ella, siempre en gesto retador y defendido por la investigación que acaba contaminándonos, y ayudándonos a entender por qué hay una tradición aquí del títere de la que debiéramos sentirnos mucho más orgullosos.

Imagen: La Jiribilla
El patico feo, 2006
 

Este es un camino, el de Teatro de Las Estaciones, que reanuda muchas vías, muchos senderos, y recupera diálogos que casi se nos perdieron. Como es tanto lo que el grupo ha hecho en estos 20 años, quiero repartirme en otras tantas estaciones para rendirle el tributo que merecen. Y es por ello que, pidiendo permiso al lector, y a los líderes de esta compañía, y a sus más jóvenes miembros, los invito a un viaje por esas cuatro fases de una misma vida, tras la cual siempre nos espera un acto de recomienzo. Como espectador, como crítico, como dramaturgo y como investigador, quiero acercarme ahora a lo que Teatro de Las Estaciones ha ido cimentando para bien de la hora actual y futura de nuestro país. Un país, que como ellos bien saben, puede caber en la esplendorosa humildad de un retablo.

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Como espectador, la palabra que comparto con muchos, ante el quehacer de Las Estaciones, es deslumbramiento. Desde que se anunciaron sus primeros espectáculos hasta el día de hoy, la fusión de Rubén Darío Salazar y Zenén Calero ha estado regalándonos un arsenal de imágenes en las cuales el buen gusto nos brinda un doble regalo: el de la emoción teatral y el de la belleza entendida como valor sobre las tablas, como un logro estético que no se reduce a crear paisajes hermosos y muñecos expresivos. Ambos se conocieron en Teatro Papalote, y ya ahí, bajo la guía del maestro René Fernández, aprendieron secretos y técnicas que prometían más. Se separaron del árbol que los cobijó en el momento en que esos misterios ya anunciaban otras maneras de revelárseles. Y no fue un paso sencillo, en pleno Período Especial, arriesgarse a crear un mundo aparte. Atrás quedó el escenario de la sala Papalote, en la cual no volverían a trabajar por varios años, y comenzó un peregrinar que se multiplicó a lo largo y ancho de la Isla. Vendrían espectáculos que crecían en escala y complejidad, y tras las variedades que por cuatro estaciones iluminaron la programación infantil del Teatro Sauto, comenzó el verdadero trabajo. Lo que le pasó a Liborio (1995) fue el primer espectáculo-taller, y a partir de ahí, todos lo han sido, porque cada uno es el resultado de una expresión consecuente, que aspira siempre a más, y contiene nuevos desafíos que dilatan el repertorio. Vendrían otras puestas para niños y adultos, hasta que La caja de los juguetes (2003) demostró que el entrenamiento ya se convertía en madurez. No en balde es el espectáculo anunciado por el grupo a casi diez años de su fundación. Ahí estaban Farah Madrigal, Migdalia Seguí y Freddy Maragotto, junto al propio Rubén, dando vida a las figuras prodigiosas del ballet de Claude Debussy, a través de la mirada que Carucha Camejo ofreció del libreto de André Hellé. La caja de los juguetes es el antes y el después de ese deslumbramiento. Exigió nuevas preguntas, al grupo y a su entorno, y al teatro nacional. Y dejó en los espectadores un hálito de sorpresa que lejos de detenerse, se prolongó en las puestas por venir. En el extranjero, otros públicos caían bajo el mismo hechizo. Y reaccionaban con la misma fuerza con la que los niños habaneros se agolpaban ante la puerta del Guiñol Nacional para exigir más funciones. Teatro de Las Estaciones es un rostro y un lenguaje ya reconocible en el apretado mapa de lo exquisito que la escena nacional puede regalarnos. Y lo hace hoy, cuando ya son cada vez más los rostros nuevos quienes asumen la continuidad del repertorio, sin dejarnos perder una sola gota de ese preciosa esencia que sigue fascinándonos. Ese deslumbramiento que siempre logra sacar de nuestras manos el más limpio y agradecido aplauso.

Imagen: La Jiribilla
Federico de noche, 2009
 

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Como crítico, está el rigor, y eso es lo que me impulsa siempre a saber de las nuevas andanzas de Teatro de Las Estaciones. En cada espectáculo hay un enorme trabajo de estudio previo, de soluciones desechadas o potenciadas, de acuerdos entre el alma de la historia y el modo en que esa fábula pueda llegar al público según el modo de esta agrupación, siendo fieles y al mismo tiempo también críticos con lo ya conseguido. Quien tenga el privilegio de haber seguido el repertorio desde sus inicios hasta ahora, verá que cada montaje discute logros vistos en el anterior, sin acomodarse a repetir soluciones que ya sabemos exitosas. Una prueba vivaz de ello es el díptico que protagonizó Pelusín del Monte. Rescatar al discutido títere nacional en un montaje basado en El sueño de Pelusín (1999), provocó reacciones muy diversas, y le costó al grupo unos cuantos disgustos. Dora Alonso, madre de ese personaje, y una de las almas que sostiene con su impronta el concepto todo de Teatro de Las Estaciones, lo predijo; y tal vez hubiera predicho también que el empeño merecía una segunda oportunidad. Algún tiempo después, Rubén Darío Salazar se lanza por toda Cuba nuevamente con la guitarra de Pelusín bajo el brazo. Y esta vez acudía a la pieza que desató la saga de ese guajirito: Pelusín y los pájaros (2001). La sencillez de la propuesta era la célula misma de su eficacia. Y sin necesidad de tantas cosas, ni apelando a un barroquismo que pudiera contradecir la limpieza del libreto, se hizo el milagro. Teatro de las Estaciones demostró que podía replantearse algunas búsquedas, y conseguir el éxito desde esas revisiones. Pelusín y los pájaros fue un homenaje a los primeros guiñoles cubanos, creados por los Hermanos Camejo y Pepe Carril en toda la nación. Pero también era la relectura contemporánea de un clásico nuestro, entendido como baluarte de cubanía, esplendiendo en su artesanía casi desnuda, sin más apoyo que un diseño funcional y de cuidado estudio en el color, y cuatro actores cercanos ya a la maestría en el dominio de la manipulación, voces, dinámicas mutuas y comprensión actualizada del patrimonio. El mismo acto de rigor ha estado en todo lo demás, sea para versionar una novela del siglo XIX o revisitar un cuento clásico. O atreverse con el canto lírico. Los montajes más recientes apelan cada vez más a la escena despojada, a un tratamiento minimal en el cual lo que se prioriza es la relación de la figura viva y el actor que la anima, apostando por una convención que debe crecerse desde lo visual y lo sonoro, quebrantando incluso nociones clásicas de dramaturgia que algunos despistados no consiguen entender. No hay un paso en toda la trayectoria de Teatro de las Estaciones que no haya sido meditado, estudiado, previsto en función del perfil del grupo todo. Los éxitos, los premios, lo conseguido y lo que aún puede resultar revisado o mejor, también está contenido en ese concepto crítico que desde el corazón mismo, lo alienta. Y eso también llega a tocar la platea. Nos hace mejores espectadores, y cada vez más exigentes, con sus entregas y sus apuestas.

Imagen: La Jiribilla
Canción para estar contigo, 2011
 

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Como dramaturgo, lo que agradezco a Teatro de las Estaciones es haberme permitido entrar a un mundo poblado de tantos espejos. Doble de Alicia (aunque no sea mía la versión de ese libro fabuloso que el grupo tiene ahora en cartelera), respondí a la invitación de Rubén y Zenén sabiendo que era un privilegio al que no podía negarme. De la mano de ambos, regresé a ese momento de la infancia que resulta definidor, y en el que los juegos se hacían teatro, dejándome avizorar un futuro en el que yo pudiera escribir historias que otros recrearían prodigiosamente. Así ha sido a lo largo de una secuencia ya de ocho espectáculos. Ninguna de las fases de esa relación ha sido idéntica en exigencias. La tenacidad de Rubén, y la habilidad de Zenén para convertir en figuras palpables todo lo que el papel va recibiendo, han sido las garantías de ese ir y venir, que comenzó con una revisión del libreto de Carucha Camejo para La caja de los juguetes, y luego continuó con En un retablo viejo, creado especialmente para la visita que esa gran dama del teatro cubano hizo a la Isla, en el 2001, ya de manera pública tras un silencio que fue creando, a su alrededor, un doble exilio. Cuentan que Carucha confundió los diálogos que tuve que imaginar entre Libélula y Mascuello con los que ella y su hermano regalaban a esos personajes en los años 50. Y no puedo imaginar halago mayor, superado únicamente por el haber podido, gracias a esto, llegar a visitarla luego en su apartamento neoyorquino. Pero también esperaban desafíos más complejos, como La virgencita de bronce (2005), que tanto gusto me devolvió en su puesta excelente, y que luego sufriera la indiferencia de un jurado que quiso emplearla como rebote de ciertas mezquindades. Con Teatro de las Estaciones he aprendido que eso es también parte de la vida entre tablas y telones: los personajes que interpretamos a veces no son sino máscaras de ciertas amarguras y carencias. Y me repuse de todo ello con nuevos proyectos. El niño solitario que fui, entregado a juegos con títeres improvisados (lo mismo hizo Rubén en su infancia, o Zenén, oculto bajo la cama de su madre), se reencontraba conmigo en las imágenes de El patico feo (2006), en el concierto imposible de Bola de Nieve que contaba la vida del piano man en Por el monte carolé (2009). Y que me dejó volver al paisaje de ese otro niño, ese genio de vida y de muerte, que fue Lorca en el espectáculo que más quiero entre los que he hecho para esta compañía: Federico de noche (2009), nueva reverencia al autor de esa pieza emblemática del grupo que es La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón (1996). Pinocho/corazón madera (2011), fue el anhelo de probar acentos contemporáneos en la cercanía de un clásico; y Canción para estar contigo (2011) es el abrazo que dimos a la voz extraordinaria de Bárbara LLanes, como una revista musical donde ella era el pilar de todo. No, no pude escribir ninguna de esas obras cómodamente. Rubén, Zenén, y el equipo que los acompaña (Lilliam Padrón, Elvira Santiago, Yamina Gibert, Mercedes Fernández, los trabajadores de la galería El Retablo, los fieles que tiene el grupo en Matanzas, La Habana, Cuba, y el extranjero), no me permitirían tal cosa. Y es por ello que espero la próxima oportunidad, para volver a cruzar los espejos y encontrármelos, a todos, en ese mundo de retablos donde puedo ser un Lorca niño, la voz de uno de los Camejo, o consultar la hora en el reloj suizo de Leonardo Gamboa, para saber cuánto se tarda en aparecer, por esa calle del Ángel, Cecilia Valdés.

Imagen: La Jiribilla

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Como investigador, debo a Teatro de las Estaciones ser una escuela abierta e intensa que no solo rescata y protege la memoria del títere cubano, sino que construye, sobre la ausencia que esa misma escuela aún es, paisajes futuros. Supe de los Camejo y Carril en las ediciones del Taller Internacional de Títeres, y fue Rubén quien me comunicó la pasión por esos fundadores. Asistir, en la galería el Retablo, a la exposición que en el 2001 recuperó parte del legado de esos maestros, me iluminó y me sacudió. En ese camino se incluirían los casi cinco años de preparación de Mito, verdad y retablo: el Guiñol de los Hermanos Camejo y Pepe Carril; libro que casi todo el mundo hoy celebra y elogia, y que en verdad es el resultado de muchos días, noches, semanas y conversaciones en las que junto a Rubén, reconstruíamos tozudamente el mundo casi olvidado de esos artistas. Pero es también algo más: en las conferencias, exposiciones, ediciones, muestras, talleres, que el grupo organiza, he recibido el impacto de maestros, personalidades, tendencias y proyectos que me han dejado luego saber más, o mejor aún, hacer mejores preguntas. En Teatro de las Estaciones, he sido siempre un alumno. El incómodo alumno que, sentado al fondo, quiere siempre saber más, y saber incluso sobre lo que algunos no quieren revelarnos. En esa mezcla de agonía y placer, han crecido mis respetos hacia el arte del retablo y el teatro todo. Estar cerca de Zenén Calero, que tiene esa mano y esos ojos mágicos, y verlo trabajar, es ya una lección impagable. Y lo mismo digo de no pocos que, gracias a ellos, he conocido y tratado: Fabrizio Montecchi, Roberto Espina, Manuel Morán, por ejemplo. Y, como todo vuelve al principio, también digo esto de René Fernández, un hombre que ha sobrevivido recelos, miedos, traumas, peligros, batallas, y hoy sigue siendo fiel a lo que ama, a su idea del teatro, limpio en su condición de maestro. En todos ellos pienso cuando vuelvo a mirar las viejas fotos del teatro de títeres cubano, y las pongo junto a las de los nuevos artistas. Teatro de las Estaciones me ayudó a entender la línea no siempre recta que enlaza a unos y otros. Y que nos hilvana con el mundo. Por eso me divierto en atormentar a Rubén dándole cuanta información me llega, sabiéndolo sufrir si, por ejemplo, le pongo delante la puesta de La flauta mágica que Julie Taymor dirigiera para el Metropolitan Opera Center. Él sabe responderme, con retos mayores, o dejándome noticias de creadores que, como Ilka Schonbein, nos deslumbran y nos lanzan a búsquedas más intensas. Proyectos que ojalá me hagan seguir volviendo a Matanzas, por otros 20 años, sabiendo que las Estaciones siempre hacen reverdecer el camino que estamos abriendo para que nos sigan otros.

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Voy a terminar aquí estos agradecimientos. Podría añadir una estación más (y tal vez en estos días de alocado cambio climático tal desfachatez se me permita), y hablar de Teatro de las Estaciones como amigo. Como devoto, como deudor, como testigo, como cómplice, desde que anudara lazos fraternos con este colectivo en el ya lejano 1996, durante la primera edición del Yorick, un evento de la Asociación Hermanos Saíz. Y contar aquí de las batallas que hemos sostenido a fin de poner a punto un espectáculo, siempre provechosas desde la pasión que quiere acercarse a ese imposible: lo perfecto. O de las estrategias desplegadas para que no nos reconcoma el ánimo una crítica que en verdad no es lectura real y útil de una puesta, sino el dardo envenenado que la envidia de otros nos hace sufrir de vez en vez. O de los celos, reales o falsos, que Carlos Díaz, mi director en Teatro El Público, le deja saber a los de las Estaciones cada vez que colaboro con ellos. O del tributo que merecen Farah Madrigal y Migdalia Seguí, las fundadoras aún vigentes en el grupo, sin las cuales Teatro de las Estaciones no sería lo mismo. Y de los que se han ido, o ya no están, y han dejado una estela en el grupo que puede recordarse de muchos modos. Teatro de las Estaciones también me ha hecho un mejor amigo. Me ha regalado el gusto de trabajar con compositores como Raúl Valdés, Elvira Santiago o la propia Bárbara Llanes, y un puñado de imágenes donde la danza, la música, los títeres y los actores se parecen a lo que soñé. No tengo manera de pagar eso. No hay moneda ni divisa que pueda hacerlo. Queda el sueño, eso sí, y compartirlo con ellos. A través de palabras que puedan ser teatro, que puedan ser, como las estaciones mismas, un ciclo que se renueve en espectáculos aún por venir. Son 20 años de Teatro de las Estaciones. Veinte años de nuestras vidas, acudiendo a sus estrenos y aplaudiéndolos. Me guardo algunos secretos de lo que significan estas dos décadas. Estoy seguro de que junto a Rubén y Zenén, que trabajan sin cesar ante la bahía más bella de Cuba, acabaremos revelándolo, contándolo todo, en una puesta tan infinita como el paso del sol que quiere volver para besar a la luna.

Imagen: La Jiribilla

Comentarios

La trinidad, el tres en la numerología, los tres Villalobos de la escena cubana, Dios Padre, Dios Hijo o Dios Espíritu Santo,o la seña, no sé, Norge Espinosa, pero eres tú con tu verbo fácil, como a ráfagas, el que completa la trilogía que hace a Las Estaciones invulnerable y a la vez la convierte en brújula de un movimiento que ni los dardos de la envidia o la desidia pueden ya agredir. Salve César!!!

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