Dos décadas de buen viaje por el teatro

Yamina Gibert • Venezuela

De la antigüedad a nuestros días, los titiriteros han construido su tradición y ese arte milenario que hoy tiene el respeto más preciado y la admiración más anhelada de los pueblos del mundo.

En 1994, cuando surgió Teatro de Las Estaciones, se gestaron diversos  proyectos artísticos  que constituyeron el llamado boom de los 90. Paradójicamente, justo en medio de la crisis económica que atravesaba el país, se enriqueció el repertorio activo teatral de entonces. No citaré nombres pero insisto en ese entorno competente, la zona creativa que alimentó y dinamizó la práctica escénica.

Fueron múltiples los estilos, sin embargo, todos los protagonistas no llegaron al presente de nuestro país y ni siquiera todos se mantuvieron a la vanguardia. Algunos cambiaron su horizonte geográfico y en otros el talento fue vencido por el cansancio. No obstante, Teatro de Las Estaciones perfiló la profesión forjando, manteniendo la suerte de los incansables y la fuerte presencia de los imprescindibles, porque siempre rebasaron cualquier agotamiento. A los 20 años, siguen los títeres siendo el eje transversal, poseen una sólida historia, dominan los andares de la Isla, mantienen el capricho de respirar por el teatro y la esencia de ser escuela. La docencia, en el camino, los hizo mejores artistas y mejores hombres.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué decir desde la no emoción?

Decía Rabindranath Tagore que el arte es un acto de creación imposible de explicar. Muchas veces he tratado de revelar ese acto de Las Estaciones y siempre quedo atrás, no obstante intentaré una pequeña aproximación en estas notas, desde la distancia y con el privilegio de la observación participante.

Dicen que a los 20 cada uno es polo de un ideal y desarrolla a plenitud todas las capacidades adquiridas en la vida, todas las experiencias acumuladas. En el desempeño artístico la realización es más sólida en propósitos, también en acción concreta. Ocurre que la madurez se incrementa. Pasa en la vida, también en los artistas de vanguardia de fuerte personalidad creadora, y esa es principal virtud en la agrupación teatral a la que hacemos referencia.

Cuando nació Teatro de las Estaciones, de inmediato creó una historia, que fortaleció en el tiempo al realizar significativos aportes a la cultura cubana, aportes que tienen que ver con el hacer titiritero como teatro de arte y con el desarrollo de la docencia o la formación en ese sentido. También el grupo en estos años trabajó significativamente en el valor de la promoción cultural que debe desplegar un grupo artístico y en la comunicación pública, como complementos del hecho artístico en la modernidad, con editoriales, con las relaciones e intercambios internacionales, con la sólida presencia mundial de nuestro teatro titiritero, la atención y el reconocimiento a las jerarquías y a los referentes culturales, a la información para el crecimiento intelectual.

¿Qué es para Las Estaciones teatro de arte?

Dejar por día un regalo a la cultura cubana, pensar el público como principal ente de la realización. Por eso en Teatro de Las Estaciones, la dimensión humana reside en cómo aparecen los componentes escénicos de la obra artística.

Paciencia y rigor van juntas desde la inteligente selección del repertorio. Su permanente investigación, asociada a los procesos de construcción de la puesta, hasta el arribo de terminación exquisita de la obra plástica y también la sonora. Mixtura escénica  totalizadora, imperfecta porque es humana,  impecable porque cumple con su aspiración. Se dejan visualizados todos los súper objetivos propuestos y se trascienden.

En la dimensión humana de Las Estaciones, en tanto artística, se alumbran una serie de elementos o componentes de la ejecución. Veo en mi memoria, que esos procesos no solo funcionaron como medios de aprendizaje para mantener el crescendo artístico de los montajes  y el enfrentamiento a los mismos, sino que fueron eficaces en relación con la respuesta del espectador. Progresaron promoviendo la responsabilidad ética. Esta fue la guía fundamental, la razón de ser colectiva. He aquí la interacción inminentemente popular en profundidad, al estar en función del público,  de su educación estética. Aquí no sólo gravita la herencia o los propios orígenes del arte titiritero, está la meta contemporánea de lo que somos, la esencia revolucionaria de cambio de nuestro ser en evolución, en el entorno de nuevos tiempos, contextos y tecnologías.

El conjunto como comunidad  se vincula al medio con exigencia desde la responsabilidad sociocultural. En el público se trabajan sensaciones, emociones y sugerencias en primer plano, así afloran las imágenes en el propio espectador. Ellos trabajan el impacto emocional en positivo,  para enrolar a los asistentes al teatro en un viaje poético que enriquece el intelecto y el espíritu. Hacen sentir placer por el arte de las figuras. Proporcionan un juego inteligente para los sentidos y no se olvidan los temas críticos de la sociedad.

Imagen: La Jiribilla

Artesanos de poder

A sus 20 años, los espectáculos de Las Estaciones mantienen la fuerza del nacimiento y el temor de la primera vez.  La belleza y frescura de la juventud todavía afloran en sus montajes.

Hacer en colectivo posibilita un producto más acabado. Largas son las jornadas de ensayo donde la relación grupal se fortalece. Estrategias personales, estrategias colectivas, todo funciona. Con la actuación, la música, la danza, el color  y  los volúmenes se crean personajes fabulosos de la mano de Rubén, Fara, Migdalia e Iván. Se conciben exquisitas figuras visuales por Zenén, añadiéndose también el aderezo de alegría y energías adolescentes de Laura y Karen. Todos intentan la  conquista de las letras bordadas por dramaturgos como Norge Espinosa,  y las originales armonías de esos sabios músicos matanceros, que igual se transmutan en titiriteros para hacer del espectáculo un logro artístico.

Pelusín y los pájarosEl sueño de Pelusín, La caja de los juguetes, La virgencita de bronce, Los zapaticos de rosa, Una niña con alas, Federico de noche, Alicia en busca del conejo blanco, pueden ser ejemplos de buen decir escénico. La crítica especializada los ampara y el público los  mantiene en el recuerdo, eso es lo importante.

Pero hay que tener mucho genio e ingenio para conducir egos y pasiones contrastantes, para contrarrestar la adversidad de cada día. Hay que ser grande para entender la imperfección y guiar un proceso humano hasta el triunfo. Esta es la tarea del director Rubén Darío Salazar. Él sabiamente estructura esas relaciones según el fin artístico, consiguiendo el estilo identitario. Con la fusión de lo contemporáneo y lo tradicional crea la sorpresa titiritera y estimula el juego de investigación que se produce en el público. Se funden diseño y movimiento, la actuación es más viva y se renueva cada día por la capacidad fabuladora de los gestos. Los actores comprenden la diferencia entre manipulador y animador titiritero, la subordinación al títere cuando es componente protagónico de la escena, saben cómo no quedar en la superficie técnica. Tienen la capacidad de entrega de sus ancestros populares, son artesanos de figuras almas-objetos, pues con ellas crean vínculos afectivos e intelectualizan en el nivel exacto.

Por todo esto, las competencias artísticas están demostradas. Teatro de Las Estaciones está en la historia del arte cubano, son un referente que debemos visitar para continuar el buen viaje por el teatro.

 

5 de agosto, Caracas, Venezuela

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato