Pinocho o la responsabilidad del teatro

Yamina Gibert • La Habana, Cuba
Fotos: Julio César García y Cortesía de Teatro de Las Estaciones
 
Teatro de títeres: evolución de la imagen sagrada no del juguete.
G. Craig

 

Pinocho es un conocido personaje universal, se halla entre los más atractivos y arquetípicos. Sus extraordinarias aventuras han interesado a incalculables generaciones que disfrutaron del cuento de hadas protagonizado por un títere. Su fábula contiene enorme verosimilitud y una singular fantasía. Me resulta curioso descubrir hoy nuevas lecturas en sus episodios, metáforas que se conectan con la realidad más próxima. Encuentro una especie de dualidad temática que enuncia su correspondencia con las problemáticas humanas y sociales de la actualidad. En este sentido, percibo que la línea más perseguida por los adaptadores y dramaturgistas, ha sido la que aborda la importancia de la obediencia en las primeras edades, etapa de  génesis donde la formación es fundamental. Esta vía apunta cuánto compromiso asumimos los adultos, en tanto somos parte esencial de la preparación para la vida de los infantes y su inminente encuentro con el mundo. Pero esta es solo una parte de tamaña responsabilidad. A mi modo de ver hay otra línea temática que puede referirse por asociación en subtexto: la exploración de  la responsabilidad del arte y su encuentro con el comercio, con el mercado de los hombres.

Imagen: La Jiribilla

Repasando informaciones y vivencias recopiladas acerca de Pinocho, recuerdo las clases del desaparecido dramaturgo, crítico e investigador Freddy Artiles.  Siempre insistía en apuntar que en el original de Collodi, el muñeco  de madera no se convertía en niño de verdad. Fue este un suceso agregado posteriormente en las continuas  versiones. Me pregunto respecto a esta idea inicial: ¿A qué hace alusión Carlo Collodi? Pinocho es un títere, una figura de leño creada por el hombre, que se quiere sea casi perfecto, el niño humano por excelencia, una súper marioneta sin hilos y ¿con libre albedrío? Tal vez una especulación sobre el tema, nos conduzca a  tener en cuenta que fue Italia una de las regiones con más desarrollo del teatro de títeres tradicional. Después del siglo XVI, tanto el conocido teatro de feria, la ópera y la Commedia dell'Arte, fueron allí acontecimientos cardinales de teatralidad. Es lógico entonces que el escritor florentino admire el arte teatral en primera instancia. Pudiera ser este el centro de la historia de Pinocho, ya que constituye un homenaje al popular teatro de muñecos de su país.

Collodi  defiende la identidad del títere que camina sin hilos, su esencia audaz y anárquica, el preciso debate entre la vida y la muerte que el muñeco ejemplifica, pues solo un títere cobra alma y movimiento gracias a la intervención directa o indirecta de la energía humana. Todo ello aparece en esta historia de fines didácticos, un cuento que avanza mediante los encuentros conflictivos del títere-niño con una sociedad repleta de pillos comerciantes, negociadores equivocados  que venden valores poco apreciados desde el punto de vista moral.

La saga narrativa de esta escritura comenzó  entre 1882 y 1883. Primero se tituló Storia di un burattino, después Le avventure di Pinocchio. Fue en pleno siglo XIX, período catalogado como siglo de oro de la literatura para niños. Se publican a los conocidos autores Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm, Oscar Wilde, Lewis Carroll, Robert Lois Stevenson, Rudyard Kipling y Julio Verne. Antes, en el siglo XVIII o siglo de las luces, de la ilustración, sucede el  inicio de  la toma de conciencia acerca de la importancia de la educación. Se instaura  un método para formar a los niños. Se convierte en importante tarea el proporcionarles buenos ejemplos, patrones adecuados de conducta. Es en el siglo XIX donde se afirma este principio, conjuntamente con el fenómeno de la instrucción pública escolar. Ocurre también la aparición de los sistemas nacionales de escolarización con sus leyes de obligatoriedad. La influencia de la pedagogía y su desarrollo tuvieron en cuenta la necesidad de enseñar, de distinguir  el enfrentamiento de lo cotidiano con el medio social y natural. Por eso no es de extrañar ese principio didáctico que prima en la formación escolar, asunto del cual el creador de Pinocho no logró escapar.

El teatro no es solo plaza pública para la opinión. El teatro conlleva responsabilidad ética, humana, social, al igual que la educación pedagógica. Le es ineludible el compromiso estético de sugerir y decir, de proponer imágenes insospechadas, con verdadero arte, juego, acciones que movilicen el pensamiento y el placer. Bertold Brecht  nos ofreció lecciones magistrales sobre este asunto.  Creo que por esta senda transitan varias de las coordenadas creativas de Teatro de Las Estaciones en su montaje de Pinocho corazón-madera. A Rubén Darío Salazar, guía de la agrupación,  le interesa defender el papel del teatro en la sociedad moderna. Le preocupa cómo se puede develar lo real a través de esa especie de imagen-espejo que puede ser la representación.  Desde la escena,  compone de forma estilizada, una parábola  de nuestras condiciones contemporáneas. Sugiere poesía desde la combinación visual y sonora levantada en las tablas. No deja de tener en cuenta las citas antecedentes de la cultura universal, cultura que llega al presente y se ancla en estructuras móviles, polémicas, postmodernas, donde se enuncia una vez más el conflicto del hombre con el mundo que lo rodea. Este problema se convierte en la esencia del espectáculo  Pinocho corazón- madera. Desde allí se irradian los acontecimientos que impulsan la narrativa, convertida ahora en un drama escénico que se relaciona con el espectador.

Para Las Estaciones no existen los temas-tabú. El contexto que vincula pasado y presente, cuasi apocalíptico, aporta interesantes analogías, con referentes innegables, focalizados en los complejos entornos mundanos. Con tal idea, la dirección artística elige complicadas situaciones de contradicción  que aparecen en el libro original. Dichas situaciones pasan el tamiz dramatúrgico y  proponen una fábula de notoria actualidad  para todos los públicos. La realización escénica marcada por el buen gusto, borra cualquier vestigio de vulgaridad grotesca, de exposición barata de lo cotidiano. Pasajes cruciales que concretan la representación son los encuentros del muñeco Pinocho con algunos personajes de la historia: los tres niños arrogantes de la escuela;  la titiritera Comecandela; la zorra Lady Milady The Fox; el gato Monsieur Le Chat; el emo y pillo Pábilo, mucho más raro en imagen que Pinocho; Tragallamas, el cochero dueño del País de Siemprejuegos, su primo Chupafuegos, dueño de un circo, los transeúntes que atraviesan la escena inicial del carpintero Geppeto, con gafas y aparatos portátiles. A petición de la dirección artística, Norge Espinosa, el autor de la versión teatral, convierte a estos  personajes, en fieros componentes fantásticos, pertenecientes al ámbito terrenal  de cualquier latitud.

Imagen: La Jiribilla

En el círculo de extrañas personas mayores entra la mismísima Hada azul, espíritu materno desmitificado, vestida en la onda retro, llamada en esta versión el Hada de los cabellos azules, aprendiz de maga. Por si fuera poco, este niño de madera tampoco puede contar perennemente con su padre. Está solo, todas sus compañías son ocasionales. De la troupe en escena, escuchamos textos familiares como: “¡Ni te pienses que voy a compartir contigo la merienda!... ¡Es mi profesor privado! … Papá, hoy no quiero que me recojas en el auto…. ¿tú no tienes teléfono?” —refiriéndose al teléfono móvil. O en boca del Hada: “Mañana, cuando despiertes, serás un niño de verdad. Y no te irás a una simple escuela, sino al colegio más caro y grande de todo el mundo…Estudiarás mucho, y serás un hombre muy ocupado, con muchas personas trabajando junto a ti. Todos muy serios y vestidos de gris, que te dirán: ¡Señor!...”.

La macro situación planteada, provoca en Pinocho rechazo hacia la escuela, hacia los adultos, hastío del mundo que lo rodea. Con tales trazos en los personajes y sucesos,  es lógico que el niño no comprenda su entorno. Será un universo al que Pinocho no se querrá integrar, que desemboca justamente en esa conclusión teatral extraña. Lo que ocurre en la última escena es la desmitificación brechtiana del final acostumbrado, hecho que defiende el punto de vista de la dirección artística: Pinocho corazón-madera, no quiere ser y no será nunca un niño de verdad. Sólo será feliz como muñeco de madera, realizado en un teatro de arte. Esta defensa del teatro, es el juego dramático que presenta Las Estaciones, apoyado en actores y títeres, mediante el uso de recursos expresivos como la música, el diseño y la actuación titiritera y  esperpéntica. Todo presentado en un código armónico. La educación estética y formal del espectador, es fundamental para el director Rubén Darío Salazar y su diseñador Zenén Calero. Para ellos, de nada vale en el teatro un discurso verbal que emita realidades sin artisticidad,  hay que expresar ese discurso en escena lo mejor posible, andar por esos vericuetos llenos de poesía teatral  que conquistan al público.

Cuando Rubén Darío eligió el texto Pinocho corazón-madera, sabía el riesgo que asumía, intuyó la compleja trama a enfrentar. Estaba claro de que iba a ser difícil hablarles a nuestros públicos desde el presente. Ese teatro integrador que produce Las Estaciones, que integra al público, fue de facto a la familia-sociedad, y a la tragedia que ha edificado la irresponsabilidad humana. A pesar de que toda la obra va tejiendo esas duras realidades mediante los encuentros del protagonista con los personajes; la dirección escénica apostó por  un teatro de arte, juguetón, divertido, hecho con alegría. Un teatro que sin embargo señala: Cuidado con este juego, es un juego amargo que… pudiera ser mañana u hoy mismo la realidad que vive la cultura y la humanidad. Nuestra responsabilidad es proteger a la infancia de la pérdida de valores espirituales, de la ausencia de principios y derroteros, porque esa protección significa perpetuar el respeto, el dialogo entre los humanos, la continuidad de la vida.

 

Notas posteriores a la puesta en escena de Teatro de Las Estaciones

 

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